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lunes, 1 de enero de 2024

La adoración del demonio según el Tribunal Inquisitorial de Cartagena de Indias, 1610-1655

La adoración del demonio según el Tribunal Inquisitorial de Cartagena de Indias, 1610-1655
Pablo L. Crespo Vargas

Simposio: Inquisición, hechicería e idolatría 

II Congreso Internacional de lo Mágico Religioso en los Andes:
Muerte, hechicería y evangelización, siglos XVI-XVIII
Universidad Nacional Federico Villarreal, Lima, Perú
8 de noviembre de 2019

Entrada al Palacio de la Inquisición en Cartagena de Indias
Foto de Bernard Gagnon, licencia de uso CC4.0
En Wikimedia Commons

Introducción

Según los estudios de Gustav Henningsen y Jaime Contreras (1986), la corte del Santo Oficio en Cartagena de Indias presentó una de las peculiaridades de mayor interés para el estudio de la demonología, la hechicería y la brujería, ya que este tribunal inquisitorial fue el que, de manera porcentual, demostró la mayor actividad de casos relacionados con estas conductas. El estudio estadístico trabajado por estos dos investigadores se basó en la revisión cuantitativa de los autos de fe del periodo de 1540 a 1700. En el caso de Cartagena de Indias, cuyo tribunal inició labores en 1610, se identificaron 264 casos relacionados a las creencias supersticiosas, que representan el 37.8% del total de procesados identificados, que fue de 699. A Cartagena de Indias le siguen los tribunales de Cerdeña (21.3%) y Canarias (15.0%). En el caso del Tribunal de Lima, este presentó un 10.1% de los casos. En número de causas, Cartagena de Indias fue el cuarto tribunal, luego de Sicilia (456), Valencia (337) y Zaragoza (327). El Tribunal de Lima procesó 119 individuos.

En nuestro trabajo vamos a presentar un análisis de las causas relacionadas a las presuntas adoraciones al demonio, por lo cual ampliamos el estudio de Henningsen y se incluyen otros causales que no necesariamente son sobre superstición, pero que presentan alguna relación con la creencia sobre el demonio. En total hemos identificado 180 procesos de fe donde se establece que hubo algún tipo de adoración o contacto con el diablo. El periodo de nuestro estudio fue de 1610 a 1655. La documentación primaria utilizada procede del Archivo Histórico Nacional de Madrid, Sección de la Inquisición, Libros 1008 a 1011 (correspondencia), 1020 a 1021 (relaciones de causas de fe) y el Legajo 1620 (causas de fe).

Metodológicamente hablando, hemos analizado la narrativa presentada en los autos de fe y utilizamos métodos cuantitativos que nos ayuden a establecer perfiles demográficos de la población. Ambas herramientas son base del análisis presentado, el cual nos lleva a explicar el fenómeno del demonismo en el Caribe hispano.

I
El demonismo y la demonología como fenómenos históricos han sido relegados a los estudios de la brujería; no obstante, podrían tener su propio sitial dentro de la investigación de las mentalidades, ya que ambas pueden ser estudiadas como expresiones que dirigen al ser humano a presentar actitudes y conductas palpables desde un punto de vista histórico. El demonismo lo podemos definir como una serie de creencias que se han desarrollado sobre la figura del demonio y otros seres maléficos. Su estudio se debe enmarcar en el contexto de ideas desarrolladas dentro de un mismo componente social (Oldridge, 2012, pp. 20-21; Russell, 1987, p. 21). Esto se debe a que la diversidad de los grupos y épocas estudiados no necesariamente facilitan la formación de una idea generalizada sobre qué es el demonio.

El demonismo no puede ser visto únicamente como un mito o como un cuento, producto de una población ignorante e imaginativa, tampoco como un instrumento de control social creado en la élite, ya que, como nos dice Robert Muchembled (2004, p. 10), la inexistencia del demonio no es causa para pensar que no es una figura histórica. Por otra parte, María Tausier y James S. Amelang (2004, pp. 15-31) nos indican que, si se toman como ciertas las declaraciones, muchas de ellas legales, de cientos de personas que alegan haber visto al demonio, se tendría que aceptar su existencia. Ahora bien, para un gran sector de la población occidental, donde predomina el cristianismo, el demonio es una figura real; no así dentro de otras creencias. Si observamos desde afuera la figura mitificada del demonio y utilizamos las características definidas por Mircea Eliade (1991, p. 13) podemos apreciar que el demonio es visto como un ser sobrenatural, ya que posee poderes que una persona común y corriente no tiene; a la vez que es considerado un ente de la cotidianidad religiosa, al igual que santos y patriarcas, pero con la diferencia de que sus poderes contienen rasgos maléficos.

De aquí pasamos a la concepción dualista cristiana para justificar la existencia del demonio. Para ello, estaremos utilizando dos teóricos. El primero es Julio Caro Baroja (1961) con su idea de “la concepción primaria del mundo”, la cual explica como el ser humano visualiza su cosmovisión utilizando el medio ambiente como ejemplo. Para este investigador son cuatro los factores esenciales: el cielo y la tierra (padre y madre), por un lado; el sol y la luna (luz y oscuridad), por el otro. En cada uno de ellos se pueden observar los elementos de dualidad. El segundo teórico es Bartolomé Escandell Bonet (1984) con el “paradigma mágico-religioso”, donde la esencia está en la lucha de dos fuerzas ocultas que son el bien y el mal.

Desde un punto de vista histórico-antropológico, toda religión ha desarrollado elementos mágicos como parte de sus dogmas. Cuando una religión o creencia en particular se oficializa como instrumento de control social de un grupo poblacional se promueve un cambio de visión donde los elementos mágicos son integrados como componentes de fe que son considerados reales. Cualquier visión contraria a la fe será visto como superstición o como una oposición al dogma, este último conocido como herejía.  

En el caso del Caribe hispano, las creencias sobre el demonismo se formaron dentro de un ambiente de diversidad y variaciones religiosas, proyectados por tres principales componentes: el cristianismo castellano y el animismo indígena y africano, estos dos últimos fragmentados en creencias regionales que no necesariamente eran iguales. Dado a que el cristianismo era la religión oficial, toda creencia, para subsistir, debía adaptarse al catolicismo. Por lo tanto, los diversos grupos, tanto locales como los provenientes de África, buscaron como integrar su cosmovisión dentro del cristianismo, creando una serie de particularidades regionales que van a definir su desarrollo y que caracteriza la zona caribeña.

La creencia al demonio provenía del ámbito religiosos castellano, ya que dentro de los grupos dominados (indígenas y africanos) no existía una personificación del mal con las características europeas. La visión religiosa amerindia y africana se enmarcaba en creencias animistas, donde existían una gran variedad de divinidades y donde los entes sobrenaturales tenían características humanas. En el proceso de evangelización, los misioneros cristianos promovieron la demonización de las creencias no cristianas. Esto estableció los parámetros para el desarrollo del sincretismo caribeño, el cual es uno que se presenta con una variedad inmensa de creencias: vudú, santería, palo, abakuá, entre otras.

