martes, 1 de septiembre de 2015

"La más absoluta inopia": La situación militar y defensiva de Puerto Rico al inicio de la Guerra Hispanoamericana

“LA MÁS ABSOLUTA INOPIA”: LA SITUACIÓN MILITAR Y DEFENSIVA DE PUERTO RICO AL INICIO DE LA GUERRA HISPANO-AMERICANA
Panel sobre la Guerra Hispano-Americana
Universidad Interamericana, Recinto Metropolitano
Octubre 2014 ©
Por Dr. Armando J. Martí Carvajal

Bombardeo de San Juan el 12 de mayo de . Dibujo presentado desde la visión estadounidense.

La Importancia Estratégica de Puerto Rico

El capitán Alfred T. Mahan, el gran propulsor del poder naval norteamericano, al analizar los resultados de la Guerra Hispano-Americana, reconoció la importancia estratégica de la isla de Puerto Rico:
"This estimate of the military importance of Puerto Rico should never be lost sight by us as long as we have any responsibility, direct or indirect, for the safety or Independence of Cuba.  Puerto Rico, considered militarily, is to Cuba, to the future Isthmian canal, and to our Pacific coast, what Malta is, or may be, to Egypt and the beyond…
Similarly, it would be very difficult for a transatlantic state to maintain operations in the western Caribbean with a United States fleet based upon Puerto Rico and the adjacent islands".[1]
La aserción del valor estratégico de Puerto Rico no era nada nuevo.  Siglos antes el Imperio Español había declarado a San Juan “Llave de las Indias”, lo que llevó a la construcción de impresionantes fortificaciones como San Felipe del Morro y el Fuerte de San Cristóbal. Ante esta centenaria realidad se pensaría que la defensa de la isla era una de las prioridades del gobierno español.  La situación era otra.

Abandono Militar de Puerto Rico

Al iniciarse las hostilidades de la Guerra Hispanoamericana en abril de 1898, San Juan era la única “plaza fuerte” protegida por artillería en la Isla. Aun así, las defensas eran totalmente inadecuadas y pobres. Ángel Rivero indicó que hasta “1896 no hubo montadas en San Juan otras piezas que las usadas el siglo anterior”.[2] O sea, hasta ese momento la capital estaba defendida –si se puede utilizar ese término- por los mismos cañones que derrotaron la invasión de Abercromby y Harvey en 1797. Estas armas eran absolutamente obsoletas, y poco más que inútiles de ocurrir un ataque a la ciudad. Este testimonio fue corroborado por Severo Gómez Núñez: 
"Para contrarrestar los ataques de las escuadras modernas, puede decirse que se hallaba Puerto Rico en la más absoluta inopia. La única plaza que pretendía llamarse fortificada, era San Juan, la capital, cuyos antiguos castillos habían sufrido algunos añadidos, reformas y remiendos para recibir unos pocos cañones semimodernos [sic], montados en obras incompletas".[3]

El Comandante Julio Cervera Baviera simplemente escribió que “frente a la formidable artillería de los acorazados modernos, únicamente disponía aquella plaza de algunos cañones de 15 centímetros, unos pocos obuses de 21 y 10 obuses de 24. –En el resto de la Isla no había una sola batería ni un mal cañón”.[4]

