viernes, 12 de abril de 2019

Ponencia introductoria al conversatorio sobre el segundo gobernador del ELA: Roberto Sánchez Vilella (1964-1968)


Ponencia introductoria al conversatorio sobre el segundo gobernador del Estado Libre Asociado: Roberto Sánchez Vilella (1964-1968), 15 de febrero de 2014 en el Centro Cultural de Lajas “Anastasio Ruiz”, cuyos panelistas fueron: Zaimy Rodríguez Sánchez, Luis Nietzche Cruz y Luis Miguel Santaliz Villabella

Autor: Pablo L. Crespo Vargas

El progreso que hemos vivido, que vivimos y que seguiremos viviendo, es un continuo cambio que responde a nuestras mayores aspiraciones como individuos y como colectividad, para alcanzar niveles superiores. Es una constante creación de oportunidades para más altas conquistas. Es un proceso que no termina. Es un estilo de vida de retos continuos a la imaginación y a la voluntad de superación de los puertorriqueños. Para el logro del mejor disfrute de la vida que el hombre puertorriqueño requiere, es necesario que el Estado Libre Asociado se siga utilizando como instrumento eficaz. Instrumento que permita y estimule a todos los puertorriqueños a aportar, en la medida de sus potencialidades, a la gran obra de la sociedad puertorriqueña…

Roberto Sánchez Vilella, 2 de enero de 1965.

Breve biografía sobre Roberto Sánchez Vilella
Roberto Sánchez Vilella, foto obtenida de
Academic Dictionaries and Encyclopedias
Roberto Sánchez Vilella, fue el segundo gobernador del Estado Libre Asociado de Puerto Rico. Nació el 19 de febrero de 1913 en la ciudad de Mayagüez. A los cinco años, su familia decide mudarse a Ponce, donde cursa sus primeros estudios. Completó una licenciatura en Ingeniería en Ohio State University en 1934. De regreso a Puerto Rico, comienza labores públicas como inspector del Proyecto Garzas, dedicado a llevar electricidad al área montañosa de nuestra isla. En 1941, dirigió el capítulo de Ponce del Colegio de Ingenieros y agrimensores de Puerto Rico, también fue profesor en la Universidad de Puerto Rico. Como servidor público trabajó como subcomisionado del Departamento del Interior (que luego fue llamado Departamento de Obras Públicas) en el 1941, administrador de la ciudad capital, en 1945, y ayudante especial del senador Luis Muñoz Marín en 1946. En 1947, incursiona en el sector privado, al estar a cargo de la construcción del Hotel Caribe Hilton. En 1951, fue secretario de la Asamblea Constituyente y, en 1964, fue miembro de la Comisión Conjunta sobre el Estatus. Bajo la gobernación de Luis Muñoz Marín fue Secretario Ejecutivo y Secretario de Obras Públicas (1951-1959), luego pasó a ser Secretario de Estado (1952-1964). En 1964 fue electo gobernador de Puerto Rico.

Tras una serie de diferencias con parte del liderato del Partido Popular Democrático (PPD), no fue nominado para un segundo término. Esto lo llevó a crear y postularse por el Partido del Pueblo, acción que aún hoy día, dentro de algunos sectores, es considerada la razón principal para la derrota del PPD en las elecciones de 1968. En 1972, corrió para representante por acumulación y aunque obtuvo sobre 100,000 votos, una decisión del Tribunal del Tribunal Supremo de Puerto Rico invalidó su elección, dando paso a que uno de los representantes del Partido Independentista Puertorriqueño asumiera ese escaño. Después de 1972 fue parte de la facultad de la escuela de administración pública de la Universidad de Puerto Rico y comentarista radial. En enero de 1997 fue diagnosticado con un cáncer hepático, del cual murió el 25 de marzo de ese año.

Debemos mencionar que Roberto Sánchez Vilella es recordado y reconocido por su eficiencia administrativa, honestidad, valentía política e integridad personal.

Lamentablemente, la figura de Roberto Sánchez Vilella no ha sido reconocida con la importancia que tiene. En palabras de Igdalia Fuentes Sánchez se indica que: “Aquí hablan de los gobernadores, y hasta los libros en la escuela, pero se omiten a Roberto Sánchez Vilella”.

Introducción a los temas del conversatorio:

Desarrollo socioeconómico:
La sociedad puertorriqueña al momento de la gobernación de Roberto Sánchez Vilella vivía una etapa de procesos de industrialización, que implicó un cambio en los patrones socioeconómicos de nuestra Isla. Con el desarrollo industrial, la economía agrícola pasó a un segundo plano y la emigración, tanto interna como externa, fue un factor que tuvo que ser considerado por el equipo de trabajo de esta administración. El gobernador, Roberto Sánchez Vilella, promovió una legislación dirigida a reformas sociales, que pudieran ser vistas como medidas visionarias, ya que modificaron el perfil de la sociedad puertorriqueña actual.  Entre ellas estuvo la creación de la Comisión de Derechos Civiles, el desarrollo de la Autoridad de Carreteras (le debemos dar énfasis al expreso que conecta a los municipios de Ponce y Mayagüez), la creación de reformas agrícolas dirigida a retomar los incentivos a la producción de este campo, la formación de la Compañía de Desarrollo Cooperativo, el transporte colectivo (Autoridad Metropolitana de Autobuses), construcción de hospitales y centros de salud.

