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martes, 4 de agosto de 2026

Juan Garrido: Un africano en la conquista de las Antillas (1502-1521)

Juan Garrido: Un africano en la conquista de las Antillas (1502-1521)

Pablo L. Crespo Vargas

Libro en Internet Archive
Introducción

El primer africano del que se tiene evidencia documental en llegar a la isla de San Juan Bautista, hoy Puerto Rico, fue Juan Garrido. Contrario a la creencia generalizada de que todos los africanos llegaban en condición de esclavos, Garrido fue un hombre libre que, como muchos otros conquistadores, buscaba aventuras y la posibilidad de alcanzar riqueza y gloria. Su participación en los proyectos de exploración, conquista y colonización lo llevó a visitar no solo la isla de San Juan Bautista, sino también La Española, las Antillas Menores, Cuba, Florida y la Nueva España.

En este ensayo analizaremos las hazañas y aventuras de Juan Garrido en el ámbito antillano, durante el periodo comprendido entre 1502 y 1521. Nos limitamos a estos años porque constituyen la etapa menos conocida de su trayectoria, y el examen de las fuentes resulta fundamental para obtener una visión más clara de los acontecimientos que vivió. A partir de 1521, Garrido se establece en la Nueva España, donde participa en el proceso de conquista de la región. Este periodo está mucho mejor documentado y sus acciones, entre ellas haber sido el primer colonizador en sembrar trigo, evidencian su capacidad para enfrentar la incertidumbre y los prejuicios de la sociedad hacia la población africana.

Negros en la conquista

Juan Garrido no fue el único conquistador africano del que se tiene noticia, aunque posiblemente sí el primero. Otros africanos que participaron en la conquista de las nuevas tierras fueron Sebastián Toral, Pedro Fulupo, Juan Bardales, Antonio Pérez y Juan Valiente, entre otros. Asimismo, hubo hombres negros o mulatos nacidos en la península ibérica que también formaron parte de este proceso: Juan Portugués —sobre cuyo lugar de nacimiento existe la duda, entre África y territorio europeo—, Juan García, Miguel Ruiz y Juan Beltrán, entre otros. Un ejemplo de mulata lo fue Beatriz de Palacios, quien participó en la conquista de México junto a su esposo Pedro de Escobar.

En cuanto a las menciones de exploradores o sirvientes negros que llegaron antes que Juan Garrido, cabe señalar a Alonso Prieto, quien aparentemente formó parte del primer viaje de Cristóbal Colón en 1492. También se argumenta que, en el cuarto viaje de Colón, en 1502, este llevó consigo a un sirviente negro llamado Diego. Ese mismo año, Nicolás de Ovando arribó a las Indias y trajo consigo un grupo de personas negras, tanto libres como esclavizadas, para ser empleadas en el proceso de colonización. Es probable que en este contexto Juan Garrido haya llegado al Nuevo Mundo.

La entrada de africanos a la península Ibérica

La posición geográfica de la península ibérica, que marca frontera con el norte de África, es posiblemente la explicación más concisa para entender la interacción entre ambas zonas. No ha de extrañar que el movimiento poblacional de un lado hacia el otro haya sido un asunto milenario. De hecho, estudios del genoma realizados por un equipo de científicos, dirigidos por Gloria González Fortes, establecen evidencia genética de migraciones tan antiguas como hace cuatro mil años.

Acercándonos más al periodo de inicio de la conquista y colonización del Nuevo Mundo, los movimientos expansionistas de Portugal hacia África sirvieron de base para la entrada a los reinos ibéricos de población negra de la zona del África occidental. A esto, no debemos olvidar que el comercio de esclavos de los países árabes y musulmanes del norte de África mantuvo un flujo de esclavizados negros hacia las costas mediterráneas europeas.

Una inmensa mayoría de estos inmigrantes africanos fueron personas esclavizadas; sin embargo, hubo individuos que, por su condición social o por particulares diversas, lograron entrar como personas libres. Algunos exploradores portugueses, como Diego Cam (Diogo Cão) y Alonso Doveiro, en sus viajes, procuraron traer representantes, artesanos o sirvientes libres que llegaron y se establecieron en Lisboa. A este grupo hay que sumar los esclavizados que lograron obtener su libertad y se integraron a la sociedad.

En el caso de la ciudad y puerto de Sevilla, este proceso se ha documentado. En una investigación de Alfonso Franco Silva se detalla que entre 1470 y 1525, unos 1153 esclavizados se liberaron, números que reflejan entre una tercera y una cuarta parte de esta población. No todos eran negros africanos, pero sí era el grupo más numeroso entre los liberados.

Para historiadores como David Sánchez Sánchez, Juan Garrido cae dentro del estereotipo de la persona que fue cautiva y esclavizada; y que, en el proceso, antes de llegar a Sevilla, le fue concedida la libertad. Se argumenta que su amo, de apellido Garrido, le hubiera otorgado su libertad luego de fallecer, esto como gratitud a sus servicios. Esto pudo haber estado estipulado en el testamento. A esto se suma la alegación del cronista Francisco López de Gomarra, que hace referencia a Juan Garrido como «un negro de Cortés»; y luego de narrar su hazaña de cosechar trigo en Nueva España, cierra indicando que «A un negro y esclavo se debe tanto bien». Esta percepción de López de Gomarra pudo estar enmarcada en prejuicios que ya desde esa época se estaban desarrollando sobre la población negra, la cual se veía como inferior a los europeos.

Por otro lado, algunos historiadores fundamentan sus argumentos en una de las probanzas del propio Juan Garrido, reproducida por el historiador Francisco A. Icaza, en la cual el personaje afirma que «de su voluntad, se vino a tornar cristiano en Lisboa». De ser así, Garrido pudo haber sido uno de aquellos representantes o enviados de sus reinos, cuyo propósito era conocer la sociedad de los exploradores recién llegados a sus tierras. No obstante, también cabe la posibilidad de que ocultara un pasado como esclavo. En cualquier caso, su declaración, por más tergiversada que pudiera estar, constituye la evidencia histórica con la que contamos.

Primeros pasos de Juan Garrido

Se desconocen tanto el lugar de procedencia como el año de nacimiento de Juan Garrido. Sin embargo, algunos historiadores, tras analizar las fuentes disponibles, sostienen que nació hacia 1480 en algún territorio de la zona occidental de África, posiblemente en la región histórica de Guinea, en las costas del Golfo de Guinea. La biografía oficial publicada por el National Park Service, agencia del gobierno estadounidense encargada de los parques y monumentos, señala en cambio que su nacimiento ocurrió en 1487. En definitiva, no es posible establecer con certeza una fecha específica, pues no existe evidencia concluyente al respecto.

La región de Guinea, desde 1469, era una zona donde los portugueses mantenían el control comercial sobre ella. Castilla, en 1478 y como parte de la Guerra de Sucesión en su reino, trató de arrebatar este dominio al enviar una flota, pero fracasó. Con el establecimiento del fuerte San Jorge de la Mina (actual ciudad de Elmina, Ghana), el control de la región se consolidó en manos portuguesas. Todo comercio o movimiento de individuos de la región a Europa tenía que pasar por las manos portuguesas. Juan Garrido, siendo esclavo o persona libre, tuvo que haber viajado desde este puerto hasta Lisboa. Establecido en Portugal, tuvo que haber conocido la noticia del éxito del primer viaje colombino, lo cual lo motivó a moverse a Sevilla, donde, según él, estuvo unos siete años antes de embarcarse hasta el Nuevo Mundo.

