miércoles, 6 de enero de 2016

Hechizos y conjuros: Una demostración en contra de la misoginia caribeña del siglo XVII

Hechizos y conjuros: Una demostración en contra de la misoginia caribeña del siglo XVII

Por Pablo L. Crespo Vargas[1]
Escrito de ponencia presentada en el IV Coloquio de Historia de las Mujeres en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Utuado
4 de marzo de 2015

Adquirir 3ra edición
Introducción

La sociedad caribeña, ubicada en una zona de constante movimiento humano, desde tiempos inmemorables ha sido una región de paso. Esto creó el desarrollo de una población con un alto grado de mestizaje y que es reflejado no solo de manera étnica, sino que vemos en ella un nivel de sincretismo sin igual. Para efectos de este estudio hemos decidido analizar la posición de la mujer del Caribe hispano en el siglo XVII, vista desde la documentación inquisitorial, proveniente del Tribunal de Cartagena de Indias.[2] El trabajo se dividirá en dos partes: una breve explicación teórica sobre la subyugación de la mujer y un análisis de la forma en que las féminas se rebelaron ante la actitud misógina de la sociedad. Para este último aspecto utilizaremos tres ejemplos de los cientos que tenemos disponibles.

Una explicación teórica sobre la subyugación de la mujer

Desde tiempos ancestrales, en particular, en el desarrollo de la sociedad occidental, la mujer ha sido relegada a un segundo plano. Las causas pueden ser multifactoriales, no obstante, ellas están enmarcadas en tres principales teorías. La primera indica que, en el proceso de formación social, de manera natural, el hombre adquirió características esenciales para poder subyugar a la mujer (mayor fuerza física, no estar limitado por el parto, entre otros). Segundo, se estableció que el desarrollo de las religiones dentro de sociedades estatales provocó que el patriarcado se impusiera sobre el matriarcado. Tercero, luego de surgido el feminismo se difundió la idea de que el machismo era parte de unas posturas culturales que podían ser cambiadas.[3] En todo caso, las tres teorías, presentadas originalmente desde un punto de vista eurocéntrico, podrían darnos luz sobre el desarrollo de otras sociedades, en nuestro caso, la caribeña.

Tomemos como ejemplo la mitología taína, en ella apreciamos que en un principio el culto principal era realizado a una deidad femenina, en este caso Atabey.[4] Era diosa madre, creadora y representante de todo lo natural. Fue madre de Yocahú Bagua Maórocoti, deidad masculina, que a la llegada de los castellanos era considerada la principal fuerza espiritual dentro de la religiosidad indígena taína. Yocahú era el ser representativo de la yuca, base alimentaria de la sociedad cacical. También representaba el desarrollo de la sociedad, especialmente el dominio sobre aspectos naturales como son la domesticación de plantas (agricultura) para uso alimenticio a gran escala.[5]

Al igual que los taínos, podemos identificar una gran variedad de tradiciones que inician sus ciclos con el culto a deidades femeninas y que según van desarrollándose se transforman en veneraciones a entes masculinos representativos de quienes obtienen el poder en la sociedad. Esta explicación dogmática sobre la subyugación de la mujer debe complementarse con otras teorías. Una de ellas es la división del trabajo por género. Esta fue presentada por Mircea Eliade, quien indica que al surgir la caza como método de subsistencia se estableció que el hombre, por su capacidad física, tuvo la facultad de practicarla mientras se relegó a la mujer la tarea de recolectar frutos silvestres que complementaran la dieta de la comunidad.[6]

A su vez, vemos como el oficio de cazador desarrollaba unas destrezas de manejo de instrumentos que podían ser utilizadas en la defensa de la comunidad y en situaciones ofensivas donde se buscaba el beneficio del grupo. Esto nos lleva a la noción de que la mujer terminó siendo subyugada durante el “desarrollo de la competencia y la guerra entre grupos”.[7] Tanto la cacería como la guerra provocaron cambios culturales y sociales que establecían que los hombres debían ser valientes y demostrar agresividad. También se esperaba que protegieran a los miembros más débiles de la comunidad: niños, ancianos y mujeres.

A estos planteamientos hay que añadir las hipótesis psicoanalíticas que indican que el hombre tiende a ser psicosexualmente más frágil que la mujer, lo que le lleva a sentir cierto temor hacia ella.[8] Las razones para ello están en la falta de signos que indiquen la llegada de la madurez en el varón, el temor a la castración y la poca confianza que estos pueden tener en aspectos sexuales tales como la seguridad de la paternidad.[9]

Ahora bien, existe otra visión promulgada por Mircea Eliade que indica que, al desarrollarse la agricultura, en algunas sociedades, la mujer tuvo que asumir un rol protagonista, ya que fue ella quien se encargó de hacer funcionar y explotar de manera positiva la nueva forma de subsistencia.[10] No solamente era considerada la persona encargada de asegurar la alimentación de la población, sino que era la conocedora y trasmisora de las artes del cultivo. Todo esto llevó a crear una correlación entre “la fertilidad de la tierra y la fecundidad de la mujer”.[11] Este tipo de dinámica, aunque no universal, se dio en muchas sociedades antiguas, donde las deidades femeninas eran valorizadas por su relación a la creación por medio de la gestación.[12]

