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jueves, 11 de agosto de 2022

El Dengue: algo sobre su historia e impacto en la cultura

El Dengue: algo sobre su historia e impacto en la cultura
Por Arturo Álvarez D´ Armas

Imagen de mosquito Aedes aegypti picando a un humano, en Dar es Salaam, Tanzania.
Foto de  Muhammad Mahdi Karim (2009), GNU Free Documentation License v. 1.2.
 
El dengue es una enfermedad viral transmitida por la picadura del mosquito Aedes aegypti. El Aedes es originario de la región etiópica, nuclea la mayor cantidad de especies del subgénero Stegomyia. Hoy día es un insecto cosmopolita.

El dengue se presenta de dos maneras: fiebre de dengue y fiebre hemorrágica del dengue. El primero es de tipo gripal que afecta a los niños y a los adultos, pero rara vez causa la muerte; el segundo es otra forma más grave, en la que pueden sobrevenir hemorragias y a veces un estado de choque, que lleva a la muerte. En los niños es sumamente grave.

Los primeros casos de dengue hemorrágico comprenden a Curazao y Venezuela en la década de los 60.  Honduras, Jamaica y Puerto Rico en los 70. En 1981 hay un fuerte brote en Cuba y Venezuela es atacada de nuevo en 1989. De allí en adelante el dengue hemorrágico se expande por toda América Latina. Anterior a ello, en 1953-1954 se encuentra en Trinidad y Tobago un dengue en una situación no epidémica.

Por intermedio del Aedes aegypti también se produce la fiebre amarilla. Las dos enfermedades llegaron a América con los esclavizados africanos, quienes “vinieron” a trabajar en las plantaciones y minas recién descubiertas. Como ya lo dijo el sacerdote jesuita Alonso de Sandoval “el hacinamiento de los barcos y de las barracas para su hospedaje determinarían una rápida y mortífera dispersión de las enfermedades”.

Investigadores como Dotres Martínez opinan que el origen del dengue se remonta al año 1823, donde esclavos procedentes de África Occidental introdujeron en América los términos dinga o dyenga con la que se nombró una epidemia de la enfermedad en su tierra natal. Dotres Martínez cree que dengue es una palabra proveniente del idioma swahili, muy utilizado en África Oriental. Otra opinión nos la da Bernardo Fernández Chelala: “Benjamín Rush descubrió una epidemia en Filadelfia en 1780 y otra en 1801 en Madrid”, con las mismas características del dengue.

La voz dengue es originaria de lo que hoy conocemos como la República de Angola, República del Congo y República Democrática del Congo, se le conoce a través de los idiomas kimbundu (ndengue: “niño pequeño, crío”) y el kikongo (ndengue: “recién nacido”). En Brasil se le llama “meu dengue” a los niños y en Venezuela, Cuba, Colombia y el resto del continente americano, la palabra dengue se relaciona con el virus del dengue hemorrágico.

En la santería cubana hay el vocablo dengué, bebida elaborada a base de maíz seco, azúcar y unas gotas de miel de abejas; la misma se ofrece a las deidades antes de dar inicio al rito. A este brebaje se le llama también ñanguerí.

En el calé, léxico del lumpen venezolano, se decía por los años 60: ¿cómo está el dengue?, como está la cosa. El calé venezolano estaba compuesto por muchas palabras de origen africano. El Diccionario de la Real Academia Española y el Larousse solo dicen que es una voz onomatopéyica, sin poner su origen. El lingüista Laman (1972) escribe que ndingui es palabra kikongo y es “crisis de desesperación, enfermedad, canto de dolor”. Ese mismo criterio dan las investigadoras cubanas Gema Valdés Acosta y Myddri Leyva Escobar en su diccionario de bantuismos en el español de Cuba (2009).

El primero de abril de 1952, el cantante y compositor puertorriqueño Bobby Capó graba la guaracha Dengue. Música y letra de Severino Ramos y Walfrido Guevara.

A principios de los años 60 del siglo XX, el famoso músico y compositor cubano –radicado en México desde los años 40- Dámaso Pérez Prado uno de los padres del mambo, -el otro es Orestes López, el macho-, crea un ritmo que sigue la línea del mambo, con raíces de la guaracha-son y elementos de la música de los pueblos del Congo y Angola; ese nuevo ritmo Pérez Prado lo bautiza con el nombre de “El dengue”. El sonido que sobresale en la orquesta es a base de un hierro percutido con dos baquetas, donde se repite la misma figura durante toda la pieza. Al imponerse la moda efímera del dengue las parejas bailaban realizando figuras como si tuvieran una tembladera. Entre las melodías más conocidas de la época tenemos “el dengue universitario”; anteriormente Pérez Prado había producido otro ritmo llamado “La Chunga”.

En el año 1966 el público cubano se llenó de gozo con la puesta en escena de la zarzuela “El dengue” del compositor y director Rodrigo Prats, autor de la afamada zarzuela Amalia Batista.

Fuentes consultadas:

Álvarez Nazario, Manuel.  El elemento afronegroide en el español de Puerto Rico. Contribución al estudio del negro en América. Segunda edición.  San Juan de Puerto Rico: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1974.  489 p.

Cabrera, Lydia.  El Monte (Igbo – Finda; Ewe Orisha. Vititi Nfinda) Notas sobre las religiones, la magia, las supersticiones y el folklore de los negros criollos y el pueblo de Cuba). Cuarta edición.  Miami: Ediciones Universal, 1975.  564 p.

Dotres Martínez, Carlos et al.  “Dengue hemorrágico en el niño”.  En: Cadernos de Saúde Pública.  Río de Janeiro: Vol. 3, Nº 2, June 1987.  pp. 158-180.

Fernández Chelala, Bernardo.  “Fiebre hemorrágica por dengue”.  En: www.monografias.com/trabajospdf/fiebre-hemorragica-dengue/fiebre-hemorragica-dengue.pdf

Garciaporrua, Jorge.  “Yo soy así”. En: Clave.  La Habana: Nº 13.  pp. 23-27.  Nota: Entrevista imaginaria al músico Rodrigo Prats.