Educación
Con un aumento poblacional, que rondó el medio millón de habitantes entre principio de la década de los 50 y el periodo de gobernación de Roberto Sánchez Vilella, era necesaria una serie de reformas educativas dirigidas a preparar a las nuevas generaciones para enfrentar los retos de estos cambios.  Dado a este factor, la administración de Sánchez Vilella enfatizó tanto en la educación pública como en la universitaria. Sobre la reforma universitaria, conocida como Ley 1 de 1967, o Ley de la Universidad, se promocionó la creación de un Sistema Universitario (en la administración Sánchez Vilella se establecieron los recintos de Cayey y Arecibo).  En ella se promueve el financiamiento estatal, la preparación de personas capacitadas y la integración de jóvenes a la fuerza laboral.

En cuanto a la educación pública, se nombra al que en ese momento era el subsecretario de Instrucción Pública, el Dr. Ángel Quintero Alfaro, quien ya había promocionado una serie de reformas en la anterior administración, donde se enfatizaba mejorar los diversos programas ya desarrollados. Entre estos estaban los Centros de Currículo, los Programas de Distritos Guías, las escuelas ejemplares, programa de escuelas especiales para estudiantes talentosos, y programas para, lo que hoy día llamamos, estudiantes especiales. Bajo la dirección de Quintero Alfaro se desarrollaron programas de enseñanza individualizada, las escuelas sin grado, escuelas modelos y el intercambio de maestros con programas educacionales en los Estados Unidos. También se desarrollaron los Centros de Educación y Trabajo o Escuelas Vocacionales.

Según palabras del Dr. Alfonso López Yusto: “Los maestros y administradores escolares de PR no recuerdan otro periodo con mayor admiración que los años de Quintero en el Departamento (…) se sintió inspiración para trabajar en las escuelas, se introdujeron muchas innovaciones, los maestros recibieron aumento de salarios, mejores condiciones de trabajo y ayudas para perfeccionar su preparación académica”

Política administrativa y fiscal
La administración de Roberto Sánchez Vilella estableció varias reformas administrativas dirigida a mejorar el funcionamiento de las esferas de gobierno ante la opinión pública, a la vez que se dirigió a fortalecer las finanzas gubernamentales. Entre estas medidas estaba la creación de un código de ética a la rama ejecutiva, acompañado de la publicación de Función y acción de la Rama Ejecutiva, en ella se buscaba presentar una imagen incorruptible del Servidor Público. También se trabajó en la formación del Fideicomiso de Conservación, se legisló para un impuesto a las ganancias del capital, y la creación de la Administración de Compensaciones por Accidentes de Automóviles (ACAA).

Política internacional
Durante la gobernación de Roberto Sánchez Vilella se vivían momentos angustiosos, tanto en el Caribe como en todo el planeta. La Guerra Fría, pasaba por un momento de transición entre la crisis de misiles de Cuba en el 1962 hasta el inicio del llamado “detente”, donde los bloques de poder, el soviético y el estadounidense, se apertrecharon de grandes cantidades de armamento nuclear, creando una carrera armamentista entre los bandos. En 1965 se da la invasión estadounidense a República Dominicana con la excusa de eliminar la supuesta amenaza comunista. A todo esto, Puerto Rico se mantuvo enmarcado en un problema de estatus, que se pretendió resolver con un plebiscito en 1967. 

Tres citas, de Roberto Sánchez Vilella, que nos han llamado la atención y que deben ser presentadas para reflexión de todos:
  • No debe aplicar en Puerto Rico ley alguna sin el consentimiento específico de los puertorriqueños
  • Digo nación, pues creo que es tiempo de que reconozcamos que lo somos, no por virtud de riquezas, ni de poderío militar, ni aún por virtud de tener representación en organizaciones internacionales. Puerto Rico es nación por virtud de sus hombres y mujeres, por virtud de sentirnos uno, por los lazos de lengua y de historia común que nos unen en experiencias e ideales”.
  • Mientras más ligero se elimine la dependencia en el presupuesto del gobierno federal, mejor será para PR”.


miércoles, 13 de marzo de 2019

Reseña a La revolución puertorriqueña de 1868


Moscoso, Francisco. La revolución puertorriqueña de 1868: el Grito de Lares. San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 2003.
Por Félix M. Cruz Jusino