Aunque no queda claro cómo se da el proceso de subyugación de las féminas, al desarrollarse las tres principales culturas en la formación del mundo occidental (judíos, griegos y romanos) ya existía una predeterminación a presentar a la mujer como un ser inferior y necesitado de un hombre. Por ejemplo, la sociedad judía, en su escrito sagrado o Torá, establece una actitud machista desde el mismo inicio, con el desarrollo de su mito sobre la creación. Allí se establece la subordinación de la mujer al ésta ser formada del cuerpo del varón.[13] No solamente fue creada del hombre, sino que en otro episodio es considerada la culpable de que fueran sacados del paraíso que Dios les había creado.[14]

Al igual que los judíos, los griegos y romanos antiguos desarrollaron sociedades guerreras donde se enfatizaba la superioridad del hombre sobre la mujer. Esto a su vez, creó aspectos culturales que definían a los géneros. Por ejemplo, el hombre debía ser cálido, agresivo, riguroso, racional y debía demostrar fuerza en todo momento. De la mujer se esperaba que fuera fría, pacífica, débil y de gran emotividad.[15]

En el caso específico de los romanos, como parte de la tradición de la fundación de su ciudad, se indica que una de las primeras directrices de Rómulo (fundador de Roma) era la de educar a todo varón, mientras que solamente las niñas primogénitas tenían ese derecho. Así mismo, las leyes romanas establecían que los hombres estuvieran a cargo de las mujeres. A esto añadimos que en muchas actitudes se permitía una valorización de los delitos o acontecimientos según el género. Algunos ejemplos son: el adulterio, el uso del vino y las peticiones de divorcio, todas ellas podían ser realizadas por el hombre sin que esto significara una degradación moral para él, no así para las mujeres. El caso de la prostitución es otro ejemplo, ya que las mujeres que realizaban ese oficio eran vistas como inmorales mientras que el hombre podía disfrutar de estos servicios sin tener que pasar por la misma medición.[16]

Estas actitudes se agudizan con el surgimiento del cristianismo, al punto que la subordinación de la mujer se vio como algo normal. Eventualmente, este tipo de cultura llevó al surgimiento de la misoginia. La misoginia puede ser definida como el rechazo u odio que la sociedad desarrolla hacia las mujeres. No obstante, los prejuicios sociales que llevan al pensamiento de que la mujer es inferior al hombre son casi universales. Para algunos investigadores, tales como Jeffrey Burton Russell, este fenómeno debe ser entendido en la falta de conciencia del género masculino sobre el femenino.[17] No obstante, la modernidad representó un cambio de actitudes que en cierta medida han mejorado la situación de la mujer, aunque aún falta mucho por caminar.[18]

Brujas y hechiceras: el poder de la mujer caribeña, siglo XVII

La mujer caribeña, al igual que su contraparte europea, vivió marginada, y aunque existían diferencias por clases sociales, su posición siempre debió ser subordinada al hombre.[19] Esto era reflejado tanto en aspectos laborales como educativos. No ha de extrañarnos que esta marginación establecía una desventaja difícil de superar para las féminas. No obstante, los oficios que de alguna forma se podían relacionar al uso de palabras y yerbas mágicas proporcionaban a la mujer caribeña una oportunidad única de presentarse como protagonistas de su sociedad. Para muchas mujeres, la hechicería y la brujería fueron modos de vida que las llevaron a ocupar espacios no imaginados en un momento dado.[20]

Entre 1613 a 1658, la inquisición española procesó a ciento dieciséis mujeres por delitos relacionados a las creencias mágicas.[21] De ellas, cincuenta y seis fueron acusadas por hechicería, cincuenta y tres por brujería, mientras que las restantes siete tenían otras causas. Étnicamente hablando, cuarenta y dos eran negras, treinta y siete mulatas, veintiuna blancas, cuatro mestizas, dos zambas y diez sin especificar. En cuanto a las ocupaciones registradas, noventa no tenían una labor específica, dieciséis eran esclavas, seis eran parteras y una costurera, lavandera y cocinera.[22] De esa inmensa mayoría, sin ocupación aparente, podemos asumir, por los propios registros inquisitoriales, que vivían realizando oficios hogareños o prestando servicios mágicos a los que los necesitaban.

En el caso de las parteras o matronas, este era un oficio asociado a las artes mágicas ya que sus practicantes debían aprender conocimientos medicinales de yerbas y brebajes que eran utilizados en los cuidados de salud de las mujeres. A esto, las parteras, desde tiempos ancestrales, realizaban una labor indispensable para el mantenimiento de la sociedad.[23] Su fama y prestigio fue opacada con el surgimiento de la cacería de brujas, ya que sus constantes contactos con los recién nacidos las hicieron sospechosas de las muertes prematuras y los partos no culminados.