Laman Aman, Karl y Maurice Westling. Vocabulaire kikongo-français / français-kikongo.  Kinshasa: Leco, 1972.

Larousse.  Diccionario Enciclopédico 2007. Decimotercera edición. Bogotá: Ediciones Larousse,2007.

Orovio, Helio.  Diccionario de la música cubana. Biográfico y técnico.  Ciudad de la Habana: Editorial Letras Cubanas, 1981.  442 p.

“Palabras de Origen Bantu Inseridas no Portugués”.  En: http://www.geocities.com/kimbundohp/palavras2.htm

Real Academia Española. Diccionario de la Lengua Española. Vigésima Segunda Edición. Tomo 4. Madrid: Espasa, s.a.

“Situación histórica del dengue en América”. En: www.ahora.com.de/Ediciones1335/SECCIONES/actualidad7.html

Valdés Acosta, Gema y Myddri Leyva Escobar.  Diccionario de bantuismos en el español de Cuba. La Habana: Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello, 2009. 158 p.


domingo, 6 de septiembre de 2020

Ejemplos de la neurociencia en desastres naturales

Ejemplos de la neurociencia en desastres naturales

Laura Miranda Olivera y Emmanuel Figueroa Rosado 

La neurociencia en desastres naturales ha tenido poco protagonismo en lo que se refiere a investigaciones. Estudios psicológicos y ecológicos, enfocados en la salud pública, dominan la mayoría de la literatura científica relacionada a los desastres naturales y sus efectos en la población. Sin embargo, en años recientes, ciertos ejemplos pueden aludir a la neurociencia y pueden guiar hacia la aplicación e investigación de los desastres naturales en la niñez a través del estudio del cerebro y el sistema nervioso central. Si algo ha demostrado la neurociencia en años recientes, es que su aplicabilidad puede provenir de lugares inusuales.[1]


Proyecto Tormenta de Hielo

El primer ejemplo proviene de Quebec, Canadá. A finales de los años 90, provincias de Quebec fueron afectadas por varias tormentas de hielo. Directa e indirectamente, las tormentas causaron alrededor de 35 muertes y dejaron cerca de 3 millones de personas sin energía eléctrica. Se estimó que las tormentas causaron cerca de 1.5 mil millones de dólares en daños, convirtiéndose en el desastre natural de mayor destrucción en la historia de Canadá.

Esta destrucción le brindó la oportunidad única a un equipo de científicos para observar niveles de estresores causados por las tormentas y su efecto en mujeres embarazadas. Project Ice Storm o Proyecto Tormenta Hielo buscaba investigar los efectos de este desastre natural en el estrés prenatal maternal.[2] El estudio liderado por Suzzane King investigó cómo las tormentas impactaron el desarrollo cognitivo, neuronal, del comportamiento y del lenguaje. Lo que encontraron los científicos fue sorprendente e igualmente alarmante.

King explica lo siguiente en sus conclusiones, luego de observar a varias familias de clase media y clase media alta, cuyos hijos e hijas fueron observados hasta la adolescencia:

“Los resultados del estudio demuestran que la angustia subjetiva de la madre, como se refleja en la gravedad de los síntomas del trastorno de estrés postraumático evaluados varios meses después de la tormenta, tiene efectos significativos en varios resultados, incluido el desarrollo físico (resultados al nacer, asimetría de huellas dactilares) y el riesgo de asma, pero, efectos especialmente fuertes en el desarrollo conductual y motor de los niños durante la infancia. Los resultados sugieren que, de alguna manera, la angustia subjetiva de la madre ‘supera’ los efectos de su exposición objetiva a las dificultades de la tormenta. Esto se observa en los efectos sobre los problemas de internalización y externalización de los niños, los rasgos subclínicos autistas y su coordinación bilateral e integración visual-motora: para cada uno de estos resultados, el rendimiento fue más bajo para los niños cuyas madres tenían altos niveles de angustia subjetiva. Independientemente de su grado de estrés objetivo; pero para los niños cuyas madres tenían niveles bajos de angustia subjetiva, su desempeño variaba sólo en función del estrés objetivo de sus madres”.[3]

Lo que encontraron los investigadores es alarmante puesto que la recuperación de este desastre natural no fue tan complicada como los desastres que veremos más adelante, e incluso el propio huracán María. Es decir, pese a no sufrir un desastre de igual magnitud como los huracanes Katrina o Harvey en los Estados Unidos, o María, el Proyecto Tormenta de Hielo pudo comprobar las diferentes disrupciones en el desarrollo que puede tener la niñez, incluso antes de nacer. De hecho, dicho proyecto no habría completado aún lo que tal vez habrían sido sus mayores hallazgos.

El equipo de King continuó sus estudios de los niños que estuvieron en el vientre de sus madres durante las tormentas de Quebec y los hallazgos todavía siguen siendo perturbadores. En los siete años luego del estudio por King et al., el Proyecto Tormenta de Hielo ha encontrado que la niñez proveniente de estos desastres naturales obtuvo menores funciones motoras[4], se les podía predecir rasgos de autismo[5] e incluso puede afectar la metilación del ADN en sus genes[6].

El cerebro luego de Katrina

Pese al poder destructivo del huracán María, el precedente que el huracán Katrina dejó en nuestras conciencias es uno igual o aún más horrífico. Katrina, el huracán categoría 3 que destruyó la ciudad de Nueva Orleans en el 2005 y dejó un estimado de 1,200 muertes, es actualmente la tormenta que mayores daños ha causado a la nación estadounidense (cerca de 105 mil millones de dólares).[7]

No es difícil hacer comparaciones entre María y Katrina. Ambos desastres llegaron justo cuando las advertencias de la comunidad científica sobre las consecuencias de la aceleración del cambio climático estaban a viva voz. Los ciclones fueron durante la administración de dos presidentes republicanos que mostraron una pobre respuesta y, por consiguiente, hubo altas críticas sobre el rol del gobierno federal en brindar la ayuda necesaria. Sin embargo, tal vez la mayor visión análoga que podemos hacer de estos devastadores sistemas son sus consecuencias a largo plazo en el cerebro.

