domingo, 20 de septiembre de 2026

Introducción a «El demonismo en el Caribe hispano: Primera mitad del siglo XVII»

Introducción a «El demonismo en el Caribe hispano: Primera mitad del siglo XVII»

Pablo L. Crespo Vargas

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A partir del estudio y análisis realizado en la obra La Inquisición española y las supersticiones en el Caribe hispano, sobre las creencias mágicas en el Caribe hispano y su persecución por parte de las autoridades coloniales, específicamente la Inquisición, vemos como prudente el continuar esa línea de investigación dirigida a una de las vertientes que más se asocia al desarrollo de creencias contrarias a la fe cristiana y católica de la época: el culto al diablo.[1] Este culto es propio de uno de los componentes particulares que presentamos en el mencionado proyecto: la brujería. No obstante, limitarnos a un análisis exclusivo de esta práctica nos llevaría a dejar a un lado otros elementos que consideramos de vital importancia para comprender el pensamiento y las creencias de la época sobre este personaje que cautiva al mundo occidental. Esto nos lleva a buscar una explicación al pensamiento que se tenía sobre la figura del diablo y su desarrollo dentro del imaginario de la población colonial hispana.

Como inicio a nuestro recorrido histórico, debemos presentar cómo era el Caribe colonial hispano en sus primeros dos siglos de colonización. La zona había comenzado un proceso de conquista y eventual establecimiento de una sociedad dominante castellana y sus instituciones desde 1493. Este fue el principio de la formación de uno de los imperios de mayor extensión en el planeta.

A un siglo de iniciado ese proceso, el Caribe hispano colonial era un gran mosaico de grupos étnicos y culturales que se entremezclaban, creando un ambiente sincrético que pudo notarse tanto en la formación genética de su población como en el desarrollo de una cultura diversificada, donde las creencias religiosas, aunque en ocasiones soslayadas, eran un distintivo hereditario de cada grupo. No nos debe extrañar que el alto grado de mestizaje fuera producto de un proceso de colonización apresurado, donde el castellano se imponía con una doble conquista: la militar y la espiritual; esto llevó a que los grupos marginados (negros, indios y todas las castas surgidas entre los tres grupos raciales predominantes) buscaran la manera de preservar sus creencias y costumbres. Para ello, era necesario establecer, de manera oculta, una serie de prácticas donde se continuaron las costumbres religiosas originales dentro de los sistemas de creencia del grupo dominante. Es en este proceso donde se puede apreciar el sincretismo, el cual no es otra cosa que un proceso de adaptación y sobrevivencia cultural y religiosa realizado por los grupos minoritarios.

En muchos casos, se lograba esconder bajo los dogmas del conquistador las costumbres religiosas propias, que eran vistas como creencias contrarias a la fe oficial. Esto, a su vez, llevaba a establecer dentro del grupo dominante una percepción que indicaba que los vestigios religiosos provenientes de otros grupos poblacionales eran únicamente supersticiones. A partir de esta aseveración se puede explicar la poca severidad con la cual los inquisidores españoles atendían los casos relacionados con estas prácticas.[2]

En el estudio realizado sobre las supersticiones en el Caribe hispano, se pudo comprobar que las penalidades impuestas a los procesados por estos crímenes eran menores si se comparan con las que recibieron los sentenciados por otros delitos, como los practicantes del judaísmo, el protestantismo o el islam. La razón que exponemos para ello es que estos delitos afectaban el orden estatal impuesto por la Corona, puesto que en el fondo representaban intereses extranjeros (en el caso del islam y del luteranismo) o eran sinónimo del poder financiero que en un tiempo habían tenido los judíos en los territorios hispánicos. De forma general, las supersticiones eran tratadas de manera muy leniente por las autoridades inquisitoriales españolas, ya que las actitudes que de ellas derivaban eran exclusivas del orden social, sin que estas representaran un desafío directo al poder de la Monarquía.

Las creencias supersticiosas no eran exclusivas de los grupos marginados de la sociedad colonial. Al contrario, dentro de la cultura hispana, tanto culta como popular, se había formado una diversidad de supersticiones que son examinadas por varios historiadores españoles.[3] Dentro de las creencias supersticiosas que atendían los inquisidores, se pueden mencionar las prácticas de la brujería, las cuales estaban estrechamente relacionadas con el culto demoniaco.

