miércoles, 12 de diciembre de 2018

Modernidad líquida: un reto para la historiografía rankiana

Modernidad líquida: un reto para la historiografía rankiana
Félix M. Cruz Jusino

Resumen: La formación de una sociedad líquida basada en la inmediatez y el consumo desenfrenado imponen el mayor reto que los historiadores han enfrentado desde el siglo XVIII. La metodología rankiana, los metarrelatos, las historias nacionales y la cultura sucumben ante la memoria corta de la nueva generación y las imposiciones de la globalización. Los cambios requieren de la formulación de nuevas estrategias para la preservación de la memoria histórica y de una lucha sin cuartel para evitar la desaparición del pensamiento crítico. Si los historiadores no logran reinventarse, la profesión como la conocemos, puede desaparecer en un futuro no muy distante.
La Gran Ola de Kanagawa, impresión xilográfica de Katsushika Hokusai (1830-1833).
Introducción
La historiografía como la conocemos surgió a finales del siglo XIX cuando se integraron la historicidad o la narrativa histórica comprobada con la metodología científica. Esta integración definió tanto la función del historiador como el concepto de la modernidad. La modernidad se definió como el proceso donde el individuo impone su voluntad lógica y racionalmente hasta lograr la manifestación plena del bienestar. Esta definición implicó una liberación de los conceptos teológicos que imponían a un Dios todopoderoso como manipulador del destino de la humanidad e hizo de los hombres y mujeres responsables por sus actos. Esta redefinición de la conceptualización de la historia humana enfrentó las concepciones absolutistas y religiosos que habían regido el pensamiento filosófico hasta ese momento con las nuevas vertientes progresistas. En ese escenario surgió la figura del historiador como el encargado de medir la evolución lineal de los hechos humanos en una forma progresiva hacia el bienestar predicado por la modernidad. A esa forma progresiva se le llamó historia.

La modernidad inició la era imperialista europea y la imposición de su cultura como arquetipo sobre otras en el planeta. El método científico europeo se convirtió en la fórmula para evaluar los hechos y determinar su veracidad. El historiador Julián Casanova expresó que el método científico aplicado a la historia le dio sentido al tiempo universal para justificar la nueva era imperialista y la misión civilizadora que occidente se impuso como nueva cruzada. Europa se asignó la tarea de conquistar al planeta para establecer colonias sobre civilizaciones percibidas como inferiores para que estas emularan a sus metrópolis con el propósito de transformar sus sociedades (una política similar regiría la misión conquistadora estadounidense en América con su política de Destino Manifiesto). El objetivo era obtener el progreso acorde a los parámetros diseñados por la nueva visión histórico-filosófica-científica impuesta por Europa. Se asumía entonces que la modernidad y el conocimiento, cuando era aplicado correctamente, mejorarían las condiciones de vida de los colonos.[1]

Los historiadores, como guardianes de la memoria, justificaron las acciones imperialistas europeas avalando los hechos con el método científico. El historiador fue concebido como un juez imparcial y objetivo que a través de la evaluación rigurosa de documentos separaría lo real de lo ficticio, pero siempre en favor de la cultura occidental. Esta acción debería haber evitado la repetición de errores funestos del pasado porque la misión de la modernidad europea era el bienestar absoluto acorde a sus parámetros. Empero, la nueva historia contaba las cosas tal y como ocurrieron, siempre desde el punto de vista patriarcal europeo. Lo primordial era la historia de los hombres occidentales; la historia social de los demás, entiéndase, mujeres, trabajadores, esclavos, emigrantes, grupos minoritarios, países tercemundistas, homosexuales… podían ser incorporadas dentro del modelo occidental de desarrollo histórico, fuera en la forma marxista, de la escuela de Annales o de la teoría de la modernización.[2]

Los historiadores no fueron objetivos, se hicieron cómplices de esta conceptualización europeísta del tiempo y de los sucesos. Fomentaron lo que hoy se conoce como la historia sólida o la evolución continua de los hechos hacia la modernidad basada en la universalidad de una verdad única, la impuesta por Europa.

Estos planteamientos se mantuvieron hasta que la visión patriarcal europea, la historia lineal y la visión científica de la historia fueron cuestionadas por una nueva generación de historiadores a partir de la década de 1980. La modernidad fue catalogada como un concepto imperialista machista que desestimó la aportación de los demás a la historia. Este reto a los cánones establecidos por las escuelas historiográficas europeas dio paso al periodo histórico contemporáneo que es conocido como modernidad líquida. Los paradigmas establecidos desde el siglo decimonónico, las instituciones y los valores que una vez definimos como permanentes se han ido derrumbando para dar paso a una sociedad dominada por la inestabilidad, la inseguridad, la atemporalidad y la inmediatez. La función del historiador dentro de este nuevo periodo histórico también es cuestionada y requiere de una redefinición. En este ensayo evaluaremos los procesos que nos han conducido hasta el presente y presentaremos un proyecto para la historia en un presente cada vez más oscilante.