Varios estudios sobre las consecuencias del huracán Katrina en la salud, especialmente, en la salud mental, han sido abordados y publicados en la actualidad. Jean Rhodes y Christian Chan de la Universidad de Massachusetts encontraron altos niveles de estrés postraumático en padres y madres provenientes de recursos bajos que fueron impactadas por el huracán Katrina.[8] Más adelante, en un metaanálisis, estos mismos investigadores encontraron que: “La falta de necesidades básicas, como alimentos, agua y atención médica, y la pérdida de mascotas también se asociaron con EPT [estrés postraumático] y AGP [angustia psicológica general]”.[9]

Si bien los resultados son preocupantes, estos no encapsulan o representan el problema mayor de las víctimas de Katrina. Indudablemente, esa distinción se lo lleva el grave problema de adicción al tabaco, alcohol, marihuana e incluso opioides que surgió luego del impacto de este desastre. Como explica Knvul Sheikh en su excelente columna sobre los desastres naturales y sus repercusiones en el cerebro: “aproximadamente un tercio de los sobrevivientes del huracán Katrina que habían sido desplazados a Houston, Texas, habían aumentado su consumo de tabaco, alcohol o marihuana después de la tormenta”.[10] En dicha columna, la profesora Christie Manning indicaba que la falta de apoyo social, la pérdida y el daño al hogar, más hábitos previos al desastre, podrían atribuirse a esta alza. “Pasar al alcohol o las drogas puede ser una forma de recuperar el sentimiento de control sobre sus vidas, especialmente si se habían involucrado en estos comportamientos antes del desastre”, explicó Manning a Brain Facts. ¿Por qué la adicción es una labor para la neurociencia? Porque el mismo cerebro es el mayor responsable de la subsecuente adicción a las drogas.

Todo el que ha incurrido en las neurociencias, psicología y psiquiatría ha aprendido sobre el rol del sistema de recompensa y como impacta la adicción a las drogas. La doctora Sally Satel brinda una síntesis simple a la interacción del sistema de recompensa y las drogas:

“El proceso de adicción se desarrolla en parte a través de la acción de la dopamina, uno de los neurotransmisores primarios del cerebro. Normalmente, la dopamina aumenta en el llamado camino de recompensa, o circuito, en presencia de comida, sexo y otros estímulos fundamentales para la supervivencia. Las mejoras a la dopamina sirven como una “señal de aprendizaje” que nos obliga a repetir la comida, el apareamiento y otros placeres. Con el tiempo, las drogas llegan a imitar estos estímulos naturales. Con cada bocanada de un Malboro, una inyección de heroína o un trago de Jim Bean, la señal de aprendizaje en el camino de la recompensa se fortalece, y en usuarios vulnerables, estas sustancias asumen propiedades de incentivo que recuerdan la comida y el sexo”.[11]

Las drogas no tan solo “secuestran” un sistema vital para la supervivencia, sino que las vías de dopamina son igualmente importantes para la memoria y el aprendizaje. La neurociencia ha arrojado imágenes de resonancia magnética (MRI, por sus siglas en inglés) indicando correlaciones neuronales a la adicción y en el proceso, indicando cómo las drogas no tan solo son un problema de salud mental y social, sino también un problema indicativo del cerebro. Aunque, como explica la misma Satel en su libro Brainwashed (2013), un cerebro secuestrado por químicos no es la única explicación y solución a la epidemia de la adicción: la neurociencia sí puede traer a la luz el impacto biológico, no tan solo psicológico y social, que causa las drogas. Muchos estudios han mostrado que las personas tienden a tener mayor interés en un dato o en algún problema si está relacionado a una imagen del cerebro.[12] Aunque esto también puede jugar en una línea muy fina de los límites de la neurociencia[13], no se puede negar el prospecto de cómo la neurociencia podría iluminar el aumento de adicción que hubo en los sobrevivientes del huracán María. Incluso, podría aumentar recursos y fondos por varias agencias, que ya en sí están siendo utilizados para tratar la salud mental de muchos de los sobrevivientes del huracán Katrina.

Japón muestra el rol de la neurociencia en un desastre natural

El 11 de marzo del 2011, Japón experimentó uno de sus desastres naturales de mayor destrucción. Un terremoto de 9.01 de magnitud sacudió la parte noreste del país. Consecuentemente, olas de tsunamis, de al menos 30 pies de altura continuaron el terrible saldo de muertos y desaparecidos que ya habría dejado el terremoto. Mundialmente, este terremoto es conocido como “El Terremoto de 3/11”. Los muertos y desaparecidos en dicho desastre fueron 22,000. Incluso, Japón estuvo en vigilancia de una de sus plantas nucleares, por las posibilidades de que esta contaminara o causara otro desastre —pero en este caso, nuclear—.[14]

A partir de esto, un grupo de investigadores liderados por el neurocientífico Atsushi Sekiguchi —natural también de Japón— emprendieron investigaciones para conocer las consecuencias de estos desastres. Sekiguchi y su equipo realizaron unas evaluaciones de imagen cerebral (imagen de resonancia magnética) previas al temblor, con 42 participantes. En estas imágenes, el grupo de investigadores encontró cómo la materia gris en áreas de la corteza, como lo es la orbitofrontal izquierda, mostraban el efecto del estrés postraumático, perpetrado por el terremoto de 3/11.[15] Luego, en el 2014, Sekiguchi continuaría con sus investigaciones de los efectos de este desastre en el cerebro, probando en un estudio posterior al desastre que el estrés y la ansiedad que presentaron los participantes que vivieron el desastre natural reducía el volumen hipocampal del cerebro.[16] Es decir, que causó daño en una de las áreas claves para la memoria de corto plazo y las emociones luego del terremoto.

Lo más impresionante que encontraría Sekiguchi a través de estos estudios se divulgaría en un artículo escrito por este en la revista Brain Nerve. Sekiguchi concluyó que: “nuestros estudios recientes demostraron que la alta autoestima es un factor que predice la recuperación de la reducción del volumen cerebral debido a la angustia posterior al terremoto”. Es decir, la resiliencia mostrada por los participantes que sufrieron ante el terremoto de 3/11 fue apoyada mayormente por la autoestima.

