lunes, 23 de noviembre de 2015

Desde los compontes hasta la guerra de 1898

Desde los compontes hasta la guerra de 1898
Por Pablo L. Crespo Vargas


Trinchera española en el Asomante. Esta fue la última línea de defensa de las fuerzas
penínsulares y locales en la invasión estadounidenses. Foto obtenida del segundo volumen
de la obra: Our Islands and Their People, 1899 
Los Compontes y la persecución hacia liberales e independentistas

El surgimiento del Partido Autonomista Puertorriqueño se da en un momento de crisis económica. Ya desde el 1885 en la Isla se sentía una gran depresión económica. Esta se agravaba por el monopolio que mantenían los comerciantes peninsulares. A esto se sumaba que el valor de la plata mexicana había disminuido, llevando a la miseria a gran parte de la población local. Algunos puertorriqueños (liberales y separatistas) reaccionando a este periodo de insuficiencia económica organizaron una sociedad secreta (posiblemente fueron varias) en el 1886 a la que se le conoció como la boicotizadora. Sus miembros utilizaron un nuevo mecanismo de resistencia inventado por los irlandeses en 1880. Estos habían decidido cortar toda comunicación o intercambio con los individuos que se aprovechaban de las tierras que los ingleses confiscaban a los irlandeses. A uno de los primeros que se aplicó esta especie de ostracismo social y económico fue a Charles Boycott, un agente de tierras que administraba terrenos confiscados por las autoridades británicas.

Los boicotizadores puertorriqueños juramentaban no tener ningún tipo de contacto comercial con los peninsulares y otros incondicionales. A la vez, promocionaban los productos locales e incentivaban la economía puertorriqueña que tanto necesitaba en ese momento. Durante la asamblea de Ponce en marzo de 1887, reclutaron más adeptos. Sus movimientos antiespañoles comenzaron a rendir frutos al punto que muchos de los afectados empezaron a solicitar al gobierno colonial una acción inmediata.

Con la llegada del general Romueldo Palacios, como gobernador, los incondicionales pudieron presentar la situación como una que afectaba la relación con España, además de incluir a los autonomistas como principales líderes del grupo. Se le añadía varios episodios de violencia que se dieron en contra de los comerciantes peninsulares (algunos de los alegatos fueron falsos) y que las autoridades utilizaron como excusa para iniciar una represión contra los liberales y otros grupos que no favorecían al gobierno de la Isla. El gobernador Palacios, luego de pedir varios informes al respecto, decide establecer un cuartel de operaciones en la hacienda de un incondicional en Aibonito y desde allí, en agosto de 1887, comienza una serie de operaciones destinadas a eliminar a estos grupos.

Su primer foco de atención fueron los autonomistas de Juana Díaz y Ponce. Los detenidos eran torturados, a algunos se les asesinó, alegando que trataron de escaparse; otros, optaron por suicidarse. Las torturas fueron diversas y fueron conocidas como compontes. Esta palabra tuvo su origen en Cuba, ya que las torturas eran realizadas con la finalidad de que los sublevados rectificaran (se compusieran) su forma de proceder hacia las autoridades. La Guardia Civil era la encargada de estos atropellos. Para ello fue movilizada de manera general en otros municipios, entre ellos: Adjuntas, Aguas Buenas, Guayanilla, Humacao, Juncos, Lajas, Mayagüez, Naguabo, Naranjito, Sabana Grande, Salinas, San Germán, Santa Isabel, Utuado y Yauco.

Una gran cantidad de líderes autonomistas fueron apresados y llevados a las mazmorras del Morro. La severidad con la que el gobernador trató a los supuestos conspiradores llegó a ser denunciada en España, cuyo gobierno destituyó al general Palacios y le solicitaron su regreso a España. No obstante, el daño de la imagen hacia el gobierno español ya estaba consumado. Este periodo dejó un malestar inmenso en la mayoría de la población, específicamente en los pueblos donde mayor impacto tuvo. Para muchos, el sistema gubernamental colonial español ya había cavado su tumba en la Isla.