El primer destino de Juan Garrido fue La Española. Se presume que llegó en la expedición de Nicolás de Ovando en 1502, en la cual se embarcaron varios mulatos y negros, algunos de origen africano y otros nacidos en la península ibérica. Durante un periodo cercano a cinco años en Santo Domingo, y siguiendo la interpretación de Ricardo Alegría sobre una de las probanzas, se establece que Garrido participó de alguna manera en los procesos de pacificación de la isla. Dichos procesos incluían las incursiones realizadas en las islas habitadas por los caribes, cuyo objetivo principal era la captura de indígenas destinados a la esclavitud.

Su llegada a San Juan Bautista y la Florida

En 1508, Juan Garrido se incorporó a la expedición de Juan Ponce de León hacia la isla de Boriquén (San Juan Bautista, hoy Puerto Rico). Allí formó parte del grupo de cincuenta conquistadores que se enlistaron en la empresa dirigida por Ponce de León. Para algunos historiadores, este momento marca el inicio de un supuesto vínculo entre Garrido y Ponce de León, relación que los llevaría a participar en diversas empresas colonizadoras que veremos más adelante. La primera de ellas fue la exploración y el establecimiento de la colonia en la isla de San Juan Bautista, lo que incluyó el enfrentamiento armado de 1511 y las posibles escaramuzas ocurridas en los años posteriores contra los indígenas que resistieron la dominación castellana.

No obstante, cabe señalar que los cronistas de la época no registraron acciones específicas de Juan Garrido; por supuesto, tampoco puede asumirse que las de todos los participantes hayan quedado documentadas. Aun así, resulta significativo que el nombre de Garrido no figure en los listados de conquistadores que obtenían botín en las incursiones contra los indígenas considerados en rebeldía.

Juan Garrido afirma haber participado en el viaje de exploración de Juan Ponce de León a la isla de Bimini, que culminó con el descubrimiento de la península de Florida, considerada entonces por los exploradores como una nueva isla. Esta expedición tuvo lugar en 1513 y contó con tres naves: dos partieron del puerto de Yuma, en La Española, y la tercera desde el puerto de San Germán (posiblemente, la actual costa de Aguada o de Añasco). De las dos primeras se conserva el listado de la tripulación; sin embargo, el de la nave que zarpó de San Germán aún no ha sido hallado. Dado que Garrido no figura entre los pasajeros de las primeras dos embarcaciones, se entiende que viajó en el navío San Cristóbal. Esta nave recibió la encomienda de continuar la exploración después de que Ponce de León decidiera suspenderla debido a la hostilidad de los indígenas nativos. Como consecuencia, la San Cristóbal regresó cuatro meses después de la llegada de Ponce de León a la isla de San Juan Bautista. Conviene destacar que, en su probanza, Garrido declara haber participado en el descubrimiento de Florida; no obstante, los testimonios disponibles certifican su presencia en la segunda expedición de 1521. Esto, a su vez, contradice la posibilidad de que hubiera tomado parte en la expedición inicial de Hernán Cortés a las tierras mexicanas.

Mientras se desarrollaba el primer viaje a la Florida, las hostilidades en la isla de San Juan Bautista continuaban debido a la alianza entre los indígenas antillanos: los habitantes de Boriquén y los caribes de las Antillas Menores. Esta situación motivó la planificación de una armada contra dichas Antillas, teniendo como objetivos principales las islas de Guadalupe y Dominica. La expedición se llevó a cabo en 1514. Sin embargo, no zarpó desde San Juan Bautista, sino que la flota llegó directamente desde Castilla bajo el mando de Juan Ponce de León. Tras un primer ataque, las fuerzas castellanas sufrieron una derrota y se replegaron hacia San Juan Bautista, antes de intentar un segundo asalto. No está del todo claro si este segundo intento llegó a realizarse; lo que sí se sabe es que en 1515 se organizó otra expedición, en la cual Ponce de León no participó, pero se presume que Juan Garrido sí formó parte de ella.

Posterior a la campaña naval contra los caribes, se tiene evidencia de la presencia de Juan Garrido en San Juan Bautista durante los años 1515 y 1519, según los informes sobre la recolección y fundición de oro. Considerar estas fechas resulta de suma importancia, pues aún resta abordar sus supuestas experiencias en Cuba y el proceso mediante el cual llegó a Nueva España.

Cuba, segundo viaje a Florida y su paso a Nueva España

La conquista y colonización de la isla de Cuba comenzó en 1510, aunque algunos historiadores señalan que no fue hasta 1511 cuando la expedición de Diego Velázquez partió de La Española hacia territorio cubano. Cabe destacar que sobre estos primeros años existe escasa documentación que permita esclarecer el desarrollo de la campaña, siendo la relación escrita por el propio Velázquez en 1514 la principal fuente disponible.

La pacificación de Cuba se llevó a cabo de manera simultánea con la de Puerto Rico. Este hecho plantea un problema frente a las declaraciones de Juan Garrido y de algunos testigos en su probanza, quienes afirman que él participó junto a Velázquez en dicho proceso. De ser ciertas estas afirmaciones, Garrido habría tenido que iniciar la colonización de Puerto Rico, regresar a La Española, viajar con Velázquez a Cuba y, en medio de la campaña, retornar a San Juan Bautista para atender la rebelión de 1511.

En caso de que no hubiera participado en la represión contra los indígenas borinqueños en 1511, sí estuvo presente, según su propia declaración, en el viaje de Ponce de León a la Florida en 1513. Al analizar las condiciones de vida durante el proceso de conquista, la movilidad que aparenta tener Garrido en sus testimonios resulta excepcional, pues lo habitual era que la presencia de un conquistador se requiriese de manera constante en el lugar donde se encontraba.

No cabe duda de que Juan Garrido estuvo en Cuba antes de partir hacia México; sin embargo, el análisis de sus declaraciones sugiere que su supuesto viaje con Hernán Cortés a Cuba no ocurrió en el momento en que este zarpó en febrero de 1519 hacia México e inició el proceso de conquista, el cual culminó con la toma de Tenochtitlán en agosto de 1521.

En contraste con estas fechas, el segundo viaje de Ponce de León a Florida tuvo lugar en febrero de 1521. En esta ocasión, Ponce de León dispuso de dos navíos y se estima que lo acompañaron alrededor de 200 hombres. No se cuenta con información detallada sobre la preparación de la expedición, pero, como en otros casos, la organización debió requerir un tiempo considerable, incluyendo el reclutamiento de personal y la preparación de las embarcaciones.

Una vez iniciado el viaje y tras arribar a las costas de Florida, Ponce de León comenzó la exploración del litoral. En una escaramuza con los indígenas resultó herido y decidió trasladarse a La Habana para recibir atención. Su llegada a Cuba se produjo en abril y allí falleció a comienzos de julio.

Respecto a la participación de Juan Garrido en esta expedición, uno de los testigos, Alonso Martín de Jerez, aseguró que Garrido tomó parte en el viaje, al igual que él. Este testigo también pasó de La Habana a Nueva España y se unió a las huestes de Cortés que marchaban hacia Tenochtitlán. Conviene señalar que parte de las propiedades de Ponce de León, necesarias en Nueva España, fueron embarcadas y trasladadas a territorio mexicano. Asimismo, algunos de los hombres se incorporaron a las fuerzas de Hernán Cortés, entre ellos Juan Garrido.

