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martes, 12 de mayo de 2026

Introducción a «Historia del barrio La Cantera de Ponce»

Introducción a «Historia del barrio La Cantera de Ponce»

Elí D. Oquendo Rodríguez

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La isla de Puerto Rico posee 78 municipios. Cada uno de ellos tiene su historia particular y, en mayor o menor grado, cada uno es protagonista de la historia nacional. ¿Habrá quien no recuerde la importancia histórica de San Germán, San Juan, Lares, Ponce, Jayuya o el extinto pueblo de Río Piedras? Los pueblos, a su vez, se integran por comunidades que se denominan barrios y que igual tienen sus propias historias, en las que se destacan ciertos personajes, eventos y lugares significativos. Muchas de esas están aún por escribir. Actualmente, Ponce tiene 31 barrios. En el siglo XIX fueron muchos más, pero con la marcha del tiempo algunos fueron desapareciendo al ser absorbidos por otros, cambiaron de nombre o fueron sacados de su jurisdicción. A principios de la década de 1820, por disposición gubernamental, Ponce debió ceder varios barrios al vecino pueblo de Juana Díaz.

En 2016 surgió la idea de escribir una historia sobre los barrios ponceños. No obstante, dada la ingente cantidad de información contenida en los documentos del Archivo Histórico del Municipio de Ponce, hubo que modificar el proyecto y, finalmente, terminó publicándose un libro que única y exclusivamente trataba sobre la Playa de Ponce. Esto fue en junio de 2017. El mismo se tituló A orillas del Mar Caribe. Boceto histórico de la Playa de Ponce. Desde sus primeros habitantes hasta principios del siglo XX. El trabajo se le dedicó a la Lcda. Gladys Tormes, una querida amiga, quien ha sido leal defensora del patrimonio histórico de la ciudad y, en gran medida, fuente de inspiración de la idea original. Este libro recibió el Premio Luis Edgardo Díaz el 30 de abril de 2018 en ceremonia celebrada en el Centro Cultural Carmen Solá de Pereira. Dos años después, en 2019, se retomó la idea de historia de los barrios y salió a la luz otro libro. Este se tituló: Barrios de Ponce. Noticias y microhistorias de ocho comunidades ponceñas en el tiempo. Siglos XVI al XIX. Debido al gran número de estos, se hizo una breve selección y se trabajaron las historias de los barrios Bucaná, Canas, Capitanejo, Entre los Ríos, Sabanetas, San Antón, Tibes y las Vallas. En esta ocasión, el libro le fue dedicado al fenecido profesor e historiador Dr. Fernando Picó. Este erudito jesuita fue un gran mentor que supo transmitir al que escribe estas líneas la pasión por investigar y el gusto por historiar. (1) 

Quedan todavía muchos barrios por escribir de ellos. El presente escrito es una humilde aportación a la historia de dos barrios que se desarrollaron hacia el norte del pueblo y que en su momento se llamaron el Capá y la Cantera. Ambos con nombres con clara alusión a un árbol autóctono y a un elemento geográfico. Hoy se les conoce como barrios Quinto y Sexto, respectivamente. Y resultó que la Cantera se convirtió en un sector más dentro de él. Pero no por eso dejó de tener su propia identidad. Al contrario, administraciones municipales han intentado preservarla y destacar sus aportaciones. Así lo hizo el fenecido alcalde D. Rafael Cordero Santiago cuando, en 1999, gestionó la inversión de 5 millones de dólares en remozar la zona más emblemática del barrio. El proyecto se extendía desde la placita Domingo Cruz hasta los muros de la Cantera. Abarcaba 1,225.69 metros lineales e incluía pavimentación con asfalto, construcción de aceras recubiertas con lozas, iluminación con postes estilo colonial y siembra de árboles para el ornato y frescura de la vía. (2)

Esta historia se la debía a algunos que una vez preguntaron cuándo escribiría algo sobre la Cantera. También se la debía a la memoria de algunos de mis antepasados, quienes cuando emigraron desde Adjuntas a Ponce, a comienzos del siglo XX, se establecieron en diversos lugares de la Cantera. Mi bisabuelo paterno Hilario Oquendo Colón (1859-1934) y sus hijos, entre ellos mi abuelo Juan Arturo Oquendo Castillo (1897-1987), vivieron en el cerro San Tomás y calle del Acueducto entre 1915 y 1924. De hecho, Juan Arturo también vivió en la barriada Borinquen hasta el día de su muerte. Por otro lado, mis tatarabuelos maternos, Pedro Pascual Torres Maldonado (1867-1953) y Anastasia Torres Cedeño (1869-1944), también se radicaron en San Tomás al empezar la década de 1930. La última falleció en septiembre de 1944 siendo vecina de la calle Mayor Cantera. Por supuesto, también le debía esta historia a los vecinos de la Cantera que, seguro, alguna curiosidad deben tener sobre los orígenes de su barrio.



[1] Ver de Fernando Picó el ensayo “El placer de historiar”, en el libro Ensayos en torno a la Historia y otros temas. Centro de Investigaciones Históricas. Departamento de Historia. Facultad de Humanidades. Universidad de Puerto Rico. Recinto de Río Piedras. 2019. pp. 87-94.

