martes, 2 de octubre de 2018

Crisis cubana de 1929 a 1934


Crisis cubana de 1929-1934
Armando Rivera Carretero

Terminada la Guerra Hispanoamericana y ocupada Cuba por las fuerzas estadounidenses, en 1901, el Congreso estadounidense adopto la llamada Enmienda Teller.[1] Mediante esta, Estados Unidos se comprometió a no anexar a Cuba y otorgarle su independencia. Desde la óptica estadounidense, resultaba esencial elaborar e imponerle a la futura república una formula política que le permitiera independizarse, mientras Estados Unidos mantenía su hegemonía sobre ella y, a la vez, protegía sus intereses económicos y políticos en la zona. El secretario de guerra de Estados Unidos redactó un borrador de las condiciones mínimas que se le impondrían a Cuba para proceder a su independencia. Este borrador le fue comunicado por el secretario de estado, Eliju Root, al Congresista Orville Platt para que lo radicara en el Congreso estadounidense y lo convirtiera en ley. El Resultado fue la llamada Enmienda Platt.
Bandera cubana izada el 20 de mayo de 1902. Foto de Latinamericanstudies.org

La Enmienda Platt la impuso Estados Unidos en 1901 a la Asamblea Constituyente cubana encargada de redactar la constitución republicana.[2] La Asamblea Constituyente protestó, pero el gobernador militar en Cuba, el general Root, actuó firme e intransigentemente. Las únicas opciones que le permitió a la Asamblea Constituyente fueron, incorporar la enmienda Platt en su constitución republicana, o de lo contrario, seguir con el gobierno militar ya establecido.[3] La Asamblea optó por el menor mal y a regañadientes acepto incluir la odiosa Enmienda Platt en su Constitución.[4] Cuba quedo así sujeta por décadas a la hegemonía e intervenciones estadounidenses, la intromisión política constante en sus asuntos internos y una abrumadora penetración económica.[5]

Cuba surge como estado independiente en 1902 con una soberanía seriamente menguada, una neocolonia, si se quiere decir. Los cubanos la llaman, la Republica Mediatizada.[6] Las tropas norteamericanas abandonaron la Isla el 20 de mayo de 1902 y se proclamó la independencia, aunque esta tendría una soberanía seriamente menguada por lo que veremos a continuación.

Root interpretó la Enmienda Platt de una manera incoherente y contradictora al expresar que el derecho a intervenir en Cuba no era sinónimo con entremezclarse o interferir en los asuntos del gobierno republicano cubano.[7] Root incurrió en otra contradicción al decir que:

Intervention is incompatible with the existence of the Cuban Government [and] would take place only in the event that Cuba should reach a state of anarchy which should signify the absence of any government, save in the cases of intervention against a foreign threat.[8]

A partir de este momento, Cuba prosigue su vida nacional bajo la hegemonía y tutela de Estados Unidos. Pero las cosas no anduvieron bien para la Isla. Ya a mediados de la década de los ’20, el precio del azúcar comenzó a bajar.[9] Con la Gran Depresión su economía se desplomó. La pobreza incrementó notablemente y se observaba fácilmente por toda la república. Muchas firmas comerciales sufrieron pérdidas económicas.[10] La construcción de la Carretera Central a un costo de $80,000,000 y el Capitolio, a un costo de $20,000,000, llevo a Cuba a la quiebra financiera.[11]

La impaciencia del pueblo cubano con su gobierno incrementaba.[12] Gerardo Machado, electo presidente de Cuba a mediados de la década de los ’20, se tuvo que enfrentar a la violencia y hasta una situación pre-revolucionaria. Sin embargo, a pesar de la miseria en que la población cubana vivía, Machado continuaba pagando puntualmente la deuda pública a Estados Unidos. A pesar del caos social y la posibilidad de una revolución en Cuba, el presidente de Estados Unidos, Herbert Hoover  se negó rotundamente a intervenir. Esta decisión de Hoover es muy significativa cuando se considera que las cuantiosas inversiones estadounidenses en Cuba corrían peligro. Estas sumaban $1,470,000,000.[13] En medio de esta situación, Machado, que hasta ese momento había gobernado relativamente bien, considerando las condiciones cubanas, intenta extender su término en dos años, dispensando de elecciones.[14] Machado comenzó a intimidar, coaccionar y a sobornar para forzar a los partidos de la oposición a acceder a sus pretensiones políticas claramente inconstitucionales.

Una Asamblea Constituyente convocada para viabilizar las pretensiones de Machado determinó que este podía presentarse para reelección por un nuevo término de seis años. Si Machado resultara reelecto, cosa segura, serviría del 1929 al 1935. A ningún político le preocupo que la asamblea claramente había excedido su autoridad legal y que sus determinaciones eran inconstitucionales.[15] Machado comenzó su segundo término bajo la nube negra de la inconstitucionalidad.[16] La insatisfacción del pueblo era evidente y abarcadora.[17] Pero no fue hasta la depresión mundial causada por la caída de la Bolsa de Valores en el 1929, que verdaderamente incrementaron, considerablemente, las tensiones sociales y las confrontaciones políticas en Cuba.

Como ya vimos, la economía cubana se desplomo por los efectos de la Gran Depresión. La producción azucarera se redujo en un 60%, las exportaciones en 80%, el precio del azúcar en 80%, y la producción de tabaco, de $43 millones en 1929 a $13 millones en 1933. Los salarios y jornales se redujeron drásticamente, trabajadores fueron despedidos masivamente, negocios y fabricas cerraron sus puertas, el desempleo se incrementó a alturas estratosféricas. De una población total de casi cuatro millones de almas, un millón estaban sin trabajo. Los jornales de los trabajadores agrícolas se redujeron en un 75%, los salarios de los trabajadores urbanos en un 50%. Las ganancias se esfumaron y el comercio se detuvo.[18] El 60% de la población cubana vivía en la extrema pobreza.[19] Pero como si la Gran Depresión no fuera suficiente, para principios de la década de los ’30, Estados Unidos le aumento las tarifas aduaneras a sus importaciones de azúcar cubana, causando que la proporción de esta en el mercado estadounidense se redujera del 49.4% en el 1930 a 25.3% en 1933.[20]

A esto, en 1930 y 1931, Machado se vio precisado a despedir de sus puestos gubernamentales a un grandísimo grupo de empleados públicos: efectuó reducciones en la nómina gubernamental de hasta 60%; detuvo la construcción de la Carretera Central que empleaba 15,000 obreros; clausuro 300 oficinas y estaciones postales. Para el 1932, los empleados gubernamentales no habían recibido sus sueldos en seis meses.[21] En 1928, Cuba importó de Estados Unidos $191 millones de dólares en productos, para el 1933 esa cifra se redujo a solamente $22 millones.[22] Durante la década de los ’30, las exportaciones de productos cubanos se redujeron de $362 millones a solamente $57 millones. Igualmente, el porciento de las inversiones estadounidenses en Cuba se redujeron del 74% en 1917, al 66.7% en 1922, al 61.7% en 1927 y al 54% en 1931.[23]

Al descontento general hacia su gobierno, Machado respondió con la represión del pueblo. En 1930, Machado suspendió las garantías constitucionales, suspendió las clases en las aulas y la universidad cerró sus puertas. Soldados vestidos en uniformes de combate asumieron funciones policíacas. En 1931, Machado suspendió la publicación de 15 periódicos y revistas, militares de alto rango sustituyeron a los gobernadores en cuatro provincias cubanas, tribunales militares suplantaron los tribunales civiles, y se estableció por el ejército la censura previa de los periódicos y revistas que continuaron publicando. A todas luces, Machado se había convertido en un dictador. Estos pasos provocaron un incremento en el descontento popular y las tensiones sociales. Cuba se dirigía a una revolución.