En cuanto a los separatistas puertorriqueños, estos habían sido grandemente reprimidos desde principios del siglo XIX, llevándolos al exilio de manera generalizada. Grandes líderes puertorriqueños como Ramón Emeterio Betances, Eugenio María de Hostos y Segundo Ruiz Belvis sufrieron esta suerte y desde el extranjero se organizan a favor de su ideal creando diversas estrategias. La más común de ellas fue el unirse a la lucha independentista cubana. En 1892 los separatistas cubanos se organizan en Nueva York creando el Partido Revolucionario Cubano. En 1895, dentro del mismo, se organiza el Comité Revolucionario Puertorriqueño.

Se estima que sobre tres mil puertorriqueños participaron de las diversas guerras independentistas en Cuba. Algunos de ellos sobresaliendo por sus distintas ejecutorias. Entre ellos podemos mencionar al mayagüezano Juan Rius Rivera, quien fue general en las fuerzas revolucionarias. Otros puertorriqueños distinguidos en la lucha separatista fueron Francisco “Pachín” Marín, Ramón Marín, Wenceslao Marín, Augusto Emmanuelli, Modesto Arquímides (editor del periódico El cubano libre), Ramón Colón, todos de Ponce; José “Pepe” Semidey, yaucano que llegó a ser general revolucionario; José Irizarry y Enrique Malaret Yordán, sabaneños; y Guillermo Fernández Mascaró, médico personal de Antonio Maceo, nacido en Bayamón. La sangermeña Lola Rodríguez de Tió fue otra separatista que en 1867 y 1887 tuvo que salir al exilio junto a su esposo, Bonocio Tió Segarra, por realizar actividades separatistas. En 1868 escribió el himno revolucionario puertorriqueño conocido como La Borinqueña.

Otros acontecimientos que podríamos incluir dentro de los intentos de los separatistas por derrotar al gobierno colonial español ocurrió en Yauco en 1897. Al igual que ocurrió en el Grito de Lares, la nueva intentona se tuvo que adelantar debido a que las autoridades conocían que esta ocurriría. Entre el 24 y 26 de marzo los insurrectos trataron de tomar varias posiciones militares españolas en la zona pero fueron derrotados y muchos de ellos capturados.

El autonomismo y la Carta Autonómica

Luego del periodo de persecución de 1887, el Partido Autonomista Puertorriqueño inicia un nuevo proceso de reorganización. Román Baldorioty de Castro fue elegido nuevamente como su presidente, aunque su condición de salud le limitaba la realización de las funciones asignadas por lo cual renuncia a inicios de 1889. Debemos señalar que Baldorioty de Castro muere en noviembre de ese mismo año.

Dentro de la reorganización del Partido Autonomista se desarrollaron diversas luchas internas, algunas por búsqueda de protagonismo y otras por la forma de desarrollar una política dirigida a conseguir la autonomía para Puerto Rico. Nuevamente se presenta la división sobre que partidos seguir en España, si los monárquicos o los republicanos. Por un lado, Luis Muñoz Rivera, utilizando su periódico La Democracia, crea una campaña a favor de los partidos monárquicos españoles; por el otro lado, Francisco Cepeda y su Revista de Puerto Rico asumían una posición a favor de partidos republicanos. Este segundo grupo también fue conocido como los antipactistas, ya que estaban en contra de pacto alguno con el partido de poder español.

En el caso de Muñoz Rivera, este favorecía al Partido Liberal Monárquico de Práxedes Mateo Sagasta, quien se mantuvo en el poder entre 1885 a 1890. Muñoz Rivera esperaba que al estar con el partido que controlaba el gobierno podía adelantar la causa autonomista. De hecho, llegó a proponer que el Partido Autonomista se fusionara con el Partido Liberal Monárquico para así eliminar de una vez y por todas, la creencia de las supuestas intenciones separatistas de los autonomistas locales. Sin embargo, sus detractores argumentaban que estos liberales estando en el poder en España no evitaron los acontecimientos del Año Terrible de 1887.