Comentarios finales

La información sobre Juan Garrido en el proceso de conquista y colonización de las Antillas se limita a unas pocas fuentes primarias. La principal de ellas es su probanza de méritos y servicios, redactada en 1538 con el propósito de obtener una pensión o recompensa por los servicios prestados a la Corona. Otra documentación relevante corresponde a los registros de la fundición de oro en San Juan de Puerto Rico, que permiten ubicar a Garrido en la isla entre 1515 y 1519.

En 1515 se consigna que Garrido era negro, sin ofrecer mayores detalles. En las fundiciones realizadas entre el 21 de julio y el 28 de agosto de 1516, del 21 de abril al 19 de mayo de 1518 y del 9 de marzo al 10 de junio de 1519, tanto en Caparra como en San Germán, se certifica su presencia. Este último periodo contrasta con la fecha de inicio del viaje de conquista de Hernán Cortés.

Existen otras menciones que podrían vincularse con Juan Garrido, aunque de manera circunstancial. No debe olvidarse que el periodo estudiado carece de una documentación sistemática y precisa, lo que genera lagunas históricas que posiblemente nunca puedan ser llenadas.

Se reconoce que Juan Garrido fue uno de los primeros negros libres en participar en el proceso de conquista y colonización del Nuevo Mundo, hecho que resulta excepcional en sí mismo. Su trayectoria se asemeja a la de otros aventureros que se forjaron en las Antillas antes de enfrentarse a los poderosos imperios continentales; en su caso, el de los mexicas.

En cuanto a su papel en la conquista y colonización de la Nueva España, este está mejor documentado y resulta más claro. Entre sus principales logros en territorio continental destaca la introducción del cultivo de trigo, aunque no fue el único. Además de su participación en diversas expediciones, Garrido comisionó la construcción de la ermita de San Hipólito en la Ciudad de México, destinada a honrar a los caídos durante el sitio de Tenochtitlán.

Referencias:

Primarias

«Probanza de Juan Garrido, negro, 1538». Archivo General de Indias, Sevilla, Audiencia de México, Leg. 204.

«Documentos sobre fundición de oro en San Juan de Puerto Rico». Archivo General de Indias, Sevilla, Sección Patronato, Leg. 198, Ramos 9-16.

Bibliográficas

Alegría, Ricardo. Juan Garrido, el conquistador negro en las Antillas, Florida, México y California. San Juan: Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe, 1990. https://archive.org/details/juan-garrido-by-ricardo-alegria-1990-san-juan-puerto-rico/mode/2up

Franco Silva, Alfonso, «Los negros libertos en las sociedades andaluzas entre los siglos XV al XVI», en Los marginados en el mundo medieval y moderno, coord. María Desamparados Martínez San Pedro, Almería, 5 a 7 de noviembre de 1998, Almería, Instituto de Estudios Almerienses, 2000, pp. 51-64.

González Fortes, Gloria et al. «A western route of prehistoric human migration from Africa into the Iberian Peninsula». Proceedings Royal Society B, vol. 286, issue 1895, 30 january 2019, 10 p. https://doi.org/10.1098/rspb.2018.2288

Icaza, Francisco A. de. Conquistadores y pobladores de Nueva España: Diccionario autobiográfico sacado de los textos originales. Madrid: Imprenta El Adelantado de Segovia, 1923. https://archive.org/details/conquistadoresyp00icaz/mode/2up

Restall, Matthew, «Black Conquistadors: Armed Africans in Early Spanish America», The Americas, 57.2, Oct. 2000, (The African Experience in Early Spanish America), pp. 171-205.

Sánchez Sánchez, David. «Juan Garrido, el negro conquistador: nuevos datos sobre su identidad». Hipogrifo. Revista de literatura y cultura del Siglo de Oro, vol. 8, núm. 1, 2020: pp. 263-279. https://www.redalyc.org/journal/5175/517563676018/html/

Sued Badillo, Jalil & Ángel López Cantos. Puerto Rico Negro. San Juan: Editorial Cultural, 2007.

Internet:

Imaginando La Florida:

https://www.accioncultural.es/virtuales/florida/exploracion/juan_garrido.html

National Park Service: https://www.nps.gov/people/juargarrido.htm

miércoles, 29 de julio de 2026

Tres miradas a la historia de las parteras: Reseña

Tres miradas a la historia de las parteras: Reseña

Teresita Soto Falto

La reciente noticia de una mala práctica médica a una mujer embarazada que parió a su hijo mediante una cesárea viene muy bien a cuento para comentar la publicación, de febrero de este año 2026, del libro: Tres miradas a la historia de las parteras.

Tres historiadores reconocidos se han reunido para ampliar la breve bibliografía que se puede consultar sobre este tema.  Pablo Crespo Vargas nos da la primera mirada. Estudia el tema desde el punto de vista histórico, presentándonos casos específicos de la persecución que la Inquisición libró contra las parteras en Cartagena de Indias, a quienes asociaba con la práctica de la magia, los sortilegios y con tener pactos con el diablo. El estudio, titulado “Parterías, magia e intervención inquisitorial en Cartagena de Indias”, detalla los casos de mujeres que en el siglo XVII fueron encausadas, procesadas, azotadas, encarceladas, exhibidas como brujas cargando al cuello un distintivo o llevando sobre la cabeza un cono largo (coroza) con la insignia de hechicera. Existía la creencia entre los inquisidores «de que las parteras eran agentes del demonio y que entre sus funciones estaba la de proveer recién nacidos para rituales».

La segunda mirada es la de César Augusto Salcedo Chirinos: “Habilitando comadronas: las dificultades para profesionalizar el cuidado del parto en Puerto Rico, 1839-1900”. El tema que vertebra el libro va ampliándose y ahora encontramos los esfuerzos que fue haciendo la colonia española para regularizar la práctica obstétrica para las mujeres de la amplia zona rural del país. La profesionalización de las parteras comienza a darse a partir de 1893 con la creación de una Cátedra de Parteras. El esfuerzo fue muy grande, porque aquellas mujeres eran casi todas, por no decir todas, analfabetas, y no había instituciones sanitarias para atender parturientas. «Después de la invasión estadounidense de 1898, las comadronas que habían sido habilitadas en la época española fueron reconocidas por las nuevas autoridades coloniales». Los progresos en la profesionalización de estas mujeres se fueron dando poco a poco, en la medida en que los países – de América y de Europa - comenzaron a abrirse a la modernidad. Los servicios de las comadronas puertorriqueñas se extendieron hasta mediados del siglo XX, cuando pasaron a ofrecerse en los hospitales por médicos licenciados.

La tercera mirada es la de Félix M. Cruz Jusino, quien nos da el testimonio que el autor recogió de labios de los descendientes de la partera María Matea Acosta y Ortiz, que ejercía su oficio respaldado por todas las certificaciones que otorgaba el Estado. Esta señora era un ángel para las mujeres embarazadas. Tan pronto sabía que estaban en estado, les enviaba gallinas y leche para que se fortalecieran y les enseñaba las reglas básicas de higiene para protegerlas a ellas y a sus criaturas. Aun siendo tan conocida y querida en Lajas y San Germán, donde trajo decenas de niños al mundo, no faltó quien pensara que era también hechicera, porque de su sembradío de hierbas medicinales preparaba tés (guarapos) para sus clientas. La imagen humilde de María Matea, acompañada por sus nietos, se inmortaliza en la portada del libro.