Es interesante observar cómo dentro del pensamiento inquisitorial español la imagen del demonio fue vista como una figura que encajaba en las creencias supersticiosas y no como un ser real que procuraba el mal para el ser humano.[4] Esta última visión es la que mejor refleja el pensamiento generalizado en el resto del cristianismo occidental, donde se desarrolló un punto de vista que indicaba que la brujería era el resultado de los cultos satánicos provenientes de las tradiciones paganas, la hechicería antigua, el folclor y el desarrollo de herejías.[5]

Teniendo como referencia la diversidad de grupos culturales que se entremezclaron en la cuenca caribeña, podríamos pensar que la imagen del demonio, uno de los principales protagonistas de la lucha entre el bien y el mal, fue una diversificada. Sin embargo, los elementos predominantes provenían de las creencias religiosas y folclóricas de las poblaciones de negros y amerindios. A ello se le sumaba el elemento hispánico, el cual era utilizado para disfrazar las supuestas creencias paganas y evitar de esa manera la persecución por prácticas contrarias a la fe.

Por otro lado, el culto al demonio como reacción o resistencia a la política de control del Estado español no solo se puede apreciar en las castas coloniales, sino que en la propia sociedad de origen hispánico se distinguía esa suspicacia hacia el poder gubernamental. Al ser una reacción que exaltaba valores y sentimientos anticristianos, y dada la estrecha relación entre Estado e Iglesia, se puede establecer que la adoración al demonio dentro de los grupos marginados fue desarrollada con un matiz proveniente de las creencias peninsulares.

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El demonismo es la creencia en el demonio u otros seres que son considerados maléficos; dentro de las religiones monoteístas (judaísmo, islam y cristianismo), la creencia en la existencia del demonio es parte fundamental del conjunto de dogmas existentes. El demonismo como fenómeno histórico es un tema ampliamente estudiado en Europa.[6] En América hispana, su investigación aún está en una etapa inicial, ya que no alcanza el volumen ni la importancia que los estudiosos europeos le dan. Básicamente, en nuestro continente, el estudio histórico del demonismo se enmarca en dos vertientes principales: (1) según los estudios de los evangelizadores durante su campaña de demonización de las creencias indígenas y (2) el estudio de las persecuciones hacia sectas adoradoras del diablo por parte de la Inquisición española.

En cuanto a la primera vertiente, podemos encontrar obras como la de Fernando Cervantes, El diablo en el Nuevo Mundo, donde se presenta la demonización de las sociedades indígenas, específicamente las de Nueva España, por parte de los europeos, dentro del proceso de conquista.[7] El proceso de demonización de los europeos llevó a que se catalogara a todas las creencias amerindias como provenientes de cultos satánicos y establecía como excusa el que se implantara de manera violenta el cristianismo y se esclavizara a los que se opusieran. En la segunda vertiente podemos mencionar a María Cristina Navarrete, Prácticas religiosas de los negros en la colonia: Cartagena de Indias, siglo XVII. En esta obra se identifica al demonismo como una de las manifestaciones religiosas que la población negra desarrolló como parte del sincretismo surgido a partir del choque cultural que se dio en el proceso de colonización en América.[8]

Desde la historiografía, la concepción de la brujería dentro del cristianismo occidental se enmarca en cuatro interpretaciones principales. La primera de ellas es la que establece que la brujería fue un fenómeno inventado por las autoridades gubernamentales para mantener control sobre la sociedad. Un ejemplo de esta hipótesis se presenta en Gustav Henningsen, El abogado de las brujas: Brujería vasca e Inquisición, donde se explica cómo una creencia, que consideraba a la brujería como un fenómeno real y que era utilizada por la oficialidad, fue modificada por la Inquisición española, cuando esta determinó que esta práctica era irreal y producto de la mente. En la obra se puede apreciar cómo se establecieron dos bandos que presentaban ideas contrarias sobre este asunto. El bando oficialista —que incluía a un grupo de inquisidores— indicaba que los adoradores del diablo tenían un culto que podía ser probado en la realidad y que por ello debían ser castigados con severidad. El otro bando, que resultó triunfante, resumió sus argumentos con la siguiente cita: «No hubo brujos ni embrujados en el lugar hasta que se comenzó a tratar y escribir de ellos»; en otras palabras, todo estaba en la mentalidad de la población.[9]]