La oposición política a Machado se intensifico.[24] Muchos de los que lo apoyaban lo desertaron y les dieron su apoyo a partidos de la oposición.[25] Los arrestos de civiles, las torturas de los apresados y los asesinatos aumentaron, así como las manifestaciones en su contra y las “marchas de hambre”. Durante el 1929 y 1930, las constantes huelgas detuvieron la actividad comercial e industrial en muchas industrias. En marzo de 1930, Cuba sufrió una huelga general y para abril de ese año, se escenificaron batallas entre los trabajadores y la policía.[26]

Coetáneamente, bandas de personas armadas recorrían la manigua cubana quemando cañaverales, asaltando ferrocarriles, cortando cables telefónicos y telegráficos, destruyendo puentes y túneles de tren y atacando a la guardia rural. A pesar de que disponía del respaldo estadounidense, la situación de Machado continuaba complicándosele. El ABC, una organización política clandestina, se organizó y dedicó a la lucha armada. Otros grupos también se organizaron y adoptaron la lucha armada y el sabotaje como método para derrocar a Machado. También se crearon organizaciones de mujeres, de profesores universitarios, maestros de grados intermedios, y de estudiantes, opuestos al gobierno. La oposición política crecía y se robustecía. En 1931, surgió una corta guerra civil en Cuba. La represión gubernamental hacia los trabajadores, los estudiantes, los comunistas y los guajiros continuaba incrementándose, pero así también las represalias de estos.[27] A pesar de esta situación y por las razones arriba expresadas, el presidente Hoover se abstuvo de intervenir en Cuba a pesar de que la Isla se encaminaba hacia una revolución popular.[28]

Era obvio que no existía posibilidad alguna de una solución negociada a la gran crisis social y política cubana.[29] La burguesía cubana clamaba por una interpretación más amplia del Artículo III de la Enmienda Platt que la de Root, y reclamaba una intervención militar de Estados Unidos en Cuba. El propio embajador norteamericano, Guggenheim, solicito urgentemente de Washington la reevaluación de la política de no intervención, a una de intervención. Pero Hoover, consiente de la revisión de la política hacia la región, se negó a intervenir. Insólitamente, Guggenheim recibió del Secretario de Estado, Stimson, una severa reprimenda por su solicitud de intervención en Cuba. Así ceso su influencia sobre la política cubana.[30]

Franklin Roosevelt y su gabinete llegaron a la conclusión de que, con Machado en el poder, no se podría revivir la economía cubana. Concluyeron además que, bajo las condiciones cubanas, no sería posible negociar ni concluir con Cuba un Tratado Comercio Bilateral.[31] Machado no podía continuar en el poder en Cuba.

La nueva Administración de Franklin Roosevelt nombró a su subsecretario de Estado, Summer Benjamin Welles, como su embajador plenipotenciario en Cuba para tratar de resolver la aguda situación cubana y negociar un Tratado Bilateral de Comercio con este país.[32] Este patético y complicado cuadro, lleno de incertidumbre y de profunda crisis política y social le esperaba al nuevo embajador estadounidense y constituía un estupendo reto. Este conocía muy bien los requisitos de la nueva Política del Buen Vecino, lo cual le dificultaría aún más su misión de servir de intermediario entre los partidos y grupos en la grave crisis política y solucionarla por mediación y sin intervención militar. Cabe mencionar que su misión secreta era derrocar a Machado sin salirse de los parámetros de la Política del Buen Vecino. Las posibilidades de éxito no lucían muy halagadoras.

Mientras esperaba la confirmación del Congreso a su nuevo cargo, Welles publicó una declaración dirigida a Cuba donde le prometía la no intervención excepto en el más extremo de los casos y que, además, él ayudaría a Cuba a resolver sus problemas políticos y económicos sin apartarse de la nueva Política del Buen Vecino. Esta declaración estaba diseñada para alentar la confianza de los cubanos de que no tenían nada que temer por su gestión en Cuba. Por eso su lenguaje azucarado.[33] Pero el lenguaje de sus instrucciones confidenciales recibidas del Secretario de Estado, Cordell Hull, cantaba una música distinta y más severa. Comienza haciendo alusión a la Enmienda Platt:

Sir. The Policy to be pursued by this Government in its relations with the Republic of Cuba must be determined primarily by its rights and obligations as set forth in the first five articles of the treaty the treaty between the United States and Cuba Signed at Havana [on] May 22, 1903, which articles likewise form a portion of the Cuban Constitution first promulgated on My, 20, 1902.[34]

Y para que no quede duda posible de las bases de sus actuaciones, más adelante en sus instrucciones, se cita textualmente el Artículo III de la Enmienda Platt que trataba sobre el derecho de Estados Unidos de intervenir en Cuba, en la práctica, cuando Estados Unidos lo estimare conveniente para proteger sus intereses. Como se ve, el lenguaje de sus instrucciones contrasta con la declaración de Welles a Cuba. En adición, el lenguaje de sus instrucciones ciertamente no reflejaba fielmente la firme determinación de Hull y Roosevelt de no intervenir en Cuba. Esto dio lugar a especulaciones indicativas de que Welles había redactado sus propias instrucciones, aunque oficialmente recibidas del Departamento de Estado. Más adelante podremos juzgar acertadamente la razón en las discrepancias antes mencionadas, observando las repetidas recomendaciones de Welles al secretario de estado Hull a los efectos de que Estados Unidos interviniera en Cuba, aunque de forma limitada.

Welles claramente entendía que su misión era, primero, mediar entre las fuerzas políticas opuestas, utilizando cualquier medio idóneo, dentro del nuevo paradigma de política exterior estadounidense para ponerle fin a la grave crisis política cubana y, como agenda secreta, derrocar al presidente de Cuba, Gerardo Machado.[35] Segundo, negociar y concluir un Tratado Bilateral de Comercio con Cuba de manera que esta pudiera mejorar su maltrecha economía, pero que favoreciera a Estados Unidos económicamente. Así, Estados Unidos aumentaría sus exportaciones a Cuba y ayudaría a expandir el mercado cubano para viabilizar las compras cubanas de productos estadounidenses.[36]

El nuevo embajador estadounidense, arribó a La Habana el 8 de mayo de 1933.[37] De inmediato se reunió con todos los actores políticos cubanos incluyendo, obviamente, al presidente cubano Gerardo Machado. Welles le propuso a Machado comenzar un proceso de diálogo y negociación entre todos los partidos y grupos políticos enfrentados en disputas políticas, mientras él serviría de mediador. También propuso negociar un tratado bilateral de negocios con Cuba. Es importante notar que este tratado le resultaría imprescindible a Estados Unidos para ayudar a la recuperación de la agricultura y la industria norteamericana.[38] Luego se reunió con todos los demás actores políticos cubanos y les propuso la negociación y su mediación. Tanto los partidos que apoyaban a Machado como los grupos y partidos de la oposición, aceptaron las negociaciones y la mediación de Welles para resolver las graves controversia políticas cubanas.[39] Los delegados a las negociaciones representaban al gobierno de Machado, el Partido Liberal, el Popular y el Conservador, y por la oposición, la Unión Democrática, el ABC, el Partido Conservador de Oposición, los profesores de escuelas elementales, y escuelas superiores, el OCRR y las organizaciones de mujeres cubanas.[40] A instancias de Welles, quedaron excluidos de las negociaciones el Ala Izquierda del Partido Liberal, el Partido Comunista Cubano, y los gremios laborales.