Las tres miradas de los distinguidos historiadores que publica Editorial Aquelarre es como una bocanada de aire fresco para los lectores que nos enfocamos preferentemente en la literatura de creación. Tenemos en las manos un libro breve, con tres estudios académicos, que, aun siéndolos, se comunican con el lector con un lenguaje claro y sencillo. Es un libro que hace una excelente aportación al estudio de un tema sobre unas mujeres que muchos ya han olvidado porque han nacido entre las manos de un médico en la sala de partos de un hospital.  

jueves, 25 de junio de 2026

Recordando a Rafael Hernández Marín: el Jibarito

Recordando a Rafael Hernández Marín: el Jibarito

Pablo L. Crespo Vargas

Rafael Hernández Marín, foto de los 1960's
Imagen en dominio público
Wikimedia Commons /
Fundación Nacional para la Cultura Popular
Rafael Hernández Marín nació el 24 de octubre de 1891 en la comunidad El Tamarindo, Aguadilla. Al haber nacido y ser criado en un municipio efervescente y de continuo movimiento social y cultural, el joven Rafael tuvo la oportunidad de vivir en un ambiente de diversidad y contrastes que favorecieron su desarrollo cognoscitivo y su amor por los ritmos musicales. Su madre y abuela promovieron su incursión en la ejecución de diversos instrumentos: piano, guitarra, violín, trombón y bombardino, entre otros.

Desde los doce años comienza a destacarse bajo la tutela de los maestros José Ruellán Lequeira y Jesús Figueroa. En la adolescencia se une como músico a un circo itinerante japonés, el Kawamura, llevando su incipiente talento alrededor de la Isla. Al disolverse esta organización, Rafael se queda en Puerta de Tierra, lugar que por su ambiente urbano ofrecía mayores oportunidades para un músico. No solamente trabajó como músico independiente, sino que laboró en el Teatro Municipal y fue parte de la Orquesta Municipal de San Juan. Estando en el área metropolitana, tuvo la oportunidad de ser discípulo del maestro Julio Arteaga, con quien desarrolló sus destrezas de armonía y composición, escribiendo su primera obra en 1913. Cuatro años después comienza a vender sus composiciones.

Con la entrada de los Estados Unidos a la Gran Guerra europea, en 1917, Rafael es reclutado, junto a otros puertorriqueños, para pertenecer a una banda de música militar que fue movilizada a Europa. Como militar, logra el grado de sargento y ocupa la posición de asistente de director de la banda. Rafael completa su servicio castrense en 1920 y decide quedarse en Nueva York. Allí es parte de la banda Lucky Cork y organiza la Orquesta Hispanoamericana.

Su talento lo lleva a ser contratado por el Teatro Fausto, a la vez que participa en otras organizaciones musicales en La Habana, durante el periodo de 1921 a 1925. De regreso a Nueva York, organiza el Trío Borinquen, con el cual realiza giras en Puerto Rico y otros lugares internacionales. En 1928, la disquera Columbia Records lo contrató para la grabación de tres interpretaciones de dos autores puertorriqueños: José Gautier Benítez y José de Diego. Al siguiente año, 1929, compone lo que podría catalogarse como su obra cumbre: “Lamento Borincano”. En 1930, el Trio Borinquen se disuelve y Rafael crea un nuevo conjunto que inicialmente se llama Grupo Hernández, luego pasa a llamarse Conjunto Victoria, en referencia a su hermana, y, finalmente, la agrupación utiliza el nombre de Cuarteto Victoria.

En 1932, Rafael comienza una nueva etapa de su vida, en esta ocasión, en México. Allí llega para producir y animar un programa radial en la emisora XEW. Este contrato era por unos meses, pero terminó quedándose unos dieciséis años. Entre sus logros en suelo mexicano están dirigir varias orquestas, incluyendo a la Sinfónica del Estado de Oaxaca, participar, con distintos roles, en películas en un momento cumbre del cine mexicano, culminar estudios avanzados en el Conservatorio Nacional de Música de Ciudad de México y componer el himno del estado de Puebla, entre otros hechos. Se debe resaltar que, en 1940, Rafael se casó con la mexicana María Pérez. Del matrimonio nacen tres hijos en México: Rafael, Miguel Ángel y Víctor Manuel; y uno en Puerto Rico: Alejandro “Chalí”.

En 1947, Rafael regresa a Puerto Rico y es recibido con mucho entusiasmo y alegría, tanto en Aguadilla como en el resto del país. El gobierno de Puerto Rico lo contrata para WIPR, donde realiza varias funciones gerenciales tanto en aspectos artísticos como musicales. Desde ese momento, don Rafael mantiene su residencia en la Isla, aunque continúa con la exposición internacional de su música y el desarrollo de talento local, a la vez que se involucra en otras actividades cívicas y culturales, entre ellas la organización de las Pequeñas Ligas de Béisbol de Puerto Rico. En 1964, don Rafael fue diagnosticado con cáncer y falleció el 11 de diciembre de 1965.

La obra de Rafael Hernández Marín, sobre dos mil composiciones, es reflejo de una mente prodigiosa en las artes musicales y demuestra cómo nuestro insigne compositor aprovechó cada una de las experiencias vividas para acrecentar su conocimiento en los ritmos y poder producir armonías que son reconocidas de manera universal: “Lamento borincano”, “Preciosa”, “El cumbanchero”, “Perfume de gardenias”, “Linda Quisqueya”, “Ausencia”, “Desvelo de amor”, “Silencio” y “Capullito de alelí”, entre cientos de otras piezas. El legado de nuestro Jibarito está presente y su gesta musical pone el nombre de Puerto Rico en una posición de altura.

Recursos bibliográficos en internet y en centros de información (bibliotecas)

Recursos en Internet

Allende Goitía, Noel. “Rafael Hernández Marín”, Enciclopedia PR, 6 de febrero de 2021. https://enciclopediapr.org/content/rafael-hernandez-marin/ Artículo biográfico.

Fundación Nacional para la Cultura Popular. “¡El Jíbaro vive!”, Fundación Nacional para la Cultura Popular, 19 de octubre de 2022. https://prpop.org/2022/10/el-jibarito-vive/ Artículo sobre el 130 aniversario del natalicio de Rafael Hernández Marín.

_____. “Rafael Hernández”, Fundación Nacional para la Cultura Popular, s.f. https://prpop.org/biografias/rafael-hernandez/ Artículo biográfico

Hernández Marín, Rafael. “Puerto Rico presenta la música de Rafael Hernández”, MP-1. San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1963. https://www.archivoicp.com/icpmp1-puerto-rico-presenta-la-musica-de-rafael-hernandez Formato original: Vinilo, LP / Digitalizado. Compositor: Rafael Hernández Marín / Orquesta dirigida por Rafael Hernández. Cantantes invitados: Tato Díaz, Rita Elena Ortiz, Pablo Elvira.

Rafael Hernández Marín (1891-1965): Apuntes biográficos del compositor, Sala Museo Rafael Hernández Marín, Universidad Interamericana de Puerto Rico, Recinto Metropolitano, s.f. https://metro.inter.edu/museo-sala/bibliografia_rafael.pdf

Robert, Evelyn y Luis Olivieri. “Rafael Hernández: Biografías / Composiciones”, Salsa Clásica, s.f. https://salsaclasica.com/rafaelhernandez Artículo publicado originalmente en Revista CORAL, vol. X, N. 1-2, diciembre 1992, pp. 23-24, de la Sociedad Puertorriqueña de Directores de Coros.

YouTube (generador de canal automático). “Rafael Hernández: Tema”, YouTube, 13 de julio de 2013. https://www.youtube.com/channel/UC_1TtG2ca7ThZ3sDr062U-g Colección de 147 vídeos con la música compuesta por Rafael Hernández Marín.