De las parteras caribeñas, la más famosa fue Elena de Viloria, una negra que en 1633 con sesenta años de edad fue acusada de ser maestra y reina de brujas.[24] Había pertenecido al aquelarre de Cartagena de Indias por espacio de treinta y siete años. Los inquisidores, dado a la histeria generalizada por la importancia de esta bruja, la sometieron para ser ejecutada. Sin embargo, la Corte Suprema Inquisitorial en Madrid no permitió esta sentencia debido a que la consideraba excesiva.[25]

El caso de la mulata Juana Bautista es uno que presenta cómo estas mujeres se ganaban el sustento diario. Juana era oriunda de México, aunque residía en la Habana. Esta ciudad, dado a su estratégica posición respecto al sistema de flota española, había florecido a un ritmo acelerado.[26] Esto creaba esperanza a cientos de personas que llegaban a la ciudad en búsqueda de riquezas y prosperidad. Al igual que Juana Bautista, había cientos de hechiceras que brindaban sus servicios de una forma u otra.[27]

La hechicería era una práctica muy común en el Caribe y la Habana, como uno de sus puntos principales, fue un centro de gran importancia. Los que requerían los servicios de hechiceras lo hacían mayormente por tres finalidades: “resolver los problemas de amor, la búsqueda del conocimiento oculto y la suerte en los juegos de azar”.[28]

Juana Bautista como partera había adquirido un conocimiento que utilizó y extendió para su beneficio. Su primera causa fue en 1622 cuando tenía veintiocho años, aunque no se tiene evidencia de los pormenores de este caso, si se sabe de él por la referencia que se menciona del mismo en su segundo caso.[29] La mayoría de las sentencias implicaban el destierro del lugar de origen de la persona, no obstante, como pasó en muchas ocasiones, la rea regresó a su residencia y continuó realizando sus prácticas. En 1644, con cincuenta años de edad fue sometida a un proceso por la realización de sortilegios y por hechizos que no habían funcionado y que habían provocado que varios afectados la acusaran ante el comisario inquisitorial.[30] Dado al agravante de haber sido convicta con anterioridad su sentencia fue de trecientos azotes.[31]

Tan pronto recibió sus azotes, y como parte del proceso de destierro, fue llevaba a una embarcación que la sacaría del área. Contrario a lo esperado, Juana Bautista desembarcó en el puerto de Río del Hacha (Riohacha) para continuar con el oficio de hechicera/curandera/partera, que le había dado sustento por tantos años. Su suerte no duró mucho, ya que la muerte de un infante durante un parto, llevó a que fuera acusada nuevamente en 1649. Al ser ingresada a la cárcel inquisitorial, Juana enferma y muere antes de concluir el proceso.[32]

Uno de los casos que más llama la atención fue el de Isabel Noble. Esta mujer había llegado junto a su esposo desde su natal Portugal.[33] Ellos, al igual que miles más, emigraron buscando riquezas, prosperidad y bienestar en el Nuevo Mundo. No obstante, esto para muchos era únicamente una quimera, ya que las Indias eran un lugar inhóspito, lleno de peligros, donde cada colonizador debía asumir una serie de riesgos para lograr las ganancias deseadas, que en muchas ocasiones nunca se daban.

El caso de Isabel fue uno lamentable. Su esposo, viéndola como una carga, decide seguir un rumbo aparte, dejándola prácticamente en la soledad y la pobreza en Cartagena de Indias. Su excusa, irse al Perú buscando riqueza y con la promesa de que algún día le mandaría a buscar o regresaría lleno de joyas y oro que disfrutaría con su amada esposa.[34] La realidad fue otra, Isabel se había quedado sola, sin nadie a quien recorrer, desamparada y desesperada. Con cuarenta y ocho años de edad no tenía muchas opciones para sobrevivir en un ambiente lleno de crueldades y sinsabores. Su única opción era buscar un oficio donde pudiera ser reconocida, valorada y que le diera un ingreso recurrente con el que pudiera vivir bien.

En un principio pudo establecer una gran clientela, quienes le solicitaban todo tipo de conjuros y brebajes dirigidos a solucionar los problemas y males del amor. Se especializó en la invocación de palabras de consagración; el uso de diversos elementos tales como el agua, sal y habas, entre otros; la realización de casamientos; y el hacer regresar maridos perdidos.[35] Nos suena curioso esta última, conociendo que ella misma tenía a su esposo en tierras lejanas y sin conocer su paradero. Pero debemos recordar, que dentro de estas creencias se dice que quienes tienen dones mágicos no los pueden utilizar a su favor, el hacerlo los autodestruiría.

Sin embargo, no todo le salió bien. Algunas de sus clientas no quedaron satisfechas y llevaron sus quejas al inquisidor, quien rápidamente la mandó a encarcelar. En su juicio se presentaron dieciocho testigos todas alegando la diversidad de hechizos que la acusada utilizaba. Su condena fue ser expuesta a vergüenza pública y destierro de las Indias, en otras palabras, debía regresar a Portugal. A su beneficio, la Corte Suprema Inquisitorial en Madrid revoca el destierro, por lo cual puede mantenerse en la región.[36]

Sin dinero y si mucha salida, Isabel retoma su antiguo oficio sabiendo que una segunda sentencia la podría llevar a la hoguera. Es por esto que en esta ocasión trata de permanecer en el anonimato, acción que también la lleva a cambiar sus métodos de operación, ya que comienza a invocar diversos demonios, entre ellos a Satanás, Barrabás y al Caifás.[37] En el 1622 es llevada a juicio gracias a la testificación de tres mujeres que sintieron que sus pedidos no fueron atendidos satisfactoriamente. Los inquisidores reprendieron gravemente a la portuguesa, la condenaron a cien azotes y fue desterrada de manera perpetua e irrevocable de Cartagena de Indias.[38]