[2] AHMP. Archivo Vertical. Barrio Sexto. El Autónomo. Vol. 3, Núm. 2, Febrero de 1999, p. 1. 

miércoles, 14 de febrero de 2024

Los enterramientos en Ponce

Los enterramientos en Ponce
(fragmento de la obra Un aspecto tétrico de la vida en sociedad.
Las necrópolis ponceñas del siglo XIX: 1814-1890, publicada en 2020)
Eli Oquendo Rodríguez

 

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Siguiendo las antiguas costumbres cristianas de enterramiento, en Ponce se sepultaban a los difuntos dentro o fuera de la iglesia del mismo modo que se estilaba en otras partes de la Isla (Blanch Miranda, 2014). Se abrían fosas en el piso donde era depositado el cadáver (Font Negrón, 2003). La norma, más o menos, estándar en el país era que el área del altar fuera exclusiva para clérigos y religiosos. Aparte de ese lugar señalado el resto de las áreas de enterramiento se dividían en tramos. El primer tramo, cercano al altar y a otras reliquias sagradas, se reservaba para personas distinguidas y de relevancia social. El periódico ponceño El Fénix registra que, en 1857, en un intento por ensanchar la iglesia, al parecer se descubrieron restos de los difuntos en los nichos allí enterrados y bajo los altares (Pasarell, 1967). Más alejadas del altar, pero dentro de la iglesia, estaba el tramo segundo. Allí se inhumaban a otras personas que tenían quizás algunos recursos y podían pagar un digno enterramiento y a los niños. Fuera de la iglesia estaba el tramo tercero, cuya área se destinaba para sepultar a los pobres menesterosos y los esclavos.

En el pueblo de Ponce los únicos recintos religiosos, consagrados para sepultar personas que habían muerto en el seno de la Iglesia, eran la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe y la ermita San Antonio Abad. La parroquia, cuyos orígenes como una capilla se remontan a 1670, sería el único lugar de enterramiento, hasta la fundación de la ermita de San Antonio en 1724. Con respecto a ésta Eduardo Neumann señala que por iniciativa de D. José Rodríguez fue reconstruida tras un terremoto y sirvió como parroquia hasta 1788. Ese mismo caballero fue quien de su propio peculio, entre 1740 y 1800, mantuvo la fiesta anual del santo. Luego en 1806, un huracán averió la estructura siendo reparada nuevamente. Más tarde se le hicieron algunas mejoras y, entre 1820 y 1839, otra vez fungió como parroquia mientras el templo de la Guadalupe era reconstruido (Neumann Gandía, 1987). 

Hay evidencia de que la práctica funeraria de hacer enterramientos dentro de las iglesias deseaba erradicarse desde el siglo XVIII y en San Juan donde la población era mayor tal costumbre era ya impracticable por cuestiones de espacio. Así en los días del obispo D. Juan Bautista Zengotita se consagraron tres cementerios que acogieron a las víctimas del ataque inglés de 1797 y a otros que fallecerían después (López Canto, 2001). Pero en el resto de la Isla la práctica continuó, aunque la idea de sepultar extramuros a la iglesia iba cobrando fuerza desde inicios del siglo XIX según se desprende de una Real Cédula del 15 de mayo de 1804 (Blanch Miranda, 2014). La misma disponía que en los dominios de Indias el establecimiento de cementerios debiera de hacerse en las afueras del poblado. Sin embargo, pareciera que en Ponce esta normativa fue letra muerta y todavía una década después no existía un cementerio en el pueblo.

Referencias utilizadas

Blanch Miranda, Hilda: “Un acercamiento a la muerte en Puerto Rico”, en Hereditas: Revista de Genealogía Puertorriqueña, vol. 15, núm. 2, Año 2014.

Font Negrón, Aramis: “Los entierros en la iglesia de La Tuna”., en Hereditas: Revista de Genealogía Puertorriqueña, año 4, núm. 2, octubre 2003.

López Cantos, Ángel: Los puertorriqueños: mentalidad y actitudes (siglo XVIII), 2da ed, San Juan: Ediciones Puerto, 2001.

Neumann Gandía, Eduardo: Verdadera y auténtica historia de la ciudad de Ponce, Edición Conmemorativa del Centenario de la Fundación del Partido Autonomistas Puertorriqueño, 1887-1987, 1987.

Pasarell, Emilio J.: Esculcando el siglo XIX en Puerto Rico, Barcelona: Ediciones Rumbos, Barcelona, 1967.

sábado, 19 de agosto de 2023

Introducción a la historia de la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe en Ponce durante el siglo XIX

Introducción a la historia de la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe en Ponce durante el siglo XIX
Eli D. Oquendo Rodríguez

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En 1821, el naturalista francés Augusto Plée visitó en dos ocasiones la isla de Puerto Rico desconociéndose cuando, finalmente, la abandonó. De esas visitas surgieron una serie de dibujos a lápiz que hizo en varios pueblos del país. De Ponce hizo dos.[1] En uno retrata lo que luego sería el activo puerto local. En el otro plasmó al poblado propiamente dicho. Este último, trabajado tal vez desde la subida hacia el cerro del Vigía, muestra una vista del paisaje ponceño con la inconfundible silueta de la Isla de Caja de Muerto, borrosa, a la distancia, entre la bruma. Más de cerca se retrataba un numeroso caserío que, cual fénix, resurgía de las cenizas de un pavoroso incendio ocurrido aquel funesto día del 27 de febrero de 1820. En el conjunto urbano dos estructuras, ambas ligadas al ámbito de la espiritualidad, son fácilmente identificables. En primer plano el cementerio, cercado y dominado por una gran cruz en el centro, estaba ubicado al final de la calle de igual nombre y que hoy se denomina Unión. Y en medio del caserío, la estructura de la iglesia parroquial con su solitaria torre. Tal como fuera el templo antes de su reconstrucción entre 1828 y 1838.