Rankismo
La historiografía del siglo XX se basó en la metodología desarrollada por el historiador alemán Leopold von Ranke (1795-1886). Ranke precisó la historia como un proceso evolutivo separado del desarrollo de hombres, pueblos y estados individuales. La integración de los tres factores anteriores formaba el proceso que conocemos como cultura, no la historia. Desde el punto de vista rankiano, los pueblos pueden compartir una tradición cultural, pero tienen plena libertad para desarrollar su propio concepto de estado. Ranke, contrario a Hegel que teorizó que lo real es también racional, estipuló que lo real era la continuidad de la historia. La continuidad es el fundamento para el desarrollo cultural y por ende, el principio interpretativo de la historia. Ranke planteó que el historiador debe conocer el historicismo, porque es lo que determina los eventos, pero no los justifica. A pesar de su visión hasta cierto punto liberal, el filósofo alemán se opuso a la democratización de los estados y apoyó el orden social y político imperialista de su era, por lo que sus planteamientos no fueron bien recibidos en su tiempo. Al sentirse rechazado por sus conceptos ambiguos, Ranke se refugió en el trabajo historiográfico, en busca de la objetividad que no logró en la filosofía.

Ranke se concentró en la historia política de las naciones latinas y germánicas, destacando sus aportaciones culturales, administraciones gubernamentales y relaciones diplomáticas. Enfatizó el engrandecimiento de los estados protestantes a la vez que insistió que el historiador debe exponer los asuntos tal como ocurrieron, no analizarlos.
La mayor aportación de Ranke a la historia fue la aplicación del método científico para interpretar la historia. Estableció las preguntas como base para investigar la historia y formular respuestas y el rango para evaluar la documentación histórica. Utilizó los términos ya existentes de fuentes primarias y secundarias para categorizar la documentación, pero le otorgó una nueva perspectiva. El historiador brasilero, José D’Assunçao Barros, en su ensayo “Ranke: considerações sobre sua obra e modelo historiográfico” (2013) establece que el historiador alemán cuando hace referencia a las fuentes secundarias buscará beneficiarse de desarrollar procedimientos confiables que puedan documentar de manera secundaria la información primaria. Este proceso consintió en la crítica rigurosa y la contextualización de los historiadores del pasado. Los iconos de la historia fueron desmitificados permitiendo una evaluación de sus trabajos.[3]

El método crítico de la aproximación a la historia y la devoción por la exactitud factual ideados por Ranke fueron decisivos para definir la era de la modernidad y el papel que la investigación histórica tendría por los próximos doscientos cincuenta años. A pesar del empeño por mantener una supuesta objetividad, la evaluación histórica de los hechos del pasado a través del método rankiano impuso la visión eurocentrista y excluyó la aportación de otros pueblos y culturas a la historia. Esto con el tiempo trabajaría en detrimento de la historiografía y de los historiadores.

Modernidad líquida
Antes de definir y discutir las implicaciones con la contemporaneidad actual, que ha sido bautizada como modernidad líquida, debemos familiarizarnos con las eras históricas que le precedieron: la modernidad, el posmodernismo y la hipermodernidad.

Modernidad
La modernidad es el periodo histórico que sucedió a la última etapa de la era antigua que conocemos como el Medioevo y la primera de la Edad Moderna si incluimos el Renacimiento dentro de este periodo. El Medioevo se caracterizó por el dominio de la Iglesia Católica en Europa y la imposición del sistema económico feudal. Imperó el concepto de un destino impuesto por una divinidad distante e invisible. La modernidad significó la ruptura con el teocentrismo como explicación fundamental para la historia humana y se inició el antropocentrismo, el ser humano como centro del pensamiento. La caída de Constantinopla en 1452 marcó la fecha que dio inicio a la Era Moderna. Este periodo transformó la concepción del mundo que tenían los europeos. Fue el periodo de los grandes descubrimientos, la conquista de América por los españoles y ocurrieron eventos que fortalecerían la evolución del pensamiento humanístico tales como la invención de la imprenta, la reforma protestante de Martín Lutero y la revolución científica.[4]

La suplantación del mito como explicación para la razón de ser para el universo abrió paso a la investigación científica. El fin del teocentrismo terminó también con el poder divino de los monarcas, este se desmoronó para dar paso al republicanismo y la democracia. La búsqueda incesante de la justicia y el bienestar para todos resultó en el establecimiento de un sistema de leyes y las nuevas naciones pasaron a ser regidas por constituciones. La modernidad vio el surgimiento de la revolución industrial y el desarrollo tecnológico que transformaron la sociedad de una agraria, rural y tradicional a una urbana, industrial y progresista. El capitalismo se impuso como modelo económico sobre el mercantilismo. El intercambio de bienes y la producción en masa para acaparar los mercados resultó en la formación de dos nuevas clases sociales, la burguesía, dueña del capital, controlaría los medios de producción y el proletariado, la clase obrera explotada, proveería la mano de obra. El demérito del ser humano por la explotación capitalista y las condiciones infrahumanas de los lugares de trabajo llevaron al surgimiento de la filosofía marxista que daría nacimiento al socialismo y el comunismo, que propuso la lucha de clases para elevar al poder el proletariado.[5]

El final de la modernidad lo marcó la Primera Guerra Mundial (1914-1918), conflicto bélico que vería el surgimiento de una sociedad postindustrial y a un periodo histórico que ha sido denominado posmodernidad o postmodernidad. Existen opositores a este planteamiento porque consideran que las características que fomentaron el desarrollo de la modernidad todavía están vigentes. No existe dudas que luego del conflicto bélico que concluyó hace una centuria Europa fue diferente. Cuatro imperios desaparecieron; el austrohúngaro el ruso, el germánico y el otomano dando paso a la formación de nuevas naciones; surgió el comunismo ruso, como antítesis del capitalismo de Europa occidental y Estados Unidos se posesionó como potencia mundial.