Dentro del mundo cristiano, de manera general, los adoradores del demonio eran considerados brujos o brujas. La brujería era practicada en grupo y de manera rural. Para el estado español, los seguidores del demonio eran un grupo antisocial que realizaba prácticas contrarias a los dogmas establecidos. Algunas de estas prácticas eran el uso de la necromancia, la profanación de símbolos cristianos, los sacrificios humanos, las orgías, el canibalismo y la realización de maleficios. La hechicería también era relacionada a la adoración demoniaca, aunque en menor grado, dado a que la hechicera no necesariamente tenía pacto explícito con el demonio. La hechicería tenía unas características que la diferenciaban de la brujería, por lo cual sus acciones eran consideradas de menos gravedad. La hechicería era practicada, de forma general, de manera individual, en ambientes urbanos y se caracterizaba por utilizar su magia para tres servicios requeridos por la población: resolver los males de amor, encontrar las cosas o personas perdidas y para beneficio en los juegos de azar.

En Europa, la brujería y la hechicería fue perseguida y reprendida con gran fuerza; al punto que se estima que se ejecutaron a una 50,000 a 60,000 personas entre 1450 a 1750 (Levack, 1986; Lisón Tolosana, 1992; Behringer, 2008; Henningsen, 2010). En el mundo castellano se presentó una visión dual sobre este aspecto. Por un lado, las cortes seculares tendían a perseguir a la brujería y a la hechicería con el mismo vigor que en el resto de Europa. Por el otro lado, la Inquisición española como institución religiosa, pero al servicio de la monarquía, visualizaba estas prácticas como meras supersticiones que, mientras no representaran un peligro para el estado, no implicaban riesgos mayores. La cifra mayor de ejecuciones realizada por la Inquisición española en casos de supersticiones la presenta Pilar Huertas (2004) con 35 individuos. Este número representa un 10% del total de ejecuciones que se dieron por la misma causa en España y que según Henningsen (s.f.) rondaba las 300.

En el caso de Cartagena de Indias ninguno de los procesados por creencias supersticiosas fue enviado a la hoguera, aunque hubo dos acusadas que en sus causas se recomendaba que fueran entregadas al brazo secular para su ejecución. Ellas fueron Paula de Eguiluz (Legajo 1620) y Elena de Viloria (Libro 1020), ambas durante el periodo de 1633-1635. Eguiluz era una mulata nacida en Santo Domingo y procesada en tres ocasiones (1624 por hechicería, 1634 por brujería y 1635 por conspiración). A Eguiluz se le conoce por ser una famosa hechicera que era consultada hasta por el propio obispo de Cartagena de Indias y otras celebridades del gobierno colonial. Elena de Viloria era una partera negra, nacida en Nueva Granada y considerada capitana de brujas, que llevaba sobre 37 años participando en los aquelarres de su secta. Ambas representaban para los inquisidores mayores amenazas, por lo cual fueron sentenciadas a la hoguera. No obstante, toda pena de muerte debía ser consultada con el Tribunal Supremo Inquisitorial o la Suprema, quienes certificaban la misma. En ambos casos, la Suprema consideró que la hoguera era un castigo muy severo para personas que no representaban una amenaza al estado.

Debemos indicar que según los estudios dirigidos por Anna Splendiani (1997), Cartagena de Indias pudo haber sido uno de los tribunales inquisitoriales más renuentes a enviar a ejecución a sus reos ya que solo se conocen cinco casos sentenciados a la hoguera de un total de 850 procesos.

II
En el Tribunal de Cartagena de Indias, entre el periodo de 1610 a 1659, pudimos constatar al menos 180 procesos que de algún modo u otro mencionan al demonio o hacen alguna referencia a él. En esos 180 casos se procesaron a 167 individuos, 9 de ellos fueron juzgados en dos ocasiones y 2 vieron sentencia en tres distintos periodos. La edad de los procesados iba de 10 a 85 años. La edad promedio, de manera general, fue de 40.0 años. En los casos de hechicería fue de 40.9 años y en la de brujería de 38.5 años (dato que difieren de las características presentadas en Europa, donde la bruja es, usualmente, una mujer de edad avanzada). El año con mayor número de causas fue 1633 con 33 casos presentados. Del total de causas, 116 (64.4%) fueron a mujeres y 64 (35.6%) a hombres.

Los delitos imputados en las causas se dividen en hechicería con 86 individuos (30 hombres, 56 mujeres), brujería con 59 procesos (6 hombres, 53 mujeres), proposiciones heréticas con 8 varones, reniego a Dios con 8 individuos (4 hombres y 4 mujeres), blasfemia con 7 varones, judaizantes con 2 casos (1 hombre y 1 mujer), desacato y creencias protestantes con 2 varones cada uno, conspiración con 2 féminas y otros cuatro delitos con 1 varón cada uno: irrespeto, solicitación, título falso y criminal.

La composición racial de los procesados fue de 58 negros (16 hombres, 42 mujeres), 55 blancos (34 hombres, 21 mujeres), 44 mulatos (7 hombres, 37 mujeres), 8 mestizos (4, hombres, 4 mujeres), 2 zambos (ambas mujeres) y 14 personas sin identificar (3 hombres y 10 mujeres). Si examinamos los casos de hechicería y brujería, por su mayor relación a la demonología, podemos palpar las diferencias entre ambas conductas. Por el lado de la hechicería, el componente racial dominante fue el blanco con 33 acusados, le sigue el mulato con 25 individuos, el negro con 14 personas, el mestizo con 1 reo y sin identificar 13 individuos. En el caso de la brujería, predomina la raza negra con 35 individuos, le siguen los mulatos con 18 personas, mestizos con 4 reos, zambo y blanco, cada uno, con 1 individuo.

III
El Caribe, desde el mismo momento que inició la conquista y colonización, pasó por un proceso de evangelización que fue forzoso e ineficiente. El interés primario era la obtención de riquezas y no la salvación de las almas de los indios o de los africanos. A esto se le suma que la sociedad que se formó en el Caribe era una creyente en las supersticiones, donde se promovía, por medios alternos, el afecto religioso que la iglesia no proveía. Es por ello, que el oficio de hechicera y curandero prosperó de manera rápida. Los centros urbanos estaban llenos de ellos. Ciudades como Cartagena de Indias y La Habana eran lugares de mucho movimiento comercial y propensos al desarrollo de una economía basada en las prácticas mágicas. Eran muchos los que querían conocer su suerte de antemano, encontrar personas que por los vaivenes de la vida desaparecían y nunca faltaban los que procuraban remedios para el mal de amores.

Por lo examinado en los casos, se puede encontrar que muchas hechiceras se cuidaban de no aparentar pacto con el demonio, ya que esta condición era un agravante que era usado en su contra. De hecho, se ven casos como el de Jusefa Ruiz (Libro 1020) que en 1620 es acusada por brujería, pero que, durante el proceso, la causal fue disminuida a un delito de hechicería. En este caso en específico, a la acusada se le atribuía el desenterrar niños muertos para ser entregados al demonio, vuelos nocturnos y el poder de transformarse en un ratón. Muchas acusadas indicaban que fueron engañadas por el demonio y que estaban arrepentidas, esto era suficiente para que el tribunal pasara penas de poca severidad con ellas. De hecho, el fin de la inquisición era que los acusados se arrepintiesen; y más, cuando sus delitos no representaban una amenaza en contra del estado.  

Aunque dentro de la hechicería, el culto al demonio es mucho más reducido, podemos encontrar manifestaciones de este. Demonios como el diablo Cojuelo eran invocados frecuentemente. En España, el diablo Cojuelo era una versión satirizada del demonio, un ser que podía ser engañado, manipulado por los hombres (Delpech, 2004). En la tradición caribeña, el diablo Cojuelo era visto de manera distinta, un ser que traía sabiduría y que ayudaba a los practicantes de la magia. No obstante, se seguía la tradicional forma de llamar al principal de los demonios como Lucifer o Satanás, aunque en algunos casos solo se habla del demonio o del diablo como si su nombre no pudiera ser nombrado.