Al igual que ellas, muchas mujeres mantuvieron cierto poder sobre sus comunidades por el mero hecho de tener un conocimiento que para algunos era secreto, oculto y malvado. No solamente se manifestaba en las castas, sino que en la élite dominante se dieron las desviaciones de fe relacionadas al conocimiento mágico. En fin, hasta gobernadores, obispos e inquisidores se consultaban con algunas de estas mujeres.[39]



[1] El autor obtuvo un PhD. en Historia de América de la Universidad Interamericana en 2014, trabaja como maestro de escuela superior en el Departamento de Educación de PR, profesor universitario en la Universidad Interamericana de PR, Recinto de San Germán y director ejecutivo del Centro de Estudios e Investigaciones del Sur Oeste de PR.
[2] La Inquisición española como institución, aunque presente en las Indias desde 1519 (siendo Alonso Manso, obispo de Puerto Rico, su primer inquisidor), no se institucionaliza en el Caribe de manera oficial hasta la formación de un Tribunal regional en 1610, ubicado en la ciudad portuaria de Cartagena de Indias. Anterior a esta fecha, se habían constituido dos tribunales oficiales en Lima (1570) y México (1571).
[3] Véase a Anderson, Bonnie S. y Judith P. Zinsser: Historia de las mujeres: Una historia propia [1988], trad. Teresa Camprodon y Beatriz Villacañas, Madrid, Crítica, 2009, págs. 25-27.
[4] Sobre la mitología taína recomendamos a Pané, Ramón: Relación de Fray Ramón acerca de las antigüedades de los indios, edición digital de Wisconsin University en digicoll.library.wisc.edu/cgi-bin/IbrAmerTxt-idx?type=header&id=IbrAmerTxt.Spa0006, consultado el 27 de diciembre de 2014.
[5] Crespo Vargas, Pablo L.: El demonismo en el Caribe hispano: Primera mitad del siglo XVII, Lajas, Akelarre, 2014, pág. 109.
[6] Eliade, Mircea: Historia de las creencias e ideas religiosas I: De la edad de piedra a los misterios de Eleusis [1977] Barcelona, Paidos, 1999, pág. 15. Mircea Eliade (1907-1986) fue un filósofo e historiador de las religiones.
[7] Anderson, Bonnie S. y Judith P. Zinsser: Historia de las mujeres…, pág. 27.
[8] Sobre el miedo del hombre hacia la mujer como razón para este subyugarla véase a Castellano De Zubiría, Susana: Diosas, brujas y vampiresas: El miedo visceral del hombre a las mujeres, Bogotá, Norma, 2009, págs. 19-25, 29-37; y a Colorado López, Marta, Liliana Arango Palacio y Sofía Fernández Fuente: Mujer y feminidad en el psicoanálisis y el feminismo, Medellín, Imprenta Gubernamental de Antioquía, 1998, págs. 26-27, 98, 128 y 140.
[9] Sobre las teorías del psicoanálisis véase a Freud, Sigmund: Teorías sexuales infantiles, 1908, 11 págs., en http://www.biblioteca.org.ar/libros/211796.pdf, consultado el 28 de diciembre de 2014; y a Anderson, Bonnie S. y Judith P. Zinsser: Historia de las mujeres…, págs. 34-35, donde se presenta un resumen de estas teorías.
[10] En los grupos neopaganos se difunde que sociedades como las célticas, las bretonas, galas y germanas antiguas la mujer cumplían con este tipo de función.
[11] Eliade, Mircea: Historia de las creencias…, pág. 66-70.
[12] Véase a Murray, Margaret: The Witch-Cult in Western Europe [1921], New York, Barnes & Noble Books, 1996. Hoy día la teoría de Margaret Murray ha sido criticada grandemente, aunque existen sus adeptos y defensores, tales como Michael Harrison, The Roots of Witchcraft, Secaucus, NJ, Citadel Press, 1974.
[13] Véase a Rusell, Jeffrey Burton: Exposing Myths about Christianity, Downers Grove, Illinois, IVP Books, 2012, pág. 87. El autor es el principal estudioso estadounidense sobre la historia del demonismo.