La división entre autonomista se asentó aún más debido a algunos decretos discriminatorios contra los puertorriqueños. El primero de ellos fue proclamado en 1890, en él, Puerto Rico, que tenía derecho a dieciséis asientos en las Cortes españolas, solo se le otorgaron quince; mientras que a Cuba se le aumentaron los diputados. El segundo decreto fue el de 1892, cuando se fijó una cuota de inscripción electoral de diez pesos para los puertorriqueños poder participar en las elecciones, mientras que a los cubanos solamente le pidieron cinco pesos. Con toda y este favoritismo hacia los cubanos, el gobierno español no pudo evitar el inicio de otra guerra en 1895.

Para algunos autonomistas, este nuevo conflicto en Cuba representaba una oportunidad para la obtención de un nuevo sistema de gobierno para la Isla. No obstante, para principios de 1896, Luis Muños Rivera renuncia al Partido Autonomista Puertorriqueño, aunque siguió gestionando a favor de este sistema gubernamental. En España la situación era mucho más compleja. En los partidos mayoritarios no existía un consenso sobre qué actitud tomar hacia los autonomistas puertorriqueños. El temor de que estos fueran separatistas estaba latente y como es usual en estos casos, cualquier acercamiento que se les hiciera era por meras ventajas políticas. Este es el caso de Práxedes Mateo Sagasta, quien en 1895 deja el poder y desde la oposición se acerca a los autonomistas en busca de su apoyo en las Cortes.

En Puerto Rico surgen dos nuevas figuras que dirigen la facción autonomista republicana: Manuel Fernández Juncos y José Celso Barbosa. Ambos, pero en especial Barbosa, admiraba el sistema de gobierno estadounidense al punto que obviaron los defectos que en ella se encontraban y se dedicaron a presentar solamente sus virtudes.

En los debates públicos entre ambas facciones Luis Muñoz Rivera salió favorecido por lo cual fue parte de la Comisión Autonomista que en 1896 partió para España. Sus acompañantes fueron José Gómez Brioso, Rosendo Matienzo Cintrón y Federico Degetau González. Llegados a Madrid se reúnen con Rafael María de Labra, principal representante del autonomismo en España. Muñoz Rivera ya había comenzado a gestar un pacto con Sagasta, el cual varios líderes puertorriqueños, junto a Labra, no lo aprobaban. El pacto que se buscaba era el que se le concediera la autonomía a Puerto Rico a cambio de que el Partido Autonomista Puertorriqueño se convirtiera en un ala del Partido Liberal Monárquico. Tanto para Sagasta como para la facción de Muñoz Rivera este trato era favorecedor. En enero de 1897, luego que Muñoz Rivera convenciera a Gómez Brioso de unírsele en la votación para completar el pacto, Sagasta lo acepta. En agosto de 1897, el primer ministro español, Antonio Cánovas del Castillo es asesinado en represalia a sus políticas represivas contra los grupos minoritarios, específicamente catalanes y vascos. Dos meses luego, Sagasta asume el poder.

La situación de la posibilidad de una guerra con los Estados Unidos llevaron al nuevo gobierno a presentar rápidamente una Carta o Constitución Autonómica, tanto para Cuba como para Puerto Rico. Esta Carta Autonómica fue aprobada por la reina regente María Cristina el 25 de noviembre de 1897. También se le concedió a los puertorriqueños los derechos de los ciudadanos españoles, que se encontraba en el Título Primero de la Constitución de 1876 y se permitió la aplicación de la Ley Electoral de 1896, que daba derecho al voto a todo varón mayor de veinticinco años.