La segunda interpretación es la presentada por Margaret Murray. En ella se establece que la brujería se desarrolló como un remanente al culto a los dioses paganos, que los grupos de poder cristianos desvirtuaron para presentarlo como una adoración al demonio.[10] La tercera teoría es propuesta desde una perspectiva social, donde se establece que el llamado culto demoníaco nunca ocurrió y que solo fue una interpretación de las clases dominantes a las creencias supersticiosas del grupo popular.[11] Por último, la cuarta interpretación es la presentada desde el punto de vista de los historiadores de las mentalidades, que indican que la brujería fue el resultado de una concepción de ideas acumuladas a través del tiempo. En ellas se establece que predominó la visión teológica del cristianismo sobre las ideas que el paganismo había desarrollado sobre las características de los alegados hechiceros. Esta última interpretación establece un punto de vista multifactorial y trabajado desde una visión y metodología multidisciplinaria, donde se utilizan marcos teóricos provenientes de la antropología, la arqueología y el psicoanálisis, entre otros.[12]

En todo caso, el fenómeno de la brujería se enmarcaba en la adoración del demonio, personaje importante en el conflicto presentado dentro del cristianismo entre los poderes del bien y el mal.[13] Esto nos lleva a añadir que la creencia de la existencia del demonio es parte fundamental en el cristianismo; aunque no se debe limitar la investigación al pensamiento de los grupos marginados, sino que debemos observar cómo el demonio era visto dentro de grupos poblacionales de mayor poder, en este caso los peninsulares y los criollos.

En esta investigación se pretende analizar la documentación inquisitorial de Cartagena de Indias correspondiente al periodo de 1600 a 1659 para poder explicar el demonismo dentro de las distintas esferas sociales del Caribe hispano. Aunque el Caribe hispano podría suponer una extensión territorial inmensa, la Inquisición española fue un filtro en el que se atendían las desviaciones de fe más relevantes y de mayor escándalo en las diversas diócesis coloniales de las regiones pertenecientes a la Corona española.

Las imputaciones que más llamaron la atención fueron las relacionadas con las prácticas demoníacas. En ellas, los reos eran acusados por formar sectas de adoración donde se realizaban actos contrarios a los promovidos por el Estado y la Iglesia. Esta actitud puede ser encontrada mayormente dentro de grupos que se vieron en la obligación de convertirse al cristianismo: amerindios, negros, zambos, mulatos y mestizos.[14] Esta conversión obligada puede ser una de las razones para que se desarrollara una actitud de rebeldía hacia el grupo poblacional peninsular. El demonismo, como expresión contraria al cristianismo y, a su vez, al Estado, pasó a ser una manera de combatir al conquistador y a sus instituciones.

El motivo para escoger el demonismo como tema de investigación es poder historiar el fenómeno surgido del culto a una de las figuras de contrapeso del cristianismo en nuestro ámbito caribeño durante un periodo determinado. El diablo como fenómeno histórico puede ser apreciado no solamente en el arte y en la literatura, sino en la vida cotidiana, ya que su imagen servía de influencia para el comportamiento de la población. Tanto cristianos como convertidos creían en su existencia. Esto se puede apreciar en sus invocaciones, blasfemias, deseos y actitudes; todas presentadas en los testimonios inquisitoriales que sirvieron de base para procesos que no necesariamente iban en contra de los seguidores de la brujería.

Al efectuar este estudio, podremos aportar al conocimiento cultural e idiosincrático sobre los distintos grupos poblacionales de la región durante el siglo XVII. También se estará contribuyendo a entender los mecanismos de resistencia cultural de grupos como los negros esclavizados, los mulatos, los mestizos y los amerindios. Por último, se presentará la imagen que este ser tenía ante criollos y peninsulares de clases sociales menos favorecidas. 