El historiador Francisco Moscoso en su libro La Revolución Puertorriqueña de 1868: El Grito de Lares (San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 2003) trasciende los paradigmas tradicionales que durante 150 años nos han presentado un cuadro desolador y derrotista sobre la principal gesta libertaria del Puerto Rico decimonónico. Evalúa 100 títulos de la historiografía sobre el tema, donde se busca rescatar para la memoria nacional una gesta con características épicas que acentúa el sentido identitario. Los libros examinados no solo comprenden los de temas especializados, sino que incluyen los textos de historia general. Esta evaluación profusa le concede a su publicación un panorama exhaustivo que le permite identificar las verdaderas causas que llevaron a la revolución de 1868 y las consecuencias del hecho en la sociedad puertorriqueña.[1]

Entre la documentación investigada y analizada destacan fuentes primarias en el Archivo General de Puerto Rico y en el National Archives de Washington D.C. y fuentes secundarias como los libros de historia sobre el tema, biografías y memorias.[2] Cuando se escribió el cuaderno, Moscoso puntea que solo se habían publicado “dos libros ampliamente documentados sobre el tema”: José Pérez Moris, Historia de la Insurrección de Lares (1872) y el de Olga Jiménez de Wagenheim, El grito de Lares: Sus hombres y sus causas (1985). El miembro de la Academia de la Historia subraya por su trascendencia historiográfica los trabajos de Germán Delgado Pasapera (Puerto Rico: Sus luchas emancipadoras, 1984) y el de Lidio Cruz Monclova (Historia de Puerto Rico, Siglo XIX, Tomo I, 1958).[3]

Contrario a otros historiadores, Moscoso destaca la formación del concepto nacionalidad puertorriqueña como fundamento esencial para la consecución de los hechos de 1868. Enfatiza las repercusiones históricas del evento heroico, no la derrota de la revolución. Sostiene que el Grito de Lares hizo temblar al poder colonial español a pesar de sus esfuerzos para disimularlo.[4] El historiador inicia sus planteamientos a través de un viaje historiográfico sobre la evolución del concepto identidad puertorriqueña. Esboza su teoría desde el punto de vista de que el sentimiento identitario no es una característica innata, sino la expresión de una conciencia histórica y de identidad como nación.[5]

Destaca el historiador que en Puerto Rico el sentido identitario o la formación de la nacionalidad se manifiesta desde el siglo XVIII con la movilización de miles de tropas para rebatir la invasión inglesa o en las primeras jornadas libertadoras de 1809 a 1812. Moscoso afirma que la gesta de Lares no es una revuelta de hacendados con problemas económicos, sino el grito de una nación con identidad propia cuyos luchadores por la libertad procuraban dotar a la nación puertorriqueña, configurada desde tiempo atrás, con su estado independiente al igual que concluyeron los forjadores de la independencia de todos los países.[6]

El trabajo está dividido en catorce tópicos y una conclusión. Hace un recorrido por los aspectos más importantes de la historia del país para probar su tesis identitaria y el desarrollo del concepto de nación entre los puertorriqueños (capítulos 2 al 5). Evalúa los años anteriores al Grito (capítulo 6) y los sucesos políticos de mayor envergadura (capítulos 7 y 8) que llevaron a su realización. Moscoso detalla el proceso organizativo del Grito (capítulo 9), las asociaciones políticas secretas que orquestaron la acción revolucionaria y su lideresa (capítulo 10) y los hechos que llevaron a precipitar el evento armado (capítulo 11). Moscoso describe vívidamente la actividad militar, la toma de Lares y la Batalla del Pepino (capítulos 12 y 13). El autor analiza las razones para la derrota y evalúa cuidadosamente los interrogatorios realizados por las autoridades coloniales españolas, planteando que el temor al castigo obligó a muchos a ocultar su participación en el evento (capítulo 14). Destaca lo importante que han sido la lucha obrera[7], la cultura y la literatura[8] en la formación de la conciencia nacional. Explora también las críticas y la rebeldía oculta detrás del trabajo de los literatos del siglo XIX.

El historiador mayagüezano escribe con palabras llanas, define tópicos que puedan ser confusos y no hace uso de notas al calce que pudieran distraer la atención del lector del trabajo expuesto. Reconoce la aportación de otros historiadores y expone planteamientos contradictorios con gran respeto hacia sus predecesores. Desde la cita introductoria en el reverso de la portada del cuaderno, tomada del Informe al Poder Ejecutivo del 4 de julio de 1869 del general José Laureano Sanz, hasta la última cuartilla, Moscoso esboza sus ideales independentistas y reafirma la capacidad de Puerto Rico de proclamarse como una nación libre y soberana.[9]