La precaria condición de las defensas fue confirmada por el propio General Manuel Macías y Casado, último capitán general y gobernador español de Puerto Rico: 
"Una parte mínima del material de artillería pedido por mí, una vez y otra vez, llegó en el vapor Antonio López y también un potente reflector Mangin [ya iniciadas las hostilidades]. Pero nunca llegaron los cañones de 24 centímetros, ni los torpedos y otro material pedido por mí insistentemente. Con estos elementos y sin auxilio alguno de la madre Patria, por ser el enemigo dueño del mar, tuve que hacer frente a la invasión de las cuatro expediciones que al mando del generalísimo Miles, tomaron tierra en Guánica, Ponce, Arroyo y Mayagüez”.[5]
El anónimo autor[6] de El desastre nacional por su parte escribió: 
“Cierto que se tenía pedido á la Península material Krupp de tiro rápido para reemplazar el antiguo con que contaba dicha batería, y que se hizo el encargo urgente de otra Nordenfelt rodada; pero a estas peticiones, y aun á otras de mucho menor coste, aunque no menos esenciales, solía contestar el Ministerio de la Guerra que se enviase previamente el dinero…”.[7]
Los telegramas que intercambiaron el Capitán General Macías y el Ministro de Guerra Miguel Correa y García prueban el absurdo desdén metropolitano a la defensa de Puerto Rico. El 7 de marzo, cuando ya “los vientos de guerra” soplaban, Macías escribió, “Ruego a V. E. urgente envío de artificios (espoletas y estopines) expresados oficio 15 de septiembre, por carecer existencia especialmente de portacebos”.  A lo cual el General Correa respondió el 9 de marzo que “Pedidos de artificio, no fue satisfecho por no haber recibido once mil novecientas cincuenta pesetas, valor de los mismos. En cuanto se reciba se remitirán”.[8] Unos días más tarde, el 27 de marzo, el Ministro de Guerra le comunicó a Macías que las “Baterías tiro rápido y ‘Nordenfelt’ y máquinas de cargar cartuchos se encargarán extranjero cuando asegure [el Ministerio de] Ultramar pago de su importe…”.[9] Una vez declarada la guerra la situación no había cambiado. Por mucho tiempo el gobernador Macías había estado pidiendo a sus superiores que se le enviaran unos reflectores para montarlos junto la artillería costera, el 30 de abril, ya iniciada la guerra, el Ministro de Guerra escribió que habían adquirido el “tren de iluminación” y este costaba “treinta y dos mil trescientos seis francos”, y pedía al Gobernador que le informase a que fondos se debería cargar la compra.[10] Algo poco recordado en la historiografía puertorriqueña es que la mayor parte de los impuestos, tarifas y fondos del tesoro de las Antillas era remitido a España y que las contribuciones en Puerto Rico eran más altas que en la Península.[11] El gobierno metropolitano pretendía que con la porción que dejaba en la Isla también se cubriesen los gastos defensivos de esta.

La situación era crítica y, como explicó el Capitán Rivero, iban más allá de la insuficiencia de la artillería en San Juan:
 “Nunca hubo tiro formal de la escuela práctica por temor a gastos; no había tablas de tiro, y a raíz de la guerra, fue necesario calcularlas. No había un sólo telémetro, y fue preciso usar algún teodolito, medir bases y tender una red telefónica, cuya central estaba en San Cristóbal. Los obuses de 24 centímetros, las únicas piezas de regular calibre que poseíamos los artilleros, no tenían la pólvora reglamentaria; usamos la de los cañones de 15 centímetros, y de esta manera el tiro resultaba irregular y corto. Las espoletas y estopines estaban en mal estado, y al pedirlos por cable, ya rotas las hostilidades, contestaron del Ministerio de la Guerra al coronel de Artillería: “Remitan fondos”.[12]
En otras palabras, Madrid no estaba interesada en cubrir los costos de equipar y entrenar apropiadamente a las tropas que debían proteger a la Isla.