La Carta Autonómica mantenía un gobernador nombrado por el monarca español, quien era responsable de la seguridad pública, las fuerzas armadas y que tenía la facultad de nombrar funcionarios administrativos. Se establecía una rama legislativa divida en dos cuerpos: el Consejo de Administración y la Cámara de Representantes. El Consejo de Administración se componía de quince miembros, de los cuales ocho eran elegidos por los votantes, el restante eran nombrados por el gobernador. El requisito para pertenecer al Consejo de Administración era contar con una renta de cuatro mil pesos anuales, haber nacido en la Isla o llevar residiendo al menos cuatro años en ella y estar gozando de todos los derechos políticos. En el caso de la Cámara de Representantes, esta estaba compuesta de treinta y dos miembros, cuyos requisitos eran los ya mencionados con la excepción de la renta establecida. Los representantes eran elegidos por periodos de cinco años y podían ser reelegidos. La rama legislativa podía crear medidas sobre asuntos de administración y presupuesto en la Isla. Los municipios también obtenían autonomía para sus asuntos fiscales y administrativos.

Aunque la autonomía llegó a ser concedida, el Partido Autonomista terminó dividido debido a la lucha interna entre pactistas y antipactistas. El grupo pactista se agrupó alrededor de Luis Muñoz Rivera y formaron el Partido Liberal Fusionista. Los antipactistas, liderados por José Celso Barbosa y Manuel Fernández Juncos crearon el Partido Autonomista Ortodoxo.

En marzo de 1898 se dan las primeras elecciones dentro de nuevo sistema gubernamental. Unos 102,064 electores pudieron participar en este evento. El Partido Liberal Fusionista obtuvo un triunfo contundente con 82,267 (80.6%) votos. El Partido Autonomista Ortodoxo obtuvo 16,068 (15.7%) votos, mientras que el Partido Incondicional solo recibió 2,144 (2.1%) votos y el Partido Oportunista (una ramificación de los incondicionales) logró 1,585 (1.6%) votos. La Cámara de Representantes terminó constituida por veinticinco liberales, cinco ortodoxos, un incondicional y un oportunista. En cuanto a los delegados a las Cortes se eligieron 10 liberales y seis ortodoxos. De manera general podemos ver que los autonomistas eran la fuerza política dominante a finales del siglo XIX; sin embargo, su triunfo electoral no pudo celebrarse ya que al siguiente mes los Estados Unidos y España entrarían en una guerra que cambiaría el destino de nuestra Isla.

La Guerra Hispanoamericana

La Guerra Hispanoamericana marcó el inicio de una serie de transformaciones sociales, económicas y culturales que motivaron la formación de un pueblo completamente distinto al que había existido hasta ese momento. Aunque este conflicto fue uno de poca duración (25 de abril-12 agosto 1898) llevó a la eliminación del imperio español de tierras americanas (Cuba y Puerto Rico), asiáticas (Filipinas) y oceánicas (Guam).

Las causas de la guerra, aunque llanamente pueden ser llevadas al conflicto de Cuba, fueron mucho más antiguas de lo que se ha planteado de manera general. El expansionismo estadounidense ultramarino tuvo sus raíces en la Doctrina de Monroe, promulgada en 1823. En ella se indicaba que “América era para los americanos” y se establecía una política que sancionaba cualquier intervención europea en tierras americanas ya que se consideraba nuestro continente como área de interés y exclusividad para los Estados Unidos.

Para tales pretensiones, los Estados Unidos debían organizar una fuerza naval lo suficientemente poderosa para hacerse sentir los amos de la región. Luego de la guerra de 1812 contra los ingleses, los estadounidenses comenzaron a patrullar las zonas dónde se comenzaba a establecer un intercambio comercial que les favoreciera. Una de estas zonas fue el Caribe. Uno de los primeros incidentes que nos relaciona con las actividades navales y militares estadounidenses fue el ocurrido en Fajardo en 1824.