Veamos otros ejemplos de la demonología en los casos de hechicería. Mateo Arará (Libro 1021) en 1652, un esclavo negro, que hacía el oficio de curandero, utilizaba con mucha frecuencia el nombre del demonio en sus rezos. Otro curandero y chamán africano, Francisco Mandingo (Libro 1021), aunque, en 1640, indicó que sus poderes medicinales provenían de Dios, los inquisidores establecieron que él había sido engañado por el demonio. A esto añadimos los casos donde los inquisidores acusan a personas de tener criaturas que son consideradas como engendros del diablo. Uno de ellos fue el de María Crespa (Libro 1020), procesada en 1635, por tener comunicación con un demonio africano, por realizar vuelos nocturnos y por hablar con un moscón de dimensiones no usuales que dejaba sucia su casa todas las noches. Otro caso fue el de la criolla Juana Sandoval (Libro 1021), quien fue procesada en 1633 y tenía de mascota a una cucaracha gigantesca. En otros casos, como el del castellano Miguel Fernández (Libro 1020), se acusó en 1610 de invocar a los demonios para poder realizar daño a otras personas. Según los testigos, cuando Fernández invocó a los demonios un pájaro de gran tamaño se le posó al lado.

IV
En el caribe hispano del siglo XVII se pueden identificar una serie de sectas de adoradores del demonio, cada una con una peculiaridad única, producto de las características regionales que influyeron dentro de cada grupo y a la que se adaptaban los supuestos adoradores del demonio.

En el 1614, la Inquisición apresó a un mestizo, llamado Luis Andrea (Libro 1020), quien tenía una secta de adoración demoniaca en un pueblo de indios llamado Granada. Los inquisidores no arrestaron a ningún nativo. La razón era que estos no podían ser juzgados por la institución, para ello estaban los corregidores. Sin embargo, el culto de Luis de Andrea resultó ser toda una falsa, donde los indios fueron engañados y manipulados por este chamán, que respondía a un grupo de peninsulares que se hacían pasar por demonios para recibir tributos de adoración en cada solsticio. Entre las ofrendas que daban los indios se encontraban joyas y hojas de tabaco. Lo curiosos en este caso fue que ningún europeo fue procesado. El demonio principal de esta adoración era llamado Buciriaco, nombre que posiblemente tiene un origen indígena. Sin embargo, cuando es descrito en las actas se presenta como un ser que cabarga, lleva lanza y tiene botas. Algunos testigos, escucharon a Luis Andrea llamarle licenciado.

En Cuba, en 1622, se da otra secta, cuyo líder era un señor blanco mayor (Libro 1020), que se vestía con jubón, medias y zapatos. Este individuo, que es descrito por la mulata esclava Luisa Sánchez, bailaba en una tarima que era movida en un carruaje por un grupo de esclavos negros y que era seguida por una procesión de 12 mujeres. De la misma forma que pasó en otras ocasiones, el líder blanco no fue juzgado. Al igual que en Cuba, en Cartagena de Indias (Libro 1020) algunos adoradores de Lucifer desarrollaron un culto muy parecido al que se daba en Europa, quizás porque su demonio era un europeo que aprovechaba la falta de una educación religiosa oficial efectiva. En este caso, el supuesto Lucifer consumía en sus banquetes carne de carnero, gallina o pato, que era acompañado con pan de castilla. Sus seguidores consumían carne humana. 

Sobre la antropofagia o el canibalismo debemos indicar que también se presentan casos de sectas en La Habana, Pácora (Panamá) y en Zaragoza (Nueva Granada). En el caso de La Habana, en 1628, se acusó a Antón Carabalí (Libro 1020), que junto a un demonio llamado Pablillo (un ser cuya parte superior era humana, la inferior era felino), asesinó a ciento dos personas, todas para ser llevadas a la junta para su consumo. En la secta de Pácora se trabaja, entre varios casos, el de la negra liberta Isabel Hernández (Libro 1020), quien en su primer encargo llevó un cuerpo de una niña, por lo cual fue amonestada ya que su líder hacía hincapié en la necesidad de que los cuerpos a consumirse fueran de adultos, ya que así se garantizaba una mayor cantidad de carne para el festín. Luego de esto, Isabel Hernández confesó haber llevado 15 cuerpos de adultos. Varios testigos la vieron volar hacia sus víctimas, las cuales usualmente eran atacadas mientras dormían. El caso de Isabel Hernández fue realizado el mismo año que el de Antón Carabalí.

En el 1620, una secta fue descubierta en las minas de oro y plata de Zaragoza (Libro 1020). En ella se realizaban juntas nocturnas que iniciaban el viernes y culminaban el martes. La ceremonia comenzaba besando en la mano y en el trasero al demonio. Continuaba con un banquete, se bailaba y se embriagaban hasta media noche, algunos se transformaban en diversos animales y la celebración culminaba con una orgía. También salían a volar, en grupos de veinte, por los campos en búsqueda de niños y jóvenes que eran asesinados, destruían sembradíos y causaban todo tipo de daños. Los procesos iniciaron con cinco individuos, aunque se estimaba que la secta estaba formada por sobre ciento cincuenta personas. El problema para las autoridades era que en la zona había sobre dos mil esclavos que podían unirse a este grupo. Luego de consultada la situación con las autoridades en Madrid, se decidió que los inquisidores debían, utilizando las autoridades seculares y eclesiásticas, desarrollar un proceso de cristianización dentro de la población esclava sin que esto afectara la producción minera. Cuatro de los procesados fueron reconciliados, el quinto recibió una sentencia suspendida porque pasó el tormento y no se siguió con el proceso (Libro 1009). Tal como ya hemos mencionado, el interés de los europeos era obtener la mayor cantidad de riquezas sin importar el costo; por ello, los consejeros de la Corona preferían atender la situación por medio de la evangelización sin que esto afectara la producción minera de la zona. En otras palabras, la producción minera era de mayor importancia que el peligro que representaba el culto demoniaco en la zona. Este caso presenta otro elemento que se ha visto en los estudios históricos sobre brujería en algunos lugares de Europa, la supuesta existencia de seguidores de la brujería blanca, los cuales se enfrentaban en contra de los adoradores del demonio y que mantenían un culto agrario ancestral (Ginzburg, 1992).

V
Algunos de los procesados describieron de alguna forma su encuentro con el demonio. El mulato Diego López (Libro 1020), en 1634, cirujano de profesión, afirmó que al visitar por primera vez una junta de adoradores del demonio lo llevaron ante “un trono negro muy suntuoso y en él, Lucifer, muy feo y abominable”. El esclavo angoleño, Sebastián Botafongo (Libro 1020), acusado en 1635, describe al demonio en figura de cabro gigante y que estaba rodeado de otros demonios en forma de “soldados de hábitos largos”. La negra Potenciada de Abreu (Libro 1020), también de 1635, indica que se postró frente al diablo y que este tenía la cara cubierta de harina. La criolla Ana Rodríguez de Villena (Libro 1021), en 1641, vio al demonio en forma de pájaro gigante, en otras ocasiones se le presentaba como un hombre. La negra Bárbara Gómez (Libro 1020), acusada en 1633, vio al demonio transformarse de hombre a macho cabrío. Otra negra, Leonor Zape (Libro 1020), en 1622, afirmó haber visto al demonio volar junto a un grupo de 20 seguidores llevando langostas con la intención de que estas devoraran los cultivos. Leonor confesó haber asesinado a cinco personas como parte de sus rituales en la secta.