Posmodernidad
La Europa entre las dos grandes guerras mundiales fue inestable. El mundo tendió a polarizarse entre capitalistas y comunistas. El nacionalismo y el fortalecimiento del sentido identitario de las nuevas naciones se convirtieron en el credo de la modernidad. El colectivo era más importante que el individuo. Terminado el conflicto bélico de la Segunda Guerra Mundial el enfrentamiento entre el capitalismo y el comunismo se hizo más virulento sumiendo a la humanidad en la infame Guerra Fría y el temor a un exterminio nuclear. Lentamente el pesimismo se fue apoderando de los filósofos que cuestionaron el principio básico de la modernidad trazado por la historia lineal y el bienestar de humanidad. Este cambio en el pensamiento humanístico donde el individuo se convirtió en el centro del proceso socioeconómico, relevando el bienestar colectivo de la sociedad es lo que se ha denominado como posmodernidad.

Los posmodernos aseguran que el modernismo fracasó en su intento de renovar el pensamiento humano. Niegan la posibilidad del progreso general de la sociedad, afirmando que este es individual. El consumismo se convirtió en el valor más importante y los líderes en figuras efímeras que gozan del favor popular por periodos breves. La verdad de la idea fue sustituida por la emoción. El presente tomó preponderancia sobre el pasado y el futuro. El ser humano se volvió hedonista. Hubo un rechazo a la religiosidad y se buscaron sendas alternas para la espiritualidad. El placer y la búsqueda de la libertad a través del cuerpo son los iconos más significativos de la posmodernidad. Los posmodernos iniciaron el revisionismo histórico para reivindicar a los grupos marginados que fueron oprimidos por las ideas eurocentristas de la modernidad. La diversidad y el pluralismo son el sino de la posmodernidad.

La historiografía es cuestionada y sus conclusiones son rechazadas por carecer de objetividad. Los historiadores del pasado son definidos como subjetivos y prejuiciados. La verdad es variable y cuestionable, depende del punto de vista de quien la presenta, negando su universalidad. La realidad no existe, sino una percepción de lo que tenemos de ella. La historia se estableció para engrandecer el poder europeo y pisotear a todos los demás.

Para los posmodernos las ciencias están limitadas, no pueden generar conocimiento válido universalmente; la economía de producción valió solo para dar lugar a la del consumo; el ser humano, para sobrevivir, debe revalorizar la naturaleza y promover el cuidado del medio ambiente; el poder es cuestionable, por ende los megapoderosos de la industria del consumo y de los medios de comunicación carecen de poder real; el líder no está sobre las ideologías, por ende su paso es transitorio.

Si nos planteamos análisis sociopsicológico de los posmodernos encontramos que, buscan la inmediatez; se enfrascan en la contradicción de individualismo y las modas sociales; defienden la liberación personal; y justifican los sucesos con el misticismo.

Durante el posmodernismo de los años 60 y 70 del siglo pasado se renegó de los valores patriarcales, surgió el movimiento feminista, se dieron las luchas por la igualdad racial, se buscó el mejoramiento de la calidad de vida de los más necesitados y se inició la revolución sexual. La tecnología dominó las ciencias, el consumo surgió como placebo para controlar las masas y las humanidades comenzaron a ser relegadas en los currículos escolares en favor de la economía, las comunicaciones y la cibernética.[6]

Hipermodernidad.
El concepto de hipermodernidad fue ideado por el filósofo francés Guilles Lipovestky en su libro “La era del vacío” (1983). El libro causó impacto por el análisis profundo que el sociólogo hizo de la sociedad de principios de los años 80. Enrique Tamés en su ensayo “Del vacío a la hipermodernidad” señala que Lipovetsky puntualizó el cambio de valores que ocurrió en la sociedad desde el inicio de la modernidad y de la consagración del individuo como ente gestor de cambios. Lipovetsky calificó a ese periodo como una segunda revolución individualista que bautizó como el proceso de personalización.[7]

La nueva era marcó un estropicio no solo con la modernidad ideada en el siglo XVIII sino con la historia reciente y los paradigmas planteados luego de terminada la Segunda Guerra Mundial. La hipermodernidad se desasocia con lo disciplinario, revolucionario y convencional de los años 50; del credo democrático y los programas de justicia social; del rigorismo universalista del credo democrático y de la identidad ideológica coerciva.[8]

La sociedad descrita por el filósofo francés sufrió cambios drásticos en su organización social, las costumbres y los hábitos tradicionales. El nuevo ente humano enfatizó los valores individuales, utilizó la introspección para resolver los cuestionamientos sobre el “yo” y tuvo como meta fundamental la búsqueda constante del placer. Tamés resumió los planteamientos de la hipermodernidad indicando que lo privado está primero, la austeridad debe reducirse a lo mínimo y el deseo debe “ser” es prioritario. La hipermodernidad rompió con la represión de la conducta humana para dar paso a la comprensión y la aceptación de la pluralidad del ente humano; los valores hedonistas, el respeto por las diferencias y el culto a la liberación personal sustituyeron la represión y los prejuicios desarrollados por el modernismo.[9]

Miguel Ángel Michinel Álvarez asegura en su trabajo, “La hipermodernidad”, que el posmodernismo fue un periodo breve que abrió paso a una nueva sociedad. La humanidad estaba en búsqueda de modernizar la modernidad misma. Para lograr modernizarse la sociedad entró en la dicotomía de la lucha entre el “yo” y el “nosotros”, el individuo versus el colectivo. La historia del colectivo no es importante porque ignoró al individuo. El “yo” está en constante evolución, no se niega el pasado, se reniega la forma en que ha sido interpretado y el método estructurado ideado por el eurocentrismo. La hipermodernidad exige la reintegración del pasado para hacerlo inclusivo y participativo. El revisionismo histórico se cobija bajo la justicia para erradicar de la memoria el olvido impuesto por el oficialismo histórico concebido por Europa. Los métodos de investigación requieren de una redefinición dentro de los parámetros establecidos por las lógicas modernas de mercado, consumo e individualidad.