El 27 de octubre de 1824, una embarcación de guerra estadounidense llega frente a las costas de Fajardo y dos de sus oficiales tratan de entrevistarse con el alcalde del ayuntamiento. Debido a que los oficiales bajaron en civil y sin papeles que confirmaran su estatus, las autoridades españolas procedieron al arresto de ellos. Al día siguiente la situación se aclaró. De regreso a su base de operaciones en Sant Thomas, el comodoro de la flotilla estadounidense en el Caribe, David Porter, quiso reprender a las autoridades españolas de Fajardo, movilizando varios navíos a la zona y desembarcando unos doscientos hombres. Dentro de sus exigencias estaba el que se presentaran unas disculpas oficiales. Por esta acción, David Porter fue llevado a corte marcial y suspendido por seis meses ya que se consideró que sus acciones excedieron las autorizadas para su posición. En marzo de 1825, navíos estadounidenses participaron en la captura del pirata Cofresí frente a las costas de Salinas. En esta ocasión, las autoridades españolas trabajaban en colaboración con las estadounidenses en el proceso de captura de piratas en el Caribe.

Según los Estados Unidos fue creciendo como potencia mundial, comenzó a verse un interés genuino por nuestra Isla. En el 1860, anterior al inicio de la guerra civil, varios congresistas propusieron que los Estados Unidos debían expandirse territorialmente en el Caribe. El conflicto entre el norte y el sur, conocido como la Guerra de Secesión (1861-1865) detuvo estas ideas. No obstante, finalizada la guerra se pusieron los ojos nuevamente en los territorios insulares no independizados. El presidente Grant dentro de su política llegó a proponer la compra de las dos colonias españolas en el Caribe por cincuenta millones de dólares.

Luego del incidente del Virginius (1873-1875), donde un navío estadounidense fue capturado por llevar armas a la guerrilla cubana y su tripulación fue ejecutada por cargos por piratería; las autoridades estadounidenses vieron la urgencia de modernizar su flota militar debido a la posibilidad de una eventual guerra contra España. A esto debemos sumarle la obra de Alfred Tayer Mahan, La influencia del poder naval en la historia: 1660-1783 (1890); cuyo fin era demostrar la importancia del poder naval para ejercer la hegemonía de una zona.

El 15 de febrero de 1898 el acorazado USS Maine, buque de guerra estadounidense enviado al puerto de la Habana como medida de intimidación hacia el gobierno español, explota con un saldo de 266 muertos. La comisión investigadora estadounidense indicó que el hundimiento fue causado por una mina o torpedo español; mientras que la comisión española determinó que fue una explosión interna (causa verdadera). La contradicción de ambos informes alimentó la propaganda en contra de los españoles en los Estados Unidos, llevando al gobierno norteamericano a movilizar fuerzas destinadas a una invasión de los territorios coloniales españoles.

La guerra fue rápida y la derrota española aplastante. El ánimo de los puertorriqueños fue cambiante. En la Isla, antes del inicio de la invasión, ocurrido el 25 de julio de 1898, los ayuntamientos convocaban a los ciudadanos y se hicieron todo tipo de preparativos para repeler el intento de conquista estadounidense. Entre estos preparativos estaba la formación de milicias rurales, a las que se le llamó cuerpo de macheteros, la prestación de caballos a los cuerpos militares españoles y la recaudación de dinero para sufragar los gastos de guerra. A los organizadores se les asignaba un sueldo y algunos luego del conflicto aún solicitaban su pago en los ayuntamientos. Al momento de que las fuerzas estadounidenses desembarcaron la mayoría de los que se habían comprometidos con la defensa de la Isla desistieron. El malestar sobre los abusos cometidos por las autoridades españolas en Puerto Rico se hizo sentir; los puertorriqueños vieron al invasor como un libertador. Una nueva etapa histórica de nuestro pueblo había comenzado.


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