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El análisis de la documentación inquisitorial del Tribunal de Cartagena de Indias ayudó a establecer los diversos perfiles que sobre la imagen del demonio los afectados tenían. Esto se realizó recopilando cada una de las manifestaciones presentadas y detalladas ante el tribunal inquisitorial como pruebas de las herejías cometidas.

En este sentido, se utilizó la metodología del historiador francés Georges Duby, quien nos dirigió al análisis del lenguaje encontrado en la narrativa escrita.[15] Duby nos indica que las creencias estudiadas deben examinarse en relación con las condiciones materiales de la vida cotidiana, que incluyen la forma en que están distribuidas las riquezas y el influjo social. También indica que se deben comparar los distintos elementos que se extraen de la fuente primaria. En otras palabras, analizamos el discurso presentado en la documentación inquisitorial sobre el fenómeno.[16]

Otro método utilizado fue el presentado por Bartolomé Bennassar, el que nos lleva a acercarnos a la historia demográfica y la utilización de métodos cuantitativos.[17] Estos pueden ser representados en la formación de un banco de datos que nos ayuda a establecer patrones con características etnográficas y antropológicas. Con este método pudimos diferenciar la población enjuiciada según su manifestación (brujería y hechicería) o demostración (proposiciones, blasfemias y reniegos) relacionada con el demonismo, a la vez que creamos diversas variables de tipo demográfico: origen étnico, lugar de procedencia, estatus social, ocupación y edad. De igual manera, se creó un banco de datos para la información procesal que incluyó el tipo de crimen, sentencia y número de testigos. Algunos de estos datos serán compartidos en los apéndices.

La combinación de estos métodos ayudó a tres aspectos de la investigación: (1) el análisis en serie del fenómeno, (2) el análisis del discurso y (3) el análisis de la relación del discurso y la práctica.[18]

El análisis en serie del fenómeno implica que este fue estudiado en una documentación que puede guardar cierta relación cronológica, como es el caso de las relaciones de fe o resumen de los procesos y en la correspondencia inquisitorial. Estas, con pocas excepciones, pueden ser estudiadas siguiendo un patrón lineal de tiempo y en ellas se puede apreciar si existieron cambios o modificaciones en cuanto al demonismo. En el análisis del discurso se pudo examinar la documentación en búsqueda de similitudes continuas, rupturas, contrastes, paralelismos o cualquier otra indicación que nos lleve a establecer los diversos matices que se le daban a la figura del demonio. Por último, el análisis de la relación del discurso y la práctica de un comportamiento social nos ayuda a ver las diferencias entre la creencia de los distintos grupos implicados dentro de la documentación inquisitorial.

En cuanto a la fuente primaria, esta puede ser dividida en cuatro grupos principales. Primeramente, las relaciones de fe, que son los documentos donde los tribunales inquisitoriales resumían y plasmaban los detalles más relevantes de los procesos. En ellos se puede conseguir una gama de información referente a la mentalidad imperante en la época y nos sirve para elaborar un estudio etnográfico de la población colonial. Segundo, una pequeña cantidad de documentación relacionada con casos específicos que de alguna manera se pudieron conservar hasta nuestros días. Estos documentos tienden a ser más detallados y minuciosos, aunque carecemos de una mayor cantidad de ellos. Tercero, documentación oficial de la época y la correspondencia, en la cual se presenta la postura oficial de las autoridades inquisitoriales y seculares del periodo. Por último, los manuales, crónicas y otra documentación relacionada con las personas que describieron prácticas demoníacas o que conocían de ellas durante el periodo estudiado.

En nuestro caso, la documentación principal fueron las relaciones de fe. Estas presentaban una serie de resúmenes muy detallados. Su uso también nos ayuda a entender la mentalidad del tribunal local y la política inquisitorial dirigida desde el Tribunal Supremo de la Inquisición en Madrid, el cual se conocía como la Suprema. Este, para mantener controles adecuados sobre los tribunales regionales, fiscalizaba de manera profunda todo tipo de actuación, considerada imprudente, para así determinar cualquier fallo. Esto sirvió para que la Suprema mantuviera el control total de sus tribunales.