Al comenzar el siglo XIX la parroquia ponceña Nuestra Señora de Guadalupe tenía ya sobre 130 años de antigüedad. Ésta fue fundada, como capilla rural, por el obispo D. Benito de Ribas (1664-1668) cuando gobernó la diócesis puertorriqueña. El primer ministro del altar designado parece haber sido D. Juan López de Alicea, de quien se da cuenta en un documento de1669.[2] La historia de esta parroquia, tan ligada a la del mismo Ponce, estaba pendiente de escribirse.

¿Y por qué escribir una historia de la parroquia? A dicha pregunta habría que dar varias contestaciones. La primera contestación es: por una necesidad. Muchas veces cuando se selecciona un tema para hacer una investigación se responde a una necesidad. Es decir, porque no hay nada escrito sobre ese tema, o tal vez se ha escrito muy poco o, simplemente, lo que hay escrito se puede mejorar. Y, en gran medida, ese el caso de nuestra histórica parroquia. El ilustre historiador ponceño, D. Eduardo Neumann Gandía, a pesar de sus meticulosas investigaciones, en su obra Verdadera y auténtica historia de la ciudad de Ponce, habla muy poco sobre la parroquia. Apenas ofrece noticias sueltas o datos aislados de la misma, que se incluyen en un apartado titulado Efemérides.[3]. Esto es casi al final de la obra y es a modo de una cronología con fechas claves sobre la historia de Ponce. En el Álbum histórico de Ponce, con ediciones en 1934 y 1960, también se ofrece información de la parroquia en una sola página o más bien, en media página.  Y vale decir que los datos allí señalados son, en su mayoría, extraídos de la obra de Neumann. El historiador Francisco Lluch Mora, nuestro querido maestro Don Pancho, en el Capítulo III de su obra Orígenes y fundación de Ponce y otras noticias relativas a su desarrollo urbano, demográfico y cultural (siglo XVI – XIX) habla sobre los comienzos de la parroquia. Y el referido capítulo tiene una extensión de apenas 5 páginas no completas.[4] Así que, en conclusión, lo que existe hasta ahora escrito se podía mejorar.

La segunda contestación es porque la Iglesia siempre fue medular en la gestación de nuestros pueblos. En torno a las parroquias se organizaba la vida social, política, económica y cultural de los pueblos. Ponce no fue diferente. Si bien el pueblo tiene sus orígenes en una comunidad dedicada al contrabando y a la crianza de ganado de cerda, la realidad es que la fundación de la ermita se hace para dar servicio y pasto espiritual a los vecinos, contribuyendo, decisivamente, a la eventual organización política de dicha comunidad. Esa ermita evolucionó a una capilla rural y luego a una parroquia. Así que el hecho de que se haya congregado un grupo de vecinos alrededor de un centro de adoración es un paso determinante en la constitución formal de un pueblo. La importancia de ese elemento religioso queda de manifiesto en un documento emitido por el mismo cabildo de San Germán en diciembre de 1684. En éste se hace la siguiente declaración:

“…de muchos años a esta parte por haverse [sic] acrecentado los vecinos desta [sic] villa y fundado dos pueblos distantes de ella, nombrados el uno San Francisco de la Aguada, y el otro nuestra señora de Guadalupe, en Ponze [sic], aldeas, y jurisdicción de esta villa…”[5]

Ponce se organiza formal y oficialmente en 1692, pero ya desde sus orígenes se le nombra Nuestra Señora de Guadalupe. Es decir, con nombre de advocación mariana. ¿Habrá algo más ligado a la Iglesia?  Además, el mismo gobernador D. Gaspar de Arredondo en 1690 reconoció la importancia de que la Iglesia ya hubiera señalado curas para aquellos cinco lugares que, en su proyecto urbanizador, él pretendía crear en villas. Ponce era uno de ellos.

Y la tercera contestación es por una razón práctica. La existencia y disponibilidad de documentos necesarios para reconstruir la historia. En años recientes se fundó en la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico el Archivo Histórico Institucional.  Allí hay disponibles una buena colección de documentos que permiten atisbar de manera razonable algunos momentos de la historia de la parroquia ponceña. En el pasado esto era imposible. Un desafortunado incendio ocurrido a comienzos de la década de 1880 destruyó gran parte del archivo parroquial y, ante la falta de los documentos útiles a ese fin, había sido difícil para los historiadores realizar aquella labor. Así lo constató Da. Isabel Gutiérrez del Arroyo, cuando en 1960, publicó un artículo sobre la visita pastoral del obispo D. Juan Alejo de Arizmendi a la diócesis entre los años 1812 y 1813. Comentaba la célebre historiadora que de Ponce muy poco podía informar, sobre tan significativa visita, debido a la pérdida del archivo parroquial.[6] Sin embargo, la incansable y fecunda gestión de Mons. Vicente Murga, como historiador y conservador de documentos, sigue rindiendo frutos. Quiso la fortuna que éste lograra salvar del fuego un nutrido volumen de documentos originales que pertenecieron al archivo de la antigua diócesis de Puerto Rico.[7] Muchos de ellos, manuscritos de los siglos XVIII al XX relacionados con diversas parroquias de la isla de Puerto Rico, se encuentran hoy bajo la custodia del citado archivo. Resulta irónico que un incendio despojara a los ponceños de una parte de su historia y que andando el tiempo otra amenaza de fuego le devolviera algo de lo que le había sido quitado. Gracias a esos valiosos papeles, unidos a la información que proveen otras fuentes, hacen posible dos objetivos. Primero, reconstruir una historia abarcadora, lógica y reflexiva sobre la parroquia para el período cronológico antes señalado. Y segundo valorar su importancia dentro de la comunidad ponceña.