La hipermodernidad, no anda a ciegas, está consciente de su propia limitación y que los mercados son finitos. Evita los excesos que a la larga podrían servir como detrimento del proceso. Las luchas simbólicas perdieron su intensidad, el comunismo marxista colapsó y el capitalismo tradicional evoluciona a nuevas perspectivas conscientes de que no resuelven los problemas básicos de los individuos ante un futuro impredecible que debe ser construido a la par con el presente.[10] El hipermodernismo ha sido descrito como la era del narcisismo por su centrismo en el “yo”.

Modernidad Líquida
El sociólogo Zygmunt Bauman acuñó el término modernidad líquida para describir la contemporaneidad o el momento actual de la historia humana. La modernidad liquida (llamada también modernidad tardía) describe las sociedades surgidas en los años 90 cuando la globalización se impuso como filosofía del mercado capitalista. La globalización clama por la integración de las sociedades humanas para facilitar el intercambio comercial y la comunicación cibernética. Implica la transformación de los patrones económico, tecnológico, político, social, empresarial y cultural de las naciones para formar una sola sociedad humana. El neocapitalismo que rige la integración de los mercados privatiza los servicios gubernamentales, aunque estos sacrifiquen el bienestar general. Estos cambios han desestabilizado los gobiernos tradicionales para establecer sociedades efímeras, frágiles y consumistas.

Jazmín Hernández Moreno en su reseña del libro de Bauman, “La modernidad líquida” (2003), describe los cinco conceptos básicos de las nuevas sociedades: emancipación, individualidad, tiempo/espacio, trabajo y comunidad. Bauman planteó que en la actualidad las instituciones socioeconómicas son efímeras y frágiles, por ende impactan los cinco conceptos fomentando la inestabilidad del individuo que carece de un punto seguro en su existencia. Lo sólido, aquello que nuestros abuelos consideraban inamovible como el derecho al trabajo, el matrimonio o la seguridad social son inestables y volubles. El estado le falló al ciudadano. La seguridad se evaporó en los mercados financieros. El Estado ha dejado de ser benefactor, se convirtió en mediador entre los poderes fácticos y los individuos, ha cedido sus facultades de decisión. El Estado y la nación han tomado caminos distintos en la modernidad liquida.[11]

La historia en la modernidad líquida
El rompimiento con los valores que fomentaron el desarrollo de la historia moderna y el distanciamiento de la metodología rankiana han redefinido la historia. Cesar Rina Simón en su ensayo “De la Historia solida a las historias líquidas” explica que en la actualidad la historia se percibe como el estudio de una serie de acontecimientos susceptibles al ser explicados en el presente y condicionados por el “paradigma” metodológico contemporáneo. La historiografía posee múltiples errores por su visión eurocentrista y el aislamiento de los historiadores de las sociedades en que cohabitan. Insiste Rima Simón que para mantenerse como materia académica, la historia tiene que encajar dentro de los planteamientos filosóficos y éticos del mercado libre. En la sociedad líquida cada ser es autónomo para administrar su vida y busca encontrar su sentido a través de la diferenciación, esto fomentó el rompimiento de la historia en diferentes especialidades. Nadie tiene una visión general de la historia, sino conocimientos fragmentados.[12]

El historiador catalán Josep Fontana expuso en su ensayo “¿Qué historia enseñar?” (2003) que la desilusión con la metodología antigua abrió paso a la formación de nuevas escuelas, que, desde su punto de vista no pasan de ser sectas que intentan devolverle la seguridad y la certeza a la historia. Estas nuevas escuelas se enfocan en lo concreto y ponen su atención mayoritariamente en los aspectos culturales. Entre estas escuelas señala, entre otras, el estudio de las mentalidades, la microhistoria, el posmodernismo y el poscolonialismo. El historiador no menosprecia las escuelas porque tienen parte de la verdad, pero ninguna es en su totalidad suficiente sino integra la experiencia laboral, la subsistencia y la vida en general.[13]

Rina Simón abunda sobre el tema y añade que el desplome del modelo soviético y la colonización del pensamiento “único” neoliberal generaron el momento para que el pasado fuera concebido dentro de unidades atomizadas, accesibles al historiador mediante el estudio fragmentado de uno de sus átomos.[14]

Un problema fundamental para la historia es que la sociedad de consumo actual se concentra en la creación de empleos y la venta del conocimiento. Los historiadores no son creadores de empleo y sus principios éticos le hacen cuestionar la venta del conocimiento. El siglo XXI los enfrenta con la disyuntiva que crea el choque de los paradigmas del pasado y la nueva tecnología que permite el acceso ilimitado a la información en el Internet. La disponibilidad de información misma genera un cuestionamiento sobre su necesidad en la era del ciberespacio. En el mundo líquido no es necesario ir a los archivos a investigar porque la mayoría de la bibliografía se encuentra digitalizada en bibliotecas y archivos virtuales. El historiador puede investigar desde su hogar, al igual que cualquier otro ciudadano. La calidad investigativa de los trabajos dependerá de las habilidades tecnológicas del investigador.