Estos estudios sobre los cambios neuronales a causa del terremoto de Japón nos indican tres factores claves sobre cómo la neurociencia aporta en tiempos de desastres naturales. Primero, a través de imágenes de resonancia magnética, se puede encontrar varios cambios neuronales en los educandos. Aunque este proyecto no interactúa directamente con la utilización de MRI durante un desastre natural u otra herramienta de imagen cerebral, sí trae a colación su importancia para observar daños a largo plazo, previo y después de un desastre natural en el cerebro de la niñez. Segundo, muestra un lazo concreto de cómo un desastre natural puede afectar negativamente estructuras cerebrales que son claves para el aprendizaje, como es el caso de la zona del hipocampo, esa estructura clave para el aprendizaje, que tiene forma de caballo de mar y está escondida dentro del sistema límbico. Finalmente, la neurociencia arroja una aportación acerca de la resiliencia en la niñez durante un desastre natural, como lo fue la autoestima en el caso del desastre en Japón. El desastre del “3/11” es un buen ejemplo para entender cómo partiendo del impacto de un desastre natural, y usando las herramientas previstas por la neurociencia, se encuentran ciertas prácticas que pueden ayudar a aliviar y luego prevenir efectos negativos en un desastre natural.

Huracán María y el servicio de la neurociencia educativa

Desde el 1928, la isla de Puerto Rico no había conocido un huracán tan potente como lo fue el huracán María. Con vientos de 155 mph, llegó a convertirse en huracán categoría 5 durante su trayectoria por la isla. María plasmó un nuevo capítulo en la historia puertorriqueña. Lo que viviría la isla serían momentos sin precedente en la historia moderna. La gran mayoría del país se quedó sin energía eléctrica, sin servicios de agua y de comunicación e incluso sufrió escasez de comida. Miles de hogares quedaron destruidos, y las personas no tuvieron accesibilidad a servicios médicos, una ayuda pobre del gobierno y una respuesta retrasada del gobierno federal. Para muchos, María fue el Katrina de esta década, contando con un presidente deficiente al responder al llamado de ciudadanos americanos, más el gobierno local jugando política con la situación. El saldo final de 4,645 muertos a causa del desastre es el ejemplo más evidente de dicha ineficiencia.

Aunque se puede escribir todo un libro sobre cómo el desastre de María debió ser atendido, el propósito de este libro es otro. María, en este caso, es el ambiente de laboratorio para lo que se propone en estas páginas. Aunque diferentes servicios se ofrecieron luego del desastre, y se ha tomado en consideración cómo la niñez se afectó por este, muy poco se ha comentado sobre cómo crear un plan efectivo para un posible futuro desastre que tome en consideración los efectos en la mente y en el proceso educativo de los niños. Como nos muestra el estudio publicado por el Instituto de Desarrollo de la Juventud mencionado en el primer capítulo [17], María mostró tener un alto impacto en la niñez en lo que se refiere al proceso educativo, servicios de la salud y en la conducta. El Instituto, en coordinación con la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras, obtuvo una muestra de 705 familias con al menos un menor de dieciocho años en su hogar.

Los datos que surgen en el estudio nos hacen pensar inmediatamente en cómo a través del desastre de María se perdió un tiempo educativo valioso, y qué daños cognitivos pudieron haber surgido en el intervalo del desastre y el regreso a la escuela. Según el estudio, el promedio de días en que la niñez menor de cinco años estuvo sin servicios educativos fue de 92 días. Para la población que estaba en un programa de escuela pública entre cinco a dieciocho años, el promedio de días fue de 78. En el renglón de cambios en la conducta de la niñez, 23% entre cinco a dieciocho años tuvo cambios notables al regresar a clases. La mayoría de esos cambios incluyen: problemas de concentración, miedo, tristeza, memorias perturbadoras del huracán (un rasgo asociado al estrés postraumático) y nerviosismo. En el caso del hogar, en donde creemos que la neurociencia, la psicología y las técnicas educativas se pueden combinar para ayudar en una mayor prevención antes, durante y luego de un desastre natural, hubo datos preocupantes en los cambios de conducta observados en la niñez entre cinco a dieciocho años. Entre los mayores cambios observados, la ansiedad reinó entre todos con un 23%, seguido por otros como el miedo, la tristeza, el nerviosismo, memorias traumáticas, problemas de enfoque, entre otros. Más adelante en este escrito se explicará cómo estos efectos en la niñez tienen rasgos notables en el desarrollo y proceso del cerebro y a la larga puede afectar como el educando aprende.

Los datos provistos por los diferentes desastres naturales ya mencionados aluden a las siguientes preguntas: ¿puede la neurociencia, con su enfoque en las raíces biológicas del cerebro y por consiguiente la mente, brindar una mayor efectividad en la preparación, respuesta, recuperación y mitigación de un desastre natural? ¿Qué novedad puede traer el campo que estudia el sistema nervioso cuando otras disciplinas como la psicología y la salud pública tienden a ser las escogidas para brindar contestaciones sobre el desastre natural? Además: ¿verdaderamente la neurociencia puede pasar de la teoría hacia la práctica e influenciar el campo de la educación?

De estas tres preguntas, la primera y segunda se tratarán de contestar a través de estas páginas y considerando los estragos previos de María. En cuanto a la tercera, incluso si se lograse proponer y más adelante obtener resultados, esto no cerraría el puente que Bruer abrió a mediados de los 1990. Este esfuerzo, a través de la guía, requiere de las aportaciones de la educación y la psicología, no tan solo de la neurociencia. Incluso, mucho de lo que se busca en la neurociencia educativa no puede continuar sin dichas combinaciones. Lo que sí buscamos es una explicación centrada en la biología del cerebro que esté apoyada de modelos psicológicos y puesta en práctica en un marco educativo, familiar y terapéutico. La posibilidad de aprender y luego proponer a través del cerebro en tiempos de desastres naturales es un paso más para eliminar barreras disciplinarias y poder crear un cambio en nuestra sociedad. La neurociencia en tiempos de desastres podría ser la contestación que el campo de la neuroeducación busca y que el sistema educativo necesita.