Como si esto fuera poco, el diablo le otorgaba a cada seguidor un demonio para que este le acompañara tal como hemos visto. Algunos de los nombres de estos demonios, no mencionados con anterioridad, eran Caifás, Diego Folupo, Chochuelo, Volador, Nassao, Buenosdías, Quita, Tongo, Cerbatán, Venacá, Gallo, Ñaga, Cañado, Isaleco, Zambapalo, Tumaque, Yerbabuena, Solimán, Tararira, Escudero, Mahoma y Barrabás. Algunos de estos nombres fueron atribuidos según las características que presentaban estos seres. Otros provienen de personajes que, dentro de la mentalidad de la época, eran considerados perseguidores del cristianismo.

VI
La creencia que se tenía sobre el demonio en el Caribe hispano durante el periodo estudiado nos demuestra una visión moldeada según las características del demonismo en Europa que, a su vez, tiene matices regionales y sincretizados desde las creencias originarias en los distintos grupos afectados. En los grupos marginados, la adoración al demonio fue vista como una forma de resistencia hacia el grupo dominante. El demonio era enemigo de la cristiandad, del poder eclesiásticos y de las autoridades civiles. Para la mayoría de los cristianos, el diablo era la representación contraria a todo el orden establecido, un ser malvado que debía ser rechazado. Para el marginado, representaba la rebelión, el deseo de combatir los abusos y de tener la oportunidad de derrotar al opresor.  

A todo esto, el demonismo, al menos para la inquisición, no era una conducta tratada como una amenaza mayor; es por ello, que las condenas establecidas no pasaban de los destierros, los azotes en la plaza pública, las reclusiones en los hospitales públicos para que atendieran a los enfermos y en los monasterios para que fueran catequizados.

Entendemos que los juicios a Paula de Eguiluz y a Elena de Viloria, ambas condenadas a muerte entre 1633 a 1635, fortalecieron la actitud ya desarrollada por la Suprema de ver el demonismo como una creencia supersticiosa y sin sentido, la cual no representaba una amenaza al poder estatal. Actitud que ya había comenzado a aflorar desde los juicios de brujas en Zugarramurdi (País Vasco) entre 1609 y 1614, donde el inquisidor Alonso de Salazar Frías demostró que la caza de brujas era producto de una histeria colectiva imaginaria, fuera de toda razón lógica (Henningsen, 1983).

En los procesos en Cartagena de Indias podemos notar claramente el prejuicio y el racismo en contra de los grupos marginados, específicamente la población negra, los cuales eran mayoritariamente procesados por brujería. También se ve la ineficiencia de la inquisición de poder procesar a una gran cantidad de estafadores que se hacían pasar por demonios o seres sobrenaturales para poder recibir tributo de indios o africanos. Por último, debemos notar que la hechicería, la curandería, la partería, entre otras actividades relacionadas con lo que podemos llamar las artes mágicas fue vista como una forma de vida desarrollada en un ambiente donde no existía un esfuerzo real del estado o la iglesia por mitigar las necesidades o curiosidades religiosas de la población.

 

Bibliografía

Archivo Histórico Nacional, Sección de la Inquisición, Tribunal de Cartagena de Indias

     Libro 1008: Libro primero de cartas, 1610-1618

     Libro 1009: Libro segundo de cartas, 1619-1624

     Libro 1010: Libro tercero de cartas, 1625-1630

     Libro 1011: Libro cuarto de cartas, 1631-1638

     Libro 1020: Libro primero de relaciones de causas de fe, 1614-1637

     Libro 1021: Libro segundo de relaciones de causas de fe, 1638-1655

     Legajo 1620, expedientes 1 y 10

Fuentes impresas

Behringer, W. (2008). Witches and Witch-Hunts: A Global History. Cambridge: Polity Press.

Caro Baroja, J. (1961). Las brujas y su mundo. Madrid: Alianza.

Crespo Vargas, P. (2014). El demonismo en el Caribe hispano: Primera mitad del siglo XVII. Lajas, Puerto Rico: Centro de Estudios e Investigaciones del Sur Oeste.

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Delpech, F. (2004). En torno al diablo Cojuelo: Demografía y folklore. En Tausier, M. y Amelang, J. El diablo en la Edad Moderna (pp. 99-131). Madrid: Marcial Pons Historia.

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Henningsen, G. La Inquisición y la brujería. En la Biblioteca Digital Católica, s.f. Consultado en https://mercaba.org/Dossieres/brujas.htm el 15 de junio de 2019.

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Tausier, M. y Amelang J. S. (2004). El diablo en la Edad Moderna. Madrid: Marcial Pons Historia.

viernes, 4 de enero de 2019

Introducción a Inquisición e imaginario, Vol. 1. inquisición, antijudaísmo, demonología y misoginia

Introducción a Inquisición e imaginario, volumen 1, 
inquisición, antijudaísmo, demonología y misoginia

Por Pablo L. Crespo Vargas

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Inquisición e imaginario, volumen 1, inquisición, antijudaísmo, demonología y misoginia es una antología de ensayos de temática histórica donde se examina de manera historiográfica la Inquisición, específicamente la española. A su vez, se trabaja una variedad de temas que surgen de las inquietudes de tres historiadores que ven a esta institución como una fuente inagotable de información. La misma es de gran importancia para poder entender las circunstancias que se vivieron en esa época y que en algunos casos aún están presentes en nuestra cotidianidad como es la misoginia y las actitudes etnocentristas que nos llevan a discriminar contra grupos a los que consideramos distintos.

La obra se divide en cinco ensayos. El primero es presentado por el historiador y genealogista dominicano Joan M. Ferrer Rodríguez. En el mismo, se trabaja y analiza las desviaciones doctrinales en el Caribe, haciendo hincapié en los periodos del Renacimiento y el Barroco, dando una explicación introductoria a las singularidades que se dan en Europa y que son reflejadas en las Indias.

El segundo y tercer ensayo fueron redactados por la historiadora puertorriqueña, Albeyra L. Rodríguez Pérez, quien en los últimos años se ha dedicado a investigar el tema judío en el Caribe y próximamente estará publicando una obra al respecto. Su primer ensayo presenta un análisis historiográfico sobre el desarrollo de la Inquisición en las Indias, donde se incluyen aspectos del establecimiento de la institución en España. En el segundo ensayo, se describe y analiza el antijudaísmo y el antisemitismo en tres aspectos fundamentales de la historia española: la política, la religión y el etnicismo.

Los últimos dos ensayos, del historiador puertorriqueño, Pablo L. Crespo Vargas, van dirigidos a estudiar dos fenómenos que son poco trabajados por historiadores en el Caribe: el demonismo y la misoginia. En el primero, se busca explicar el demonismo desde un punto de vista histórico y la importancia que este tiene dentro del imaginario regional. En el segundo ensayo se analiza el pensamiento misógino de Occidente y se busca explicar el porqué de este.