El neoliberalismo ha modificado los conceptos tradicionales empleados en las investigaciones. Hoy los parámetros están jerarquizados en función de la velocidad de movimiento, la capacidad tecnológica y la información disponible. Esto llevó al colapso del concepto de los metarrelatos nacionales que surgieron como parte de la función del historiador en la era de los imperios. Las antiguas narraciones del pasado generalmente aceptadas y difundidas a través de la educación se debilitan a medida que lo hacen las ideologías, las cosmologías o las prácticas intelectuales.

Hoy día la prioridad de los sistemas educativos nos es la instrucción de los estudiantes; es el de aumentar el crecimiento económico del estado y adaptar a sus ciudadanos a los condicionantes del mercado laboral.[15]

El papel de las universidades modernas ha sido trastocado. Ya no es la formación de ciudadanos académicamente útiles para la nación lo que motiva a las facultades universitarias. El mercado requiere producción inmediata. En este tipo de sociedad todo es cuestionable, más aún si no es productiva. En la cultura de la obsolescencia programada, enfatiza Rina Simón, los planteamientos historiográficos son cuestionables y modificables, y la función del historiador, como individuo, es la de reinterpretar el pasado, diferenciarse de lo ya escrito con nuevos planteamientos y conclusiones. El historiador no solo investigar sino que debe ser novedoso y original.[16]

El historiador tiene que adaptarse a una sociedad donde el conocimiento es producido y financiado por modelos capitalistas. Debe regirse por los criterios empresariales de compra-venta y de mercadeo y abandonar el ideal clásico – y utópico – de “búsqueda de la verdad”. Esto implica que las investigaciones incapaces de generar un mercado, pierden el interés para la comunidad científica y para las entidades financiadoras, incluso para el Estado. La nueva educación no busca inculcar conocimientos y experiencias, la función del maestro es preparar al estudiante para buscar en las redes sociales. El estudiante no debe pensar, solo reproducir un conocimiento aséptico e individualizado, pero descontextualizado de la coyuntura de cada definición.

En las nuevas sociedades liquidas el pasado y su investigación está obsoleto. Lo líquido enfatiza la velocidad, por ende el pasado debe olvidarse. Rina Simón asegura que la historia no es una buena aliada del consumo o la velocidad de cambio. Las emociones que los historiadores generaban con los relatos históricos surgidos para unir a las naciones durante la modernidad ya no son necesarias. El amarre al pasado se contrapone a la cultura del movimiento neoliberal basada en la temporalidad. Los nuevos poderes financieros de la globalización actúan al margen del espacio, en un único tiempo: la instantaneidad, y no contraen el mínimo compromiso – ni siquiera de visibilidad.[17]

La producción historiográfica está en crisis, pero era una situación que comenzó a palparse desde mediados del siglo XX cuando se comenzó a perder el interés por el pasado. Las dictaduras fascistas y comunistas del siglo vigésimo hicieron al lado toda historia que no fuera manipulable. Los ciudadanos cuestionaron la veracidad de los relatos y el verdadero compromiso de los historiadores. En casos peores los historiadores se hicieron cómplices de los hechos al guardar silencio ante crímenes de lesa humanidad.

En el nuevo mundo líquido el historiador representa un problema social por no encajar en los parámetros establecidos de productividad e inmediatez. Para completar el cuadro, la modernidad líquida rompió con los nexos entre la clase política, la acción comunitaria y el activismo social. Este rompimiento fue desarrollando una amnesia colectiva favorecida por organismos financieros e ideólogos neoliberales, conocedores de las posibilidades del conocimiento histórico a la hora de articular el metarrelato de la emancipación humana, afirma Rina Simón citando al historiador Tony Judt.[18]

El neoliberalismo busca ocultar la historia de reivindicaciones sociales y políticas para incentivar el consumo desenfrenado, suprimiendo sensaciones como la nostalgia o el arraigo que pueden detener la rueda del consumo en las sociedades modernas.[19] El pasado se ha vuelto obsoleto y finito, no tiene nada que enseñar. El progreso lineal de la modernidad, cedió paso a la sensación de que estamos en un mundo completamente nuevo, donde los riesgos y las oportunidades no tienen ningún precedente. Los problemas tienen que ser resueltos inmediatamente, no hay tiempo para explicaciones.

La historiografía es víctima de su propio origen. La historia rankiana surge como una necesidad de los estados imperialistas europeos para establecer su hegemonía sobre los demás pueblos y mantener su cohesión nacional a través de metarrelatos que engrandecían a la nación y fomentaban el sentido de pertenencia. La modernidad líquida no necesita de lugares de memoria nostálgicos-triunfalistas.