Nota editorial: Este libro se consigue en Librerías Norberto González.



[1] Fleming, Nic. "How neuroscience is breaking out of the lab." Nature 563, núm. 7729 (2018): S29-S29.

[2] Según la Universidad de McGill, el estrés prenatal maternal se refiere al estrés “que una madre experimenta durante su embarazo. El estrés prenatal puede ser crónico, vinculado a eventos en curso en la vida de una mujer, o agudo, vinculado a cambios repentinos en la rutina diaria de una mujer”.

[3] King, Suzanne, Kelsey Dancause, Anne‐Marie Turcotte‐Tremblay, Franz Veru, y David P. Laplante. "Using natural disasters to study the effects of prenatal maternal stress on child health and development." Birth Defects Research Part C: Embryo Today: Reviews 96, núm. 4 (2012): 273-288.

[4] Cao, Xiujing, David P. Laplante, Alain Brunet, Antonio Ciampi, y Suzanne King. "Prenatal maternal stress affects motor function in 5½‐year‐old children: Project Ice Storm." Developmental psychobiology 56, núm. 1 (2014): 117-125.

[5] Walder, Deborah J., David P. Laplante, Alexandra Sousa-Pires, Franz Veru, Alain Brunet, y Suzanne King. "Prenatal maternal stress predicts autism traits in 6½ year-old children: Project Ice Storm." Psychiatry research 219, núm. 2 (2014): 353-360.

[6] Cao-Lei, Lei, Kelsey N. Dancause, Guillaume Elgbeili, David P. Laplante, Moshe Szyf, y Suzanne King. "Pregnant women's cognitive appraisal of a natural disaster affects their children's BMI and central adiposity via DNA methylation: Project Ice Storm." Early human development 103 (2016): 189-192.

[7] Gibbens, Sarah. “Hurricane Katrina, explained: Hurricane Katrina was the costliest storm in U.S. history, and its effects are still felt today in New Orleans and coastal Louisiana.” National Geographic, enero 16, 2019. Recuperado de https://www.nationalgeographic.com/environment/natural-disasters/reference/hurricane-katrina/

[8] Rhodes, Jean, Christian Chan, Christina Paxson, Cecilia Elena Rouse, Mary Waters, y Elizabeth Fussell. "The impact of Hurricane Katrina on the mental and physical health of low-income parents in New Orleans." American journal of orthopsychiatry 80, núm 2 (2010): 237.

[9] Chan, Christian S., y Jean E. Rhodes. "Measuring exposure in Hurricane Katrina: a meta-analysis and an integrative data analysis." PLoS One 9, núm. 4 (2014): e92899.

[10] Sheikh, Knvul. “Natural Disasters Take a Toll on Mental Health.” Brain Facts, 28 de junio, 2018.  Recuperado de http://www.brainfacts.org/diseases-and-disorders/mental-health/2018/natural-disasters-take-a-toll-on-mental-health-062818

[11] Satel, S. y Scott O. Liliendfeld, Brainwashed: The Seductive Appeal of Mindless Neuroscience. Nueva York: Basic Books, 2013, p. 52.

[12] McCabe, David P., y Alan D. Castel. "Seeing is believing: The effect of brain images on judgments of scientific reasoning." Cognition 107, núm. 1 (2008): 343-352.

[13] Carlat, Daniel, “Brain Scans as Mind Readers? Don´t Believe the Hype.”  Wired, mayo de 2008.

[14] “2011 Japan Earthquake - Tsunami Fast Facts” (CNN Library).

[15] Sekiguchi, A. et al. (2013). Brain structural changes as vulnerability factors and acquired signs of post-earthquake stress. Molecular Psychiatry, 18, 618–623.

[16] Sekiguchi, A., M. Sugiura, Y. Taki, Y. Kotozaki, R. Nouchi, H. Takeuchi, T. Araki et al. "Brain structural changes as vulnerability factors and acquired signs of post-earthquake stress." Molecular psychiatry 18, núm. 5 (2013): 618.


domingo, 16 de octubre de 2016

Prólogo a Las negociaciones del arte de curar

Prólogo a Las negociaciones del arte de curar: Los orígenes de la regulación de las prácticas sanitarias en Puerto Rico (1816-1846)
Por Fernando Picó

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Pese a los muchos e interesantes esfuerzos historiográficos en tiempos recientes, la necesidad de elaborar una nueva historia política puertorriqueña no ha sido colmada. Apenas se ha rebasado el lindero entre la historia del Estado en Puerto Rico y la historia de los partidos y los movimientos políticos. Cómo se ha configurado la esfera pública en Puerto Rico, cómo esta ha deslindado su territorio de lo privado, en qué grado las ramas públicas todavía reflejan sus raíces en la vieja sociedad, y cuántos discursos compiten por explicar su surgimiento, son problemas que tímidamente se empiezan a abordar.

Es por eso que la obra de César Augusto Salcedo Chirinos es muy meritoria. Conocemos la historia de la medicina en Puerto Rico por los trabajos de Manuel Quevedo Báez, de José Rigau y de muchísimos estudiosos que han vertido sus esfuerzos por iluminar este u otro aspecto de la profesión médica en la Isla. Esos focos de luz son unidos ahora por un hilo narrativo conductor que ofrece al lector interesado una visión panorámica de los esfuerzos del Estado por reglamentar las prácticas y las iniciativas particulares por adelantar las disciplinas.

En su incesante búsqueda de fuentes que testimonien el proceso, no siempre lineal, mediante el cual personas licenciadas por el Gobierno llegaron a monopolizar la práctica oficial de las curaciones, Salcedo Chirinos ha mostrado imaginación y tino. Aunque el trecho recorrido por su investigación es relativamente corto, la profundidad de su tratamiento muestra lo mucho que se puede lograr con un esfuerzo disciplinado por considerar el alcance de las medidas estatales.