El 1ro de julio comenzaron las negociaciones.[41] Pero Machado no ayudaba mucho al éxito de estas. Para esta fecha la Ley Marcial, por él decretada, llevaba ya dos años y medio en vigor.[42] Por otro lado, la legislatura cubana, reconociendo que había que relajar el control dictatorial de Machado, aprobó legislación declarando una amnistía general, reestableciendo las garantías constitucionales y el fin de la Ley Marcial y los Tribunales Militares.[43] Por su lado, Welles paciente y metódicamente fue empujando a Machado hacia su renuncia.[44] Welles le indico a Machado que para que las negociaciones resultaran exitosas en poner fin a la crisis política, el debería cortar su término presidencial por un año. Machado se negó y esto produjo un tranque que puso en grave riesgo el éxito de las negociaciones mediadas.[45] Welles informo a Washington que mantendría las negociaciones en sesión permanente hasta que se concretizare un acuerdo final.[46] Por otro lado, Welles decide no comenzar las negociaciones conducentes a un Tratado de Comercio Bilateral con Cuba hasta que concluyan exitosamente las negociaciones en vigor.[47] Para entonces, los partidos y grupos opuestos a Machado se habían constituido en una Junta Revolucionaria, llamando a una revolución contra el presidente cubano.[48] Se había, además, redactado un plan, el cual, entre otras cosas, demandaba la renuncia inmediata de Machado. Las negociaciones habían fracasado.

En julio de 1930, estalla una huelga general promovida por el PCC y el CNOC, que paralizo las actividades comerciales en Cuba. Con motivo de esta surge un caos general, pero concentrado en La Habana. Las calles estaban abarrotadas de civiles protestando contra Machado y exigiendo su renuncia. La universidad fue clausurada y sus estudiantes y profesores le declararon la guerra política a Machado.[49] Este caos y el recrudecimiento de las actividades insurreccionales no eran ni más ni menos que un augurio de la probabilidad e inminencia del estallido de una revolución. Si esta resultaba exitosa, probablemente establecería un nuevo orden político y económico de corte socialista. Los problemas cubanos se incrementaban y se complicaban. Welles amenazó sutilmente a Machado recordándole nuevamente de las obligaciones de Estados Unidos bajo la Enmienda Platt: o sea la intervención armada estadounidense en Cuba. Welles claramente estaba preocupado y se toma la potestad de redactar un borrador de pacto negociado para sometérselo a la Junta Revolucionaria.[50] El 8 de agosto le envía un cable directamente al presidente Roosevelt expresando:

. . . that while the purpose of my mission is to avoid the existence of a situation which would give rise to intervention by the United States if a situation of anarchy exists and there is no government in Cuba capable of protecting ‘life property and individual freedom’ as provided in the third article of the of the permanent treaty, the United States will not evade its obligations under that provision . . .[51]

De las instrucciones arriba mencionadas y esta solicitud podría surgir la inferencia de que Welles estaba preparando a Roosevelt y a Hull para una eventual intervención en Cuba.[52] En su afán de derrocar a Machado, Welles le sugiere insistentemente a Hull la retirada estadounidense del reconocimiento al gobierno de este y le solicita la presencia de dos buques de guerra en el puerto de La Habana.[53] El 9 de agosto, un día después, repite, solicitando a Washington que le informe a Machado que Estados Unidos no evadirá sus responsabilidades bajo el Artículo Tercero de la Enmienda Platt. Welles se acercaba paulatinamente hacia una intervención. Sin embargo, ni Roosevelt ni los países de América Latina estaban de acuerdo a que ocurriera. Hull procede a rechazar las recomendaciones de Welles.[54]

En agosto, la solicitud de que Machado dimitiera se había convertido en un ultimátum. En julio de 1933, Welles le comunico al general Herrera que había recibido autorización para desembarcar marines en Cuba, un bluff. Por su parte, el attaché militar de la embajada reforzó el bluff, informándole al alto mando militar cubano que Estados Unidos invadiría a Cuba, si Machado no renunciaba.[55]

Welles le indico a Hull de la inevitabilidad de una intervención armada. Sin embargo, Hull y el presidente Roosevelt se mantuvieron firmes en su política de no intervención y así se lo comunicaron a Welles. Además, le indicaron que, si Machado no renunciaba en un término razonable, Estados Unidos le retiraría el reconocimiento.[56] Welles estaba seguro que ambas estrategias convencerían a Machado a renunciar.[57] Pero las cosas no salieron como esperaba. Para sorpresa de todos, especialmente de Estados Unidos, Machado retó a este a invadir a Cuba.[58] En 1933, la amenaza de invasión que había funcionado tan bien para Estados Unidos en el pasado, ya no era efectiva para conseguir sus propósitos. El momento era crítico y Welles seguramente debió estar altamente preocupado.[59]

Welles continuó su campaña dirigida hacia Hull y Roosevelt tratando de encender sus ánimos y hacerlos receptivos a su eventual sugerencia y recomendación de intervenir en Cuba con el pretexto de que la situación cubana era en extremo inquietante. Por otro lado, los estados latinoamericanos le manifestaron a Washington su descontento, indicándole que su embajador en Cuba estaba coaccionando a Cuba en lugar de persuadirla.[60]

Ante este reto, Welles reacciono con una solución radical. Esta consistiría en permitirle a Machado que hiciera una contraoferta a la declaración de la Junta Revolucionaria, la que contendría sustancialmente los puntos más importantes de la propuesta de la Junta, y añadiendo algunos cambios de menor importancia, la cual la Junta aceptaría. En su contraoferta, Machado solicitaría una sabática del puesto de presidente, la cual la Junta aceptaría. De esta manera, Machado no perdía. Al general Herrera se le nombraría presidente provisional hasta que se celebraran elecciones democráticas, supervisadas obviamente por Estados Unidos. Este plan tenía la ventaja que posicionaría al ejército en contra de Machado. Welles les sugiere a los partidos de la oposición que constituían la Junta Revolucionaria a que redacten y entreguen a Machado su contraoferta.[61] Así se hizo. Machado accedió y comunico su contraoferta a la Junta Revolucionaria.[62] Esta la acepto y Machado se tomó su sabática y abandono a Cuba el 27 de agosto de 1933.[63] Welles se debió haber sentido satisfecho, había logrado en gran medida su primer objetivo. Restaba constituir un gobierno democrático y comenzar a negociar un Tratado Bilateral de Comercio con Cuba.