 



[1] Ricardo Alegría, Los dibujos de Puerto Rico del naturalista francés Augusto Plée (1821-1823). Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña. Año XVIII, 1975, Núm. 68, Julio-Septiembre, pp. 20-21, 24.

[2] Dennis De Jesús Rodríguez, Fundación de Ponce: 1678-1692. Hereditas. Revista de Genealogía Puertorriqueña. Vol. 10, Núm. 2, Año 2009, p.63.

[3] Eduardo Neumann Gandía, Verdadera y auténtica historia de la ciudad de Ponce. Edición Conmemorativa del Centenario de la Fundación del Partido Autonomista Puertorriqueño, 1887-1987. San Juan, Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1987. p. 257.

[4] Francisco Lluch Mora, Orígenes de Ponce y otras notas relativas a su desarrollo urbano, demográfico y cultural (siglos XVI-XIX). San Juan, Editorial Plaza Mayor, Inc.,1ra edic., 2001.

[5] PUCPR. AHD. Col. M. V. Murga. Gobs. P. Guzman Arteaga – Lorenzana M. de Andino. Tomo 97, p. 184.

[6] Isabel Gutiérrez del Arroyo, Itinerario de la segunda visita pastoral de Su Ilma. el Dr. D. Juan Alejo de Arizmendi (1803-1814). Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña. San Juan de Puerto Rico, Octubre-Diciembre 1960, Núm. 9, p.44.

[7] Álvaro Huerga, La colección “Historia Documental de Puerto Rico”. San Juan, 2009, p. 23. 

sábado, 5 de octubre de 2019

Introducción a Barrios de Ponce


Introducción a Barrios de Ponce: Noticias y microhistorias de ocho comunidades ponceñas en el tiempo, siglos XVI al XIX.
Eli D. Oquendo Rodríguez

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La microhistoria como corriente historiográfica, desde sus orígenes, pretendía adentrarse en los temas y asuntos que muchas veces la historia tradicional dejaba de lado. Uno de los grandes maestros de la microhistoria puertorriqueña fue el recientemente desparecido historiador Fernando Picó (1941-2017). Sus estudios sobre los caficultores, jornaleros, presidiarios, irrespetuosos, oficiales norteamericanos o los marginados han sido motivo de inspiración para otros. De igual forma, su acercamiento al estudio de comunidades, barrios, pueblos o eventos, como una sequía, también responden a ese interés por conocer lo más pequeño primero para lograr la comprensión de lo más grande después. Es en esta corriente que se enmarca este trabajo. Además, busca rescatar el concepto de barrio que parece estar en peligro de extinción, pues va siendo sustituido en nuestras mentes por otros conceptos comunitarios como la urbanización, la villa, el condominio, el walk up, el residencial, las parcelas, el caserío y otros.

La historia de los sitios, luego llamados barrios, de Ponce es antiquísima, remontándose en algún caso hasta fines del siglo XVI y en otros al siglo XVII. Así pues, se tiene constancia de la existencia de Bucaná desde 1597 y de Canas desde 1689. Capitanejo, San Antón y las Vallas desde 1695. Es decir, cuando todavía Ponce estaba en los pañales de su constitución política como pueblo, ya algunas de esas comunidades estaban funcionando y podría decirse que ellas iniciaron el proceso embrionario que culminó en el nacimiento del municipio sureño. Documentación del siglo XVIII, tanto gubernativa como eclesiástica, también menciona los sitios de asentamiento cuyos nombres hoy ya no suenan familiares y se desconoce hasta en qué lugares del mapa ponceño podrían ser ubicados. Con el paso del tiempo fueron absorbidos por otros y su nombre desapareció de la toponimia local. A veces su nombre cambió. Por ejemplo, desde el siglo XVII se mencionaba la Membrillera y desde el XVIII el Convento, las Talas, los Caños, los Naranjos y Montones. Este último se convirtió en la Playa. Al Coto de los Laureles también se le menciona desde entonces y, ya en 1774, había allí estancia dedicada al cultivo de caña con casa vivienda y trapiche para la molienda.