Inquisición e imaginario, Vol. 1, inquisición, antijudaísmo, demonología y misoginia es parte del proyecto que lleva a cabo el Centro de Estudios e Investigaciones del Sur Oeste de Puerto Rico para conmemorar los 500 años de la llegada de la Inquisición a América y para promover estudios históricos que nos lleven a conocer esos detalles de la historia que, por razones diversas, han quedado en el olvido.

lunes, 28 de mayo de 2018

Demonios y brujas en el Caribe del siglo 17


Demonios y brujas en el Caribe del siglo 17
Por Pablo L. Crespo Vargas

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La creencia en la existencia de un ser malvado conocido como diablo o demonio es parte esencial de las grandes religiones monoteístas tales como el judaísmo, el cristianismo y el islam. En el caso que nos compete y étnicamente hablando, el Caribe del siglo XVII era un mosaico de grupos, tanto de origen local como extranjero, que se mezclaron y dieron paso a un sincretismo que marcó la región de manera contundente al punto que hoy se puede apreciar una gran diversidad cultural.

La corona española, que dominaba gran parte del Caribe, había creado un sistema de gobernanza donde imperaba una estrecha relación entre el estado y la iglesia. La unión de ambas instituciones implicaba un estado sólido y próspero, aunque esto no era lo que palpaban los súbditos, mucho menos en colonias olvidadas por haber mermado su producción minera, tal como es el caso de Puerto Rico.

Aunque la creencia sobre el demonio era algo generalizado, su adoración era prohibida. Tanto la iglesia como el estado lo condenaban. Para esa época, cualquiera que adorara a este ser era considerado brujo o bruja. Su práctica, usualmente, se realizaba en grupos. En esencia, para el estado estos adoradores se convertían en una especie de seres antisociales que contradecían todo el orden establecido. Los seguidores del demonio practicaban ceremonias y ritos contrarios a los preceptos y dogmas legales. La variedad de ritos podía variar, pero de manera general podemos mencionar la realización de maleficios, el uso de magia negra, la profanación de símbolos católicos, las orgías, los viajes nocturnos y los sacrificios humanos. Muchos de estos sacrificios implicaban prácticas de canibalismo como los que ocurrieron en la Habana, en Pácora (Panamá), y en Zaragoza (Nueva Granada).

Se conoce de un adorador, Antón Carabalí, 50 años, esclavo procedente de África, residente en Cuba, que asesinó a ciento cincuenta y tres personas, todas consumidas como parte de la dieta de su grupo. En otro caso particular, el de Isabel Hernández, 60 años, biáfara liberta, residente en Pácora, fue objeto de estudio de investigadores colombianos que establecieron de manera teórica que la antropofagia fue desarrollada como una necesidad particular de su secta. Esto debido a que, en su declaración, Isabel Hernández indicó que su primer cuerpo fue el de una niña de tres años. Esta acción fue reprendida por el líder del aquelarre, quien mencionó que se necesitaban cuerpos más grandes para alimentar a todos los participantes. Sus siguientes quince víctimas fueron personas adultas. En su testimonio se declara que el asesinato ocurría succionando a la persona atacada por la nariz, en una especie de práctica vampirística. Varios testigos la vieron embistiendo a una señora en su cama. A la pregunta de cómo llegaba a sus víctimas, ella respondió que volaba. Otra característica que presentaban los adoradores del demonio es la creencia de que pueden transformarse en animales. Isabel Hernández estaba convencida, y algunos testigos lo afirmaban, que ella tenía el poder de convertirse en toro o cabra. Una de sus compañeras, María Cacheo, 40 años, negra liberta, se transformaba en pato, cabra, caimán, pavo o ratón, según su necesidad.

Según podemos contactar en los documentos de la Inquisición española, procedentes de Cartagena de Indias, el diablo le otorgaba a cada seguidor un demonio y estos son nombrados en un sinfín de ocasiones, entre ellos encontramos: a Chochuelo, Volador, Nassao, Buenosdías, Quita, Tongo, Cerbatán, Venacá, Gallo, Ñaga, Cañado, Zambapalo, Tumaque, Yerbabuena, Solimán, Tararira, Escudero, Mahoma, Barrabás y el famoso Cojuelo. Si apreciamos bien los nombres, algunos de ellos fueron atribuidos según las características que presentaban. Otros provienen de personajes que dentro de la mentalidad cristiana de la época eran considerados perseguidores del cristianismo. Los nombres más utilizados para mencionar al rey de los demonios eran Lucifer y Satanás. Los acusados lo describen, en la mayoría de los casos, como un macho cabrío; no obstante, se presentan otras descripciones como un ser de tamaño extremo o como un guerrero que tiene un atavío particular.

Nuestro estudio sobre la demonología caribeña del siglo XVII nos lleva a pensar que esta se desarrolló como reacción de los grupos marginados contra la opresión de los conquistadores y la clase gobernante. El cristianismo, utilizado por la corona española como una fuerza de control social, fue un blanco atacado no solo por la propaganda antiespañola, que luego sería conocida como la leyenda negra, sino que el surgimiento de actividades contrarias a la fe oficial, demuestran la existencia de una sociedad llena de prejuicios y discriminaciones, cuyas víctimas buscaban una válvula de escape. Por último, debemos aclarar que la demonología caribeña de la época tiene una estrecha relación con la desarrollada en Europa; por lo cual pensamos que la mayoría de la influencia e ideas sobre los demonios provino desde la península Ibérica.

Para conocer más sobre este tema los invitamos a adquirir la publicación El demonismo en el Caribe hispano: Primera mitad del siglo XVII.

También recomendamos, lo que es la primera parte de esta obra, en su tercera edición: La Inquisición española y las supersticiones en el Caribe hispano, 3ra ed.

Nota editorial: Una versión de este artículo fue publicado en El Post Antillano el 1ro de octubre del 2016.

miércoles, 6 de enero de 2016

Hechizos y conjuros: Una demostración en contra de la misoginia caribeña del siglo XVII

Hechizos y conjuros: Una demostración en contra de la misoginia caribeña del siglo XVII

Por Pablo L. Crespo Vargas[1]
Escrito de ponencia presentada en el IV Coloquio de Historia de las Mujeres en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Utuado
4 de marzo de 2015

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Introducción

La sociedad caribeña, ubicada en una zona de constante movimiento humano, desde tiempos inmemorables ha sido una región de paso. Esto creó el desarrollo de una población con un alto grado de mestizaje y que es reflejado no solo de manera étnica, sino que vemos en ella un nivel de sincretismo sin igual. Para efectos de este estudio hemos decidido analizar la posición de la mujer del Caribe hispano en el siglo XVII, vista desde la documentación inquisitorial, proveniente del Tribunal de Cartagena de Indias.[2] El trabajo se dividirá en dos partes: una breve explicación teórica sobre la subyugación de la mujer y un análisis de la forma en que las féminas se rebelaron ante la actitud misógina de la sociedad. Para este último aspecto utilizaremos tres ejemplos de los cientos que tenemos disponibles.

Una explicación teórica sobre la subyugación de la mujer

Desde tiempos ancestrales, en particular, en el desarrollo de la sociedad occidental, la mujer ha sido relegada a un segundo plano. Las causas pueden ser multifactoriales, no obstante, ellas están enmarcadas en tres principales teorías. La primera indica que, en el proceso de formación social, de manera natural, el hombre adquirió características esenciales para poder subyugar a la mujer (mayor fuerza física, no estar limitado por el parto, entre otros). Segundo, se estableció que el desarrollo de las religiones dentro de sociedades estatales provocó que el patriarcado se impusiera sobre el matriarcado. Tercero, luego de surgido el feminismo se difundió la idea de que el machismo era parte de unas posturas culturales que podían ser cambiadas.[3] En todo caso, las tres teorías, presentadas originalmente desde un punto de vista eurocéntrico, podrían darnos luz sobre el desarrollo de otras sociedades, en nuestro caso, la caribeña.