Este trabajo está dividido en cinco capítulos que, a su vez, se dividen en temas, que nos dirigen a comprender las creencias que se tenían sobre el diablo en el Caribe hispano del siglo XVII. Para complementar el análisis escrito, hemos colocado una serie de anejos que presentan de manera estadística las características étnicas y sociales de la población colonial en el Caribe.

El primer capítulo, «El diablo como fenómeno histórico», nos lleva a un análisis que nos describe y explica cómo la influencia de la creencia en este ser ha sido un factor determinante en la historia de las sociedades occidentales. Los tres puntos principales de este apartado son: la importancia de las creencias oficiales y cómo estas influyen en la creación de supuestas supersticiones; el estudio de la creencia en el diablo como parte del imaginario histórico; y el origen histórico de la representación del mal.

El segundo capítulo, «Mentalidad inquisitorial y persecución de las herejías», nos presenta cómo, en el desarrollo de la humanidad, las creencias religiosas fueron parte de un andamiaje dirigido a la coacción de la población para que esta tuviera una visión heterogénea dirigida a promover la unidad de la sociedad. Se destaca el pensamiento inquisitorial como instrumento de control social. En el caso del imperio español, se analiza la influencia de esta institución tanto en la península como en las Indias. El capítulo termina presentando la visión que se tenía sobre la demonología, tanto en su desarrollo en el Nuevo Mundo como la expuesta por la Inquisición española.

En el tercer capítulo, «Demonización de la mujer», trabajamos el género femenino desde la percepción desarrollada en la sociedad occidental. En este apartado se discute cómo la mujer fue subyugada por el hombre, utilizando teorías de corte antropológico, histórico y psicosociales. Hacemos énfasis en los procesos de demonización desarrollados por el cristianismo contra los conceptos que ellos consideraban extraños o diferentes. Para ello, hacemos una revisión literaria utilizando los manuales sobre demonología de la Edad Media. Terminamos el tema presentando una imagen de la mujer caribeña, según presentada por las causas inquisitoriales y relacionadas con el estudio del demonismo.

El cuarto capítulo, «Imagen demoníaca en el folclor caribeño», nos adentra y explica el imaginario en el Caribe hispano desarrollado a partir de las creencias que se tenían sobre el diablo. En este apartado se presenta la visión de los acusados por hechicería, blasfemias, proposiciones y cualquier otro delito que no implicara la adoración al diablo. Nos concentraremos en el pensamiento general y sobre las ideas que surgieron en un ambiente donde la religiosidad oficial tenía que ser acatada por todos, aunque solo unos pocos tenían acceso a ella. Se da énfasis a la hechicería desarrollada en La Habana y al imaginario de los peninsulares, criollos, los extranjeros, los religiosos y las distintas castas.

El último capítulo, «Adoradores del diablo», es en sí el análisis de los procesos relacionados con la brujería, delito donde se implicaba la adoración a la personificación del mal. En él, se establece un perfil de la brujería caribeña y se examinan los distintos grupos o sectas encontrados en los procesos inquisitoriales. Se busca comprobar si la brujería achacada a las poblaciones negras era el producto del sincretismo desarrollado en el Caribe o si eran vestigios de las creencias que estos traían desde África.

 



[1] La obra a la que hacemos referencia fue la tesis de maestría del autor, defendida en 2011 en la Universidad Interamericana, Recinto Metro. Su título fue Supersticiones en el Caribe hispano a principios del siglo XVII: Un recuento de creencias según las relaciones de fe de la Inquisición en Cartagena de Indias. Se publicó con el título de La Inquisición española y las supersticiones en el Caribe hispano, siglo XVII; con cuatro ediciones: 2011, 2013, 2018 y 2021.

[2] Julio Caro Baroja, Las brujas y su mundo, 137-139. Julio Caro Baroja (1914-1995) fue un historiador, antropólogo, lingüista y ensayista vasco que se especializó en el estudio de las supersticiones y las tradiciones folclóricas. Nótese que en las notas al calce bibliográficas se sigue el mismo modelo de la primera edición: nombre de autor, título y páginas. El resto de información se encuentra en la bibliografía.