Muchos de lo que son hoy los barrios ponceños fueron hatos para la crianza de ganado mayor, criaderos para apacentar piaras de cerdos y rebaños de cabras y ovejas o cotos. Estos últimos eran lugares aptos para la labranza debido a la feracidad de sus tierras. En un padrón de terrenos del año 1800, citado por el historiador D. Eduardo Neumann, se recogen los nombres de muchos de estos lugares que eventualmente se convirtieron en barrios. Entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX se procedió a la demolición de hatos, pues numerosos vecinos pobres carecían de tierras donde dedicarse a las faenas agrícolas para poder vivir. Pero si bien los agricultores habían salido favorecidos no pasó lo mismo con los intereses de los criadores de ganado. Así lo confirmaba en marzo de 1800 el comandante del Partido de Ponce, D. José Casimiro de la Renta, cuando apuntó que con el quebranto hecho a los hatos del Cayabo y Laureles y al criadero del Real se había reducido considerablemente la cantidad de ganado mayor y menor.

Cuando a comienzos del siglo XIX se organizó, por disposición gubernativa, el ayuntamiento ponceño las obligaciones de la nueva corporación se hacen más complejas. La institución debía de ocuparse de la administración de un territorio cuya jurisdicción era mucho más amplia de lo que es hoy. La recaudación del subsidio y otras contribuciones municipales, como los gastos públicos; la elaboración de censos; la construcción y mantenimiento de caminos; la seguridad pública, la vigilancia del fiel cumplimiento de la legislación estatal y local y otras tareas asociadas a la gobernanza de un pueblo eran algunos de esos deberes[1]. Es por eso que, ya desde tan temprano como el 2 de enero de 1813, un acta del ayuntamiento señala que se abrieron dos pliegos: uno con el método o forma de hacer el reparto de contribución y otro que pide un detalle general de los diferentes barrios.[2] Luego, en el acta del 3 de enero de 1814 registra los barrios existentes en Ponce y, además, se les reparte entre los funcionarios del concejo, para que, en calidad de encargado, cada uno de ellos se ocupe de sus asuntos y los represente delante del organismo.[3] Existían entonces 14 barrios, a saber: Ponce y sus contornos, Entre los dos Ríos, Bucaná y sus contornos, Sabana Llana, Capitanejo, Cerrillos, Laureles, Cayabo, Caonillas, Marueño, Pastillo, Pámpanos, Canas y Quemado. De ahí en adelante la lista de barrios cambió constantemente. Sólo hay que observar los documentos como el reparto del subsidio, los padrones, los censos o las mismas actas para ver cómo de un año a otro aparecen o desaparecen barrios. Por ejemplo, tan cercano como marzo de 1814, en el acta celebrada el día 28, se agregaron a esa lista de barrios los siguientes: Convento, Guayabal, Machuelos, Matojal, Meros, Pastizal, Real y Vayas[4]. Y cuando se hace el reparto del subsidio en 1815 se suman Guano, Sabanetas y Paso Llano.

Nuevamente, entre 1818 y 1822 hay cambios. En 1819 se menciona a Montones que al año siguiente cambia su nombre a Playa. Desaparece el barrio Entre los Ríos que parecía ser un área geográfica enorme. Sin embargo, aparecen Aguas Prietas, Bejuco Blanco, Flacas, Hato Puerco, Magueyes, Ortigal, Pastillo, Rábanos, San Antón y Xacaguas. Y a Machuelos que era un hato demolido se le fraccionará en Machuelo Arriba y Machuelo Abajo. En 1823, por disposición de la Diputación Provincial, se debieron transferir a la jurisdicción de Juana Díaz los barrios de Sabana Llana, Cayabo (que incluía Xacaguas) y Villalba (Caunillas, Hato Puercos y Guayabal)[5]. De este modo la jurisdicción ponceña se redujo sustancialmente.

De acuerdo con el censo poblacional del año 1827 la zona urbana se dividía cuatro barrios, y probablemente, tomando la plaza como punto de origen. Estos eran a saber: Parte de la Vigía (norte), Barrio del Oeste (oeste), Pueblo de Ponce (¿el este?) y Quemado (sur).  Poco después, en 1830, el área urbana del Pueblo se subdividió en cuatro barrios llamados 1rº, 2do, 3ro y 4to. En 1831 el barrio Canas se subdividió en Canas Arriba y Canas Abajo. De acuerdo con el censo de 1838 aparecen nuevos barrios como Guaraguaos, Quebrada Domingo (desprendido por poco tiempo del barrio Portugués) y Quebrada Limón. Todavía en 1844, Montes Llanos también era un paraje de Portugués. Por esos años sería común referirse a la Playa como Puerto Real. Desde 1845 se agrega un barrio 5to en la zona urbana que seguro evolucionó del barrio del Capá el cual es citado, en algunas fuentes, desde temprano esa década.

El padrón de tierras de 1857 menciona otros dos parajes de la altura ponceña que, eventualmente, se transformarán en barrios: Corral Viejo y San Patricio. Aunque hay que consignar que ya en 1800 se hablaba de que Corrales Viejos, en plural, era un criadero. Además, durante el curso de la década de 1850 otra vez se van refundiendo unos barrios en otros y ya casi estaba configurado lo que sería el mapa municipal en la década de 1860. Desaparecen al sur Quemado y Matojal adsorbidos por la zona urbana y la Playa respectivamente, pero surge al norte la Cantera que en 1860 se describe: al norte, cerro alto de piedra, pasto estéril y regular vecindario y muy pobre.[6] Éste se convertiría luego en el barrio 6tº de la zona urbana. Muy poco después, y a petición de grupos de vecinos, se procedería a constituir en 1863 dos nuevos barrios: Anón y San Patricio, de lo cual existe un expediente[7].