Tomemos como ejemplo la mitología taína, en ella apreciamos que en un principio el culto principal era realizado a una deidad femenina, en este caso Atabey.[4] Era diosa madre, creadora y representante de todo lo natural. Fue madre de Yocahú Bagua Maórocoti, deidad masculina, que a la llegada de los castellanos era considerada la principal fuerza espiritual dentro de la religiosidad indígena taína. Yocahú era el ser representativo de la yuca, base alimentaria de la sociedad cacical. También representaba el desarrollo de la sociedad, especialmente el dominio sobre aspectos naturales como son la domesticación de plantas (agricultura) para uso alimenticio a gran escala.[5]

Al igual que los taínos, podemos identificar una gran variedad de tradiciones que inician sus ciclos con el culto a deidades femeninas y que según van desarrollándose se transforman en veneraciones a entes masculinos representativos de quienes obtienen el poder en la sociedad. Esta explicación dogmática sobre la subyugación de la mujer debe complementarse con otras teorías. Una de ellas es la división del trabajo por género. Esta fue presentada por Mircea Eliade, quien indica que al surgir la caza como método de subsistencia se estableció que el hombre, por su capacidad física, tuvo la facultad de practicarla mientras se relegó a la mujer la tarea de recolectar frutos silvestres que complementaran la dieta de la comunidad.[6]

A su vez, vemos como el oficio de cazador desarrollaba unas destrezas de manejo de instrumentos que podían ser utilizadas en la defensa de la comunidad y en situaciones ofensivas donde se buscaba el beneficio del grupo. Esto nos lleva a la noción de que la mujer terminó siendo subyugada durante el “desarrollo de la competencia y la guerra entre grupos”.[7] Tanto la cacería como la guerra provocaron cambios culturales y sociales que establecían que los hombres debían ser valientes y demostrar agresividad. También se esperaba que protegieran a los miembros más débiles de la comunidad: niños, ancianos y mujeres.

A estos planteamientos hay que añadir las hipótesis psicoanalíticas que indican que el hombre tiende a ser psicosexualmente más frágil que la mujer, lo que le lleva a sentir cierto temor hacia ella.[8] Las razones para ello están en la falta de signos que indiquen la llegada de la madurez en el varón, el temor a la castración y la poca confianza que estos pueden tener en aspectos sexuales tales como la seguridad de la paternidad.[9]

Ahora bien, existe otra visión promulgada por Mircea Eliade que indica que, al desarrollarse la agricultura, en algunas sociedades, la mujer tuvo que asumir un rol protagonista, ya que fue ella quien se encargó de hacer funcionar y explotar de manera positiva la nueva forma de subsistencia.[10] No solamente era considerada la persona encargada de asegurar la alimentación de la población, sino que era la conocedora y trasmisora de las artes del cultivo. Todo esto llevó a crear una correlación entre “la fertilidad de la tierra y la fecundidad de la mujer”.[11] Este tipo de dinámica, aunque no universal, se dio en muchas sociedades antiguas, donde las deidades femeninas eran valorizadas por su relación a la creación por medio de la gestación.[12]

Aunque no queda claro cómo se da el proceso de subyugación de las féminas, al desarrollarse las tres principales culturas en la formación del mundo occidental (judíos, griegos y romanos) ya existía una predeterminación a presentar a la mujer como un ser inferior y necesitado de un hombre. Por ejemplo, la sociedad judía, en su escrito sagrado o Torá, establece una actitud machista desde el mismo inicio, con el desarrollo de su mito sobre la creación. Allí se establece la subordinación de la mujer al ésta ser formada del cuerpo del varón.[13] No solamente fue creada del hombre, sino que en otro episodio es considerada la culpable de que fueran sacados del paraíso que Dios les había creado.[14]

Al igual que los judíos, los griegos y romanos antiguos desarrollaron sociedades guerreras donde se enfatizaba la superioridad del hombre sobre la mujer. Esto a su vez, creó aspectos culturales que definían a los géneros. Por ejemplo, el hombre debía ser cálido, agresivo, riguroso, racional y debía demostrar fuerza en todo momento. De la mujer se esperaba que fuera fría, pacífica, débil y de gran emotividad.[15]

En el caso específico de los romanos, como parte de la tradición de la fundación de su ciudad, se indica que una de las primeras directrices de Rómulo (fundador de Roma) era la de educar a todo varón, mientras que solamente las niñas primogénitas tenían ese derecho. Así mismo, las leyes romanas establecían que los hombres estuvieran a cargo de las mujeres. A esto añadimos que en muchas actitudes se permitía una valorización de los delitos o acontecimientos según el género. Algunos ejemplos son: el adulterio, el uso del vino y las peticiones de divorcio, todas ellas podían ser realizadas por el hombre sin que esto significara una degradación moral para él, no así para las mujeres. El caso de la prostitución es otro ejemplo, ya que las mujeres que realizaban ese oficio eran vistas como inmorales mientras que el hombre podía disfrutar de estos servicios sin tener que pasar por la misma medición.[16]

Estas actitudes se agudizan con el surgimiento del cristianismo, al punto que la subordinación de la mujer se vio como algo normal. Eventualmente, este tipo de cultura llevó al surgimiento de la misoginia. La misoginia puede ser definida como el rechazo u odio que la sociedad desarrolla hacia las mujeres. No obstante, los prejuicios sociales que llevan al pensamiento de que la mujer es inferior al hombre son casi universales. Para algunos investigadores, tales como Jeffrey Burton Russell, este fenómeno debe ser entendido en la falta de conciencia del género masculino sobre el femenino.[17] No obstante, la modernidad representó un cambio de actitudes que en cierta medida han mejorado la situación de la mujer, aunque aún falta mucho por caminar.[18]

Brujas y hechiceras: el poder de la mujer caribeña, siglo XVII

La mujer caribeña, al igual que su contraparte europea, vivió marginada, y aunque existían diferencias por clases sociales, su posición siempre debió ser subordinada al hombre.[19] Esto era reflejado tanto en aspectos laborales como educativos. No ha de extrañarnos que esta marginación establecía una desventaja difícil de superar para las féminas. No obstante, los oficios que de alguna forma se podían relacionar al uso de palabras y yerbas mágicas proporcionaban a la mujer caribeña una oportunidad única de presentarse como protagonistas de su sociedad. Para muchas mujeres, la hechicería y la brujería fueron modos de vida que las llevaron a ocupar espacios no imaginados en un momento dado.[20]

Entre 1613 a 1658, la inquisición española procesó a ciento dieciséis mujeres por delitos relacionados a las creencias mágicas.[21] De ellas, cincuenta y seis fueron acusadas por hechicería, cincuenta y tres por brujería, mientras que las restantes siete tenían otras causas. Étnicamente hablando, cuarenta y dos eran negras, treinta y siete mulatas, veintiuna blancas, cuatro mestizas, dos zambas y diez sin especificar. En cuanto a las ocupaciones registradas, noventa no tenían una labor específica, dieciséis eran esclavas, seis eran parteras y una costurera, lavandera y cocinera.[22] De esa inmensa mayoría, sin ocupación aparente, podemos asumir, por los propios registros inquisitoriales, que vivían realizando oficios hogareños o prestando servicios mágicos a los que los necesitaban.