Los problemas defensivos no se limitaban al armamento y entrenamiento de la guarnición capitalina. La Isla confrontaba una insuficiencia de tropas y equipo de campaña para enfrentar una posible invasión o ataque. El Capitán General Macías y Casado, al ser entrevistado por Ribero años después de la guerra señaló que:
 “Tan pronto me hice cargo de aquella Isla [Puerto Rico], y sabiendo que la guerra era inevitable, reclamé con urgencia un aumento de dos batallones de infantería, un escuadrón de caballería y dos baterías de campaña. Sólo me enviaron desde Cuba una batería de montaña, de tiro rápido, con escasa dotación de municiones, y alguna fuerza de infantería, que unida a la que desembarcó el vapor Alfonso XIII, que no pudo seguir viaje a Cuba, formó un grupo que se llamó Principado de Asturias”.[13]
 De hecho, el 4 de abril de 1898, Macías telegrafió al Ministro de Guerra que se enviara a la Isla “como mínimum [sic.], 3 batallones, 2 escuadrones y una batería de montaña; pero, como por recientes noticias, parece inminente guerra con Estados Unidos, ruego a V. E. urgente envío de ellos y una compañía de zapadores”.[14] Al día siguiente escribió que en “caso de guerra, absoluta necesidad otro batallón, y sobre todo dos escuadrones de caballería, como también batería de montaña”.[15] La solución del Ministerio de Guerra fue pedirle (6 de abril) al Capitán General de Cuba, Gen. Ramón Blanco y Erenas, que enviase, si no eran “imprescindibles para la defensa” de Cuba, “dos escuadrones y una batería montaña”.[16] Ese mismo día (6 de abril) Macías reportó que Blanco le había respondido que “con gran trabajo, solamente puede enviar un batallón”, por lo que repitió su petición al Ministro.[17] El 17 de abril Macías reportó a sus superiores que habían llegado de Cuba el batallón Principado de Asturias y 5.a batería de montaña,[18] fuerzas que según la petición del Gobernador eran totalmente insuficientes para defender la colonia. La situación fue muy bien resumida por Severo Gómez Núñez: 
“Podría repetirse lo que en anteriores libros hemos dicho al ocuparnos de Cuba, en punto á la incomprensible incuria de los Gobiernos españoles, que durante tantos años dejaron la isla de Puerto-Rico en el más punible abandono.  Puertos sin defensa, guarniciones insuficientes, abstracción completa de sentido práctico hasta para lo relativo al aprovisionamiento, relajamiento del amor á España, tal era el cuadro al sorprendernos la insurrección cubana, de cuyos resplandores llegaban chispazos á la pequeña Antilla, que por su extensión reducida y por su forma especial, se prestaba admirablemente para la defensa”.[19]
Las demandas de material para defensa fija y móvil hechas á la península se desdeñaban por los Gobiernos, no obstante llevar más de veinte años pidiéndose elementos modernos de combate por juntas y comisiones de artilleros é ingenieros, que malgastaron, sin duda, el tiempo, en formular Memorias y trazar planos de defensa costera, de los que tan poco caso se había de hacer en última instancia.[20]

Claramente la defensa de Puerto Rico no era prioridad para España.

El 21 de abril el Ministro Correa advirtió que consideraba “muy inmediata ruptura hostilidades con Estados Unidos. Utilice V. E. elementos de que dispone para defensa integridad territorio y honor nacional, no contando [sic.] con inmediato auxilio”.[21] Como escribió EFELEE, “… y así, para la guerra campal, en lo que se refiere al arma en cuestión, quedó la isla, puede decirse, atenida á sus propios recursos”.[22]

Las tropas

Para defender la Isla, España tenía destacados en Puerto Rico, según el Anuario Militar de España, 6,862 soldados y 357 “jefes y oficiales”, o sea un total de 7,219 hombres, incluyendo la Guardia Civil. Esta cifra es minúscula cuando se compara con los 191,829 soldados asignados a Cuba y los 43,346 en Filipinas. De hecho varias unidades que normalmente estaban destacadas en Puerto Rico habían sido transferidas a Cuba: el Batallón de Cazadores de Valladolid número 21, el Batallón de Cazadores de Colón número 23, y tres de los Batallones Provisionales de Puerto Rico, los números 1, 2 y 5. [23] Como escribió Gómez Núñez: “Toda la atención y todos los refuerzos se los tragaba la isla de Cuba, punto á que convergían casi en absoluto los afanes de Madrid”.[24] Esto se explica, naturalmente, cuando vemos que tanto en Cuba como en Filipinas había una insurrección contra el dominio español. Puerto Rico estaba en paz.