[14] Véase también a Anderson, Bonnie S. y Judith P. Zinsser: Historia de las mujeres…, págs. 42-43. Se señalan varios pasajes bíblicos donde se enfatiza que la mujer siempre debe estar acorde a las necesidades de los protagonistas de la historia, los hombres.
[15] González Gutiérrez, Patricia: “Maternidad, aborto y ciudadanía femenina en la antigüedad”, El futuro del pasado, núm. 2, 2011, pág. 430.
[16] Anderson, Bonnie S. y Judith P. Zinsser: Historia de las mujeres…, págs. 43-45.
[17] Russell, Jeffrey Burton: A History of Witchcraft: Sorcerers, Heretics & Pagans, 2da ed. aumentada, New York, Thames & Hudson, pág. 116.
[18] Sobre las luchas de igualdad de género en la modernidad refiérase a: Guzmán, Virginia y Claudia Bonán: “Feminismo y modernidad”, Debate Feminista, México, vol. 35, abril 2007, págs. 257-274; Postigo Asenjo, Marta: “Feminismo y modernidad”, Thémata: Revista de Filosofía (Debate sobre las antropologías), Universidad de Sevilla, núm. 35, 2005, págs. 727-732; Guirao Mirón, Cristina: “Modernidad y postmodernidad en el feminismo contemporáneo”, Feminismo, Universidad de Alicante, núm. 15, junio 2010, págs. 221-234.
[19] Anderson, Bonnie S. y Judith P. Zinsser: Historia de las mujeres…, págs. 11-12.
[20] Crespo Vargas, Pablo L.: El demonismo…, págs. 139-140.
[21] La Inquisición española como institución político-eclesiástica tenía que intervenir con cualquier desviación a la fe oficial. Sin embargo, se concentraban en las creencias que más perjudicaban la posición estatal, tales como los judaizantes, los islámicos y protestantes. Fuera de estas causas, la blasfemia, los reniegos, las supersticiones y otras herejías eran vistas como crímenes menores. Las creencias mágicas eran parte de las supersticiones y como delito menos grave, la Inquisición no se ocupó de ellas de la misma forma que ocurrió en los territorios alemanes, franceses, suizos e ingleses.
[22] Crespo Vargas, Pablo L.: El demonismo…, Anejo III, pág. 232.
[23] Sobre la historia de las parteras véase a García Martínez, Manuel J.: “Historia del arte de los partos en el ámbito familiar”, Cultura de los cuidados, Universidad de Alicante, año XII, núm. 24, 2008, págs. 40-47.
[24] El título de reina de brujas era otorgado a la bruja de mayor rango jerárquico. En otras palabras, era considerada la mano derecha del demonio y tenía a su cargo la organización y dirección de los aquelarres.
[25] Archivo Histórico Nacional en Madrid (AHN), Inquisición (Inq.), Libro (L.) 1020, fols. 403-403v., 437v., 470v.
[26] Sobre el desarrollo de la Habana refiérase a Macías Domínguez, Isabelo: Cuba en la primera mitad del siglo XVII, Sevilla, CSIC, 1978, págs. 15-23.
[27] Para una visión más clara sobre la hechicería habanera véase a Crespo Vargas, Pablo L.: El demonismo…, págs. 162-169.
[28] Crespo Vargas, Pablo L.: La Inquisición española y las supersticiones en el Caribe hispano, siglo XVII, 2da ed. revisada, Lajas, Akelarre, 2013, pág. 201.
[29] AHN, Inq., L. 1021, fols. 110-110v.
[30] Un factor recurrente para que una hechicera fuera delatada era que sus conjuros no habían funcionado según se esperaba.
[31] AHN, Inq., L. 1021, fols. 92-92v., 93v., 98, 100v.-101, 102, 11-117v. y 123v.-124.
[32] Ibíd., fols. 238v.-239.
[33] Ibíd., L. 1020, fol. 15.
[34] Ibíd.
[35] Ibíd., fols. 45-45v.
[36] Ibíd.
[37] Curiosamente, algunos de los nombres utilizados para referirse a los demonios eran sacados de personajes que eran considerados negativos en el proceso de desarrollo del cristianismo.
[38] AHN, Inq., L. 1020, fols. 230v.-232v.
[39] El caso más famoso fue el de la negra Paula de Eguiluz, quien era consultada por la alta jerarquía cartaginense y de quién se han realizado varios trabajos.