El cuaderno es importante para la historiografía puertorriqueña por su evaluación de las investigaciones anteriores y la exposición de la manipulación continua de la información histórica por el oficialismo en beneficio de las metrópolis, primero española y luego estadounidense. Revoca con pruebas la categorización como extranjeros que hicieron José Pérez Moris, Lydio Cruz Monclova y Olga Jiménez de los líderes principales del Grito: Manuel Rojas y Matías Brugman.[10] Descuella la relación existente entre ambos líderes con el país: Rojas era hijo del puertorriqueño José María Rojas, quien lucho junto a Simón Bolívar, y Brugman, hijo de un curazaleño nacido en el Nuevo Orleans francés con fuertes vínculos con Puerto Rico.[11]

El profesor universitario no solo nos presenta el desarrollo identitario y cultural del país, también nos proyecta la situación económica y política de la colonia desde sus principios hasta el Grito de Lares en 1868. Haciendo uso de información detallada y tablas, el historiador permite al lector evaluar por sí mismo la realidad de Puerto Rico. El historiador constantemente está comparando su data con las de anteriores. Liberado del concepto de que la revolución fue una de hacendados, Moscoso enriquece su trabajo con tablas de datos que enfatizan la diversidad racial de la Isla y la pluralidad socioeconómica y racial de los participantes del Grito.[12]

La justicia socioeconómica y política son dos temas que el historiador pondera en su trabajo investigativo. Resume las expectativas para la formación de una mejor sociedad que tuvieron los comisionados liberales en la tabla de la página 36. La tabla constata las soluciones a las problemáticas que enfrentaba la colonia desde el punto de vista de los colonos progresistas del siglo decimonónico.

Moscoso nos lleva en un recorrido panorámico sucinto a través de la historia nacional para catapultarnos en el momento histórico de la revolución de 1868. No deja detalle fuera que sea preponderante para internalizar el sentido identitario puertorriqueño y sus ansias por autogobernarse. No queda duda alguna de que la hipótesis de Moscoso establece que la revolución armada de Lares fue una decisión para terminar con el colonialismo[13] imperialista similar a la acaecida en otros estados, que impotentes ante la negativa de sus metrópolis de ofrecer libertades se ven obligados a recurrir a las armas.[14] Moscoso sustenta su hipótesis aludiendo a las causas económicas, políticas y sociales que otros investigadores han planteado como causales de la revolución, las analiza para concluir que indudablemente, tienen su peso (unos más, otros menos) y pueden ser razón suficiente para mover a unos a actuar concretamente. Pero no a toda una sociedad.[15]

De acuerdo a Moscoso, las causales esbozadas por otros investigadores son: el endeudamiento con prestamistas y comerciantes españoles; los agobiantes impuestos municipales, estatales, eclesiásticos y comerciales; los jornales bajos y los comestibles caros; los altos costos de transportación; la concentración de la tierra cultivada en productos comerciales (azúcar, café, tabaco) a despecho de los frutos menores y las consecuentes desnutriciones y hambrunas padecidas por la mayoría del pueblo; las hipotecas, embargos y ruinas de muchos terratenientes y pulperos, los sentimientos nacionalistas innatos, la exclusión de los puertorriqueños de puestos de gobierno en gastos militares…[16]

Moscoso insiste en que no se deben confundir móviles o detonadores inmediatos con las contradicciones estructurales de las relaciones económicas sociales, políticas e ideológicas que subyacen y rigen el conjunto de los problemas expuestos.[17] Para el historiador estas razones son calificadas como simplistas.[18] Proyectando en el tiempo el momento del Grito con el de su investigación, Moscoso estable una símil moderna aludiendo que si las razones del Grito fueran económicas, el pueblo de hoy tendría sobradas razones para un levantamiento.[19] Moscoso concluye que la situación económica de Puerto Rico era parte de un problema mayor, que sin la voluntad de acción de la gente no hubiesen llevado a la revuelta armada. [20]

El reconocido investigador histórico sobre temas del siglo XVI fustiga con mucho profesionalismo las posturas de sus colegas que han menoscabado la gesta heroica del Grito al calificarlo como una acción de desesperados e impaciente.[21] Moscoso puntualiza que son aseveraciones y deducciones como esa las esgrimidas por las metrópolis para criminalizar y proyectar al independentismo como aberración.[22] Los historiadores del siglo XX se hicieron cómplices de la postura postulada por los trabajos por encargo del oficialismo que esperaba el momento idóneo en España para implementar reformas y mantener la unión permanente.[23] En 1867, recalca el historiador, el Dr. Ramón Emeterio Betances y José Julián Acosta no debatían sobre la puertorriqueñidad, sino sobre la futilidad y limitaciones de la vía reformista para atender plenamente la liberación puertorriqueña.[24] Es por esta razón que el autor enfatiza la diversidad representativa del pueblo puertorriqueño que integró el movimiento armado de Lares. Moscoso condena de forma solapada a los que han querido encajonar la revolución de 1868 como un movimiento de hacendados endeudados. Para Moscoso, Puerto Rico era ya en 1868 una nación con caracteres y costumbres forjadas a lo largo de tres siglos, con sus proyectos y clamores de cambio y desarrollo en todos los niveles desde el siglo 18.[25]