La tropa de Puerto Rico estaba dividida en 5,000 soldados de infantería, 700 de artillería, 746 en la Guardia Civil, 200 ingenieros (telegrafistas, 187 para el “Orden Público” y 21 en la “brigada sanitaria”. Toda la caballería destacada a la colonia eran los ocho hombres que formaban la escolta del Capitán General. Al igual que Macías, Cervera creía que con estos seis mil ochocientos soldados era “imposible defender el montañoso y accidentado territorio de Puerto Rico”.[25]

De otra parte, de acuerdo a Gómez Núñez, en la isla existían 14 batallones de voluntarios, unos 6,000 hombres, pero “completamente exentos de cohesión y poco de fiar para empresas de riesgo”. Luego de declararse la guerra el número de voluntarios aumentó a “9.000 hombres y 700 caballos, repartidos en guerrillas de batallón, que en la práctica de la resistencia á la invasión carecieron de eficacia, aun como fuerzas de reserva”. Esto se debía, según Gómez Núñez, a “la escasez, mejor dicho, la falta de oficiales y el desaliento que cundió en los ánimos al notar la exuberancia de medios de pelea con que el enemigo se presentaba”.[26]

Por su parte Cervera Baviera indicó que nunca se contó con el “Instituto de Voluntarios” (creado en 1870 por el Gobernador Laureano Sanz), y que durante la invasión demostró ser “un elemento que sólo perturbaciones y contrariedades produjo”.[27] Este comentario provocó una fuerte reacción de don Cayetano Coll y Toste que lo llamó “plena falsedad” y señaló que los gobiernos metropolitanos siempre contaban con el Instituto. De hecho, “se procuró que se engrosaran siempre sus filas con individuos de procedencia genuina peninsular”. Por lo que “poco a poco… tomó carácter político-social, incondicionalmente español”. Lo que debió ser un cuerpo de defensa, se convirtió en “un partido político armado”, lo que le “restó las simpatías de muchos hijos del país”.[28] Esto podría explicar lo que sucedió una vez la invasión de la isla comenzó.

Del espíritu de los habitantes puede formarse idea por el telegrama que el General Nelson A. Miles dirigió al secretario de Guerra de los Estados-Unidos el 29 de Julio, á los pocos momentos de haber entrado en Ponce, población de 50.000 almas. “El pueblo — decía Miles—recibe á las tropas y saluda á la bandera americana con gran entusiasmo», y luego en 31 del mismo mes telegrafiaba á Washington el mismo General, también desde Ponce, «las cuatro quintas partes del pueblo asistieron regocijadas á la entrada del ejército (americano): 2.000 hombres han tomado plaza voluntariamente para servir con él.”[29]

Los atropellos de los españoles y sus incondicionales empujaron a los criollos a los brazos de los norteamericanos.