Felicito a César Augusto Salcedo Chirinos por esta obra y espero que se anime a darle continuidad.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Síntesis de la historia de las ciencias en Puerto Rico, siglos XIX y XX

Autor: Luis Caldera Ortiz

Historia de la Ciencia en Puerto Rico, siglos XIX y XX[1]

Continuación de la Primera parte de este artículo

Siglo XIX

Entrando en el siglo XIX el desarrollo de las ciencias en Puerto Rico se amplió en gran medida. La Real Cedula de Gracia implementada en 1815, aparte de ser una reforma económica para Puerto Rico a largo plazo, conllevo que entraran extranjeros con poder adquisitivo que invirtieron su capital en la isla, especialmente en el producto azucarero.[2] En toda la centuria del siglo XIX la evolución de la manualidad azucarera se transformó en las grandes centrales, movida a vapor y con el ferrocarril,[3] esto ayudó al desarrollo de la ingeniería.

El primer huracán del que se tiene una idea de la presión barométrica que generó fue el de Santa Ana, el cual afecto a Puerto Rico el 26 de julio de 1825[4]; aunque la primera medición barométrica se realizó con el huracán de Nuestra Señora de los Ángeles, ocurrido entre el 2 y 3 de agosto de 1837.[5] El pluviómetro es utilizado en Puerto Rico a mediados de la década de 1850.[6] Un aspecto interesante relacionado es que en la década de 1830 la ciencia investigativa medica tomo sus avances gracias a los huracanes.

Aun en la primera mitad del siglo XIX el avance del estudio de la ciencias era uno muy lento y apenas podemos ver una serie de avances en el campo de la industria azucarera.[7] Entendemos que el verdadero impulso se dio con la creación del Cuerpo Auxiliar de Obras Públicas[8], esto se dio mucho más rápido después de los incidentes del Grito de Lares en 1868.[9] La Gaceta de Puerto Rico empezó a publicar informes climáticos por primera vez en 1869 y el Gobernador Sans para el mismo año da órdenes de establecer el telégrafo; este iba de Arecibo a la Capital.[10] Para 1870 se ordenó tirar una línea telegráfica submarina desde Puerto Rico hacia algunas Antillas Menores. Por lo que la comunicación entre Puerto Rico y las Antillas Menores fue un gran avance tecnológico. A pesar de esto, aun en Puerto Rico, en las pequeñas escuelas urbanas, solo se daba religión, aritmética, lectura, caligrafía, aritmética y conducta.[11] La clase de aritmética, aunque era básica, demostraba que dentro de los elementos de la educación del siglo XIX se encontraban elementos relacionados a las ciencias.

Comenzando la década de 1870 hasta el 1898, en Puerto Rico, las principales actividades científicas fueron hechas por los ingenieros del Departamento de Obras Públicas, estos habían estudiado en España. Las estaciones meteorológicas eran supervisadas por el Director de Departamento de Obras Públicas.[12] Otro ejemplo de desarrollo urbano y tecnológico fue la construcción de proyectos de puentes metálicos en muchas de las principales carreteras en Puerto Rico.[13] Después de este avance, en Puerto Rico, en el último cuarto del siglo 19, la última década del imperio español no presentó una gran innovación científica en la mayoría de los sectores, el cultivo del tabaco, el café y su infraestructura era ámbitos que carecían de avances en la ingeniería de desarrollo, solamente en las Estaciones Experimentales creadas en Rio Piedras y Mayagüez se hacían algunos estudios sobre estos cultivos y otros menores como el maíz.[14]

La gran mayoría de la población vivía en casas de madera y paja, algunos terratenientes tenían acceso a algún artefacto de gran tecnología del momento, un ejemplo es que 1887 en Coamo había una línea de teléfono desde la casa de Clotilde Santiago hasta lo Baños de Aguas Termales del mencionado pueblo. Posiblemente fue el primer lugar en Puerto Rico en haber un teléfono residencial. Esto se debió indirectamente a que en 1890 se instaló un cuadro telefónico en la fortaleza para comunicarse con las estaciones militares cercanas.[15]

La creación de las Estaciones Experimentales en Rio Piedras y Mayagüez en 1888[16], es a nuestro entender el avance tecnológico, científico y relacionado con la ciencia más importante en el último tercio del siglo 19. En este campo se hacían estudio de botánica y agronomía con distintos productos de cultivo, la razón principal para la creación de estas estaciones experimentales era para buscar un mayor desarrollo de los productos locales y la búsqueda de la cura de enfermedades que se le daba a los principales cultivos. Aquí vemos la base de la agronomía en Puerto Rico.

En 1896 algunos médicos locales hacían cirugías en el Hospital de Servicio Militar de San Juan.[17] Por lo que la medicina en Puerto Rico había tenido un avance tecnológico y técnico. Notamos que algunos renglones relacionados con las ciencias, las matemáticas y la tecnología se habían desarrollado durante el siglo XIX, los científicos se habían enfocado más en una sola materia y la especialización de esta, la tendencia mencionada fue poco a poco imitando a lo de los países europeos. A nivel local ya casi no había científicos multifacéticos de los que habían existido en la Isla desde el siglo XVI. Algunas bases estaban ya sentadas, solo faltaba algunas inversiones monetaria a gran escala que solo podían ser provista por una nación en crecimiento y con un ideal capitalista, que transformara la forma de pensar sobre la ciencia en Puerto Rico.

Siglo XX

Luego de la invasión norteamericana a tierras borinqueñas, lo primero que estos hicieron fue degradar la moneda a un 60% y establecer un estatus estático, para así depreciar los terrenos de muchos hacendados puertorriqueños. Como a consecuencia de esto, vinieron las grandes corporaciones norteamericanas azucareras, tabacaleras, bancarias y otras a comprar los terrenos a bajo costo.[18] El capital de estas industrias fomentó un nuevo ímpetu al desarrollo científico en todos los renglones laborables, incluyendo la creación de una ciencia empresarial, que aún se utiliza hoy en la teoría administrativa. El Servicio Nacional de Meteorología se estableció en 1899 y J. Phasset fue su primer director.[19] En los estudios arqueológicos, la Isla tuvo la virtud de contar con los trabajos de Agustín Stahl, Jesse Fowkes e Irving Rouse, quienes establecieron mucha de las teorías sobre poblamiento indígena en Puerto Rico, algunas de estas siguen vigente hoy día.[20]

El sistema educativo en Puerto Rico evoluciono de uno simple a uno complejo enfocado en el modelo capitalista de Estados Unidos, la Universidad de Puerto Rico fue creada en 1903 para dar estudio continuo a los maestros del país y con el pasar del tiempo se convirtió en nuestra principal institución educativa.