martes, 22 de diciembre de 2015

Libro: La Sociedad de Amigos del País de Puerto Rico

Libro: La Sociedad Económica de Amigos del País: Su historia natural de Lucas Mattei Rodríguez

Por Pablo L. Crespo Vargas

El Dr. Lucas Mattei Rodríguez, profesor de historia de la Universidad Interamericana, Recinto de Ponce, acaba de publicar la obra titulada, La Sociedad Económica de Amigos del País: Su historia natural, versión ampliada y revisada de su tesis doctoral, que presenta de manera sencilla un análisis sobre el desarrollo de esta Institución dedicada al desarrollo económico de la Isla. Curiosamente, esta obra llega en un momento de crisis económica en nuestro país, muy parecida a la que se vivía a principios del siglo XIX, lo cual nos lleva a pensar que su lectura podría servir para darnos luz ante la incertidumbre que se vive día a día. El análisis del Dr. Mattei Rodríguez nos invita a comprender, repensar y reevaluar nuestra situación de pueblo tanto en el pasado como en el presente. A continuación, dejamos la lectura de la presentación que se da del libro en su contraportada:

Marcar para adquirir en Amazon
La Sociedad Económica de Amigos del País de Puerto Rico tuvo como fin el progreso de la Isla a través de formulación de iniciativas y la creación de proyectos encaminados a fomentar el desarrollo económico, la circulación de las luces y conocimientos, la introducción y adopción de métodos educativos, agrícolas, industriales y comerciales orientados al engrandecimiento de la patria. Su influencia en la vida política y económica durante el siglo XIX trazaron senderos imborrables. Aun cuando sus homólogas en América y en la Península enfrentaban un gran declive durante el periodo revolucionario, la Sociedad Económica de Puerto Rico desempeño un importante papel en la elaboración de estrategias para lograr el aprovechamiento del momento y el desarrollo de posibilidades. Había otras instituciones sectoriales, como el Ayuntamiento, Cabildo Eclesiástico, Intendencia y Diputación Provincial, que velaban por los intereses de sus respectivas organizaciones: en cambio la Sociedad Económica de Amigos del País, que congregaba a importantes personalidades de la burguesía industrial, agrícola y comercial, a altos funcionarios, militares, religiosos y a la distinguida élite intelectual puertorriqueña, logró que todos convergieran y comprendieran, mucho antes que el gobierno y las fuerzas políticas, hacia donde debía ir la Isla y cuál era la visión de país que les correspondía desarrollar.


La Sociedad Económica de Amigos del País de Puerto Rico estuvo siempre consciente de su papel dirigente en la sociedad. Si muy significativas fueron las propuestas presentadas y los proyectos que lograron encaminarse, más importante parece ser el papel que las deliberaciones internas tuvieron en la toma de conciencia de la élite y la burguesía puertorriqueña; esta Institución se constituyó en punto de encuentro, de discusión y de aportación de ideas y personas para el desarrollo de la vida civil y política de Puerto Rico. Fue un ente unificador de intereses y tendencias para elaborar un proyecto de país.

domingo, 20 de diciembre de 2015

El indigenismo y mestizaje: Incremento de exageración numérica aborígen

El indigenismo y mestizaje: Incremento de exageración numérica aborígen
Por Dr. Axel Hernández Rodríguez

Nota editorial: El Dr. Axel Hernández Rodríguez es maestro en la escuela Intermedia Berwind del Departamento de Educación de Puerto Rico; es egresado de la Universidad Interamericana de Puerto Rico, Recinto Metropolitano; y autor del libro "Políticas imperiales sobre la educación de Puerto Rico, 1800-1920" . El ensayo aquí presentado es el preámbulo de la obra ya mencionada.

Preludio historiográfico:

Es conveniente dar comienzo con un breve historial sobre la población indígena y lo que algunos literatos hayan expresado sobre los sucesos históricos. Será de suma importancia para el lector, deducir que lo aquí expresado son exposiciones de varios autores estudiados. Este preámbulo sobre el indigenismo no será un estudio de carácter profundo sino un breve recuento sobre lo que algunos autores han expresado de antecedentes historiográficos. Pero antes de este inicio, veamos la llamada “virtud” de la que dichos autores sugieren debe tener un historiador: la virtud, es la revelación ante el mundo sobre la verdad histórica.
La verdad ante todo. Donde está la verdad está Dios. Y si en toda enseñanza debe ella resplandecer, con mayor razón en la historia, si ésta ha de ser “Magistra Vitae”. Por elevados que sean los propósitos del historiador no debe malear su narración, ni con hechos falsos, ni con interpretaciones torcidas. ¡Triste verdad la que ha menester la defensa basada en inexactitudes! Cierto es que para depurar la verdad histórica, hace falta buen criterio, mucha diligencia y no mediana cultura general.[1]
Varios han sido los historiadores que, por alguna razón, han desvirtuado la realidad de eventos acaecidos ya sea porque han aceptado la narrativa de alguien que le expresó su punto de vista sobre algún evento en particular en donde el cronista aparentemente no se importunó en corroborar lo narrado ante él y así lo registrara como un hecho indudable ante la historia.
Plagada de errores hallamos la historia americana mayormente en la centuria décima sexta. Al pasar la vista por sus páginas, verse como flotar sobre ellas, el dicho popular: a luengas tierras, luengas mentiras. Acaso, porque sus elementos primitivos se formaron con las relaciones y cartas de los de acá a los de allá, y con las narraciones e historias de los de allá para los lectores del porvenir.[2]  
Es inconmensurable lo que la historia nos ha revelado sobre los rumores que de boca en boca se propagaran en torno a la buena vida y riqueza en la que vivían los nuevos pobladores del nuevo mundo; especialmente referente a la riqueza, de la que incontables súbditos carecían en la metrópoli. 

Las crónicas y los historiadores.   