La Marina

San Juan también contaba con fuerzas navales españolas. De acuerdo a Gómez Núñez, “su escaza importancia; explica que no interviniesen en la lucha contra la escuadra de Sampson”. Estos buques eran: el crucero de 2da Isabel II, el crucero de 3ª General Concha, el cañonero Ponce de León, el cañonero Criollo, el destroyer Terror y el crucero auxiliar Alfonso XIII.  De estos, al Isabel II había que cambiarle las calderas, por lo cual no podía navegar a mucha velocidad, el Concha “no merecía el nombre de crucero” y sólo el Alfonso XIII “daba un andar aceptable”. El Terror pertenecía la flota del Almirante Pascual Cervera y tuvo que quedarse en Puerto Rico al sufrir desperfectos.[30] La apreciación de Gómez Núñez sobre la situación es sumamente interesante: 
“Claro es, que, con tan pobres elementos navales, no podía intentarse nada contra los poderosos acorazados de Sampson, mas no así para perseguir y alejar los buques bloqueadores, que desde el principio cercaban á Puerto-Rico, y que eran los barcos auxiliares mercantes armados en guerra como cruceros Saint-Paul y Yosemite, los que apresaban cuantos buques de vapor y menores se dirigían al puerto”.[31]
Sólo en dos ocasiones salieron los buques españoles del puerto a confrontar a las naves enemigas que bloqueaban el puerto. La primera fue el 22 de junio cuando el Isabel II, apoyado por el Terror y el General Concha atacó al Saint-Paul. El Terror que no tenía sus “piezas gruesas” intentó torpedear al norteamericano, pero fue alcanzado por los cañones de este antes de alcanzar la distancia apropiada para lanzar sus torpedos y tuvo que retirarse. La otra ocasión ocurrió cuando el Isabel II, el General Concha y el Ponce de León salieron a proteger al vapor Antonio López, buque español que intentaba romper el bloqueo y traer suministros para Cuba y Puerto Rico. Aunque no pudieron salvar la nave, que encalló al oeste de San Juan, si lograron alejar al Saint-Paul y al Yosemite, lo que permitió rescatar la mayor parte de la carga. El Antonio López, eventualmente, fue cañoneado y destruido por el New-Orleans.[32]

Algo que tuvo que afectar significativamente la defensa de la plaza fue la disputa que surgió entre el Capitán General y Guillermo Vallarino, “comandante general de Marina”, o sea el comandante de las fuerzas navales en Puerto Rico. De acuerdo al propio Macías, “por una corruptela inexplicable, este general prescindía de mi autoridad suprema de gobernador general y capitán general de una isla en estado de guerra y bloqueada por el enemigo”.[33] La situación fue tal que Macías escribió a Madrid para aclarar la cadena de mando en San Juan. El Ministro de Guerra respondió, naturalmente, con prontitud para evitar una crisis en el mando de la colonia. El telegrama del 3 de julio decía:
“3 julio 1898. —Llegado caso puede V. E. adoptar disposiciones que indica para cerrar puerto y las que juzgue convenientes defensa Isla, de que V. E. es único responsable, dando sus órdenes al comandante Marina, quien deberá cumplirlas sin consultar a su ministro como ha hecho en este caso, toda vez que ejerce V. E. sobre fuerzas navales que operan en esa Isla, facultades que terminantemente le atribuyen Ordenanzas Ejército y Armada, confirmadas por Real orden 29 octubre 1872 y ley 15 marzo 1895”.[34]
En la entrevista que le concedió en 1922 a Ribero, Macías presentó como evidencia de la rebeldía de Vallarino el ataque que realizaron contra el Saint-Paul el 22 de junio el Isabel II, el Terror y el General Concha:
“La salida del Terror en pleno día, para presentar combate a un buque que, aunque auxiliar, montaba numerosa artillería de tiro rápido y gran alcance, fué una locura que jamás apadriné; el general Vallarino, sin consultarme, ordenó la salida del destróyer. En cuanto a su comandante, La Rocha, mereció y me merece aún el más alto concepto por su valor y por su obediencia ciega a las órdenes recibidas, a pesar de que no existían probabilidades de éxito”.[35]
Toda esta situación, refleja la timidez del Capitán General de Puerto Rico. No es sólo que no quería permitir a las fuerzas de la marina que defendiesen la Isla y cumpliesen con su deber, sino que al enfrentar la insubordinación de Vallarino, su solución fue enviar un telegrama al Ministro de Guerra. Un militar verdadero no responde a la insubordinación con telegramas. Quizás la apreciación de EFELEE que los gobernadores enviados por el gobierno de Sagasta eran más políticos que generales esta correcta.[36]

Ante la debilidad de las defensas y artillería de San Juan “se cerró el puerto colocando torpedos [minas de contacto] y echando a pique un barco viejo a la entrada del canal”.[37]