Rina Simón expone que la nueva generación percibe la historia como una narrativa cuyo objetivo es el de controlar y justificar un determinado presente y lanzarlo hacia un futuro deseado. Tiene más que ver con la construcción de una memoria presentista que con un verdadero interés por el pasado. Algunos vieron en el resurgir del folclorismo una oportunidad para detener los procesos actuales, sin embargo este interés no emana de una búsqueda en el pasado de respuestas. Los festivales y tradiciones tienen en si una función económica que favorece el consumo, atraen turistas y mejoran la imagen de las comunidades en el exterior. Bien afirma Rina Simón que este renacer del folklore, la valorización de lo local y lo antiguo se explica por la comercialización de patrones culturales y la promoción del turismo de masas.[20]

En busca de una nueva historia
La historia como materia está siendo atacada en todos los frentes, sucumbe ante el conocimiento utilitario y las presiones económicas. Rima Simón acertó al decir que el estudio del pasado, la reflexión pausada de los acontecimientos que conforman nuestro mundo son elementos incómodos para los principios de las sociedades líquidas e inútiles bajo parámetros cuantitativos.[21]

La realidad virtual surge entonces como sustituto a la enseñanza de la historia porque permite a través de su uso la producción en serie, homogeneización cultural, control y administración de las administraciones públicas, predicción y cálculo de beneficios.
Josep Fontana Lázaro insistió durante los últimos años de su vida que los historiadores tienen que romper con las limitaciones impuestas por la metodología. Desde su perspectiva, no es el método lo que determina la evaluación del hecho, sino el hecho lo que determina el método. Clamó por un llamado a la integración del historiador con la gente común para que la historia sea influyente y determinante en los procesos sociopolíticos y económicos actuales. Para Fontana, el presente solo se interpreta relacionándolo con los acontecimientos del pasado. Insistió que el historiador tenía un compromiso social y que su función primordial era enseñar a la gente a pensar. En un momento histórico donde el neoliberalismo intenta erradicar el pensamiento crítico porque el conocimiento atenta contra sus intereses, el historiador debe rescatar la memoria y modificar sus actitudes aislacionistas del pasado.[22]

Estamos en el umbral de la formación de una nueva escuela historiográfica forzada por una sociedad en cambio constante. La accesibilidad a la información y la agenda de los intereses financieros que buscan eliminar barreras territoriales y erradicar culturas para forjar una nueva sociedad planetaria cuestionan la necesidad de los historiadores. No se puede negar la realidad globalizadora y neoliberal que marcan las relaciones internacionales y las instituciones mundiales. La tecnología y el neoliberalismo controlan la sociedad del siglo XXI. No hay marcha atrás. La historia debe ser trasformada para ajustarse a esta nueva sociedad. Como bien expusiera Josep Fontana, los historiadores tienen un deber social que cumplir, construir la memoria, fomentar el sentido identitario individual y colectivo, y enseñar a pensar para dudar, cuestionar, investigar y descubrir. Fontana Lázaro estaba claro al retar al historiador a volver a la base. Heródoto, padre de la historia, investigó para crear una memoria no solo para los griegos, sino para toda la civilización occidental. Le hemos fallado. Es hora de rescatar la función del historiador, investigar los temas que le preocupan a los ciudadanos, fomentar el pensamiento crítico y construir una historia holística e integrada.

Conclusión
La modernidad líquida representa el mayor reto que los historiadores han enfrentado desde el siglo XVIII. Forjados como sacerdotes de la memoria para el engrandecimiento de occidente y las políticas eurocentristas, acostumbrados al metarrelato y la mitificación del estado y sus instituciones, el futuro se presenta incierto. La historia como la concebimos, la historiografía y la investigación histórica basada en la metodología rankiana agonizan.

El proceso no debió tomar a los historiadores por sorpresa porque se inició gradualmente con el desplazamiento de la humanística dentro de los currículos educativos y universitarios, pero el aislamiento de los historiadores de la sociedad y su enclaustramiento en la academia no los preparó para enfrentar este reto. El gran reformador de la historia contemporánea europea, Josep Fontana Lázaro, percibió la encrucijada que enfrentarían los historiadores en el siglo XXI. Los exhortó a salirse del claustro académico e integrarse a la sociedad. Insistió que la función del historiador en la actualidad, que él llamó “la era de la desigualdad”, era investigar los temas que le preocupan a los ciudadanos, fomentar el pensamiento crítico y construir una historia holística e integrada.[23]

Rima Simón al igual que Fontana describen detalladamente los pormenores que afectan al gremio y las expectativas de una sociedad globalizada donde la productividad y no la intelectualidad son las soberanas.

Los historiadores puertorriqueños, en su mayoría, están encajonados en las formas tradicionales de investigar la historia. La mayoría todavía permanece alejados de las realidades que impactan la sociedad. El método es más importante que el hecho y escriben para sus pares, no para la gente común. Muchos se niegan a opinar sobre el presente y reniegan de la necesidad de hacer planteamientos trascendentales para instigar el cambio. Estamos en un momento crítico donde la opinión de los historiadores es importante para fortalecer la autoestima nacional y arrojar luz sobre posibles soluciones a los retos que enfrenta el país. Guardar silencio ya no debe ser una opción.

El historiador del siglo XXI es un guerrillero que debe defender la memoria colectiva en beneficio del proletariado que sufre el desplazamiento generado por la tecnología. Es el deber del historiador defender el derecho a conocer la memoria, investigarla, enseñarla y educar a todos a pensar. No podemos sucumbir ante la inmediatez y el fatalismo que urden magistralmente los nuevos amos de la globalización. Debemos estar listos a cuestionar la postverdad y defender los hechos con pruebas utilizando la emotividad y otras artimañas empleadas en la era de la modernidad líquida.