Moscoso rechaza el personalismo del que han querido acusar a los gestores del Grito, el Dr. Ramón Emeterio Betances y el licenciado Segundo Ruiz Belvis. Con pruebas fehacientes Moscoso afirma que las intenciones de ambos líderes al organizar el Grito no eran antagónicas ni personales, sino que su rol fue el de ofrecer liderato y dar ejemplo para la obtención de la liberación de la Patria de la opresión y privación de las libertades de todos los puertorriqueños.[26]

El historiador hace un llamado a una reevaluación de la historia. Indica que no es posible continuar repitiendo predicas oficialistas basadas en interpretación subjetivas amañadas para mantener vigente el colonialismo. El Grito de Lares es un evento que marcó la historia nacional y reafirmó la puertorriqueñidad, es por lo tanto imperante conocer los antecedentes del origen y surgimiento histórico de la nacionalidad puertorriqueña: en la historia está el ser, en toda su complejidad.[27]

El trabajo historiográfico de Moscoso trasciende el propósito de investigar el Grito de Lares para constituirse en un análisis sobre la conformación de la nacionalidad y los intentos del oficialismo por suprimir la verdad histórica de la Patria. El cuaderno es un reto al oficialismo, a sus historiadores y su sistema educativo que preserva inexactitudes para no ofender al imperio de turno. El mensaje de Moscoso es claro, Puerto Rico no es un país dependiente, dócil y humillado. Boriquén es un grito libertario enjaulado por intereses políticos y económicos determinados por una plutocracia. Puerto Rico es una nación heroica, resistente y orgullosa de sus gestas y sus grandes hombres y mujeres. La verdadera historia del país está siendo reescrita por puertorriqueños, libres de ataduras oficialistas.

La revolución puertorriqueña de 1868: el Grito de Lares fortalece el sentido identitario y asienta la pertenencia a la Patria. El Archipiélago Borincano y los puertorriqueños se recrecen ante los ojos del lector. Moscoso rescata a los héroes de la gesta del Grito de Lares para constituir la gran epopeya de la nación puertorriqueña.


[1] Francisco Moscoso, La revolución puertorriqueña de 1868: el Grito de Lares (San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 2003), 8.
[2] Ibíd., 76-78.
[3] Ibíd., 8, 73.
[4] Ibíd., 70.
[5] Ibíd., 8.
[6] Ibíd., 6.
[7] Ibíd., 29.
[8] Ibíd., 30-31.
[9] Ibíd., 75.
[10] Ibíd., 73.
[11] Ibíd., 73.
[12] Ibíd., 33, 34, 69, 70.
[13] Ibíd., 5.
[14] Ibíd., 5.
[15] Ibíd., 6.
[16] Ibíd.
[17] Ibíd.
[18] Ibíd.
[19] Ibíd.
[20] Ibíd.
[21] Ibíd.
[22] Ibíd., 7.
[23] Ibíd.
[24] Ibíd.
[25] Ibíd.
[26] Ibíd., 8.
[27] Ibíd.

viernes, 1 de marzo de 2019

La especialidad de la casa (introducción al libro A la mesa del tirano)


LA ESPECIALIDAD DE LA CASA
Milagros Santiago Hernández

La literatura se alimenta de la experiencia del mundo.
Antonio Muñoz Molina

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El cuchillo se desliza grácilmente sobre la carne tierna a media cocción al compás del suave balanceo pélvico del chef más “trendy” de Instagram.  El recién estrenado tirano, a su vez, fuma con fruición y exhibe, sobrepuesta sobre su vientre, una camiseta con la imagen del excéntrico cocinero realizando su icónico acto de prestidigitación de sal. En el ínterin, al otro lado del mundo, continúa el éxodo de miles de personas para quienes comer es asunto de supervivencia y no un espectáculo mediático.

Esta escena, absurda por demás, forma parte de nuestra reciente realidad latinoamericana. Los personajes en cuestión son el cocinero turco Nusret Gökçe, mejor conocido en las redes sociales como Salt Bae, rey de la carne, y el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. Mientras tanto, los ciudadanos venezolanos, echando mano al humor acerbo, denominan al hambre que los acucia «la dieta de Maduro».

Dicotomías sociopolíticas como esta, independientemente de quién las haya cocinado, han dado paso a la novela de la dictadura, género que ocupa un lugar importante dentro del canon literario de Hispanoamérica. En esta, se hace una reinterpretación y reconstrucción, tanto de la figura del tirano —de cuya enigmática personalidad se han nutrido las letras hispanoamericanas desde mediados del siglo XIX— como de las luchas de poder dentro y fuera de los sistemas políticos totalitarios. Para tales efectos, se sirve de las referencias gastronómicas, no solo como mero recurso descriptivo o antropológico, sino como metáfora, alegoría y metonimia del autoritarismo.