Las causas

Había varias razones para el desdén con que el gobierno metropolitano trataba a la Isla. El siglo XIX español fue un verdadero caos. Las palabras de José Luis Comellas son la mejor descripción de la situación del reino:
“La primera impresión que nos produce el siglo XIX es inevitablemente, de fárrago. Toda esa centuria se nos presenta como un “un cúmulo de infinitos pequeños sucesos”, que resulta casi imposible retener en la memoria, y donde, además, no es fácil precisar la relación causa a efecto. Multitud de nombres de gobernantes, que se suceden a un ritmo vertiginoso, cambios de gobierno, partidos, pronunciamientos, golpes de Estado, muchos con los cuales vienen sin saber cómo ni por qué. En conjunto, un conglomerado indigesto, y a primera vista, poco reductible al orden o a la unidad”.[38]
Más allá, con la pérdida de Ibero América, España había pasado de ser el gran imperio a ser el pequeño imperio, y su perspectiva, visión y mentalidad lo reflejaba, tal como escribió Comellas:
“Al llegar al siglo XIX… todo se consuma dentro de los límites geográficos de nuestra Península, y se cifra, además, con exclusividad en el campo de la política: gobiernos efímeros, partidos, cámaras discutidoras, revoluciones a cada paso.  …  Es cierto que en la España del siglo XIX predomina de un modo masivo la política interior sobre la exterior: apenas provocan los españoles grandes o pequeños acontecimientos de fronteras afuera.[39]
La inestabilidad política –y social- de la España decimonónica rayaba en lo absurdo. Como explica Comellas, “Ciento treinta gobiernos, nueve constituciones, tres destronamientos, cinco guerras civiles, decenas de regímenes provisionales, y un número casi incalculable de revoluciones, que provisionalmente podemos fijar en dos mil”.[40] La situación es tan cantinflesca que en un momento dado, se importó un nuevo rey [Amadeo de Saboya], extranjero y totalmente desconectado de España, quien, naturalmente, duró poco tiempo. Las dos mil revoluciones a las que Comellas se refirió, equivalen, según su propio calculo, a “una cada diecisiete días”.[41] Esto provoca una pregunta. Ante esta inestabilidad política, ¿cuánto hubiese durado la tan glorificada autonomía?

España no solo sufría la inestabilidad política; el país era pobre y subdesarrollado, tanto así que la metrópoli dependía de la producción económica de sus colonias, en particular Cuba, que era “una fuente primordial de la riqueza española”.[42] De hecho, como dijeron Antonio Elorza y Elena Hernández Sandoica, esta pobreza y subdesarrollo provocaban la necesidad de que la riqueza cubana fuese enviada a la metrópoli.[43] En Puerto Rico, cómo ya vimos, la situación era similar, tanto así que, por causa de la guerra de Cuba, “el gobierno de la Metrópoli acumuló con el erario insular una deuda de 2,516,586.55 pesos”, que nunca saldó.[44]

Ciertamente en la relación de Cuba y Puerto Rico con España se daba en un marco de dependencia; España era mantenida por sus colonias.

De otra parte, según EFEELE indicó, el gobierno estaba convencido que en Puerto Rico no había posibilidades de brotes separatistas, por lo cual existía “la seguridad de que la paz no sería turbada en caso alguno de una manera más seria hizo que fueran desatendidas las peticiones del Capitán general, á fin de que se le completara siquiera los elementos de fuerza necesarios para combatir en los primeros momentos cualquier movimiento insurreccional”.[45]

Esto hizo que los Capitanes generales enviados por “el Gobierno del señor Sagasta… sólo se preocuparan de su papel político, cuando ya amenazaba de cerca la guerra internacional”.[46]
Esta isla, con un gobierno desinteresado, guarnición desguarnecida, y pueblo hastiado, tuvo que hacer frente a la guerra. El resultado no es sorprendente.