En lugar de Machado se nombró presidente provisional a Carlos Manuel de Céspedes.[64] La huida de Machado le produjo serios problemas al presídete provisional. Se produjeron serios disturbios en la sociedad cubana, además de innumerables huelgas, personas sospechosas de haber sido machadistas fueron linchadas, los empleados del gobierno y las alcaldías no se presentaron a trabajar y dejaron las oficinas gubernamentales a la merced del pueblo, comercios y hasta hogares fueron saqueados, turbas llenas de ira contra los seguidores de Machado deambulaban por La Habana y sus alrededores buscando a machadistas para ajusticiarlos. El país estaba en caos.[65] El 14 de agosto de 1933, dos buques de guerra norteamericanos atracaron en los muelles habaneros.[66]

Mientras eso ocurría, el 3 de septiembre los sargentos del ejército cubano, liderados por el sargento Fulgencio Batista, sorpresivamente se alzaron en rebelión y tomaron el control del ejército, despojado de su autoridad a todos los oficiales y generales y acabando con el efímero gobierno de Céspedes.[67] Se organizó una junta de cinco personas la que nombro a Ramón Grau de San Martin, presidente provisional[68], mientras que a Batista se le nombro jefe del ejército.[69] Mediante este cuartelazo de los sargentos, el ejército se convirtió en la única fuerza política efectiva en el país. La crisis cubana se complicó aún más. El 19 de agosto, Welles le propone a Hull que lo sustituya por el subsecretario de estado, Jefferson Caffery, demostrando su alto grado de frustración con su gestión, por lo elusivos de sus objetivos.[70]

El gobierno de facto de Grau inmediatamente confronta una formidable insurrección agraria.[71] Grau responde expropiando las centrales azucareras con dueños norteamericanos.[72] Estados Unidos responde rodeando a Cuba con una flotilla de buques de guerra compuesta de treinta navíos navegando cerca a las costas cubanas de manera que no pasaran desapercibidos.[73] La intención de Estados Unidos era crear en la mente del pueblo cubano una amenaza de invasión.[74] Welles pide dos buques de guerra para el puerto de La Habana y otro para el de Santiago de Cuba.[75] El 5 de septiembre Welles vuelve a solicitar que más buques de guerra sean enviados a Cuba.[76] En una conversación telefónica con Hull, Welles discute la intervención en Cuba y le recomienda que no reconozca al gobierno de Grau.[77] El 7 de septiembre, Welles sugiere a Hull una intervención limitada[78], usando como pretexto el estado de anarquía que existía en Cuba. El 8 de septiembre Welles vuelve a insistir en una intervención limitada.[79] Welles sabia, o debía saber, que esta continuada campaña sugiriendo una intervención en Cuba, aunque limitada, si fuera autorizaba y efectuada, provocaría una revolución en Cuba, dado el estado prerevolucionario cubano y el odio generalizado en la sociedad cubana a la Enmienda Platt. Welles estaba jugando con fuego.

Durante los cien días del gobierno de Grau, este se dedicó a transformar a Cuba con muchísimos decretos muy de vanguardia y justicia social. Pero Grau cometió un grave error. En su discurso de aceptación de la presidencia provisional, anuncio la derogación de la Enmienda Platt. Otro factor en su contra fue que estos justos decretos para el pueblo cubano resultaron en alarmar a los capitalistas e inversionistas norteamericanos. Y como si lo anterior fuera poco, su gobierno era el único que se había constituido en Cuba sin la aprobación de Estados Unidos. Todo lo anterior le gano a Grau la fiera desaprobación de Hull y del propio Welles.[80] Pero lo peor para Grau fue que no podía resolver el problema de la falta de trabajos, ni la aguda depresión económica que azotaba inmisericordemente a Cuba.[81]
Sumner Welles (primero a la izquierda) acompañando a Fulgencio Batista en la visita que este último realizó a Washington en 1938. Foto de la Colección de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos.

Welles se dedicó a debilitar diplomáticamente al gobierno de Grau. A recomendación de Welles, Estados Unidos se rehusó a reconocer el gobierno de Grau. Solo cuatro países lo reconocieron.[82] Durante el verano, aunque al principio Welles desaprobaba a Batista, cambio su actitud hacia él y mantuvo una cercana y amistosa relación con este. Welles cablegrafió a Washington informando que Batista era la única persona en Cuba que representaba la autoridad. Welles aprovecho su cercana y cordial relación con Batista para incitarlo a que se separara de Grau políticamente, una clara invitación a Batista para que diera un golpe de estado y formara un nuevo gobierno.[83] Batista supo entender y en su momento actuó. Por su parte y para ponerle presión a Grau, Welles cablegrafió a Washington solicitando que la Marina estadounidense enviara más buques de guerra a otros puertos cubanos.[84] Además solicitó permiso para desembarcar marines en La Habana “con el limitado propósito de proteger la Embajada Norteamericana y las vidas de extranjeros en Cuba”. También informo a Washington que Céspedes no podía ser restaurado como presidente sin una intervención militar. Le recomendó a Washington no solo el desembarco de marines en La Habana, sino también en Santiago y algunos otros puertos cubanos.[85] Welles llego al punto de concebir una intervención militar en Cuba conjuntamente con Argentina, Brasil, Chile y México.[86]

Como indicamos arriba y para enfatizar este peligroso proceder de Welles, él sabía, o debía saber que si Estados Unidos intervenía en Cuba provocaría una revolución, lo que no le dejaría alternativa a Washington que invadir y tomar militarmente la Isla, como ocurrió en el 1906. Welles había cruzado el Rubicón. No contó con la firme decisión de Hull y Roosevelt de no invadir a Cuba. Estos por el contrario le instruyeron a buscar una solución política.[87] Welles debió haberse sentido muy frustrado y decepcionado. No lograba desatar el nudo gordiano de la política cubana. Caminaba bajo instrucciones muy estrictas y estrechas que no le dejaban mucho espacio para maniobrar. En realidad, la única arma que tenía en su arsenal era el no reconocimiento al gobierno de Grau. Sin embargo, una importante ventaja de esta política fue que de esa manera se mantendría la turbulencia social en Cuba, socavando la efectividad del gobierno de Grau.[88]

Las cosas comenzaron a cambiar a favor de Welles. Ya para el 11 de septiembre, cuatro partidos políticos le habían retirado su apoyo al gobierno de Grau.[89] Estos eran los partidos más poderosos en la política cubana; la Unión Nacionalista, el ABC, el Partido de Menocal y el OCRR.[90] Al final, aún los partidos que apoyaban a Grau, el Partido Liberal, el Popular y el Conservador, le retiraron su apoyo político. Con el gobierno en la defensiva, Welles estaba libre para proseguir creando subversión interna en contra de Grau.[91]

Como los depuestos oficiales del ejército se reusaron a reinstalarse a sus comandos, fueron declarados desertores. Batista ordeno sus arrestos. Estos permanecieron refugiados y fuertemente armados, en el Hotel Nacional en La Habana. Tropas del ejército se presentaron al Hotel Nacional donde se hallaban alrededor de quinientos oficiales, y luego de una cruenta batalla, los oficiales se rindieron y fueron arrestados.[92] Esto es indicador importante de que el no reconocimiento del gobierno de Grau había estimulado a Batista y al ejército a alejarse del presidente Grau.[93] Las negociaciones entre los partidos políticos que demandaban la renuncia de Grau, se suspendieron sine die.[94] Las negociaciones habían fracasado. Como ya vimos, Welles en su frustración decidió abandonar el puesto de embajador.