En las novelas de la dictadura que son el objeto principal de este estudio La carne de René (1952) de Virgilio Piñera; Yo el Supremo (1974) de Augusto Roa Bastos, y El otoño del patriarca (1975) de Gabriel García Márquez, las referencias a la gastronomía son considerables. Estas constituyen, su gran mayoría, metáforas de la prepotencia política, aparte de jugar un papel fundamental en la construcción y deconstrucción, no solo del poder dictatorial, sino del texto en sí.

La creación de los personajes, a su vez, está cimentada básicamente en el uso de referentes gastronómicos. De esta forma, lo que comen o dejan de comer, el modo y la frecuencia con que se ingieren los alimentos, los cambios en los hábitos alimentarios y de sobremesa, así como la imposición de dichas prácticas de unos sobre otros, determinan muchas veces la evolución de los actantes y los giros de la trama. Estos aspectos, además, son fundamentales en la construcción del discurso político, aparte de estar vinculados a la violencia y a la trascendentalidad mítica del dictador. En resumen, la presencia del recurso gastronómico es un aspecto que no debe pasar inadvertido a la hora de analizar el alcance del tema de la dictadura en la literatura hispanoamericana.

En La carne de René, por ejemplo, la mención del tema gastronómico a nivel ensayístico es abundante. Sin embargo, su vinculación con la opresión política no es tan evidente. En la mayoría de los casos, el estudio de la cuestión contempla asuntos como el homoerotismo, el asedio del cuerpo, el masoquismo, la abyección, la carnavalización y la novela de aprendizaje, a pesar de que dichos aspectos están enclavados dentro de una dictadura subliminal y omnipresente. Por tanto, en el siguiente análisis, estos y otros ángulos son escudriñados como una alegorización o enmascaramiento de la dictadura mediante el uso de la metáfora gastronómica.

Roa Bastos, por su parte, presenta toda una deconstrucción del poder dictatorial y de las instituciones que lo representan mediante la elaboración de un texto que se devora a sí mismo. Recurre, además, a un sinnúmero de metáforas gastronómicas para plantear la magnitud del poder omnímodo del dictador, especialmente desde el aspecto mitológico. A pesar de ello, el examen del poder de la dictadura en Yo el Supremo se basa mayormente en el ciclo del héroe, la intertextualidad, el palimpsesto y el análisis del discurso desde la escritura y la oralidad, haciendo énfasis, principalmente, en los aspectos lingüísticos y la deconstrucción del mismo. De igual manera, abundan estudios acerca de la temporalidad, la veracidad y la (de)construcción de la historia oficial.

La mayoría de los trabajos consultados, a su vez, abordan los aspectos retóricos vinculados al poder desde el análisis neurolingüístico. Por consiguiente, intento demostrar que la historicidad, el poder de las instituciones del estado, las relaciones políticas, la caracterización de los personajes, y hasta el mismo proceso escritural, están representados en términos gastronómicos.

En El otoño del patriarca, por ejemplo, se han trabajado ampliamente los aspectos lingüísticos, narratológicos y temáticos, privando en estos acercamientos los asuntos de índole patriarcal, mitológica, histórica, carnavalesca, temporal, religiosa, sexual, escritural y discursiva. También son comunes los análisis cuyos enfoques se centran en el manejo de lo grotesco, la construcción y la decadencia del poder. El propósito de esta investigación, no obstante, es analizar, desde una perspectiva gastrocrítica [1], dichas oscilaciones dictatoriales.

El primer capítulo, «Dictaduras en su tinta», sirve de plato de entrada para explorar la presencia y consistencia del tema gastronómico como metáfora y alegoría del poder en varias novelas hispanoamericanas de la dictadura. El mismo abarca, a modo de muestrario, un periodo que comprende desde la publicación de «El matadero» (1871) de Esteban Echeverría hasta La nada cotidiana (1995) de Zoé Valdés.

«Ingredientes para cocinar una dictadura», por su parte, trata la construcción y deconstrucción de las instituciones de poder  en las tres obras medulares de este trabajo. Se analizan, primordialmente, el papel de la milicia y la iglesia, dos componentes básicos de la receta de la autoridad política, la causa revolucionaria, el sistema panóptico como método represivo, las relaciones internacionales y, como es natural, la figura del dictador como representante del poder organizado.

El capítulo tercero, «Gastronomía y patriarcado», analiza el tema de la mitología y los símbolos religiosos que se presentan en las alusiones gastronómicas de los tres textos estudiados. Además, expone el modelo de la estancia como alegoría del sistema dictatorial en El otoño del patriarca, así como el uso de la metáfora gastronómica para plantear el esquema del poder eclesiástico y su desacralización.