[1] MAHAN, Alfred T. Lessons of the War with Spain and Other Articles (Boston: Little, Brown and Company, 1899), págs. 28-29.
[2] RIVERO, Ángel. Crónica de la Guerra Hispano Americana en Puerto Rico (Madrid: Sucesores de Rivadeneyra, 1922), pág. 44.
[3] GÓMEZ NÚÑEZ, Severo.  La Guerra Hispano-Americana: Puerto Rico y Filipinas (Madrid: Imprenta del cuerdo de Artillería, 1902), pág. 48.
[4] CERVERA BAVIERA, Julio.  La Defensa militar de Puerto Rico (Puerto Rico: Imprenta de la Capitanía, 1898), reproducido en Boletín Histórico de Puerto Rico, tomo VI (San Juan: Tip. Cantero, Fernández & Co., 1918), pág. 9.
[5] RIVERO, Ángel. “Conferencia celebrada por el autor, el día 6 de octubre de 1922, en Valladolid, con el Teniente General D. Manuel Macías y Casado, ultimo Gobernador y Capitán General de Puerto Rico durante la soberanía Española” en Crónica de la Guerra Hispano Americana en Puerto Rico (Madrid: Sucesores de Rivadeneyra, 1922), pág. 575.
[6] Héctor A. García en el portal 1898 los Documentos de Puerto Rico
[www.salonhogar.net/Enciclopedia_Ilustrada/Documentos_historicos/Protagonistas/P5.htm] atribuye la obra al Teniente Coronel Francisco Larrea y Liso.  Agosto 3, 2014.
[7]EFEELE, El Desastre nacional y los vicios de nuestras instituciones militares (Madrid: Imprenta del Cuerpo de Artillería, 1901), pág. 77.
[8] Ribero, “Telegramas cruzados entre el Ministro de Guerra español, General Correa, y el Capitán General de Puerto Rico, D. Manuel Macías” en  Crónica de la Guerra Hispano Americana en Puerto Rico, pág. 614.
[9] Ibídem, pág. 614.
[10] Ibídem, pág. 617.
[11] MEJIAS, Félix.  Mas apuntes para la historia económica de Puerto Rico: la tiranía de su pasado  (Río Piedras: Editorial Edil, 1978), pág. 67.
[12] Ribero, Crónica de la Guerra Hispano Americana en Puerto Rico, pág. 45.
[13] “Conferencia celebrada por el autor, el día 6 de octubre de 1922, en Valladolid, con el Teniente General D. Manuel Macías y Casado, ultimo Gobernador y Capitán General de Puerto Rico durante la soberanía Española” en RIVERO, Ángel.  Crónica de la Guerra Hispano Americana en Puerto Rico (Madrid: Sucesores de Rivadeneyra, 1922), pág. 575.
[14] Ribero, “Telegramas cruzados entre el Ministro de Guerra español, General Correa, y el Capitán General de Puerto Rico, D. Manuel Macías”, pág. 614.
[15] Ibídem, pág. 614.
[16] Ibídem, pág. 615.
[17] Ibídem, pág. 615.
[18]Ibídem, pág. 616.
[19] GÓMEZ NÚÑEZ, pág. 80.
[20] Ibídem, pág. 84.
[21] Ribero, “Telegramas cruzados entre el Ministro de Guerra español, General Correa, y el Capitán General de Puerto Rico, D. Manuel Macías”, pág. 616.
[22] EFEELE.  El Desastre nacional, pág. 77.
[23] Citado por CERVERA BAVIERA, Julio.  La Defensa militar de Puerto Rico (Puerto Rico: Imprenta de la Capitanía, 1898), reproducido en Boletín Histórico de Puerto Rico, tomo VI (San Juan: Tip. Cantero, Fernández & Co., 1918), pág. 7.
[24] GÓMEZ NÚÑEZ, pág. 81.
[25] CERVERA BAVIERA, Julio.  La Defensa militar de Puerto Rico (Puerto Rico: Imprenta de la Capitanía, 1898), reproducido en Boletín Histórico de Puerto Rico, tomo VI (San Juan: Tip. Cantero, Fernández & Co., 1918), pág. 8.
[26] GÓMEZ NÚÑEZ, págs. 82-83.
[27] CERVERA BAVIERA, pág. 8.
[28] Coll Y Toste, Cayetano.  Boletín Histórico de Puerto Rico, tomo VI (San Juan: Tip. Cantero, Fernández & Co., 1918), pág. 8.
[29] GÓMEZ NÚÑEZ, pág. 83.
[30] Ibídem, págs. 75-77.
[31] Ibídem, pág. 77.
[32] Ibídem, págs. 77-79.
[33] RIVERO, “Conferencia celebrada por el autor, el día 6 de octubre de 1922, en Valladolid, con el Teniente General D. Manuel Macías y Casado”, pág. 576.
[34] RIVERO, “Telegramas cruzados entre el Ministro de Guerra español, General Correa, y el Capitán General de Puerto Rico, D. Manuel Macías”, pág. 622.
[35] RIVERO, “Conferencia celebrada por el autor, el día 6 de octubre de 1922, en Valladolid, con el Teniente General D. Manuel Macías y Casado”, pág. 576.
[36] EFEELE, pág. 68.
[37] CERVERA BAVIERA, pág. 12.
[38] COMELLAS, José Luis.  Historia de España: Moderna y Contemporánea (1474-1975), séptima edición  (Madrid: Ediciones Rialp, S. A., 1980), pág. 401.
[39] Ibídem, pág. 402.
[40] Ibídem, pág. 402.
[41] Ibídem, pág. 403.
[42] Ibídem, pág. 517.
[43] ELORZA, Antonio y Elena HERNANDEZ SANDOICA.  La Guerra de Cuba (1895-1898) (Madrid: Alianza Editorial, 1998), pág. 49.
[44] MEJIAS, Félix.  Mas apuntes para la historia económica de Puerto Rico: la tiranía de su pasado  (Río Piedras: Editorial Edil, 1978), pág. 68.
[45] EFEELE, pág. 67.
[46] Ibídem, pág. 68.