En efecto, el 9 de diciembre de 1933, el Departamento de Estado le instruye para que abandone a Cuba el 12 o 13 de diciembre.[95] El 20 de noviembre Hull le comunica a Welles que su sustituto seria el sub-secretario de Estado, Jefferson Caffery, pero con una designación superior. No solamente sería el Embajador de Estados Unidos en Cuba, sino que su título oficial sería, Representante Especial del Presidente Roosevelt en Cuba.[96] Welles abandono a Cuba según instruido.[97] Éste se debió haber sentido muy decepcionado. No pudo resolver el imbroglio de la política cubana. Caffery arribo a La Habana el 18 de diciembre de 1933.[98]

En enero de 1934, Batista le retiro el apoyo del ejército a Grau y consecuente con las indicaciones de Caffery, acordaron en una reunión entre los dos nombrar e instalar como presidente interino a Carlos Mandieta.[99] Batista y los principales grupos políticos apoyaron esta decisión.[100] El gobierno de Grau cayó y Mandieta, luego de un periodo de vacilación, aceptó ser nombrado presidente provisional. Asumió la presidencia interina con el solo propósito de organizar y llevar a cabo unas elecciones democráticas. A los cinco días de su toma de posesión, Estados Unidos reconoció su gobierno. La crisis política cubana había concluido aunque las tenciones sociales continuaron durante el resto de la década.

El 29 de mayo de 1934, Cuba y Estados Unidos suscribieron un Tratado Bilateral de Comercio derogando el Tratado Perpetuo de Relaciones de 1903, el cual incluía la Enmienda Platt. Estados Unidos renuncio así a sus derechos de intervención en Cuba.[101] Estados Unidos procedió de inmediato a retirar su flotilla de buques de las aguas cubanas.[102] Batista, quien se había autodenominado jefe del ejército, fue ratificado en su cargo. Ya desde enero de 1934, el coronel Batista era indiscutiblemente el hombre fuerte de la política cubana y el poder detrás del trono.[103]

La inauguración de Carlos Mendieta en enero de 1934, aparentaba significar el retorno a las antes establecidas convenciones políticas[104] El ejército, por su parte, adquirió autonomía del grupo gobernante.[105] Habían quedado claro que las formas anteriores de intervención no eran capaces de proteger adecuadamente los intereses de Estados Unidos.[106] En agosto de 1934, Estados Unidos reviso los aranceles aduaneros que le imponía a los productos importados cubanos, lo que le permitió restaurar la dominación económica sobre Cuba.[107] Ese fue el significado de la derogación de la Enmienda Platt hacia Cuba en mayo de 1934.[108] La anunciada oficialmente Política del Buen Vecino, había pasado con éxito su prueba de fuego.

Welles recordaría que las negociaciones sobre un Tratado Reciproco de Comercio con Cuba, no solo reviviría la economía cubana, pero además y más importante, le permitiría a Estados Unidos reestablecer ventajas en el mercado cubano con el consecuente provecho para la agricultura e industrias norteamericanas. Este tratado le restituyo a Estados Unidos el control absoluto del mercado cubano, el cual había estado perdiendo paulatinamente durante los últimos diez años.[109]

Tanto Cuba como Estados Unidos resultaron beneficiados con el tratado; para Estados Unidos la aplicación de la Política del Buen Vecino en Cuba resultó en un éxito y para Cuba, la Enmienda Platt ya no colgaría más, como una Espada de Dámocles, sobre su cabeza.



[1] Louis A. Pérez, Jr., Cuba bajo la enmienda Pratt, 1902-1934 (University of Pittsburgh Press, 1986), p. 42
[2] Louis A. Pérez, Jr., The War of 1898 (University of North Carolina Press, 1998), pp. 34–36
[3] Ibíd., pp. 34-36
[4] Ibíd., pp. 34-36
[5] Ibíd., p. 129
[6] Ibíd.
[7] Pérez, Jr., Cuba bajo, p. 53
[8] Ibíd., pp. 54-55
[9] Ibíd., p. 265
[10] Ibíd., p. 266
[11] Dick Steward, Trade and Hemisphere: The Good Neighbor Policy and Reciprocal Trade (University of Missouri Press, 1975), p. 92
[12] Pérez, Jr., Cuba bajo, p. 269
[13] Steward, Trade and Hemisphere, pp. 92-93
[14] Pérez, Jr. Cuba bajo, p. 270
[15] Ibíd., p. 273
[16] Ibíd., p. 277
[17] Ibíd., p. 276
[18] Ibíd., p. 280
[19] Ibíd., p. 292
[20] Ibíd., p. 279
[21] Ibíd., p. 281
[22] Ibíd., p. 301
[23] Ibíd., p. 301
[24] Ibíd., p. 281
[25] Ibíd., p. 280
[26] Ibíd., p. 282
[27] Ibíd., p. 272
[28] Ibíd., p. 285
[29] Ibíd., p. 293
[30] Ibíd., p. 297
[31] Ibíd., p. 302
[32] Diplomatic Cables, Welles named as U.S. Ambassador to Cuba, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d238d238
[33] Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d239
[34] Diplomatic Cables, State Department Instructions to Ambassador Summer Welles upon assuming his post,https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d241
[35] Pérez, Jr., Cuba bajo, p. 304
[36] Pérez, Jr., Cuba bajo, p. 304; Diplomatic Cables, Instructions to Ambassador Summer Welles upon assuming his post, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d241
[37] Pérez, Jr., Cuba bajo, p. 304; https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d244
[38] Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d251
[39] Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d263; Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d265; Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d266; Diplomatic Cables, Welles named as U.S. Ambassador to Cuba, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d238; y Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d257
[40] Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d273
[41] Edwin Early et al, The Historical Atlas, p 98; Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d274; Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d279
[42] Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d282
[43] Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d284
[44] Pérez, Jr., Cuba bajo, p. 308
[45] Ibíd., p. 305
[46] Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d292
[47] Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d288
[48] Perez, Jr., Cuba bajo, p. 304
[49] Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/295
[50] Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d294
[51] Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d299
[52] Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d300
[53] Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d300; Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d301
[54] Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d300
[55] Perez, Jr., Cuba bajo, pp. 310-15
[56] Ibíd., p. 312-14
[57] Ibíd., p. 312
[58] Ibíd., p. 313
[59] Ibíd., p. 314
[60] Diplomatic Cables, Secretary of State to Ambassador Welles, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d313
[61] Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d314
[62] Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d315
[63] Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d317; Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d333
[64] Pérez, Jr., Cuba bajo, pp. 317-18
[65] Ibíd., p. 319
[66] Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d324
[67] Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d156
[68] Perez, Jr., Cuba bajo, p. 320-21; Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d327 #157
[69] Diplomatic Cables, Memorandum of telephone conversation between Ambassador Welles and Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d337
[70] Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d327
[71] Samuel Flagg Bemis, The Latin American Policy of the Unites States, p. 280
[72] Ibíd., p. 280
[73] Ibíd., p. 280
[74] Perez, Jr., Cuba bajo, p. 328
[75] Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d336
[76] Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d342
[77] Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d338
[78] Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d352
[79] Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d363
[80] Pérez, Jr., Cuba bajo, pp. 322-23
[81] Ibíd., p. 323
[82] Ibíd., p. 324
[83] Perez, Jr., Cuba bajo, p. 331-32; Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d428
[84] Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d338
[85] Pérez, Jr., Cuba bajo, p. 324
[86] Diplomatic Cables, Memorandum of telephone conversation between Ambassador Welles and Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d337
[87] Pérez, Jr., Cuba bajo, p. 325
[88] Ibíd., p. 328
[89] Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d363
[90] Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d384
[91] Pérez, Jr., Cuba bajo, p. 326
[92] Ibíd., p. 326
[93] Ibíd., p. 327
[94] Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d415
[95] Diplomatic Cables, Acting Secretary of State to Ambassador Welles, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d518
[96] Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/211
[97] Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d521; Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d525
[98] Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d528
[99] Bemis, The Latin American Policy, p. 281
[100] Diplomatic Cables, Ambassador Welles to Secretary of State, https://history.state.gov/historical documents/frus1933v05/d430
[101] Bemis, The Latin American Policy, p. 291
[102] Pérez, Jr., Cuba bajo, p. 291, 332
[103] Pérez, Jr., Cuba bajp, p. 332; Bemis, The Latin American Policy . . . p. 281
[104] Pérez, Jr., Cuba bajo, p. 333
[105] Ibíd., p. 334
[106] Ibíd., p. 335
[107] Ibíd., p. 335
[108] Ibíd., p. 335
[109] Ibíd., pp.304-05