Pero vayamos a Borinquén y adentrémonos en las distintas narrativas:
¿También ella y sus aborígenes y primeros pobladores blancos habrán sido objeto de parecidas adulteraciones de la verdad? También, desgraciadamente. Y no solo por parte del autor mencionado (Las Casas) sino también de muchos de los historiadores antiguos y modernos que han escrito sobre Puerto Rico. Ciñámonos por ahora al punto de su población primitiva. Según Las Casas, en 1509, lo mismo en la Isla de San Juan que en la de Jamaica, “había más de seiscientas mil ánimas y aún creo que más de un cuarto-millón- y no hay- 1541- en cada una doscientas”.  Siguiendo a Las Casas, Nicolás de Vállasete en su caprichoso Atlas; Herrera en sus Décadas; Iñigo Abbad y tutti quanti, dieron por muy poblada la isla al desembarcar en ella Ponce de León en 1508.[3] Cincuenta, cien mil habitantes, les parecieron pocos y llegaron hasta asignarle seiscientos mil más moradores.  En obra más reciente como A Broken Pledge, todavía se insiste en dar a la Isla una población de sesenta mil habitantes a la llegada del caudillo de Higuey.[4]
Tal parece que las narraciones que estos cronistas moldeaban en los anales históricos se encontraban atestadas de exageración, probablemente por aquellos narradores que le transmitieran acontecimientos de engrandecimiento en su probanza, nunca antes soñados al cronista. Y de acuerdo con el autor Cuesta Mendoza: 
Al propósito de Las Casas, venía muy a cuento de duplicar el número de habitantes, tanto aquí como en toda América. De aumentar fabulosamente la población autóctona, seguíale mayor crueldad de los conquistadores en vista de los pocos indígenas que quedaban. Porque además prescindía de las otras causas que motivaron la disminución. Lástima inspiran los historiadores nativos que, repitiendo el estribillo de la crueldad, no advierten que afirman con ello su descendencia de gente de muy mala ralea, ya que los fundadores y padres de las naciones americanas no han sido otros que los conquistadores y pobladores primeros. Los pueblos como los individuos, ufánense de descender de gente honrada, y si ilustre, mejor. De los propios dioses apetecieron descender muchos. De diablos y malvados, ninguno.[5]
Todo parece indicar que al iniciarse la colonización los aborígenes borinqueños no eran los miles supuestos ni tampoco seguramente eran tantos los repartidos por las Antillas Mayores y Menores. Es también cuestionable (de acuerdo a Cuesta Mendoza) que fuera del no haberse levantado en los comienzos del siglo XVI censo alguno, “¿Qué base puede tener tal afirmación de millares y más millares de indígenas?”[6]

De otra parte, se obtiene de una carta escrita a Ponce de León por el rey católico, fechada el 11 de junio de 1510, justamente dos años después de la primera entrevista que sostuviera con Agueybaná y su familia. Alude el rey en su carta; “que nadie, sea quien fuere, sacare en adelante indios ningunos de nuestra Isla para la Española, y añadía, porque como sabéis ay pocos indios para que allí fuesen a avecinarse”.[7] Se debe considerar atribuir que la susodicha escasez de los indígenas ya había sido transmitida al rey en comunicados provenientes de la Isla de Puerto Rico. Cabe sugerir que en esos tiempos los aborígenes aún convivían de forma pacífica con los españoles que continuaban arribando a las costas de la Isla, sin que éstos pensaran aún en escaparse mar afuera o monte adentro, lo que tuvo inicio meses más tarde. 
Habíase, sí, hecho ya el primer malhadado repartimiento, a fines del año anterior, y a pesar de la domesticidad, siquiera fuera aparente, no hubo para repartir sino unos cinco mil quinientos.  Y aunque se conceda que algunos indios anduvieran todavía emboscados y se descuenten los menores de catorce años, ¿quién no advierte que la población de la Isla era solo de contados millones? Tan contados que muchos pobladores quedaron quejosos de habérseles adjudicados menos indios de los que les correspondían según las Cédulas Reales.[8] 
Por otro lado, el historiador Salvador Brau, calcula la población indígena de quince a dieciséis millares. En su obra Puerto Rico y su Historia, leemos en la página 306, en el cual él refuta de una forma esplendente las cifras dadas por Las Casas e Iñigo Abbad, además de añadir en su hipótesis, en el que solo una tercera parte de los indígenas peleara contra los españoles, señalando un total aproximado de diez a seis mil habitantes. Entendiéndose que esta cifra se ajusta un poco más que a las cifras anteriormente dadas de cien mil, doscientos mil y hasta quinientos mil, que algunos historiadores hayan mencionado si bien intencionados, pero, tal vez, un tanto equivocados. Habiendo traído el tema de la exageración dentro del ámbito historiográfico y dejando abierto el tema a discusión; se hace propio escudriñar el tema del mestizaje.

De acuerdo a la afirmación de Coll y Toste; “El mestizaje se inició en el mismo año en que dio principio la colonización, o sea en “1509”.[9] De manera que en 1513 ya no nacieron indios sino mestizos, dándose esta impresión; “porque las mujeres se las apropiaron los encomenderos para sí y su servicio”. De donde en su ponencia lógicamente concluye:
De ahí una de las causas de haber desaparecido en esta Isla tan rápidamente la raza indígena. ¿Por qué en el reparto de indios verificado en el año 11, entre cinco mil varones, no aparecen sino quinientas indias? Pues sencillamente porque las demás no eran ya repartibles, por su unión, que las libertaba, con los pobladores.[10] 
En el censo oficial efectuado en 1530 por el gobernador Lando, una cuarta parte de los pobladores tenían indias por esposas, legales y reconocidas. Alrededor de unos veinte años después se les dice a los indios que ellos quedaban en plena libertad de irse a donde mejor quisieran, de manera que una gran cantidad de ellos prefirieron continuar viviendo en las haciendas de los españoles, habituados ya a sus costumbres y bien acertados en su compañía y trato. Lo mismo ocurrió en la ribera de Arecibo, al constituirse en 1616 como pueblo, donde se encontraban ya fusionadas ambas etnias viviendo en paz y concordia.