[3] Sobre la brujería en España, recomendamos a José Luis Amorós, Brujas, médicos y el Santo oficio: Menorca en la época del Rey Hechizado; Juan Blázquez Miguel, Hechicería y superstición en Castilla-La Mancha; Julio Caro Baroja, Inquisición, brujería y criptojudaísmo; y Heliodoro Cordente Martínez: Brujería y hechicería en el obispado de Cuenca. José Luis Amorós (1919-2000), historiador mallorquín, tiene publicados diversos libros sobre la historia de su isla natal. Juan Blázquez Miguel, historiador madrileño, que trabajó como director de archivos y bibliotecas nacionales. Heliodoro Cordente Martínez, historiador natural de Cuenca, especialista en historia medieval y regional.

[4] Véase a José Manuel Pedrosa, «El diablo en la literatura de los Siglos de Oro: de máscara terrorífica a caricatura cómica», 67-98; Carlos González Sanz, «El diablo en el cuento folklórico», 133-160; Delfín del Pino, «Demonología en España y América: invariantes y matices de la práctica inquisitorial y la misionera», 278-296; todos en María Tausiet y James S. Amelang (ed.), El Diablo en la Edad Moderna.

[5] Jeffrey Burton Russell & Brooks Alexander, A History of Witchcraft: Sorcerers, Heretics & Pagans, 2.a ed., 162-163.

[6] Véase como ejemplo la bibliografía presentada en Robert Muchembled, Historia del Diablo, 325-346.

[7] Fernando Cervantes, El diablo en el Nuevo Mundo: El impacto del diabolismo a través de la colonización de Hispanoamérica. El Cervantes, historiador estadounidense, es uno de los principales estudiosos de las creencias sobre el demonio en América, que junto al británico Andrew Redden desarrolla el proyecto titulado The Cellestial and the Fallen: Angels and Demons in the Hispanic World, de University of Bristol (UK), cuya primera publicación salió a finales del 2013, titulada: Angels, Demons and the New World.

[8] María Cristina Navarrete, Prácticas religiosas de los negros en la colonia: Cartagena, siglo XVII. Navarrete, historiadora colombiana, que se ha especializado en el estudio de las comunidades afrodescendientes de su país.

[9] Gustav Henningsen, El abogado de las brujas: Brujería vasca e Inquisición, 9. Henningsen, historiador danés, que se ha especializado en la historia de la Inquisición y sus ramificaciones.

[10] Margaret Murray, The Witch-cult in Western Europe. Murray, antropóloga, arqueóloga y especialista en la civilización egipcia de origen británico. Sus estudios sobre brujería ancestral y folclor europeo fueron la base para el desarrollo del movimiento Wicca (religión sincrética y neopagana que está vinculada a la brujería y al culto de la Tierra).

[11] Russell & Alexander, A History, 42.

[12] Russell & Alexander, A History, 42. Esta última interpretación establece un punto de vista multifactorial, representativo de los estudiosos de las mentalidades. Estos especialistas utilizan una metodología que implica el uso de destrezas provenientes de disciplinas como la antropología, la arqueología y el psicoanálisis, entre otros.

[13] Véase a Constantino de María, Enciclopedia de la magia y de la brujería, 55-58. Este autor presenta un punto de vista teológico sobre el conflicto entre el bien y el mal. Desde el punto de vista antropológico, sugerimos a Baroja, Las brujas, 39 ss.

[14] Incluimos los distintos grupos surgidos del mestizaje (zambos, mulatos y mestizos) de la sociedad colonial. Tengamos en cuenta que la cultura era transmitida por vía materna; esto incluye la formación religiosa de los individuos, quienes eventualmente tenían que ser educados de manera oficial en las creencias del Estado.

[15] Juan José Canavessi, Historia de las mentalidades: Marco teórico y estado de la cuestión, 56-57. Este autor utiliza a Georges Duby, Diálogo sobre la historia. Conversaciones con Guy Lardreau.

[16] Sergio Ortega Noriega, «Introducción a la historia de las mentalidades: aspectos metodológicos», en Sergio Ortega Noriega et al., El historiador frente a la historia. Corrientes historiográficas actuales, 130-133.

[17] Canavessi, Historia de las mentalidades, 57-58. Bartolomé Bennassar, historiador francés, destacado en estudios hispánicos.

[18] Ortega Noriega, «Introducción a la historia», 133-136.

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