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Comentarios sobre La Inquisición y las supersticiones en el Caribe


Comentarios sobre La Inquisición y las supersticiones en el Caribe
Por Esteban Mira Caballos

Nota editorial: El artículo original fue publicado en Libros de historia blog de reseñas de Esteban Mira Caballosla versión aquí presentada fue editada por Paola Nicole Crespo Tomei.

Para adquirir por amazon
Quiero recomendar la lectura de este libro a los seguidores de mi blog. La obra es fruto de una amplísima labor de investigación de su autor sobre fuentes primarias, localizadas básicamente en el Archivo Histórico Nacional de Madrid. Aclara el autor, Pablo L. Crespo Vargas, que las fuentes locales del Tribunal que debían conservarse en Cartagena de Indias desaparecieron por un incendio. De ahí, que haya sido necesario recurrir a las fuentes españolas. Por tanto, cuenta con la solidez que solo puede proporcionar la documentación de archivo.

Tras una amplia introducción sobre las inquisiciones europeas y sobre la inquisición española el autor se adentra en el análisis de 45 procesos que se llevaron a cabo en el Tribunal de Cartagena de Indias a lo largo del siglo XVII. Dado que este Tribunal fue erigido por orden del 25 de febrero de 1610, el libro abarca prácticamente gran parte de ese siglo. Su jurisdicción se extendía por un espacio de casi un millón y medio de kilómetros cuadrados, incluyendo la zona de Nueva Granada, las provincias de Venezuela, la gobernación de Quito, las Antillas y una parte de Centroamérica hasta el obispado de Nicaragua. De todos los tribunales creados en Hispanoamérica, fue el tercero más activo, por detrás del novohispano y del peruano. Su objetivo era el mismo que el de los otros Tribunales inquisitoriales, preservar la pureza de la fe, persiguiendo desviaciones supersticiosas como la brujería o la hechicería.

Vuelve a ratificar el autor en este caso concreto una idea que se ha extendido en los últimos años: el hecho de que no fue un tribunal tan sanguinario como lo ha presentado la Leyenda Negra. En Cartagena no se produjeron grandes autos de fe, ni se ejecutaron a centenares de personas. En general, las condenas fueron suaves y solo en algunos casos muy concretos de herejes persistente se condenó a los reos a pena de muerte. El objetivo de los inquisidores no era causar un daño extremo sino convertir a los herejes y supersticiosos en buenos cristianos, al tiempo que se enriquecían con las enjundiosas multas y confiscaciones que les imponían a los condenados. No obstante, Crespo Vargas reconoce que, pese a que en general la mayoría de los inquisidores actuó con mesura, no faltaron algunos que abusaron de su poder, infringiendo atropellos y malos tratos al tiempo que engordaban sus fortunas personales.

Y para finalizar con estas breves líneas tan solo me queda decir que se trata del mejor y más documentado libro que se haya escrito sobre el Tribunal de la Inquisición de Cartagena de Indias. Un libro muy recomendable no solo para los estudiosos de la Inquisición sino para todos los interesados en la historia de la América Colonial.

lunes, 3 de septiembre de 2018

Reseña del libro "Sin delitos ni pecados"


Reseña del libro Sin delitos ni pecados
Por Albeyra L. Rodríguez

Sin delitos ni pecados: clero, transgresión y masculinidades en Puerto Rico (1795-1857)[1] del doctor Cesar Augusto Salcedo Chirinos[2] es un trabajo analítico sobre las transgresiones de algunos individuos que pertenecieron a la clerecía puertorriqueña durante la primera mitad del siglo XIX. Este libro fue premiado con el segundo lugar en la categoría de investigación y critica por el Instituto de Literatura Puertorriqueña de este año en curso,[3] reconociendo esta institución, la calidad e innovación de este escrito.  

La novedad de este estudio es el enfoque histórico y la población estudiada desde una perspectiva foucaultiana: la transgresión y la norma como conceptos paralelamente existentes.[4] Utiliza la documentación recopilada de fuentes manuscritas como el Archivo General de Indias, Archivo Histórico Nacional, el Archivo General de Puerto Rico, el Archivo Histórico Catedral, Archivo Histórico Diocesano, y archivos parroquiales, así como de fuentes primarias transcritas desde las actas de cabildos de San Juan, reglamentos, recopilaciones de leyes y constituciones, entre otros libros y artículos, haciendo de su trabajo uno cabal. 

Salcedo Chirinos primeramente presenta la vida y estructuras eclesiásticas para luego adentrarse en las prácticas cotidianas de este grupo, identificando adulterio, amancebamiento, juegos, desobediencia y hasta deudas concebidas por estos hombres. Posteriormente, nos muestra las actuaciones del tribunal eclesiástico y sus investigaciones realizadas por la misma institución a través de interrogatorios y los resultados hacia estos sacerdotes transgresores.

Dentro de este estudio aparecen descritos sacerdotes amancebados en diferentes puntos de la isla, con amistades sospechosas que creaban escándalos entre sacerdotes, jugadores de gallo (suponiéndose que este tipo de juego no era considerado una transgresión[5]), y hasta con problemas de alcohol. La desobediencia y los insultos, tanto a sus feligreses, figuras políticas como a sus mismos pares, fue parte también de la práctica de algunos cleros en la Isla. Estas prácticas cotidianas en el clero eran conocidas. Bien dice Salcedo Chirinos que “La gente sabía que el cura debía comportarse de otra manera, solo que no lo cuestionaban ni lo denunciaban por sus transgresiones, a menos que existieran otros intereses”.[6] No obstante, debido a la capacidad de decisión de la Iglesia contra los clérigos de manera interna y sus respectivos procesos[7], las actuaciones de estos sacerdotes eran castigadas con suspensiones de oficio y/o amonestaciones verbales o penas pecuniarias, o quedaron impunes, continuando así ejerciendo el ministerio. Todo esto apunta a que el comportamiento cotidiano de estos clérigos evidencia las relaciones de poder y el ejercicio de esta, que era común en la sociedad decimonónica puertorriqueña.