En el caso de las parteras o matronas, este era un oficio asociado a las artes mágicas ya que sus practicantes debían aprender conocimientos medicinales de yerbas y brebajes que eran utilizados en los cuidados de salud de las mujeres. A esto, las parteras, desde tiempos ancestrales, realizaban una labor indispensable para el mantenimiento de la sociedad.[23] Su fama y prestigio fue opacada con el surgimiento de la cacería de brujas, ya que sus constantes contactos con los recién nacidos las hicieron sospechosas de las muertes prematuras y los partos no culminados.

De las parteras caribeñas, la más famosa fue Elena de Viloria, una negra que en 1633 con sesenta años de edad fue acusada de ser maestra y reina de brujas.[24] Había pertenecido al aquelarre de Cartagena de Indias por espacio de treinta y siete años. Los inquisidores, dado a la histeria generalizada por la importancia de esta bruja, la sometieron para ser ejecutada. Sin embargo, la Corte Suprema Inquisitorial en Madrid no permitió esta sentencia debido a que la consideraba excesiva.[25]

El caso de la mulata Juana Bautista es uno que presenta cómo estas mujeres se ganaban el sustento diario. Juana era oriunda de México, aunque residía en la Habana. Esta ciudad, dado a su estratégica posición respecto al sistema de flota española, había florecido a un ritmo acelerado.[26] Esto creaba esperanza a cientos de personas que llegaban a la ciudad en búsqueda de riquezas y prosperidad. Al igual que Juana Bautista, había cientos de hechiceras que brindaban sus servicios de una forma u otra.[27]

La hechicería era una práctica muy común en el Caribe y la Habana, como uno de sus puntos principales, fue un centro de gran importancia. Los que requerían los servicios de hechiceras lo hacían mayormente por tres finalidades: “resolver los problemas de amor, la búsqueda del conocimiento oculto y la suerte en los juegos de azar”.[28]

Juana Bautista como partera había adquirido un conocimiento que utilizó y extendió para su beneficio. Su primera causa fue en 1622 cuando tenía veintiocho años, aunque no se tiene evidencia de los pormenores de este caso, si se sabe de él por la referencia que se menciona del mismo en su segundo caso.[29] La mayoría de las sentencias implicaban el destierro del lugar de origen de la persona, no obstante, como pasó en muchas ocasiones, la rea regresó a su residencia y continuó realizando sus prácticas. En 1644, con cincuenta años de edad fue sometida a un proceso por la realización de sortilegios y por hechizos que no habían funcionado y que habían provocado que varios afectados la acusaran ante el comisario inquisitorial.[30] Dado al agravante de haber sido convicta con anterioridad su sentencia fue de trecientos azotes.[31]

Tan pronto recibió sus azotes, y como parte del proceso de destierro, fue llevaba a una embarcación que la sacaría del área. Contrario a lo esperado, Juana Bautista desembarcó en el puerto de Río del Hacha (Riohacha) para continuar con el oficio de hechicera/curandera/partera, que le había dado sustento por tantos años. Su suerte no duró mucho, ya que la muerte de un infante durante un parto, llevó a que fuera acusada nuevamente en 1649. Al ser ingresada a la cárcel inquisitorial, Juana enferma y muere antes de concluir el proceso.[32]

Uno de los casos que más llama la atención fue el de Isabel Noble. Esta mujer había llegado junto a su esposo desde su natal Portugal.[33] Ellos, al igual que miles más, emigraron buscando riquezas, prosperidad y bienestar en el Nuevo Mundo. No obstante, esto para muchos era únicamente una quimera, ya que las Indias eran un lugar inhóspito, lleno de peligros, donde cada colonizador debía asumir una serie de riesgos para lograr las ganancias deseadas, que en muchas ocasiones nunca se daban.

El caso de Isabel fue uno lamentable. Su esposo, viéndola como una carga, decide seguir un rumbo aparte, dejándola prácticamente en la soledad y la pobreza en Cartagena de Indias. Su excusa, irse al Perú buscando riqueza y con la promesa de que algún día le mandaría a buscar o regresaría lleno de joyas y oro que disfrutaría con su amada esposa.[34] La realidad fue otra, Isabel se había quedado sola, sin nadie a quien recorrer, desamparada y desesperada. Con cuarenta y ocho años de edad no tenía muchas opciones para sobrevivir en un ambiente lleno de crueldades y sinsabores. Su única opción era buscar un oficio donde pudiera ser reconocida, valorada y que le diera un ingreso recurrente con el que pudiera vivir bien.

En un principio pudo establecer una gran clientela, quienes le solicitaban todo tipo de conjuros y brebajes dirigidos a solucionar los problemas y males del amor. Se especializó en la invocación de palabras de consagración; el uso de diversos elementos tales como el agua, sal y habas, entre otros; la realización de casamientos; y el hacer regresar maridos perdidos.[35] Nos suena curioso esta última, conociendo que ella misma tenía a su esposo en tierras lejanas y sin conocer su paradero. Pero debemos recordar, que dentro de estas creencias se dice que quienes tienen dones mágicos no los pueden utilizar a su favor, el hacerlo los autodestruiría.

Sin embargo, no todo le salió bien. Algunas de sus clientas no quedaron satisfechas y llevaron sus quejas al inquisidor, quien rápidamente la mandó a encarcelar. En su juicio se presentaron dieciocho testigos todas alegando la diversidad de hechizos que la acusada utilizaba. Su condena fue ser expuesta a vergüenza pública y destierro de las Indias, en otras palabras, debía regresar a Portugal. A su beneficio, la Corte Suprema Inquisitorial en Madrid revoca el destierro, por lo cual puede mantenerse en la región.[36]

Sin dinero y si mucha salida, Isabel retoma su antiguo oficio sabiendo que una segunda sentencia la podría llevar a la hoguera. Es por esto que en esta ocasión trata de permanecer en el anonimato, acción que también la lleva a cambiar sus métodos de operación, ya que comienza a invocar diversos demonios, entre ellos a Satanás, Barrabás y al Caifás.[37] En el 1622 es llevada a juicio gracias a la testificación de tres mujeres que sintieron que sus pedidos no fueron atendidos satisfactoriamente. Los inquisidores reprendieron gravemente a la portuguesa, la condenaron a cien azotes y fue desterrada de manera perpetua e irrevocable de Cartagena de Indias.[38]

Al igual que ellas, muchas mujeres mantuvieron cierto poder sobre sus comunidades por el mero hecho de tener un conocimiento que para algunos era secreto, oculto y malvado. No solamente se manifestaba en las castas, sino que en la élite dominante se dieron las desviaciones de fe relacionadas al conocimiento mágico. En fin, hasta gobernadores, obispos e inquisidores se consultaban con algunas de estas mujeres.[39]