El cuarto capítulo, «Con la sartén por el mango», corresponde a la utilización del elemento culinario como arma por parte de las mujeres del patriarca para transformar la personalidad del tirano y su estilo de gobierno. De igual modo, se exponen los relevos de poder entre estas y el dictador, así como el proceso de construcción del personaje patriarcal a partir de sus hábitos alimentarios y escatológicos, ambos vinculados a su sexualidad.

Por último, el capítulo «Banquete carroñero» aborda los asuntos de la escatología, antropofagia y autofagia, no solo como manifestación de la atrocidad, decadencia y degradación del poder dictatorial, sino también como mecanismo cíclico y regenerador de las dictaduras y de la consolidación mítica del dictador.

¡Pasemos a manteles!



[1] En su libro Devorando a lo cubano-una aproximación gastrocrítica a textos relacionados con el siglo XIX y el Período Especial (2012), la Dra. Rita de Maeseneer explica que la palabra gastrocrítica fue acuñada por el estudioso de literatura francesa Ronald Tobin en 1990 y se refiere a los distintos significados que tienen en una obra literaria las referencias del comer y del beber. A principio del texto, Maeseneer hace una síntesis abarcadora en la que ofrece una cronología del término desde su etimología hasta los distintos estudios realizados sobre el particular (Maeseneer 17-27).

lunes, 11 de febrero de 2019

Prólogo a Villalba: Historia social y económica en tiempos de crisis, 1930-1940


Prólogo a Villalba: Historia social y económica en tiempos de crisis, 1930-1940 de Francisco A. Pérez Vargas
Pablo L. Crespo Vargas

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En los últimos años hemos visto un aumento en el interés por investigaciones relacionada a la historia de los municipios de nuestra Isla (Puerto Rico). El mismo se enmarca, mayormente, en la llamada microhistoria y es reflejo de un resurgir de inquietudes e intereses que llevan a los historiadores e investigadores de los temas locales a describir y analizar la historia de lugares que dentro de la visión nacional podrían pasar desapercibidos o vistos como fuentes de estudio que no necesariamente levanten curiosidad al público general.

Muy alejado de este parecer, la mayoría de las personas buscan conocer su pasado, y no solamente el relacionado con su destino nacional, sino que es de interés aprender y comprender las historias locales tanto en los aspectos sociales como económicos y su interacción con la situación política de cada momento. Así mismo se estudian las historias familiares, de los barrios, sectores, la genealogía, entre otros.

La historia tiene muchos fines, uno de ellos es entender nuestro paso como pueblo y la microhistoria nos lleva a visualizar la cotidianidad del pasado y nos ayuda a analizar nuestro recorrer desde una posición mucho más cercana a lo que somos.

Villalba: Historia social y económica en tiempos de crisis, 1930-1940 del doctor Francisco A. Pérez Vargas, nos presenta la cotidianidad vivida en el Municipio de Villalba durante la década de 1930. La obra, que es una versión editada de su disertación en el Centro de Estudios de Puerto Rico y el Caribe, está dividida en tres apartados principales, que discutiremos más adelante, y subdivididas en diversos temas que van dirigidos a proyectar una visión clara de cómo los villalbeños vivieron esta época. Como complemento muy bien trabajado, el autor nos da la oportunidad de conocer, estadísticamente hablando, la situación social y económica del municipio por medio de 63 tablas, de las cuales 32 están integradas al texto y 31 son parte de los apéndices.

El primer apartado de la obra es un trasfondo histórico de Villalba. En él, se hace una síntesis de la historia del municipio y se analiza la situación de la infraestructura, la economía y la sociedad de Villalba hasta 1935. El segundo apartado nos presenta el panorama social y económico ya en ese mismo año. En el último apartado se detalla la reacción de los villalbeños a los efectos de la Gran Depresión, que incluye cambios en la economía local, entre ellos los inicios del proceso de industrialización y la utilización de los recursos y programas disponibles, desarrollados por el gobierno, para el mejoramiento de la economía.

Algunos de los aspectos que el autor enfatiza y que consideramos de gran importancia son el desarrollo de la educación en la zona y el papel que tuvo la mujer en el proceso económico de Villalba.

Sobre la educación nos parece sumamente interesante analizar cómo un grupo de ciudadanos se opuso, en enero de 1930, al uso de partidas presupuestarias destinadas a las escuelas y hasta solicitaron el cierre de algunas ya que las consideraban innecesarias y un gasto excesivo que no contribuía nada al mejoramiento de la economía. Contrario a estas aseveraciones, los maestros justificaron y relacionaron los gastos educativos con el desarrollo económico tan necesario en ese momento. En todo caso, la visión de estos ciudadanos no era parte de la estrategia desarrollada por el gobierno para poder estabilizar la economía local.