Bibliografía
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[1] Julián Casanova. “Historia, progreso y la invención de la modernidad”. Julián Casanova. Es. Última actualización 5 de septiembre de 2013. Consultado el 29 de noviembre de 2018.
[2] Ibid. 
[3] Barros, José D’Assunção, Ranke: considerações sobre sua obra e modelo historiográfico. Diálogos - Revista do Departamento de História e do Programa de Pós-Graduação em História [en linea] 2013, 17 (Septiembre-Diciembre). Consultado el 30 de noviembre de 2018. http://www.redalyc.org/comocitar.oa?id=305529845009.
[4] Enciclopedia de Características (2017). "Modernidad". Recuperado de: https://www.caracteristicas.co/modernidad/. Consultado el 30 de noviembre de 2018.
[5] Ruiz Callado, Raúl. “La modernidad, concepto y características”. Universidad de Alicante.es. Consultado el 30 de noviembre de 2018.
[6] Enciclopedia de Características (2017). "Posmodernidad". Recuperado de: https://www.caracteristicas.co/posmodernidad/. Consultado el 30 de noviembre de 2018.
[7] Tamés, Enrique. “Del vacío a la hipermodernidad”. Difusión Cultural. Uam. Mx. Última actualización 1 de octubre de 2017. Consultado el 1 de diciembre de 2018. http://www.difusioncultural.uam.mx/casadeltiempo/01_oct_nov_2007/casa_del_tiempo_eIV_num01_47_51.pdf.
[8] Ibid. 
[9] Ibid. 
[10] Michinel Álvarez, Miguel Ángel. “La hipermodernidad”. VLEX. Com. Consultado el 30 de noviembre de 2018.
[11]Hernández Moreno, Jazmín. La modernidad líquida. http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0188-77422016000100279.
[12] Rina Simón, César. “De la “Historia sólida” a las “historias líquidas”, Diacronie [Online], N° 12, 4 | 2012, documento 1. Última actualización 29 de diciembre de 2012. Consultado el 2 de diciembre de 2018.
[13] Fontana Lázaro, Josep, “¿Qué historia enseñar?”, en “La enseñanza de la historia en España hoy”, Clío y Asociados, no. 7 (2003), 16.
[14] Rina Simón, César. “De la “Historia sólida” a las “historias líquidas”, Diacronie [Online], N° 12, 4 | 2012, documento 1. Última actualización 29 de diciembre de 2012. Consultado el 2 de diciembre de 2018.
[15] Ibid. 
[16] Ibid. 
[17] Ibid. 
[18] Ibid.
[19] Ibid.
[20] Ibid.
[21] Ibid.
[22] Fontana Lázaro, Josep, “¿Qué historia enseñar?”, en “La enseñanza de la historia en España hoy”, Clío y Asociados, no. 7 (2003), 16. http://sedici.unlp.edu.ar/handle/10915/32609.
[23] Ibid.

viernes, 7 de diciembre de 2018

Sobre American Revolutions: A Continental History de Alan Taylor

Comentarios sobre la obra de Alan Taylor: American Revolutions: 
A Continental History, 1750-1804 (New York: W.W. Norton & Company, 2016)
Pablo L. Crespo Vargas

Nota aclaratoria: el término americano será utilizado según la concepción que tiene el autor (Alan Taylor) sobre el mismo (América es el equivalente a los Estados Unidos desde el punto de vista estadounidense) y no la establecida en el mundo hispano donde América es el continente.

Alan Taylor, profesor de historia de la facultad Thomas Jefferson de la Universidad de Virginia y ganador de dos premios Pulitzer en historia (1996 y 2014), nos presenta una obra, que contrario a la visión oficial de la Guerra de Independencia de los Estados Unidos, nos lleva a suponer que este conflicto puede ser catalogado como la primera guerra civil americana. Para el autor, los independentistas (patriotas) construyeron un ideario a su favor mediante la intimidación de sus oponentes y a través de rituales donde se invitaba a la participación pública para condenar a sus contrarios. También se demuestra como el lado patriota promovía una diversidad de libertades que solo eran aplicables a ellos y que no podían ser extendidas hacia sus sus enemigos o los grupos marginados que para ellos no eran parte de la sociedad (indios, negros y mujeres).

El autor contradice la versión oficial de la historia que establece que la guerra de independencia fue una ordenada, refrenada y exitosa contrario a las revoluciones que se dieron en Francia (1789) y en Rusia (1917). Taylor indica que en el imaginario patriótico estadounidense se olvida que la guerra fue entre americanos de diferentes bandos (patriotas y lealistas), que la intervención británica no fue tan grande como se plantea, que se dieron masacres de indios (estos eran considerados enemigos), que una quinta parte de la población era esclava y que hubo sobre 60,000 colonos leales a la corona que terminaron exiliados o refugiados por la guerra.

Taylor resalta que la mayoría de los historiadores ven como excepcional la violencia surgida en la zona sur de las Trece Colonias, olvidando que en los enclaves británicos del norte hubo luchas encarnizadas. Nos presenta actuaciones que de manera oficial han quedado en el olvido pero que demuestra claramente que la guerra de independencia fue mucho más compleja de lo que se presenta. Un ejemplo de esto son las protestas en Virginia por el sistema de reclutamiento compulsorio que establecieron los patriotas en ese territorio. Esto nos lleva a otro punto muy bien presentado por el autor: no fue una revolución, sino varias ya que cada grupo actuó según sus intereses particulares.

Uno de los puntos que el autor menciona como motivantes para la independencia de los Estados Unidos fue el trato de segunda clase que recibieron los colonos en todo el proceso anterior a la lucha armada. En fin, las causas de la independencia de la actual República de los Estados Unidos son multifactoriales y más complejas de lo que usualmente se presenta en los libros de texto.