[1] El autor obtuvo un PhD. en Historia de América de la Universidad Interamericana en 2014, trabaja como maestro de escuela superior en el Departamento de Educación de PR, profesor universitario en la Universidad Interamericana de PR, Recinto de San Germán y director ejecutivo del Centro de Estudios e Investigaciones del Sur Oeste de PR.
[2] La Inquisición española como institución, aunque presente en las Indias desde 1519 (siendo Alonso Manso, obispo de Puerto Rico, su primer inquisidor), no se institucionaliza en el Caribe de manera oficial hasta la formación de un Tribunal regional en 1610, ubicado en la ciudad portuaria de Cartagena de Indias. Anterior a esta fecha, se habían constituido dos tribunales oficiales en Lima (1570) y México (1571).
[3] Véase a Anderson, Bonnie S. y Judith P. Zinsser: Historia de las mujeres: Una historia propia [1988], trad. Teresa Camprodon y Beatriz Villacañas, Madrid, Crítica, 2009, págs. 25-27.
[4] Sobre la mitología taína recomendamos a Pané, Ramón: Relación de Fray Ramón acerca de las antigüedades de los indios, edición digital de Wisconsin University en digicoll.library.wisc.edu/cgi-bin/IbrAmerTxt-idx?type=header&id=IbrAmerTxt.Spa0006, consultado el 27 de diciembre de 2014.
[5] Crespo Vargas, Pablo L.: El demonismo en el Caribe hispano: Primera mitad del siglo XVII, Lajas, Akelarre, 2014, pág. 109.
[6] Eliade, Mircea: Historia de las creencias e ideas religiosas I: De la edad de piedra a los misterios de Eleusis [1977] Barcelona, Paidos, 1999, pág. 15. Mircea Eliade (1907-1986) fue un filósofo e historiador de las religiones.
[7] Anderson, Bonnie S. y Judith P. Zinsser: Historia de las mujeres…, pág. 27.
[8] Sobre el miedo del hombre hacia la mujer como razón para este subyugarla véase a Castellano De Zubiría, Susana: Diosas, brujas y vampiresas: El miedo visceral del hombre a las mujeres, Bogotá, Norma, 2009, págs. 19-25, 29-37; y a Colorado López, Marta, Liliana Arango Palacio y Sofía Fernández Fuente: Mujer y feminidad en el psicoanálisis y el feminismo, Medellín, Imprenta Gubernamental de Antioquía, 1998, págs. 26-27, 98, 128 y 140.
[9] Sobre las teorías del psicoanálisis véase a Freud, Sigmund: Teorías sexuales infantiles, 1908, 11 págs., en http://www.biblioteca.org.ar/libros/211796.pdf, consultado el 28 de diciembre de 2014; y a Anderson, Bonnie S. y Judith P. Zinsser: Historia de las mujeres…, págs. 34-35, donde se presenta un resumen de estas teorías.
[10] En los grupos neopaganos se difunde que sociedades como las célticas, las bretonas, galas y germanas antiguas la mujer cumplían con este tipo de función.
[11] Eliade, Mircea: Historia de las creencias…, pág. 66-70.
[12] Véase a Murray, Margaret: The Witch-Cult in Western Europe [1921], New York, Barnes & Noble Books, 1996. Hoy día la teoría de Margaret Murray ha sido criticada grandemente, aunque existen sus adeptos y defensores, tales como Michael Harrison, The Roots of Witchcraft, Secaucus, NJ, Citadel Press, 1974.
[13] Véase a Rusell, Jeffrey Burton: Exposing Myths about Christianity, Downers Grove, Illinois, IVP Books, 2012, pág. 87. El autor es el principal estudioso estadounidense sobre la historia del demonismo.
[14] Véase también a Anderson, Bonnie S. y Judith P. Zinsser: Historia de las mujeres…, págs. 42-43. Se señalan varios pasajes bíblicos donde se enfatiza que la mujer siempre debe estar acorde a las necesidades de los protagonistas de la historia, los hombres.
[15] González Gutiérrez, Patricia: “Maternidad, aborto y ciudadanía femenina en la antigüedad”, El futuro del pasado, núm. 2, 2011, pág. 430.
[16] Anderson, Bonnie S. y Judith P. Zinsser: Historia de las mujeres…, págs. 43-45.
[17] Russell, Jeffrey Burton: A History of Witchcraft: Sorcerers, Heretics & Pagans, 2da ed. aumentada, New York, Thames & Hudson, pág. 116.
[18] Sobre las luchas de igualdad de género en la modernidad refiérase a: Guzmán, Virginia y Claudia Bonán: “Feminismo y modernidad”, Debate Feminista, México, vol. 35, abril 2007, págs. 257-274; Postigo Asenjo, Marta: “Feminismo y modernidad”, Thémata: Revista de Filosofía (Debate sobre las antropologías), Universidad de Sevilla, núm. 35, 2005, págs. 727-732; Guirao Mirón, Cristina: “Modernidad y postmodernidad en el feminismo contemporáneo”, Feminismo, Universidad de Alicante, núm. 15, junio 2010, págs. 221-234.
[19] Anderson, Bonnie S. y Judith P. Zinsser: Historia de las mujeres…, págs. 11-12.
[20] Crespo Vargas, Pablo L.: El demonismo…, págs. 139-140.
[21] La Inquisición española como institución político-eclesiástica tenía que intervenir con cualquier desviación a la fe oficial. Sin embargo, se concentraban en las creencias que más perjudicaban la posición estatal, tales como los judaizantes, los islámicos y protestantes. Fuera de estas causas, la blasfemia, los reniegos, las supersticiones y otras herejías eran vistas como crímenes menores. Las creencias mágicas eran parte de las supersticiones y como delito menos grave, la Inquisición no se ocupó de ellas de la misma forma que ocurrió en los territorios alemanes, franceses, suizos e ingleses.
[22] Crespo Vargas, Pablo L.: El demonismo…, Anejo III, pág. 232.
[23] Sobre la historia de las parteras véase a García Martínez, Manuel J.: “Historia del arte de los partos en el ámbito familiar”, Cultura de los cuidados, Universidad de Alicante, año XII, núm. 24, 2008, págs. 40-47.
[24] El título de reina de brujas era otorgado a la bruja de mayor rango jerárquico. En otras palabras, era considerada la mano derecha del demonio y tenía a su cargo la organización y dirección de los aquelarres.
[25] Archivo Histórico Nacional en Madrid (AHN), Inquisición (Inq.), Libro (L.) 1020, fols. 403-403v., 437v., 470v.
[26] Sobre el desarrollo de la Habana refiérase a Macías Domínguez, Isabelo: Cuba en la primera mitad del siglo XVII, Sevilla, CSIC, 1978, págs. 15-23.
[27] Para una visión más clara sobre la hechicería habanera véase a Crespo Vargas, Pablo L.: El demonismo…, págs. 162-169.
[28] Crespo Vargas, Pablo L.: La Inquisición española y las supersticiones en el Caribe hispano, siglo XVII, 2da ed. revisada, Lajas, Akelarre, 2013, pág. 201.
[29] AHN, Inq., L. 1021, fols. 110-110v.
[30] Un factor recurrente para que una hechicera fuera delatada era que sus conjuros no habían funcionado según se esperaba.
[31] AHN, Inq., L. 1021, fols. 92-92v., 93v., 98, 100v.-101, 102, 11-117v. y 123v.-124.
[32] Ibíd., fols. 238v.-239.
[33] Ibíd., L. 1020, fol. 15.
[34] Ibíd.
[35] Ibíd., fols. 45-45v.
[36] Ibíd.
[37] Curiosamente, algunos de los nombres utilizados para referirse a los demonios eran sacados de personajes que eran considerados negativos en el proceso de desarrollo del cristianismo.
[38] AHN, Inq., L. 1020, fols. 230v.-232v.
[39] El caso más famoso fue el de la negra Paula de Eguiluz, quien era consultada por la alta jerarquía cartaginense y de quién se han realizado varios trabajos.