Este tipo de investigación nos demuestra que, en el periodo y población estudiada, estos sacerdotes no eran ejemplo para la institución que representaban y vivieron igual que su feligresía, con prácticas y conflictos cotidianos. A su vez, se apropiaron y negociaron con las estructuras de poder, siendo estas administradas por ellos mismos. Se deduce que por la necesidad de clérigos y por intereses particulares, culminaban minimizando las sanciones. Es por esto que, Sin delitos ni pecados: clero, transgresión y masculinidades en Puerto Rico (1795-1857) nos sirve para reflexionar sobre cómo luego del periodo estudiado por Salcedo Chirinos, han continuado surgiendo en rotativos nacionales e internacionales, situaciones significativas e impactantes consumadas por el clero en años pasados, y estos, en la mayoría de los casos, no reciben ningún tipo de castigo por los actos cometidos en diferentes partes del mundo. El autor titulariza su obra “sin delitos ni pecados”, entendiéndose que el clero no fue castigado sino sancionado y continuaron viviendo como hombres comunes. Por todo lo antes mencionado, recomiendo este trabajo y se extiende la invitación para que puedan disfrutar del mismo.

Nota Editorial: César Augusto Salcedo Chirinos, también, es autor del libro Las negociaciones del arte de curar: Los orígenes de la regulación de las prácticas sanitaria en Puerto Rico, el cual puede conseguir marcando el enlace. 


[1] César Augusto Salcedo Chirinos, Sin delitos ni pecados: clero, transgresión y masculinidades en Puerto Rico (1795-1857). (Río Piedras: Publicaciones Gaviota, 2016).
[2] Los temas de investigación del doctor Salcedo Chirinos giran en torno a la transgresión, vida cotidiana, sexualidad, clero, enfermedades, entre otros temas en el Puerto Rico decimonónico.
[3] El Nuevo Día, “El Instituto de Literatura Puertorriqueña premia el talento local,” Periódico El Nuevo Día
https://www.elnuevodia.com/entretenimiento/cultura/nota/elinstitutodeliteraturapuertorriquenapremiaeltalentolocal-2400092/ (consultado 27 agosto 2018).
[4] Salcedo Chirinos, Sin delitos ni pecados: …, 14-18.
[5] Ibid., 88-89.
[6]  Ibid., 223-224.
[7] El autor plantea que tuvo dificultad para accesar los documentos del Archivo Histórico Arquidiocesano ya que no están disponibles para los investigadores. Ibid., 132.

viernes, 17 de agosto de 2018

3ra edición de la Inquisición española y las supersticiones en el Caribe


Comentarios del autor sobre esta edición
Por Pablo L. Crespo Vargas

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El 7 de enero del 2019 se conmemoran los 500 años del nombramiento del obispo Alonso Manso y del fraile Pedro de Córdova como primeros encargados de la Inquisición en las Indias. Este hecho histórico toca muy de cerca a Puerto Rico, ya que desde el 1512, Alonso Manso era el obispo de la diócesis que estaba ubicada en nuestra Isla. A los dos años de estos nombramientos, Córdova muere, por lo cual Manso se convirtió en el único oficial inquisidor del Nuevo Mundo. Su incumbencia continuó hasta su muerte en 1539. A nuestro entender, su legado inquisitorial fue más simbólico que palpable, aunque esto no minimiza el hecho de que puede ser llamado el primer inquisidor general de América.

La Inquisición, que es una de las instituciones que mayores oportunidades presentan para investigación, sigue siendo un tema de mucho interés tanto para apologistas como detractores. No obstante, un sinnúmero de historiadores trabaja arduamente y sin cesar para seguir presentado los detalles y el análisis que nos lleve a entender con mayor veracidad cuál era la mentalidad de la época, dejando a un lado, prejuicios o señalamientos que hoy día no necesariamente eran iguales a los de otros tiempos.

Con esta 3ra edición queremos dar continuidad a los diversos estudios que se están realizando sobre la Inquisición en América y sobre el imaginario desarrollado sobre ella. Son varios los puertorriqueños que han visto oportunidades de investigación en este tema y que han publicado de manera académica. Entre ellos tenemos al Dr. Josué Caamaño Dones y la Dra. Albeyra L. Rodríguez Pérez. El Dr. Caamaño Dones presentó un estudio titulado “Palabras malsonantes, impías y blasfemias hereticales en Puerto Rico: El proceso inquisitorial contra el gobernador don Diego de Aguilera y Gamboa, 1654-1664”, publicado en la Revista del Centro de Investigaciones Históricas Op. Cit. En este estudio se analiza el uso de la Inquisición como instrumento para consolidar poderes políticos y económicos de una élite en contra del gobernador Aguilera y Gamboa. La Dra. Rodríguez Pérez próximamente estará publicando dos obras referentes al tema. La primera de ellas, junto a mi persona, una antología de ensayos historiográficos que abarcan varios puntos de estudio que cubren el desarrollo de la Inquisición y otros temas surgidos de ella como la demonología, la percepción que se tenía o tiene de la mujer y las conductas antisemitas. Posteriormente, la Dra. Rodríguez Pérez publicará una versión editada de su tesis doctoral, en la cual trabajó el tema de los judíos y las luchas de poder en el Tribunal de Cartagena de Indias.

En esta 3ra edición simplificamos el lenguaje, modificamos algunas notas al calce y ciertas entradas en el texto; a esto, utilizamos otros recursos técnicos para asegurar una lectura más fluida y de fácil entendimiento.

Debemos recalcar que la primera edición de La Inquisición española y las supersticiones en el Caribe hispano fue premiada con el Primer Premio en Investigación y Crítica para obras publicadas en 2011 por el Instituto de Literatura Puertorriqueña. 

miércoles, 8 de agosto de 2018

La sangre en las serranías capítulo vi


Capítulo VI: Monte adentro
La sangre en las serranías
Heriberto Velázquez Figueroa

Para adquirir
Ordoñez, el soldado de los perros, tomó la vereda más lejana que atravesaba los conucos. Línea tras línea las yucubias, plantas cuyos tubérculos se conocen como yuca, eran el cultivo principal. Aunque de tallos finos, por su abundancia le permitían caminar oculto. Más allá, las plantas de iajutía, otro tubérculo comestible. Estas no eran tan altas, pero las hojas, siendo anchas lo mantenían oculto también. Continuó poco a poco agachado hasta dónde terminaba el conuco de iajutías. Ahora venía los difícil, a sus espaldas estaban los corrales. El soldado temía que los chillidos de los cerdos alertaran a alguno de los indígenas. Además, antes de llegar a las plantas de maíz y tenía que pasar por el sembradío de yucaba. Este bejuco rastrero de tubérculos dulces, no lo ocultaría. Se arriesgó. Se irguió y caminó con paso casual. Miró a su izquierda como para qué pensaran que inspeccionaba los corrales de las cabras y becerros. Varias gallinas cacareaban, pero eso era normal. Lo que no le parecía normal era tanta reinita cantando como cuando ven un gato. Ya faltaba poco. Por suerte, el corral de los perros y el yucayeke que el tonto hacendado había permitido construir a los indios estaban del otro lado. “Aunque me hubiera gustado prender fuego a este también”, pensó. Llegó al maíz y corrió. Ya no se ocultó. Con malévola decisión se fue monte adentro.
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Ya la compañía de padre Antonio partía. Ektor miró a su derecha. Dirigió su mirada por sobre la enorme casona de la hacienda. Varias auras sobrevolaban en círculo más lejos hacia el monte, como esperando que algún animal muriera para alimentarse de la carroña. En eso, Jeitiana salió por la esquina de la casa grande y lo miró por un momento. La mirada de la joven mulata le decía con ternura "Acá te espero".