Como queda visto la evolución de los barrios ponceños es un proceso sumamente dinámico e interesante. Su segregación o integración a otros e, incluso, su deseo por independizarse, como pretendieron el Coto Laurel o la Playa, y convertirse en nuevos municipios responde, posiblemente, al deseo de sus vecinos de ser mejor atendidos en sus necesidades por sus autoridades. Pero esto es un asunto que merece otro espacio de estudio. 



[1] Rafael A. Torrech San Inocencio, Los barrios de Puerto Rico. Fundación Puertorriqueña de las Humanidades. San Juan, Puerto Rico, 1998, pp. 53-71.
[2] Actas del Cabildo de Ponce, Puerto Rico, 1812-1823. Transcrito y editado por Ilia del Toro Robledo. Gobierno Municipal Autónomo de Ponce. Comisión Puertorriqueña para la Celebración del Quinto Centenario del Descubrimiento de América y Puerto Rico en Conmemoración del Encuentro de Dos Mundos, 1993, p. 9.
[3] Ibíd. p. 29.
[4] Ibíd. p. 42.
[5] Ibíd. p. 319.
[6] AHMP. Ayuntamiento. Secretaría. Obras Públicas. Terrenos. Año: 1838-1874. c. S-383. Exp. S-383-4(2). No 765.  Noticias sobre el num. de barrios que ecsisten fuera de la villa.
[7] AHMP. Ayuntamiento. Secretaría. Seguridad Pública. Solicitudes. Creación de Barrios. Años: 1863-1905. C. S-114. Exp. S-114-1. 1863. Trátase de la creación de los barrios de San Patricio y del Anón.

martes, 20 de agosto de 2019

Introducción a Presencia femenina en el Ponce del siglo XIX


Introducción a Presencia femenina en el Ponce del siglo XIX
Por Eli D. Oquendo Rodríguez

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Algunos de los relatos históricos que se escribieron entre finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX, por visitantes a la isla de Puerto Rico ofrecen escasas noticias acerca de las mujeres del país. Y en la mayoría de los casos es ya bien para referirse a sus gracias, o carencia de ellas, y a su particular modo de vestir. Fray Iñigo Abad y Lasierra, en 1788, aportaba cualidades positivas y negativas de éstas. Decía al referirse a ellas que eran de buena disposición, fecundas y aficionadas al baile y a correr a caballos.[1] Además, agregaba que eran muy hábiles en ambas cosas. Pero también las describía como mujeres de dientes consumidos, descoloridas, desidiosas y desaliñadas.[2] Y sobre su vida sexual apuntó que se casaban temprano y que solían preferir a los españoles antes que a los criollos.[3] El ilustre fraile presentó también una estampita bastante gráfica de cómo acostumbraban a vestirse las puertorriqueñas del siglo XVIII.

Poco antes de concluir ese siglo un viajero francés, botánico de profesión, escribió un libro como resultado de una expedición científica que hiciera al país. Su nombre fue André Pierre Ledrú. Y a su libro lo tituló Viaje a la Isla de Puerto Rico. Éste repite casi con las mismas palabras la descripción que hiciera Abbad y Lasierra sobre la vestimenta femenina.[4] Pero reseñando un baile que presenció en la hacienda de Don Benito, a orillas del río Loíza, apuntaba que vio a las mugeres con trages blancos y largos collares de oro.[5] Y que ambos sexos usaban y llevaban la cabeza cubierta con un pañuelo de color y un sombrero redondo galoneado.[6] Ledrú, en su trabajo, solamente describe a una mujer, que más bien, era una adolescente nombrada Francisca. Ésta era una tímida mozuela de dieciséis años, hija de su anfitrión. La presentó con una belleza casi plástica. Ella sabía cantar y tocar la guitarra con mucha gracia. Ledrú se sintió muy atraído por esa joven. Y hubo momentos en que ellos compartieron y que fueron descritos por el galo, repletos de una voluptuosa sensualidad.[7] El relato pierde la frialdad científica para adquirir la fogosidad de un romántico.

A mediados de la década de 1830, el coronel irlandés George Flinter publicó su trabajo An Account of the Present State of the Island of Puerto Rico. En el capítulo III de su libro dedica un subtítulo a la mujer titulado “Appearance and Manners of the Ladies of Puerto Rico”.[8] El mismo consta de unas cinco páginas y media. Flinter estaba impresionado con la mujer criolla y le prodigó toda una serie de elogios. Comenta sobre su belleza, costumbres, gusto en el vestir, habilidades, aficiones, virtudes y defectos.[9] En comparación con Abbad y Ledrú ofrece más información, aunque muchas de sus apreciaciones están basadas en mujeres pertenecientes a la clase alta. Así se ve, por ejemplo, cuando señala que algunas sabían francés y pintar o que eran muy puntillosas en la observancia de aquellos rituales que acompañan el día de cumpleaños. Y aún, haciendo estos comentarios tomando como modelo a las mujeres de la élite criolla parece rayar en la exageración. Júzguese, por ejemplo, cuando refiriéndose a la forma de conducirse las criollas enfatiza: they are possessed of great natural vivacity, an ease of manners which in England is only to be found in the best society.[10] Quizás un comentario que pudiera aplicarse a todas las mujeres por igual es cuando señala que: In domestic circle they are affectionate wives, tender mothers, and attached and faithful friends. They are industrious, frugal, and economical, without meanness. They excel in horsemanship.[11]

