lunes, 4 de mayo de 2026

El diablo calza de Prada 2.0

El diablo calza de Prada 2.0

José E. Muratti-Toro, Ph.D

Fui a ver Prada 2.0. La mercadotecnia protagonizada por uno de los actores y tres de las actrices más talentosas de este principio de siglo, una precursora que elevó a Meryll Streep a la estratosfera inexplorada sobre el universo de luminarias del cine, y una secuela que ha provocado más curiosidad y anticipación que la última entrega de las carpetas de Epstein, la convirtió en exigencia estética y cultural en la era de la decadencia trumpiana del imperio.

Prada 2.0 parte de una herida que "atraviesa de parte a parte" la psiquis de unos Estados Unidos y, en relativa menor parte, una cultura occidental, diezmados por la concentración de poder en manos de unos uberbillonarios con esa extraña, aunque comprensible, relación inversa entre su poderío económico y su sofisticación y buen gusto.

Andrea Sachs, protagonizada por la beatrífica (as in Dante's...) Ann Hathaway, acaba de perder su trabajo de periodista en un periódico de evidente inclinación izquierdosa por haber sido comprado por un inversionista, de los que acaparan negocios y viviendas, y, desesperadamente desempleada, recibe una llamada del dueño de la revista de modas Runway, donde, literalmente, Dios-menos-uno Meryl Streep la humilló, ninguneó y convirtió, como espada sobre el yunque, en una prodigiosa "fixer". Dime que es imposible y Andy lo resuelve, como en los sueños del Che Guevara (sorry por la referencia izquierdosa sesentosa).

Andy termina de vuelta en Runway para insufrible fastidio de Miranda Presley (Streep) transparentemente basada en Anna Wintour, directora de la icónica revista Vogue.

En un giro anclado en la máxima rubenbládica de que "la vida te da sorpresas", el reinado de Miranda se tambalea tras la muerte del dueño de la revista y su hijo dontrumpjuniórdico amenaza con hacerle lo que Jeff Bezos al Washington Post y Larry Ellison a CBS.

Los acontecimientos se precipitan de cara a la pasarela de Milán donde Miranda anticipa inaugurar su sucursal y ascensión al trono global.

Las subtramas de la infatuación de Andy con un renovador de edificios históricos (Patrick Brammal), la ascensión de Emily (Emily Blunt) a directora de Christian Dior (también comprada por un burdo inversionista), la inconmensurable lealtad de Nigel (Stanley Tucci), la nueva relación de Miranda con Kenneth Branagh y el cameo de la fascinante Lucy Liu, le añaden miel y especias al sorpresivo giro en la trama.

Anticipadamente, aunque no tanto, Andy encuentra la "imposible" salida del laberinto en medio de una gala en Milán que hace la del Met parecer un mercado de pulgas en Brooklyn (bueno, exagero un poco).

La suntuosidad de esta Pasarela (sí, con "P" mayúscula), con todo y espectáculo por Lady Gaga, tiene el doble propósito de revelar, con todo y escena frente al mural de la Última Cena de Leonardo da Vinci en el convento Santa Maria delle Grazie, que el arte, la creatividad, la sofisticación tienen un lugar de cuestionable o rechazable privilegio, pero no por eso menos importante, en la cultura occidental, sino mundial.

En esta rebanada de la historia que nos ha tocado vivir, el filme denuncia la destrucción del periodismo y las artes del espectáculo por palurdos magnates que tienen el refinamiento de un contable de mafia rural; desnuda sin pudor los egoísmos y la codicia hasta de los más cercanos allegados, salpicados por la callada lealtad de los marginados; y nos esperanza con la alucinante candidez de quienes honestamente creen en el amor y la amistad, aunque aprovechen oportunidades para proteger su nicho.

El sentimiento neto, al menos para este espectador, es que la belleza, aún en la rarificada estratosfera donde pululan los "beautiful people", cumple un propósito social que sirve de argamasa para sostener el andamiaje social, aunque su zapata esté manchada con el sudor y la sangre de los modernos esclavos que cosen y ensamblan nuestras vestimentas más vistosas y extravagantes, porque en las capas intermedias donde vivimos usted, querido/a lector/a y yo, y las divas y divos de la moda, hay un mundo laboral que convierte la fantasía en mercancía, y de la fantasía se nutren nuestros sueños, aunque nos quedemos dormidos en la página 84 de una Reina Valera estrujada y releída, un Cien Años de Soledad subrayado y manchado con café, o el manual para arreglar motores de combustión o la buena cocina de Carmen Boy Valdejulli, que nos heredó ese/a otro/a significativo/a que nos enseñó el oficio.

Suponemos que el diablo calza de Prada, para la incomodidad de tantos, pero la mayoría de nosotros, cuando vamos a Burlington, nos lo probamos, aunque decidamos que no.