Recursos bibliográficos en centros de información (bibliotecas públicas):

Bibliografía musical puertorriqueña. San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña y Centro de Investigaciones y Ediciones Musicales de Puerto Rico, 1981.

Burgos Malavé. Eda M. Homenaje a Rafael Hernández en el Centenario de su natalicio. Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras: Departamento de Humanidades, 1991.

Hernández Marín, Rafael y Ma Dhyan Elsa Betancourt. Hasta siempre, Rafael Hernández. Río Piedras: Yaraví, 1981.

Hernández Marín, Rafael y Ma Dhyan Elsa Betancourt. Hasta siempre, Rafael Hernández. Río Piedras: Yaraví, 1981.

Rafael Hernández vive, y siempre está en nosotros. Aguadilla: WNOZ Radio Nosotros, 1991.

Rodríguez Tapia, Ismael E. Rafael Hernández Marín: Cantor de la afirmación nacional puertorriqueña. San Juan: Publicaciones Yuquiyú, 2005.

Ruscalleda Bercedóniz, Jorge M. Rafael Hernández: apuntes biográficos desde la distancia aguadillana. Aguadilla: Editorial Mester, 2018.

Sala-Museo Rafael Hernández, Universidad Interamericana de Puerto Rico, Recinto Metro: Ediciones Homines, 1994.

Nota editorial: Artículo originalmente publicado el 6 de junio de 2026 en El Post Antillano.

martes, 12 de mayo de 2026

Introducción a «Historia del barrio La Cantera de Ponce»

Introducción a «Historia del barrio La Cantera de Ponce»

Elí D. Oquendo Rodríguez

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La isla de Puerto Rico posee 78 municipios. Cada uno de ellos tiene su historia particular y, en mayor o menor grado, cada uno es protagonista de la historia nacional. ¿Habrá quien no recuerde la importancia histórica de San Germán, San Juan, Lares, Ponce, Jayuya o el extinto pueblo de Río Piedras? Los pueblos, a su vez, se integran por comunidades que se denominan barrios y que igual tienen sus propias historias, en las que se destacan ciertos personajes, eventos y lugares significativos. Muchas de esas están aún por escribir. Actualmente, Ponce tiene 31 barrios. En el siglo XIX fueron muchos más, pero con la marcha del tiempo algunos fueron desapareciendo al ser absorbidos por otros, cambiaron de nombre o fueron sacados de su jurisdicción. A principios de la década de 1820, por disposición gubernamental, Ponce debió ceder varios barrios al vecino pueblo de Juana Díaz.

En 2016 surgió la idea de escribir una historia sobre los barrios ponceños. No obstante, dada la ingente cantidad de información contenida en los documentos del Archivo Histórico del Municipio de Ponce, hubo que modificar el proyecto y, finalmente, terminó publicándose un libro que única y exclusivamente trataba sobre la Playa de Ponce. Esto fue en junio de 2017. El mismo se tituló A orillas del Mar Caribe. Boceto histórico de la Playa de Ponce. Desde sus primeros habitantes hasta principios del siglo XX. El trabajo se le dedicó a la Lcda. Gladys Tormes, una querida amiga, quien ha sido leal defensora del patrimonio histórico de la ciudad y, en gran medida, fuente de inspiración de la idea original. Este libro recibió el Premio Luis Edgardo Díaz el 30 de abril de 2018 en ceremonia celebrada en el Centro Cultural Carmen Solá de Pereira. Dos años después, en 2019, se retomó la idea de historia de los barrios y salió a la luz otro libro. Este se tituló: Barrios de Ponce. Noticias y microhistorias de ocho comunidades ponceñas en el tiempo. Siglos XVI al XIX. Debido al gran número de estos, se hizo una breve selección y se trabajaron las historias de los barrios Bucaná, Canas, Capitanejo, Entre los Ríos, Sabanetas, San Antón, Tibes y las Vallas. En esta ocasión, el libro le fue dedicado al fenecido profesor e historiador Dr. Fernando Picó. Este erudito jesuita fue un gran mentor que supo transmitir al que escribe estas líneas la pasión por investigar y el gusto por historiar. (1) 

Quedan todavía muchos barrios por escribir de ellos. El presente escrito es una humilde aportación a la historia de dos barrios que se desarrollaron hacia el norte del pueblo y que en su momento se llamaron el Capá y la Cantera. Ambos con nombres con clara alusión a un árbol autóctono y a un elemento geográfico. Hoy se les conoce como barrios Quinto y Sexto, respectivamente. Y resultó que la Cantera se convirtió en un sector más dentro de él. Pero no por eso dejó de tener su propia identidad. Al contrario, administraciones municipales han intentado preservarla y destacar sus aportaciones. Así lo hizo el fenecido alcalde D. Rafael Cordero Santiago cuando, en 1999, gestionó la inversión de 5 millones de dólares en remozar la zona más emblemática del barrio. El proyecto se extendía desde la placita Domingo Cruz hasta los muros de la Cantera. Abarcaba 1,225.69 metros lineales e incluía pavimentación con asfalto, construcción de aceras recubiertas con lozas, iluminación con postes estilo colonial y siembra de árboles para el ornato y frescura de la vía. (2)

Esta historia se la debía a algunos que una vez preguntaron cuándo escribiría algo sobre la Cantera. También se la debía a la memoria de algunos de mis antepasados, quienes cuando emigraron desde Adjuntas a Ponce, a comienzos del siglo XX, se establecieron en diversos lugares de la Cantera. Mi bisabuelo paterno Hilario Oquendo Colón (1859-1934) y sus hijos, entre ellos mi abuelo Juan Arturo Oquendo Castillo (1897-1987), vivieron en el cerro San Tomás y calle del Acueducto entre 1915 y 1924. De hecho, Juan Arturo también vivió en la barriada Borinquen hasta el día de su muerte. Por otro lado, mis tatarabuelos maternos, Pedro Pascual Torres Maldonado (1867-1953) y Anastasia Torres Cedeño (1869-1944), también se radicaron en San Tomás al empezar la década de 1930. La última falleció en septiembre de 1944 siendo vecina de la calle Mayor Cantera. Por supuesto, también le debía esta historia a los vecinos de la Cantera que, seguro, alguna curiosidad deben tener sobre los orígenes de su barrio.



[1] Ver de Fernando Picó el ensayo “El placer de historiar”, en el libro Ensayos en torno a la Historia y otros temas. Centro de Investigaciones Históricas. Departamento de Historia. Facultad de Humanidades. Universidad de Puerto Rico. Recinto de Río Piedras. 2019. pp. 87-94.

[2] AHMP. Archivo Vertical. Barrio Sexto. El Autónomo. Vol. 3, Núm. 2, Febrero de 1999, p. 1. 

viernes, 20 de marzo de 2026

Introducción a «Tres miradas a la historia de las parteras»

Introducción a «Tres miradas a la historia de las parteras»

Pablo L. Crespo Vargas

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«Tres miradas a la historia de las parteras» es un trabajo colaborativo de un grupo de historiadores caribeños que, desde distintas visiones, periodos y áreas de estudio, documentan la evolución del oficio de la partería. El proyecto es auspiciado por Casa Paoli del Centro de Investigaciones Folklóricas de Puerto Rico, Inc., como parte de la conmemoración del cincuentenario de su fundación, y por la Editorial Akelarre.

A través de estos tres ensayos, los autores exploran cómo esta labor pasó de ser un saber sagrado y comunitario para convertirse en objeto de persecución, para luego finalmente enfrentar un proceso de medicalización y profesionalización bajo el control del Estado.