La obra está dividida en 12 capítulos que están constituidos temáticamente: las colonias, la tierra, los esclavos, los rebeldes, los aliados, los lealistas (o realistas), el oeste, el océano, el enfrentamiento, la república, los partidarios y los legados. Tiene una bibliografía de 55 páginas que ayudan al estudioso de este tema a conocer una porción amplia sobre la historiografía de este periodo histórico. Se incluyen 10 mapas y 37 ilustraciones. A esto añade una cronología que comienza en 1651 con el establecimiento en el Parlamento inglés de las primeras leyes de navegación y comercio dirigidas a regular el movimiento de productos entre las colonias y la metrópoli y finaliza en 1819 cuando la corte suprema estadounidense favoreció la interpretación nacionalista de la constitución federal de los Estados Unidos.

viernes, 16 de noviembre de 2018

La Habana en la primera mitad del siglo XVII


La Habana en la primera mitad del siglo XVII
Pablo L. Crespo Vargas

La Habana no solamente es la capital de la República de Cuba, sino que es su mayor centro poblacional y cultural. Su fundación ocurrió, según los datos oficiales, en 1519, cuando el adelantado y conquistador castellano, Diego Velázquez de Cuellar, la estableció como la sexta villa fundada en la isla que Cristóbal Colón llamó originalmente Juana. El nombre oficial de la villa fue San Cristóbal de la Habana.

La Habana en el siglo XVII, imagen del Atlas Beudeker, Amsterdam. Actualmente el atlas es parte de la colección del British Library (Biblioteca Británica) en Londres, que es la biblioteca nacional del Reino Unido 
Su posición, estratégica en la zona, causó que sus habitantes tuvieran constantes dolores de cabeza, ya que en la primera mitad del siglo XVI fue atacada con frecuencia por piratas y corsarios enemigos. En el 1561, la Corona, conociendo la importancia estratégica del puerto, comienza a fortificarlo y establece que será lugar de reunión de la flota antes de salir para Sevilla. Esto lleva a la ciudad a un periodo de prosperidad que le dará una importancia mayor sobre las demás villas. Uno de los primeros indicativos de esto fue cuando la gobernación se traslada desde Santiago a La Habana en 1563. En 1592, Felipe II, le otorga el título de ciudad.

Ya entrado el siglo XVII se escriben dos crónicas descriptivas de la ciudad y puerto de La Habana, ambas pueden ser revisadas en la obra de Isabelo Macías Domínguez, Cuba en la primera mitad del siglo XVII, obra publicada por la Escuela de Estudios Hispánicos de la Universidad de Sevilla en 1978.

La primera de estas crónicas, fechada el 22 de septiembre de 1608, fue la realizada por el fraile dominico, Juan de las Cabezas Altamirano, obispo de Santiago de Cuba entre 1602 a 1610. En ella se indica que la ciudad de La Habana era el mejor asentamiento existente en Cuba para ese momento, que su puerto estaba muy bien protegido, debido a tres fortificaciones estratégicamente emplazadas, que tenía una población permanente de sobre quinientos vecinos (un vecino equivale a una unidad familiar de un contribuyente), que su población flotante se componía de soldados, aventureros, esclavos y pasajeros que se dirigían a otros lugares en las Indias y que a sus alrededores se encontraban estancias, ingenios de azúcar y de labranzas. Para este fraile dominico, la impresión recibida de La Habana lo llevó a proponer la fundación de una universidad en la ciudad y que la catedral fuera trasladada desde Santiago, una ciudad que se había quedado rezagada por su ubicación en la costa caribeña en el sureste de la Isla.

La segunda crónica es presentada por el fraile carmelita, Antonio Vázquez de Espinosa, quien entre 1608 a 1622 recorrió el continente americano realizando una descripción de las nuevas tierras y que en el último año de su viaje estuvo contemplando la isla de Cuba. En su escrito nos indica que la Habana era un famoso puerto, con una población de más de mil y doscientos vecinos españoles, a los que había que sumar los esclavos, servidumbre y población flotante. Fray Antonio argumentaba que el puerto se llenaba de barcos de todo tipo que esperaban la fecha indicada para salir hacia la península ibérica.

Para este carmelita, La Habana estaba en un lugar ideal. Nos describe que la ciudad estaba “fundada en un llano de maravilloso, sitio a la orilla de un lago hondable o seno de mar, que entra (a) la tierra adentro; coge sitio de una populosa ciudad, la cual es abastecida y abundante de carnes, pescado, tortugas, jicoteas, maíz, yuca y harinas (…) Tiene la ciudad (una) iglesia parroquial, muy capaz y grande, conventos de Santo Domingo, San Francisco, San Agustín y hospital muy bueno de religiosas del bendito Juan de Dios, donde se curan los pobres enfermos con mucha caridad. Hay otras iglesias y ermitas de devoción. El puerto de la ciudad es de los mejores, más capaces y hondables que se conocen…

En el análisis poblacional que realiza Isabelo Macías Dominguez, se coloca a La Habana como el centro urbano de mayor población en Cuba. Para esta primera década del siglo XVII, La Habana tenía una población permanente de 5,950 habitantes, divididos entre 2,950 blancos y 3,000 negros. Si se le añade la población flotante, este número fácilmente se doblaba. En todo caso, podemos apreciar que La Habana era un importantísimo centro urbano que se había desarrollado a partir de su favorable y bien usado puerto; lo que implicaba que la ciudad tuviera un ambiente cosmopolita sin igual en las Indias.

Nota editorial: Este artículo fue publicado por primera vez en El Post Antillano, 13 de septiembre de 2014.