Flinter también señala que, contrario a lo que se había dicho de las mujeres de la Isla que eran adictas al fumar, jamás vio alguna hacerlo. Pero, aun así, las prefería frente a ciertas europeas que bebían ginebra. Ciertamente, el concepto del irlandés sobre las criollas es muy elevado y las idealizó con un sinnúmero de virtudes. No obstante, ellas pudieran ser aún mejores si tuvieran el beneficio de la educación, agrega. Y las compara con diamantes que luego de ser pulidos adquieren su esplendor y valor. Termina este subtítulo, el coronel George Flinter, enumerando todas las bondades que ve en la mujer criolla y abogando por una educación para la misma. Esto queda planteado a modo de una interrogante que se expresa en los siguientes términos:

If the ladies of this island are so elegant, so fascinating, so graceful, so kind and humane, as mere children of nature, what might we not expect from their good hearts and lively genius with the advantages of a refined education?[12]

En los documentos oficiales del municipio de Ponce sean censos, padrones, listas fiscales, juicios verbales, oficios, cartas u otros es posible hacer un atisbo al papel desempeñado por la mujer dentro de los cambios económicos y sociales que se producen en la ciudad desde los albores del siglo XIX.  Su importancia ha sido mayor de lo que se podría suponer, sobre todo si se toman en cuenta varios puntos: la sociedad era culturalmente de marcado sello patriarcal y machista, la mujer siempre estuvo en desventaja económica, en términos legales estuvo subordinada[13] y se la confinaba a los roles tradicionales de esposa, madre e hija. Tres serán los objetivos principales de este trabajo. Primero, examinar cómo la mujer fue un ente presente en los cambios que se operaron en el Ponce decimonónico. Segundo, analizar de qué recursos y cómo la mujer se valió de los mismos para ir abriendo su propio espacio. Y tercero: reflexionar sobre aquellos conflictos o situaciones que la mujer tuvo que enfrentar en su vida cotidiana en su carrera por abrir tal espacio. Cabe señalar que este estudio se limita a la mujer de condición libre por ser mucho más fácil de seguir su huella en los documentos de la época.



[1] Fray Iñígo Abbad y Lasierra, Historia geográfica civil y natural de la isla de San Juan Bautista de Puerto Rico. Reimpresión con estudio preliminar de por Isabel Gutiérrez del Arroyo, Río Piedras, Editorial Universitaria, 1979, p. 182.
[2] loc. cit.
[3] loc. cit.
[4] André Pierre Ledrú, Viaje a la Isla de Puerto Rico. Río Piedras, Ediciones del Instituto de Literatura Puertorriqueña y la Universidad de Puerto Rico, 1957, p.112.
[5] Ibíd., p. 47.
[6] loc. cit.
[7] Ibíd., pp. 45-46, 48.
[8] George D. Flinter, An Account of the Present State of the Island of Puerto Rico. San Juan, Academia Puertorriqueña de la Historia, 2002, p. ix.
[9] Ibíd., 81-87.
[10] Ibíd., p.82.
[11] loc. cit.
[12] Ibíd., p. 87.
[13] Ver: Félix V. Matos Rodríguez, “La mujer y el derecho en el siglo XIX en San Juan, Puerto Rico (1820-1962)”., en Pilar Gonzalbo Aizpuru, Edt., Género, familia y mentalidades en América Latina. San Juan, Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1997, pp. 227-263.

martes, 9 de julio de 2019

Prólogo a Nuevos hallazgos sobre el origen de Ponce


Prólogo a Nuevos hallazgos sobre el origen de Ponce
Por Pablo L. Crespo Vargas

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Dentro del estudio de la historia de Puerto Rico, uno de los mayores atractivos, tanto para los investigadores como para los interesados en estos temas, es la historia de los municipios de la Isla. En el caso de esta obra, se busca presentar el análisis de nueva evidencia encontrada en los archivos coloniales que refuta o modifica la versión oficial que indica que el partido de Ponce fue fundado en 1692. Aunque muchos lectores y estudiosos quisieran conocer una fecha precisa para este acontecimiento, nuestro autor e historiador, el Dr. Luis Caldera Ortiz, nos explica que la fundación de Ponce fue un proceso complejo y no estructurado, que se dio bajo unas circunstancias particulares y poco entendidas hasta hoy día. El análisis que el Dr. Caldera Ortiz desarrolla nos lleva a profundizar en cómo se analiza la historia y nos deja ver que esta no es solamente un manojo de hechos concretos que pueden ser establecidos con precisión.

Aunque el autor nos presenta una metodología mayormente positivista, también demuestra que el conocimiento histórico se desarrolla dentro de una complejidad que da espacio al uso de otras disciplinas (que algunos llaman auxiliares, pero que consideramos son medulares) para poder establecer una visión más diáfana de lo que ocurrió.

La obra, Nuevos hallazgos sobre el origen de Ponce, es una revisión de un hecho que de manera oficial ya había sido establecido, pero que nuestro autor retoma para demostrar que la datación de este suceso no fue tan certera como se había pensado.