De acuerdo con lo que sustenta el pensamiento del historiador Coll y Toste:
Según las leyes de la antropología una nueva generación comprende el espacio de treinta años, que se consideraba como la duración media de cada generación en la raza humana. De modo que en 1539 ya había en el país mestizos con el 50% de sangre blanca y otro 50% de sangre indígena. En 1569, solo tenían el 25% de elemento indígena, pues el cruzamiento seguía llevándose a efecto con los nuevos colonos que llegaban. A las diez generaciones, contando de 1509 a 1779 no quedaban ya sino vestigios de sangre indígena, y concluye; El mestizaje con la raza indígena desapareció por absorción en la blanca.[11] Es por lo tanto injusto achacarles a los españoles el crimen de haber exterminado totalmente la raza indígena de Borinquén.[12] 
De modo como se dio inicio al tema de las virtudes de las que debe tener el historiador, se ha podido moldear en este escrito la diferencia entre estos autores presentados, uno con la población indígena y la exageración de los cronistas españoles en cuanto al número de los habitantes a la llegada de los conquistadores y los otros dos sosteniendo la hipótesis de cómo es que el indígena desaparece a través del mestizaje en el suelo isleño. Ellos sostienen en su narrativa bases coherentes sobre sus investigaciones, donde a su vez no se establece una base categórica y fehaciente, ya que podemos encontrar en su ponencia diferencias en los años que da inicio la colonización.





[1] Cuesta Mendoza, Antonio, Historia de la Educación en el Puerto Rico Colonial, Vol.1, Segunda Edición, 1508-1821, pág. 17.
[2] Ibíd., pág. 18.
[3] Esta fecha que aquí se indica resultaría abierta al debate entre los eruditos en la historia; algunos podrán decir que el año en que Ponce de León vino a construir sus asentamientos no fue para el 1508 sino para el 1506. Estableciéndose este año por demás, como punto de partida dado a la negativa de la encomienda que se le diera a Yáñez Pinzón para la colonización de la Isla ya que anteriormente había estado distribuyendo cabras y cerdos para que se propagaran en suelo Borinqueño.
[4] Cuesta Mendoza, Historia de la Educación…, pág. 19.
[5] Ibíd., pág. 20.
[6] Ibíd., pág. 20.
[7] Ibíd., pág. 21.
[8] Ibíd., pág. 22.
[9] Véase sobre los inicios de la colonización de Puerto Rico, donde aquí volvemos a ver la connotación en cuestión sobre la colonización y el año de su inicio.
[10] Coll y Toste, Cayetano, Historia de la Instrucción Pública en Puerto Rico hasta el año 1898, pág. 32.
[11] Ibíd., pág. 34. Vale aclarar que lo expresado por el autor podría dar la impresión de ser meramente especulativo ya que dentro de su narrativa no menciona las fuentes que le llevan a tal conclusión; se podría aludir que haya podido ser un error involuntario el no hacer mención de ellas.
[12] Ibíd., pág. 34.

viernes, 11 de diciembre de 2015

Libro: Políticas imperiales sobre la educación de Puerto Rico, 1800-1920

Libro: Políticas imperiales sobre la educación de Puerto Rico de Axel Hernández Rodríguez

Autor de reseña editorial: Pablo L. Crespo Vargas

La obra del Dr. Axel Hernández es un análisis contemporáneo del desarrollo histórico de la educación en Puerto Rico dentro de las políticas establecidas por las dos metrópolis que han gobernado la Isla. El autor, aunque se enfoca en el periodo de 1800 a 1920, nos guía desde las nociones que tenían los indios taínos sobre lo que hoy día podemos llamar un proceso instructivo y de enseñanza cultural destinado a que todos en la sociedad fueran por un mismo camino. De allí nos presenta como la instrucción realizada por los conquistadores iba dirigida a la formación de una sociedad unitaria, eliminando los rasgos particulares de la sociedad invadida, patrón que se repite de manera universal y que muy bien el autor nos describe. La obra enfatiza el surgimiento de las ideas ilustradas y su uso por las autoridades coloniales en la formación del pueblo. Por último, se presentan los cambios de paradigma traídos por los estadounidenses y cómo estos tenían el mismo fin que el desarrollado por los españoles, con la diferencia de que su método era completamente distinto. El autor nos invita a reflexionar sobre los procesos educativos que hoy se están desarrollando y que en esencia no diferencian con otras realidades del pasado. Recordemos las palabras de Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana y Borras: “Quien olvida su historia está condenada a repetirla”.

Enlace para adquirir el libro

Este trabajo procura presentar el desarrollo de la educación de Puerto Rico bajo los estatutos coloniales establecidos por los imperios español y estadounidense. En contraparte, se analizará la importancia de la familia puertorriqueña como piedra angular detrás de la educación de sus hijos. En la conclusión veremos los aspectos positivos y negativos que ambas administraciones aportaron y llevaron a cabo dentro de la formación de las escuelas, además de la injerencia dentro del contorno educativo en los diversos niveles: elemental, secundario y universitario.