El primer ensayo, «Parteras, magia e intervención inquisitorial en Cartagena de Indias», comienza con un panorama general de la historia de la partería, desde sus orígenes con el surgimiento del ser humano hasta llegar a la Inquisición española, específicamente su tribunal en Cartagena de Indias. Su autor, Pablo L. Crespo Vargas, quien estudia temas del imaginario mágicoreligioso, analiza de manera general cómo las parteras pasaron de ejercer un oficio común a ser vistas como mujeres malévolas. El ensayo culmina con la presentación de cuatro casos relacionados con prácticas mágicas, cuyas acusadas eran parteras.

El segundo ensayo, «Habilitando comadronas: las dificultades para profesionalizar el cuidado del parto en Puerto Rico, 18391900», de César Augusto Salcedo Chirinos, ofrece un análisis de la partería en Puerto Rico ya entrado el siglo XIX. Para este periodo había comenzado la etapa de medicalización y profesionalización de los cuerpos sanitarios del país. Ante los adelantos tecnológicos y médicos de la época, las parteras tuvieron que atemperarse a estos cambios mediante la instrucción científica en obstetricia y la limitación de sus funciones exclusivamente a los partos naturales. El ensayo destaca la creación de la Cátedra de Parteras en 1893 y el proceso de habilitación para la obtención de licencias. Concluye con el cambio de soberanía de 1898, cuando Puerto Rico pasa de España a los Estados Unidos y se crean las plazas de parteras municipales para atender a mujeres pobres, integrando así el oficio al sistema de salud pública.

El libro cierra con la historia de vida de María Matea Acosta y Ortiz (activa entre finales del siglo XIX y mediados del XX), quien representa un puente entre la tradición familiar y la regulación oficial. En este ensayo, titulado «Comadronas, comunidad y salud rural en Puerto Rico: la historia de María Matea Acosta y Ortiz», Félix M. Cruz Jusino muestra cómo la protagonista aprendió el oficio de su madre y su abuela, para luego educarse formalmente y obtener la certificación necesaria que le permitió ejercer como comadrona en las zonas rurales de San Germán y Lajas. Su práctica se caracterizó por una combinación de rigor técnico y sabiduría comunitaria.

domingo, 3 de agosto de 2025

Preámbulo a Curas, parroquias y libros sacramentales. Breves noticias para la historia eclesiástica del sur de Puerto Rico

Preámbulo a Curas, parroquias y libros sacramentales. Breves noticias para la historia eclesiástica del sur de Puerto Rico.

Eli D. Oquendo Rodríguez

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En el año 2011, se publicó en la Revista Horizontes de la Pontificia Universidad Católica un artículo titulado “Los libros parroquiales de Arecibo: un espejo de la sociedad colonial, 1735-1749”. El escrito buscaba analizar temas de la sociedad colonial sugeridos en el libro de bautismos. Por ejemplo, el origen de los pobladores, la importancia dada a la casta militar, la presencia y comercio de esclavos, la prevalencia del matrimonio legítimo sobre el amancebamiento, el mestizaje, las prácticas asociadas al sacramento del bautismo y la agricultura de subsistencia, entre otros. Recurriendo a las observaciones de los cronistas del siglo XVIII y a los datos extraídos del libro se logró sumar una pieza más al complejo rompecabezas de la sociedad arecibeña en aquella centuria. Este escrito se publicó, por segunda vez, en una compilación de artículos que recientemente vio la luz. De aquel ejercicio algo quedó claro y es que los libros parroquiales son, sin duda, fuente inagotable de información. Una mente curiosa que los ausculte y la formulación de preguntas bien dirigidas harían que se viera muy beneficiada la historia social, demográfica, religiosa, del pensamiento y hasta de la vida cotidiana.

Recurriendo a ese tipo de fuente, en tiempos recientes, se trabajaron dos artículos que recogen otros temas sugeridos por tales libros. En uno se examinan los testamentos en los libros de entierros de la parroquia San Juan Bautista y San Ramón de Juana Díaz. Se seleccionaron los primeros tres libros de entierros que abarcan un período de más de cincuenta años entre 1787 y 1843. Este pone atención en las disposiciones de carácter religioso señaladas por los difuntos: misas, ceremonias, tipos de entierros, legados piadosos y devociones preferidas. El segundo artículo se centra en la identificación del clero (secular y regular) que sirvió en las capillas y parroquias fundadas en el sur de la Isla desde el siglo XVI. La capilla de San Blas en Coamo es la más antigua y data del último tercio de aquella centuria. Nuestra Señora de Guadalupe en Ponce también inició como capilla el siglo siguiente. Para ambos pueblos se pudo identificar religiosos atendiendo a la feligresía de ambas parroquias desde la década de 1660. Predicaban, decían misa y administraban sacramentos: San Antonio Abad en Guayama, Nuestra Señora del Rosario en Yauco, San Ramón en Juana Díaz y el Patriarca San José en Peñuelas surgen a lo largo del siglo XVIII. San Benito de Abad en Patillas, San Joaquín en Adjuntas, la Inmaculada Concepción en Guayanilla son de la primera mitad del siglo XIX. Las parroquias Santiago Apóstol en Santa Isabel, Nuestra Señora de la Monserrate en Salinas y San Pedro Apóstol en Arroyo datan de 1850 en adelante.

La identificación de los sacerdotes que administraron estas parroquias sirvió para considerar algunas ideas sobre su educación, la labor ministerial y otras obligaciones, sus estilos de vida, cualidades y retos que debieron enfrentar. Y la identificación no sólo constituyó en señalar quien estaba laborando en la parroquia en tal o cual momento. Este trabajo consistió en aportar, en la medida de lo posible, datos biográficos a fin de conocer la persona un poco más. La historia la construyen personas reales, con virtudes y defectos, y cuando se está consciente de ello se aprecian mejor sus aciertos y no se es tan severo con sus errores.

miércoles, 9 de julio de 2025

Formas de sociedad en la historia

Formas de sociedad en la historia

Francisco Moscoso

(Fragmento del libro Indios y negros en la conquista española de Puerto Rico, siglo XVI: libres y esclavos, Lajas: Editorial Akelarre, 2025, pp. 7-13)

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En la historia originaria y remota, en todas partes, la sociedad humana estuvo constituida en comunidades familiares, y más adelante, en agrupaciones de clanes y conglomerados de tribus. Las relaciones sociales se fundamentaban en los lazos de familia (relaciones de parentesco), la división del trabajo se repartía en general con arreglo a factores de edad y género (lo que podían hacer los ancianos, adultos y niños), la producción y distribución económica era comunal, no había estratificación social y las decisiones se tomaban en base a una democracia igualitaria comunitaria. Así se ha teorizado y documentado en obras clásicas como Ancient Society, publicada en 1877, del etnólogo (estudioso de pueblos y etnias) norteamericano Lewis Henry Morgan; igualmente se ha comprobado en diversas investigaciones de campo por la antropología científica y universitaria desde el siglo XIX en adelante.

En una etapa avanzada de la sociedad tribal se generó el excedente de producción. En otras palabras, especialmente mediante la agricultura y el desarrollo de técnicas de cultivo e irrigación, complementado por un nivel tecnológico neolítico que proporcionó una ferretería de instrumentos de piedra pulida, la sociedad tuvo la capacidad de crear abastecimientos regulares y reservas de sustento alimenticio variado que superaron las limitaciones del quehacer cotidiano de trabajo para la sobrevivencia estricta.