Luego se acercó a Ektor con una canasta y se la extendió amorosa diciéndole, “Tu bibí y yo les cocinamos mapiros y sajes.” Por poco y las lágrimas asoman los ojos de ambos jóvenes.

Ektor guardó la canasta. Todos eran muy afines a comer los sorullos de maíz cocidos con los pequeños pero sabrosos peces. El joven luego preguntó por su madre. “Está muy triste, indispuesta por tu partida”, le contestó Jeitiana ahogando un sollozo y se fue casi corriendo. Las auras seguían revoloteando, pero ahora algo erráticas. Ektor miró a su abuelo, pero Sibey también lucía extrañado. Era raro que hubiera auras tan lejos de la costa, pero la extraña sequía hacía a los animales hacer extrañas cosas.

La compañía comenzó su jornada, derecho abajo, rumbo al sur. Seguirían este rumbo por bastante tiempo, hacia el bagua. Ektor se moría de ganas de volver a verlo, bañarse en sus aguas. Planeaba buscar alguna bibagua y pescar en las raíces de los mangles. Luego buscaría algún nido de carey o caguama recién hecho y sustraería sólo algunos huevos y lo volvería a tapar muy rápido de manera que no se echarán a perder el resto y nacieran los animalitos. No había porque saquear el nido por completo.

Al llegar a la costa virarían a su derecha, hacia donde se duerme Camuy y seguirían caminando. Con buena fortuna encontrarían un grupo que se dirigiera a las Salinas con el cual poner al buen padre y retornarían a La Cortesía. Allá en Las Salinas del Cabo Rojo, el mismo Camuy se bebía las bibaguas. La sal que quedaba al irse las lagunas de agua salada era valiosa en especial para los blancos. Hacía ya tiempo que las explotaban comercialmente, por supuesto esclavizando al indígena. Desde siempre se utilizaba la sal que naturalmente se podía recolectar en Las Salinas. El sol brilla siempre muy fuerte en la zona y se produce mucha sal naturalmente. Esta llegó a usarse incluso como moneda.

El arijuna español, dándose cuenta de que el área podía ser explotada comercialmente no tardó en usar al taíno para ello. De nuevo el noble indígena sufría la avaricia del europeo. De hecho, la zona tomó tanta notoriedad que rivalizaba con los pozos de Aguada en comercio. Por esto un grupo procedente de Los Pozos había salido a atacar las Salinas y habían tenido una guasábara en una playa cercana. El combate había provocado que el gobernador destacara una milicia permanentemente en el área. Hasta allí y de día de llegar padre Antonio y de allí a la Villa de San Germán. Por ahora él y la compañía iban monte adentro. 
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Ordoñez trataba de buscarle sentido a lo que acababa de ocurrirle. Había buscado un sitio apartado en la falda de un monte cercano a una calzada que sabía quedaba por aquellos cerros. De allí el fuego se propagaría rápido por la hojarasca, sin dar tiempo a los cimarrones a escapar. Ya se los imaginaba achicharrados o ahogados por el humo en la copa de un árbol. La brisa sería su aliada, con suerte, las lumbreras llegarían al yucayeque y saldría de más problemas. “¡Joder! Podía ser que hasta la casa grande se incendiara”, río para su adentro.

Riendo con satisfacción sacó dos pedernales y comenzó a golpearlos uno contra otro por encima de un montón de hojas y ramitas que había hecho. Pero extrañamente la pólvora que le había puesto encima no encendía. “Está húmeda”, pensó.

Un golpe de brisa le pegó de frente, derrumbando el montón de hojas. Intentó cambiar su cuerpo de espaldas a dónde provenía la ráfaga, pero no conseguía proteger las hojas lo suficiente como para que se encendieran. No importaba donde se colocará la brisa parecía empeñarse en que no prendiera fuego a la serranía. El viento y la hojarasca empezó a envolverlo, ha cegarlo, se acumulaba, se acumulaba.

El vendaval se volvió un remolino. Ordoñez se puso de pie y el torbellino se agigantó. Por encima del ruido de las hojas y el viento creyó escuchar el ulular de un mucurú. Retrocedió y el remolino se movió con él. El soldado de los perros ya no podía ver nada, pero escuchó un agudo y amenazante, “Uuuuuuuuuugjjjjj… ¡tsk! uuuurrgj ¡tsk!”

En su mente identificó de inmediato, el rugir de una mangosta enfurecida. Se imaginó las babeantes fauces, a la vez que escuchó el chillido agresivo de una jutía.
Trato de huir y cayó hacia atrás. Alcanzó a ver un animal que se le abalanzaba encima al tiempo que parecía perseguirse a sí mismo. 
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Ordoñez yacía en el suelo. El desgarrador dolor lo arrancó de sus recuerdos y lo volvió a la realidad. Trato de encontrarle sentido a lo que le había ocurrido, el terror que vivió, lo que había visto. Su corta mente no entendía, no encontraba explicación para aquel torbellino de hojarasca que se le había echado encima y menos aquel animal que oculto en la hojarasca lo atacó, qué le arrancó la lengua, le sacó los ojos, le despedazó las manos. ¿Cómo era que estaba vivo? De seguro esto era lo que había matado a Mendoza y posiblemente a los otros. Ahora entendía porque el maldito indio Sibey decía, “Uña y diente… yucá pa’l blanco.”

Ordoñez sentía brasas ardientes en sus heridas, sus manos eran jirones, colgajos. Recordó que trató de usarlas para protegerse el rostro del ataque y el animal descargó su furia contra éstas, antes de arrancarle la lengua y los ojos. El soldado no sabía de este animal, nunca lo había visto u oído de él. Según la brisa fue a ser un vendaval, así se revolvía su mente como un pequeño juracán.

El dolor era espantoso pero su mente militar y disciplina le hicieron ponerse de pie. De seguro el olor de la sangre atraería alguna otra alimaña. Tenía que volver a la hacienda. No tenía manera de comunicarse, pero era su única opción para sobrevivir. Además, tenía que buscar la forma de decir lo que había visto, lo que había pasado. Lo importante era sobrevivir.

La sangre que manaba de su lengua cercenada se le ataponaba en la garganta. Tocio y un puñal de dolor se le clavó en el cerebro. El ataque de tos lo hizo convulsar. Hincó los codos en sus costados para no desmayarse. Sin saber cómo iba a hacerlo trató de orientarse en el bosque. Consiguió fuerzas para sobreponerse al dolor y lanzar ininteligible y lastimero grito cómo lo hacen los indígenas cuando son destrozados por los perros.