La historia oficial, establecida a partir de los estudios de Eduardo Neumann, nos indica que Ponce se constituyó como ente político autónomo en 1692. Esta teoría lleva sobre un siglo de vigencia. Debemos aclarar que Neumann propuso esta fecha a partir de la documentación y la información que tuvo disponible al momento de realizar su investigación. Con el pasar del tiempo, el descubrimiento de nuevas pruebas y los adelantos en la metodología histórica, ayudaron al Dr. Caldera Ortiz para que este desarrollara una visión más clara sobre aspectos tales como la demografía, la política pública, las milicias urbanas y la administración de la zona sur de Puerto Rico durante los siglos XVI, XVII y XVIII. Aspectos que al juntarse nos llevan a ver qué Ponce es mucho más antiguo de lo que se pensaba. En la obra se detallan las razones y las circunstancias que se dan para que nuestro autor indique con certeza que ya en el 1692 Ponce existía como unidad política y geográfica.

Invitamos al lector a que examine los argumentos que el Dr. Caldera Ortiz plasma en la obra y pueda establecer su propio análisis sobre una serie de procesos que se dieron en los primeros siglos de nuestra historia. También, invitamos a otros estudiosos de la historia a continuar investigando y dando a conocer sus hallazgos, de esa forma seguiremos promoviendo el estudio histórico y el conocimiento general.

sábado, 31 de octubre de 2015

Presentación del autor: De criadero a partido. Los orígenes de Ponce.

Presentación del autor:
De criadero a partido. Los orígenes de Ponce
Por: Eli D. Oquendo Roríguez

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Toda investigación de carácter historiográfico siempre nace de una curiosidad, la cual va creciendo en la medida en que van surgiendo más y más interrogantes. Siempre supe que mucho se había escrito sobre la historia ponceña, sobre todo, a partir del siglo XIX. No era para menos. Es una centuria de gran desarrollo político, económico, social y cultural. Además, existe abundante y variada documentación en archivos públicos locales. Otra cantidad, nada despreciable, se halla en manos privadas. También, la tecnología ha puesto, al alcance de la mano a través del internet, muchos documentos de archivos extranjeros han sido digitalizados. Tanto unos como otros pueden ser consultados y así reconstruir la historia local. Esto hace más fácil escribir sobre ese período.

Sin embargo, no es tan viable cuando se trata de las épocas en que Ponce se gestaba como comunidad. Parafraseando una famosa historiadora, la historia de los siglos XVII y XVIII, para Ponce, continúa en blanco. No existen libros parroquiales de esa época, debido a un incendio, y en el Archivo Histórico Municipal de Ponce nada se conserva sobre tan lejanas fechas. Los cronistas de esos tiempos (O´Reilly, Abbad y Lasierra, Miyares González, Pierre Ledrú) y los obispos en sus visitas recogieron valiosas noticias. Igual hay datos que los gobernadores, en su gestión administrativa, registraron en documentos y que ofrecen alguna información sobre Ponce. Pero como quiera parece ser aislada, inconexa. Don Eduardo Neumann, el primer historiador local apenas dedica unos cuantos folios para hablar sobre la fecha de fundación. Pero nada más. Y don Salvador Brau elabora un poco más y ofrece otros datos producto de sus investigaciones en los archivos españoles.

Este trabajo es el resultado de ese interés por recoger la más mínima noticia que se encontrara sobre Ponce y ponerla en contexto a fin de elaborar una historia más detallada y abarcadora. Fue de gran ayuda el hallazgo de unas escrituras de capellanías y de censo y tributo localizadas en el Archivo Histórico Documental de la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico. Esos documentos y otros que atesora una rica colección son parte del ingente esfuerzo conservador de D. Vicente Murga Sánz. Este fue un religioso español que amó a esta tierra, a su gente y su historia. Monseñor Murga dedicó gran parte de su vida, tiempo y peculio personal a la investigación, estudio y adquisición de documentos que fueran fundamentales para reconstruir la historia patria. Su labor todavía hoy sigue rindiendo frutos.

Durante el año académico 2008 - 2009, aprovechando algunas horas libres y las vacaciones se inició una investigación en el Archivo Histórico Documental, en la Colección Mons. Vicente Murga y en la Colección Puertorriqueña de la Biblioteca Encarnación Valdés. Durante esa fase investigativa el archivero, Prof. Edwin Mattei Oliveras, y la directora de la Colección Puertorriqueña, Profa. Vidalina Rodríguez Carreras fueron excelentes colaboradores para con los cuales tengo una profunda gratitud. Al concluir el año académico 2009 – 2010 el trabajo ya estaba terminado. Algunas fotocopias fueron a parar a manos de amigos muy allegados. En agosto de 2010 se sometió el trabajo a varias autoridades universitarias en el interés de publicar dicha investigación. Pero aún hoy, julio de 2015, se sigue esperando una respuesta. Llegado el verano del año 2011 se sometió el trabajo a un certamen de trabajos historiográficos, auspiciado por la Academia de Artes y Ciencias de Puerto Rico, obteniendo el primer premio. ¿Cómo reza aquél antiguo dicho? ¡Ah! sí… Nadie es profeta en su tierra.

Hoy, después de haber cumplido su primer quinquenio de existencia comiendo polvo en un cajón, el manuscrito de esta historia de Ponce sale a la luz, con la esperanza de ser tal vez leído por otros que aman y gustan de leer sobre el pasado de este país.

Nota del editor: La obra fue publicada el 1ro de octubre de 2015, se puede obtener por amazon o en las principales librerías de Ponce.