Las nuevas circunstancias de la historia fueron analizadas con profundidad por el arqueólogo V. Gordon Childe. En su libro Qué sucedió en la historia, Childe lo conceptualizó con atino como la Revolución Neolítica. Por entonces comenzaron las construcciones de chozas y asentamientos en aldeas, con jurisdicciones territoriales aledañas consideradas vitales para la tribu. Ese terreno de desarrollo mayor de las fuerzas productivas hizo posible que unos segmentos de la sociedad se separaran de las faenas de la producción directa que antes compartían en conjunto. Surgieron los guerreros defensores y se destacaron algunos por sus destrezas y valentía. Otros se distinguieron como conocedores de las propiedades de las plantas medicinales y alucinógenas e intérpretes de los espíritus de la naturaleza. Y algunos linajes eran relacionados (realmente o transmitido por leyenda cultural) con la antigüedad de donde derivaban su identidad étnica. Las distinciones de prestigios fueron la antesala histórica de las diferenciaciones sociales privilegiadas.

En aquellos contextos históricos la gente tenía concepciones primitivas y mágico-religiosas de la vida y la naturaleza. Entonces el conocimiento científico era muy escaso y atribuían a los elementos de la naturaleza y a algunos individuos poderes misteriosos. Esas fueron las semillas del surgimiento histórico de la estratificación social y de la jefatura.

Con los cacicazgos se produjo la transición de la sociedad tribal-comunal a la sociedad de clases sociales y estado incipientes. Desde las civilizaciones posteriores en adelante la historia registra una sucesión de diferentes sociedades de clases y estados consolidados. En términos generales, las sociedades han pertenecido a los contextos del tributarismo, esclavismo, feudalismo, capitalismo, socialismo y/o comunismo. Así mismo se han dado muchos casos de sociedades mixtas, con combinaciones de las formas anteriores. Sobre las definiciones y caracterizaciones de cada una de estas formas hay una historiografía abundante, con interpretaciones diversas y debates.

Ese es el esquema general de formas de sociedad que se han sucedido en la historia desde el pasado remoto hasta nuestros días. En términos de desarrollo de fuerzas y capacidades productivas pueden considerarse etapas (con fases particulares) de sociedad en la historia. A esa sucesión general podemos asociar un claro desarrollo tecnológico y científico progresivo. Ello se demuestra desde los inicios de la sociedad humana equipada con instrumentos rústicos de piedra y madera hasta la revolución electrónica y cibernética del tiempo en que escribimos; proceso de incesantes cambios e innovaciones. Pero no se puede decir lo mismo en cuanto al contenido social de las sociedades que, por ser constituidas en divisiones de clases lo que han legado son diferentes formas de explotación del trabajo y opresiones de todo tipo. Ciertamente, es una gran paradoja y frustración terrible en el andar de la historia.

Se observa, a su vez, que la historia es un proceso de movimientos y desarrollos multilineales de las sociedades. No todos los pueblos han pasado por el esquema general de etapas. Todo depende de los ritmos y condiciones dispares de desenvolvimiento en cada lugar, por un lado. Y a las circunstancias en que unos pueblos, con niveles de vida y contextos históricos distintos han entrado en contacto o en procesos de conquista o subordinación unos respecto a otros.

Al considerar lo sucedido con indios y negros en la conquista española en el siglo XVI, tengamos presente dos escenarios compuestos de contextualización concreta: (1) el trasfondo de las sociedades de África de donde provenían los “negros”, el de las sociedades de América indígena, y el de las sociedades de Europa, y España y Portugal, más en particular, por ser las dos potencias conquistadoras iniciales; y (2) la caracterización del entrecruzamiento de estas sociedades de contextos bien diferentes en el proceso de conquista y colonización que se desplego desde 1492 y a lo largo del siglo XVI.

jueves, 3 de julio de 2025

La isla de la Mona en el proceso de conquista

La isla de la Mona en el proceso de conquista

Pablo L. Crespo Vargas

En abril de 2024, el Dr. Francisco Moscoso publicó el libro La Isla de la Mona en la conquista española de Puerto Rico. Esta obra se suma a una serie de publicaciones de este autor sobre el tema de la conquista y colonización en Puerto Rico. También, complementa la obra del Dr. Ovidio Dávila, Arqueología de la Isla de Mona de 2003; y los trabajos que se han publicado en revistas profesionales sobre el tema, como por ejemplo el ensayo de Walter A. Cardona Bonet, “Los Caciques de la Mona”, Hereditas, Revista de Genealogía Puertorriqueña, Vol. 21, Número 2, 2020, pp. 10-26.

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La Isla de la Mona en la conquista española de Puerto Rico es el producto de una investigación de fuente primaria que incluyen manuscritos del Archivo General de Indias en Sevilla; crónicas del periodo de la conquista redactados por Bartolomé de las Casas, Hernando Colón y Gonzalo Fernández de Oviedo; y las transcripciones de la Hacienda Real en Puerto Rico realizadas por Aurelio Tanodi y revisadas por el personal del Centro de Investigaciones Históricas. A estos recursos se le añade una bibliografía que ayuda a contextualizar y entender el proceso histórico. 

Sobre el contenido, Moscoso nos dirige por el recorrido histórico de esta isla durante el primer cuarto del siglo XVI. En ese tiempo, la Mona representó un puente geográfico entre La Española y San Juan Bautista (eventualmente reconocido como Puerto Rico). Para el autor, su objetivo es presentar la “función de apoyo material que desempeñó la Isla de la Mona para los conquistadores españoles” [p. 4]. Al comenzar la conquista, la isla —y su cacicazgo— fue otorgado en encomienda a Bartolomé Colón de 1511 a 1514. No obstante, en 1515, pasó a manos de la Corona, convirtiéndose en una Hacienda Real. Dentro de lo que esto representó, la población indígena no podía ser removida y debían quedarse como jornaleros de las labores que allí se dieran: “Así pues, el pequeño cacicazgo de la Isla de la Mona se transformó en Real Hacienda al servicio y negocio del gobierno colonial: estación de abastecimiento del básico pan casabe” [p. 20]. Pero, el casabe no sería el único producto que sería exportado, dado a que se elaborarían hamacas. Sobre estas y su importancia comercial en el proceso de conquista y colonización se destacan varias páginas [27-31]. Otros temas tratados son la cotidianidad que se vivía en la Mona, posibles proyectos que tenían los colonizadores y hasta se da una explicación de cómo se compensaba o pagaba a los indígenas. En este último caso debemos indicar que la indemnización se hacía a partir de suministrarles piezas de vestir —una muestra clara del choque cultural y la poca empatía hacia la población local—.

El autor también presenta a los protagonistas de esta historia, tanto indígenas como colonizadores. Muchos de ellos nombrados en los documentos de la Real Hacienda y que Moscoso nos presenta en tablas o narraciones. Demos dos ejemplos; primero, el cuadro 3, donde se describe narrativamente una pequeña aldea de, al menos, ocho bohíos, con los nombres de sus principales: un cacique o líder llamado Camillas, un capitán o nitaíno llamado Andrés Carahaguan y hasta un naboria de nombre Pedro Hayoroa, entre otros; y cada uno de ellos a cargo de un bohío [p. 45-46]. Segundo, en el cuadro 4, Moscoso nos nombra 128 indígenas con su pago por las tareas realizadas: el que más, el cacique, recibe hasta un jubón de damasco como parte de varias piezas; y los que menos, naborías comunes, una camisa [pp. 48-54].

La Isla de la Mona en la conquista española de Puerto Rico nos presenta parte de nuestra historia, una de la que poco se habla, pero que está allí. La Mona, como punto central entre dos Antillas, que por siglos han estado hermandadas, y que hoy, con esta narración nos hace ver las dificultades de la vida que pasaron los aborígenes de esta zona.