En el terremoto del 11 de Octubre de 1918 se utilizó la escala Mercalli para medir los daños y en el área de Aguadilla se construyeron casas nuevas con planos arquitectónicos americanos[21], esto fue provocado por el tsunami que acompaño al evento sísmico. En la década de 1920, se continuaron realizando construcciones con especificaciones arquitectónicas para este tipo de desastres. En la era de la Gran Depresión no hubo muchos avances tecnológicos, aunque debemos identificar la figura del Dr. Pedro Albizu Campos como una de nuestras personas más brillante relacionadas a los campos científicos ya que era químico y físico. Abandono sus estudios científicos por la política revolucionaria independentista.

La meteorología era un tema atendido por los periódicos pero los pronósticos no eran acertados, por lo que en la década de 1940 se desarrolló El Instituto de Meteorología Tropical. Aquí se estudió más a fondo el fenómeno de la onda alisia, las vaguadas y la zona convergente intertropical, además se publicaron trabajos relacionados con la formación y naturaleza de los huracanes.[22] También este instituto junto a las Estaciones Experimentales de Rio Piedras y Mayagüez realizaron estudios en conjunto para averiguar más la interacción entre la lluvia, el clima, los huracanes y el clima tropical con la agricultura.[23] Estos estudios eran de carácter innovador y promovían la agronomía, climatología, botánica y zoología. Para a mediados de la década de 1950 la prensa monitoreaba el clima con mapas llamados Tefigramas.[24] En 1956, el Negociado del Tiempo contaba con un radar para medir los sistemas tropicales que afectaban a Puerto Rico.[25] Todo esto nos indica claramente que la meteorología puertorriqueña había evolucionado hacia la modernidad.

El Plan Manos a la Obra permitió que llegara a la Isla un flujo de industrias e hizo que la ingeniería se moviera a construir grandes edificios privados y públicos, por lo que las comunidades en los campos se empezaron a migrar a los pueblos en busca de mejores trabajos.[26] La ciencia y la tecnología en Puerto Rico experimento una serie de transformaciones después de 1950. En la década de 1970 ya Puerto Rico era un país industrializado y gestor de proyectos petroquímicos.

Para las década de 1980 y 1990, la era digital, los celulares, computadora y televisores a colores empezaron a penetrar con más fuerza nuestra sociedad, como consecuencia un gran avance de conocimiento en la comunicación y la ciencia predictiva por parte de la población común y corriente. Por primera vez Puerto Rico estaba a la par con el resto del mundo con los adelantos tecnológicos, la globalización permitió que los adelantos de la ciencia llegaran a los países de forma más rápida y fácil. En la actualidad la ciencia sigue evolucionando hacia la transformación de objetos grandes a pequeños con mejores herramientas de funcionamiento, ejemplo de eso son los teléfonos inteligentes. También los estudios en fauna, los cuerpos oceánicos, los geológicos y muchos más, se experimentan en nuestra Isla en los distintos laboratorios de las universidades públicas y privadas. Por lo que hay un gran interés de las nuevas generaciones en construir un país lleno de avances tecnológico a base de la ciencia.

En Puerto Rico hemos dado un gran salto en cuanto avances tecnológicos en el siglo XX; el siglo XXI será uno de estudios e investigación que promete muchos más adelantos. Consideramos que hace falta más interés en la investigación sobre el desarrollo de las ciencias. Hay mucho material del pasado que está deseoso salir a la luz, para así comprender como nuestras pasadas generaciones vivían con el conocimiento de la ciencia del momento. Lo más importante de todo esto es que la evolución de la ciencia en Puerto Rico fue un paso lento pero en las últimas décadas se han dado grandes saltos. En un futuro la ciencia dará más que hablar y su evolución será uno mucho más mayor en Puerto Rico de lo que es ahora, solo es cuestión de interesar a la nueva generación de niños a que se interesen por la historia, el análisis y la dinámica que envuelve el campo de la ciencia.



