viernes, 1 de febrero de 2019

Reseña a Josep Fontana Lázaro: ¿Qué historia enseñar?


Reseña a Josep Fontana Lázaro, “¿Qué historia enseñar?”, en “La enseñanza de la historia en España hoy”, Clío y Asociados, no. 7 (2003): 15-26.
Félix M. Cruz Jusino

Portada del libro Lófici d'historiador
“¿Qué historia enseñar?”, es un ensayo publicado por el historiador Josep Fontana Lázaro en la Revista Clío y Asociados como parte de una edición dedicada a la enseñanza contemporánea en España (Núm. 7, 2003). Los planteamientos esbozados por Fontana Lázaro en el ensayo serían luego integrados en el libro El siglo de la revolución: una historia del mundo desde 1914 (Editorial Crítica, 2017). Fontana Lázaro revolucionó la visión tradicional sobre qué se investiga, cómo se escribe y cómo se enseña la historia. El historiador redefinió el concepto historia para proponer para el siglo XXI una materia capaz de integrar y armonizar todas las voces de la sociedad. Expuso que la historia no debe ser desmembrada en especialidades, sino constituida como un todo donde cada área de estudio sea parte de un relato central. La funcionalidad de la historia debe ser crear conciencia crítica del pasado para comprender mejor la actualidad. En términos educativos, el objetivo fundamental de la historia es contribuir con elementos que consientan la comprensión de los mecanismos sociales que engendran desigualdad y pobreza, estimular la denuncia de los prejuicios que descalabran las comunidades y potenciar el enfrentamiento con aquellos que colaboran con la destrucción de la humanidad. Es una historia sin modelos acabados, ni libros de textos. Es una historia basada en la diversidad, basada en los testimonios de vida, no en teorías.

El ensayo analiza la evolución de la metodología histórica durante el siglo XX. Exterioriza que la historia económica y social fracasó debido a que sus metodologías fueron convertidas en un “recetario mecánico” basado en teorías memorizadas que terminaron explicando el pasado sin necesidad de investigar en los archivos. El desencanto con la historia económica y social vino acompañado con el rechazo a la política, sumiendo a la humanidad en la desconfianza. Los historiadores dejaron de preocuparse por los grandes problemas de la sociedad, se retiraron del compromiso cívico para enclaustrarse en la academia y escribir solo para sus pares.

La desilusión con la metodología antigua abrió paso a la formación de nuevas escuelas, que, desde el punto de vista de Fontana, no pasan de ser sectas que intentan devolverle la seguridad y la certeza a la historia. Estas nuevas escuelas se enfocan en lo concreto y ponen su atención mayoritariamente en los aspectos culturales. Entre estas escuelas, señala entre otras, el estudio de las mentalidades, la microhistoria, el posmodernismo y el poscolonialismo. El historiador no menosprecia las escuelas porque tienen parte de la verdad, pero ninguna es en su totalidad suficiente sino integra la experiencia laboral, la subsistencia y la vida en general.
Plantea Fontana que es la naturaleza del problema de estudio lo que debe determinar la metodología a utilizarse para investigarlo. Es el problema el que dicta el método, no lo contrario. La adopción de una escuela y de su metodología puede redundar en ópticas sectoriales que ofrecen una visión incompleta de la realidad. El fin del trabajo investigativo debe ser una aportación al mejoramiento del ciudadano común.

Todo ser humanos debe conocer su historia para construir su sentido identitario, pero como los historiadores les han fallado, han sido instruidos por políticos y gente de los medios de comunicación. La manipulación de la historia por el poder ha sido el responsable de genocidios y guerras durante el siglo XX. El historiador debe romper con la historia lineal y estadista para integrar la visión de los otros miembros de la sociedad, hombres y mujeres comunes alejados del poder. No es una historia desde los de abajo, sino una que integre a todos. El historiador debe rescatar la memoria colectiva para que pueda enseñar a pensar, a dudar, a cuestionar. Los historiadores tienen el deber moral de encontrar las razones para los fracasos del siglo XX para evitar que se remeden en el futuro.

Leer a Fontana Lázaro es fascinante. Las palabras, las imágenes y los conceptos fluyen rítmicamente facilitando la comprensión del lector. El estilo de redacción de Fontana es sencillo, rotundo y hermoso. Fontana, poseedor de un vocabulario eminente, escribe para todos. Demuestra pleno conocimiento del tema y hace uso de citas de otros historiadores para validar sus planteamientos. Utiliza el materialismo histórico como metodología principal para su trabajo, pero insiste en que el historiador debe utilizar tantos métodos como el problema lo amerite.[1]

Fontana Lázaro (1931-2018), quién nació, vivió y murió en Barcelona, está considerado como uno de los principales renovadores de la historiografía española en el siglo XX. Lázaro fue discípulo de Jaume Vicens Vives, Ferrán Soldevila y Pierre Vilar, a los que acredita como forjadores de su pensamiento filosófico. Estudió filosofía y letras en la Universidad de Barcelona. Obtuvo su licenciatura (Bachillerato) en 1956 y su grado doctoral en 1970. El historiador se especializó en el siglo decimonónico español. Desde muy joven se proclamó marxista.

Fontana Lázaro investigó exhaustivamente las tendencias económicas y la contemporaneidad de la Europa veinteava desde su perspectiva marxista y su oposición a la dictadura franquista. Transformó los paradigmas historiográficos establecidos por sus predecesores y estableció una historiografía explicativa sobre los orígenes y senderos que condujeron a Europa hacia las complejidades socioeconómicas de la actualidad.

“¿Qué historia enseñar?”, debes ser lectura obligatoria para todos, pero especialmente para los historiadores y los maestros de estudios sociales e historia. Es tiempo de sacudir la zona de confort en que muchos historiadores e historiógrafos se han refugiado para no llevar a cabo su trabajo. En eso comparto la visión de Fontana Lázaro, los historiadores nos hemos enajenado de la realidad social para enclaustrarnos en la academia. Nos valemos de la metodología como excusa para no hacer trabajos investigativos. Ejemplo de lo último fue el caso del huracán María. Escuché a un reconocido historiador decir que no se podía historiar el paso del huracán porque carecía de metodología. ¿Cómo no se va a historiar un evento que impactó y transformó la vida del país?

Por otro lado, he escuchado a historiadores negarse a investigar el siglo XX porque es demasiado reciente y se pueden herir susceptibilidades. ¿No es acaso la tarea del historiador investigar para desenmarañar la verdad detrás de los hechos? ¿Desde cuándo el historiador debe preocuparse por las emociones?

Los historiadores tienen un deber social que cumplir, construir la memoria, fomentar el sentido identitario individual y colectivo, y enseñar a pensar para dudar, cuestionar, investigar y descubrir. Fontana Lázaro estaba claro al retar al historiador a volver a la base. Heródoto, padre de la historia, investigó para crear una memoria no solo para los griegos, sino para toda la civilización occidental. Le hemos fallado. Es hora de rescatar la función del historiador, investigar los temas que le preocupan a los ciudadanos, fomentar el pensamiento crítico y construir una historia holística e integrada.



[1] Fontana Lázaro, Josep, “¿Qué historia enseñar?”, en “La enseñanza de la historia en España hoy”, Clío y Asociados, no. 7 (2003), 16.

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