Por último, y como dato técnico, el ensayo está dividido en 15 apartados temáticos, unas 90 páginas, con 19 imágenes y varias tablas con información referente. La versión comercial es en carpeta blanda, mientras que existe una edición especial en carpeta dura, la cual se puede conseguir en línea.

La versión original de este artículo fue publicada el 6 de julio de 2024 en El Post Antillano

viernes, 27 de junio de 2025

Lajas, los compontes y Romualdo Palacio González

Lajas y los compontes

Pablo L. Crespo Vargas

(artículo publicado en El Post Antillano el 13 de abril de 2024 - artículo actualizado con los datos de Palacio González el 27 de junio de 2025)

Lajas se establece como municipio independiente en 1883; precisamente en un momento de crisis económica, acentuado por el monopolio de los comerciantes peninsulares sobre la economía local. Es en este periodo que surgen grupos de criollos liberales que se organizan para contrarrestar el predominio de los peninsulares. Entre las medidas que tomaron estaba el boicotear los negocios de comerciantes españoles y de quienes apoyaran al gobierno colonial; entre estas asociaciones estaban las que se conocieron como “La Boicotizadora”, “La Torre del Viejo” y “Los Secos”. Mientras esto ocurría, los partidarios del autonomismo puertorriqueño se fueron organizando y creando distintas agrupaciones que representaban el pensamiento liberal de la época. Lajas no fue la excepción, Lidio Cruz Monclova lo identifica como uno de los 49 municipios donde se lograron constituir organizaciones de este fin.

En marzo de 1887, se reúnen los liberales en la ciudad de Ponce en una asamblea donde se estableció el Partido Autonomista Puertorriqueño. Los representantes del área suroeste en la asamblea de autonomistas de Ponce fueron: el Dr. Félix Tió Malaret por Sabana Grande; Dr. Pedro Malaret y Ulises López por San Germán; y el Dr. Luis Aguerrevere por Cabo Rojo, este último, de origen venezolano, eventualmente fue nombrado médico de beneficencia en Lajas. Junto a la delegación sangermeña, se integró Francisco Feliú y Toro, cuya familia se había establecido en Lajas. Propiamente de Lajas, no hubo representante, aunque como ya vimos que sí se constituyó un grupo a favor. Jaime Frank Paganacci establece que una de las razones para que no hubiera representantes lajeños en Ponce era la falta de un pensamiento político maduro en el recién creado municipio.

Luego de la asamblea autonomista, los ánimos entre liberales y el poder colonial aumentaron. Romualdo Palacio González, gobernador de la Isla desde el 23 de marzo de 1887, viendo posibles repercusiones negativas hacia la soberanía española en la colonia, orquesta una política de represión que inició en agosto de ese mismo año y que fue conocida como los compontes. No es hasta octubre que se comienza a sentir en Lajas la represión que tuvieron a cargo el capitán Fernández de Castro y los tenientes José Sánchez Candal y Nemesio Ibern Cuesta.

El primer incidente que ocurre en Lajas fue el allanamiento de la residencia de Francisco Antongiorgi, sangermeño y ciudadano francés, por sus padres, quien tenía una finca en el barrio de Santa Rosa. Al momento de ocurrir la intervención, Antongiorgi se encontraba en San Germán; al conocer que las autoridades lo buscaban se presentó al cuartel de la guardia civil. Allí es detenido y encarcelado, dejado en libertad al día siguiente. Las posibles razones para que las autoridades intervinieran con Antongiorgi fueron dos circunstancias vistas como sospechosas por la guardia civil: (1) la gran cantidad de personas que lo visitaban en su residencia en el barrio Santa Rosa, y (2) el estigma que se tenía sobre extranjeros, especialmente franceses, a quienes se les ligaba con pensamientos políticos de corte liberal.

A Francisco Antongiorgi no se le encontró causa que lo relacionara al movimiento subversivo, no obstante, la guardia civil continuó en su afán de detener y humillar a toda persona relacionada con las ideas liberales. Entre los supuestos conspiradores, residentes o con propiedades en Lajas, estaban: Francisco María Farías, Juan Antonio Farías, José Antonio Sanabria, José Dolores Landrau, Eustaquio Balzac, Tomás Balzac, Rafael L. Ronda y Francisco Vélez Pagán. Se tiene constancia de algunos de los abusos que se perpetraron contra estos liberales. Por ejemplo, Francisco María Farías fue torturado, al igual que Francisco Vélez Pagán, aunque este último también fue azotado; José Dolores Landrau, periodista de profesión, fue golpeado tan fuerte que sufrió dislocación de una de sus extremidades, como si esto fuera poco, tuvo que caminar encadenado desde Lajas hasta San Germán.

Los abusos del gobernador Palacio González fueron tantos, que las quejas de algunos puertorriqueños llegaron hasta España, provocando que Palacio González fuera destituido de su cargo en noviembre de 1887. Lamentablemente, y como ya Jaime Frank Paganacci había comentado, el sentido de lealtad de algunos lajeños era tal, que sin mirar las atrocidades que se habían cometido aún abogaban ante la propia Reina Regente para que el gobernador Palacio González no fuera removido de su puesto. Los incondicionales lajeños fueron Pedro Ascaso, Augusto Caimaré, Leoncio Portela, Vicente Tomey, José Noriega, Juan Costa, Celestino García, José Rodríguez, Laureano Rodríguez, Domingo Almodóvar, Luis Almodóvar y Benito Crespo, quienes tuvieron la arrogancia de indicar sobre Palacio González que este era un “dignísimo patricio y bravo y celoso militar que había descubierto la horrible, tenebrosa y jamás oída conjuración tendente a destruir el Imperio español en estas apartadas regiones”.

Fragmento editado del libro de Pablo L. Crespo Vargas, Lajas, desde los amerindios hasta el siglo XIX: historia, cultura y sociedad de un pueblo (Lajas: Surcando la Historia, Inc., 2014).

Referencias:

Alcalá Perálvarez, Juan M. “Romualdo Palacio, el General Componte”. En https://juanmalcala.es/getafe/el-general-componte/ publicado el 15 y 16 de junio de 2012 (artículo en dos partes), consultado el 27 de junio de 2025.

Archivo Histórico Nacional (Madrid), Ultramar, leg. 5125

Cruz Monclova, Lidio. Historia del año 1887. Río Piedras: Editorial Universitaria, 1970.

Frank Paganacci, Jaime. “El componte en mi región”, en Mario F. Pagán, Historia de Lajas: 1883-1983. Mayagüez: Negrón Martín, 1983.

Pagán, Mario F. Historia de Lajas: 1883-1983. Mayagüez: Negrón Martín, 1983.

Imagen de Romualdo Palacio González
Obtenida en Wikimedia Commons

Algunos datos sobre el general Romualdo Palacio González

·         Nace en Málaga (España) el 8 de febrero de 1827 y muere en Getafe (España) el 7 de septiembre de 1908.

·         Participó entre 1859 a 1860 en la Guerra de África (guerra hispano-marroquí).

·         En 1868, participó en la Revolución Gloriosa en contra de la reina Isabel II.

·         Se destacó en las guerras Carlistas del 1869 a 1876.

·         Gobernador de Puerto Rico de enero a noviembre de 1887. Los abusos y atropellos que realizó en los llamados compontes promovieron su destitución.

·         En 1892 fue nombrado director general de la Guardia Civil.

·         En 1906 se retira de la vida pública.