4 comentarios:

  1. A esas personas que a diario hablan de que España no acoja como una provincia le recomiendo lea este articulo y lea estos dos parrafos para que se den cuenta de que España no nos queria entonces y menos nos va a querer ahora que estamos quebrados economicamente.

    Del espíritu de los habitantes puede formarse idea por el telegrama que el General Nelson A. Miles dirigió al secretario de Guerra de los Estados-Unidos el 29 de Julio, á los pocos momentos de haber entrado en Ponce, población de 50.000 almas. “El pueblo — decía Miles—recibe á las tropas y saluda á la bandera americana con gran entusiasmo», y luego en 31 del mismo mes telegrafiaba á Washington el mismo General, también desde Ponce, «las cuatro quintas partes del pueblo asistieron regocijadas á la entrada del ejército (americano): 2.000 hombres han tomado plaza voluntariamente para servir con él.”[29]

    Los atropellos de los españoles y sus incondicionales empujaron a los criollos a los brazos de los norteamericanos.

    ResponderEliminar
  2. Sólo para ser ametrallados, quitarseles sus tierras y matados de hambre por los estadounidenses. De cuando a acá la propaganda del Gobierno de Estados Unidos es de fiar, hasta el hundimiento del Maine fué una fabricación, nada de lo que provenga del invasor es legítimo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Saludos. En honor a la evidencia histórica, los Estados Unidos, como potencia mundial, se ha desarrollado buscando justificar su expansión ante situaciones de esta índole. El Maine es solo un ejemplo más.

      Eliminar
    2. Estimado don Adelante, mi trabajo esta basado mayormente en escritos de peninsulares, miembros de las fuerzas armadas de España, y de puertorriqueños testigos de los hechos. Asi que no se a que se refiere al decir que "nada que provenga del invasor es legitimo".

      Eliminar