[1] El autor es economista y cursa sus estudios doctorales en historia en la Universidad Interamericana en el Recinto Metro. Actualmente es historiador  de Coamo, es escritor de la Revista Illescana y tiene segmento radial en el programa domingo en la Villa de San Blas transmitido en la emisora 1450 A.M. Domingo 10:30. En el 2013 recibió el premio Historiador Joven del año 2012 de Puerto Rico otorgado por la Unesco. En la actualidad trabaja en varias trabajos de historia para ser impresos, los libros son Historia de los Ciclones y Huracanes en Puerto Rico, La Historia del Tabaco en Puerto Rico y Las Esfemerides de Coamo este último esta publicado digitalmente en la página de Coamo Mall TV.
[2] Archivo General de Puerto Rico. Aquí se encuentra una copia genuina de tal importante legislación económica.
[3] Archivo Histórico Nacional, Ultramar, 296, exp. 29 (1844-1848). El Ayuntamiento de Guayama pide libre introducción de carbón de piedra. Esto es una muestra del uso del carbón en la tecnología desarrollada a mediados del siglo XIX, la ciencia del uso de la energía de este mineral estaba en pleno nacimiento en Puerto Rico. El ferrocarril llego mucho más tarde a Puerto Rico, para el 1888 se hacen las primeras propuestas y para a mediados de la década de 1890 arriba las primeras locomotoras impulsadas a vapor por lo que esto fue paso a paso, para más información véase Archivo General de ultramar, (1862-1888).
[4] La Gaceta de Puerto Rico, Lunes, 29 de Agosto de 1825, pág. 25. La medida fue entre 27.10 y 28.0, se tomó en la Isla de Guadalupe pero asimismo que pudo haber sido una parecida en Puerto Rico. También debemos asumir que es un poco cuestionable debido a lo rustico del aparato. El primer barómetro en Las Antillas Mayores fue utilizado en Cuba en 1794.
[5] Luis Salivia, Historia de los Temporales en Puerto Rico. San Juan, 1950. Pág. 171.
[6] Archivo Histórico Nacional, Ultramar, exp. 374, núm. 2. Creemos que fue entre 1851 y 1853.
[7] En 1844 al Sr. Juan de Andrey se le concedió de una patente para una máquina de elaborar Tabaco rape en una pequeña fábrica en San Juan, en el producto tabacalero este es el primer invento relacionado para producir este producto en alguna forma en masa conocido en Puerto Rico, para más información véase Archivo Histórico Nacional, Ultramar, 307, exp. 7.
[8] El proceso tomo tiempo y la documentación es muy extensa, Archivo Histórico Nacional, Ultramar, 314, exp. 17. Creación del cuerpo auxiliar de Obras Publicas, 1866-1868. Archivo Histórico Nacional, Ultramar, 315, exp. 17, 1867-1872. Expediente sobre el arreglo de personal de Obras Públicas. Archivo Histórico Nacional, Ultramar, 390, exp. 19, 1867-1890. Presupuesto de Obras Publicas Mono Montes y Telégrafos.
[9] Los sucesos de Lares fueron detalles que se abonaron con el tiempo, un gran factor fue las pésimas condiciones de la población y los informes oficiales indican que el dinero de los impuestos era malgastado y no se invertía en obras públicas. Luego del paso de San Narciso y los temblores de Noviembre del mismo año, fue la gota que colmó la copa para que se aglutinaran un grupo de revolucionarios en Lares. Para más información del mal gasto de dinero véase Archivo Histórico Nacional, Ultramar, 379, exp. 1.
[10] Luis Salivia, Historia de los Temporales en Puerto Rico. San Juan, 1950. Pág. 203-204. El telégrafo fue desarrollado en 1837 pero en Puerto Rico fue traído en 1858 por el propio Samuel Morse en Arroyo, este tiro un cable de la casa de la hija en la Hacienda Enriqueta hasta el puerto del mismo pueblo en donde trabajaba su yerno. Este telégrafo era de uso privado.
[11] La Gaceta de Puerto Rico, 16 de Julio de 1867, pág. 3. Esto es un ejemplo tomado de una escuela en Coamo.
[12] Archivo Histórico Nacional, Ultramar, 372, exp. 1-8, 1873-1896. Expediente sobre el Servicio Meteorológico. Este informe está acompañado de diseños y datos numéricos sobre el clima en Puerto Rico desde 1873 hasta el 1898 y se enviaba a España cada 3 años.
[13] Archivo Histórico Nacional, Ultramar, 368, exp. 10, 1877. Sobre realización de Puentes Metálicos. Las piezas de estos puentes se compraron en Francia. Hoy en día aún existen varios de esos puentes, ejemplo de esto es que en Coamo hay 3 existente aun que están a la salida de dirección de la carretera 14 en dirección de Aibonito y Juana Díaz. Eso demuestra el progreso de la construcción y unión de carreteras interestatales entre los municipios en Puerto Rico en ese periodo.
[14] Archivo Histórico Nacional, Ultramar, 340, exp. 10 y 12.  En el campo del tabaco se empezaron hacer estudios más profundos relacionados con el procedimiento de cultivo, la distribución de la tierra y del uso del abono, por lo que a pesar que fue un adelanto con este producto aun eran estudios técnicos rústicos, esos estudian se hacían en fincas en Cayey y Rio Piedras, con otros productos era lo mismo estos era el maíz, el café, el azúcar y las legumbres. A pesar que estos estudios eran rústicos era la primera vez en Puerto Rico que había un interés de forma científica para buscar desarrollar los productos de aquí para así ser mejores exportaciones de tales productos mencionados.
[15] Ramón Rivera Bermúdez, Historia de Coamo: La Villa Aneja. Coamo, Imprenta Acosta, 1992. Pág. 169.
[16] Archivo Histórico Nacional, Ultramar, 340, exp. 10 y 12
[17] Archivo Histórico Nacional, Ultramar, 1076, exp. 52, 1896. Expediente de cátedra de Cirugía en el Hospital Militar de San Juan.
[18] Arturo Bird Carmona, Parejeros y Desafiantes: Los Tabacaleros de Puerta de Tierra en la primera década del siglo 20. San Juan, 2006. Pág. 56, véase capitulo dos pág. 38-64 del mismo libro para mejor detalles sobre esto.
[19] Luis Salivia, Historia de los Temporales en Puerto Rico. San Juan, 1950. Véase sección de apéndices.
[20] Sebastián Robiou Lamarche, Tainos y Caribes. San Juan, 2003. Pág. 10-140.
[21] Archivo General de Puerto Rico, Asuntos Varios, Leg. 206, Caja 159-161. La escala de Mercalli se estaba utilizando en Puerto Rico desde antes del siglo 20, aproximadamente en 26 de agosto de 1874 se registró un sismo fuerte en Puerto Rico, fue aproximadamente en la escala 5 y 6 de Mercalli véase a Luis Edgardo Días, Temblores y Terremotos de Puerto Rico. Ponce, 1985. Pág. 21.
[22] Rafael Pico, Nueva Geografía de Puerto Rico: Física, Económica y Social. Rio Piedras, Editorial Edil, 1975. Pág. 152-153.
[23] Ibíd., pág. 152-153.
[24] El Mundo de Puerto Rico, Viernes, 19 de agosto de 1955, pág. 12.
[25] El Mundo de Puerto Rico, Viernes, 12 de agosto de 1956, pág. 1. El primer sistema que se entrenó en el radar los fue el huracán Santa Clara, el radar fue puesto el día 11 de Agosto del mismo año.
[26] James Diets, Historia Economía de Puerto Rico. San Juan, 2003. Pág. 210-290.