En cuanto al rol de la mujer, el doctor Pérez Vargas no pierde tiempo al señalar las diversas aportaciones que estas realizaron y de nombrar a las que de una manera u otra terminaron llevando las riendas de sus hogares, fincas o negocios como parte de ese proceso necesario para poder levantar la economía de Villalba. La mujer, aunque marginada, siempre estuvo presente y su desempeño en una gran diversidad de tareas, empleos y actividades fue de vital importancia, aspecto que nuestro autor no deja pasar. Un punto que nos lleva a reflexionar sobre el texto son las comparativas que se presentan sobre la desigualdad de género, especialmente en el trabajo. Por ejemplo, mientras que a un hombre en la industria del tabaco se le pagaba $1.40 por semana, a una mujer, en su misma tarea, recibía $0.97, esto creando una diferencia de 30.7%. Peor aún, si el trabajo eran labores de oficina, el sueldo semanal de un hombre era de $20.04 mientras que una mujer solo recibía $12.79 para una diferencia de 36.2%.

En definitiva, debemos indicar que esta obra debe servir de ejemplo para que otros estudiosos de la historia vean que los aspectos regionales (y en este caso municipales) son base fundamental de la evolución de un pueblo. No hay hechos ni hazañas que deban quedarse al olvido porque cada una de ellas es muestra de nuestro caminar. Recomendamos que se continúen las investigaciones de esta índole y que se siga promocionando el estudio de nuestra historia para fomentar ciudadanos orgullosos de sus orígenes y dispuestos a forjar un mejor futuro.

viernes, 1 de febrero de 2019

Reseña a Josep Fontana Lázaro: ¿Qué historia enseñar?


Reseña a Josep Fontana Lázaro, “¿Qué historia enseñar?”, en “La enseñanza de la historia en España hoy”, Clío y Asociados, no. 7 (2003): 15-26.
Félix M. Cruz Jusino

Portada del libro Lófici d'historiador
“¿Qué historia enseñar?”, es un ensayo publicado por el historiador Josep Fontana Lázaro en la Revista Clío y Asociados como parte de una edición dedicada a la enseñanza contemporánea en España (Núm. 7, 2003). Los planteamientos esbozados por Fontana Lázaro en el ensayo serían luego integrados en el libro El siglo de la revolución: una historia del mundo desde 1914 (Editorial Crítica, 2017). Fontana Lázaro revolucionó la visión tradicional sobre qué se investiga, cómo se escribe y cómo se enseña la historia. El historiador redefinió el concepto historia para proponer para el siglo XXI una materia capaz de integrar y armonizar todas las voces de la sociedad. Expuso que la historia no debe ser desmembrada en especialidades, sino constituida como un todo donde cada área de estudio sea parte de un relato central. La funcionalidad de la historia debe ser crear conciencia crítica del pasado para comprender mejor la actualidad. En términos educativos, el objetivo fundamental de la historia es contribuir con elementos que consientan la comprensión de los mecanismos sociales que engendran desigualdad y pobreza, estimular la denuncia de los prejuicios que descalabran las comunidades y potenciar el enfrentamiento con aquellos que colaboran con la destrucción de la humanidad. Es una historia sin modelos acabados, ni libros de textos. Es una historia basada en la diversidad, basada en los testimonios de vida, no en teorías.

El ensayo analiza la evolución de la metodología histórica durante el siglo XX. Exterioriza que la historia económica y social fracasó debido a que sus metodologías fueron convertidas en un “recetario mecánico” basado en teorías memorizadas que terminaron explicando el pasado sin necesidad de investigar en los archivos. El desencanto con la historia económica y social vino acompañado con el rechazo a la política, sumiendo a la humanidad en la desconfianza. Los historiadores dejaron de preocuparse por los grandes problemas de la sociedad, se retiraron del compromiso cívico para enclaustrarse en la academia y escribir solo para sus pares.

La desilusión con la metodología antigua abrió paso a la formación de nuevas escuelas, que, desde el punto de vista de Fontana, no pasan de ser sectas que intentan devolverle la seguridad y la certeza a la historia. Estas nuevas escuelas se enfocan en lo concreto y ponen su atención mayoritariamente en los aspectos culturales. Entre estas escuelas, señala entre otras, el estudio de las mentalidades, la microhistoria, el posmodernismo y el poscolonialismo. El historiador no menosprecia las escuelas porque tienen parte de la verdad, pero ninguna es en su totalidad suficiente sino integra la experiencia laboral, la subsistencia y la vida en general.
Plantea Fontana que es la naturaleza del problema de estudio lo que debe determinar la metodología a utilizarse para investigarlo. Es el problema el que dicta el método, no lo contrario. La adopción de una escuela y de su metodología puede redundar en ópticas sectoriales que ofrecen una visión incompleta de la realidad. El fin del trabajo investigativo debe ser una aportación al mejoramiento del ciudadano común.

Todo ser humanos debe conocer su historia para construir su sentido identitario, pero como los historiadores les han fallado, han sido instruidos por políticos y gente de los medios de comunicación. La manipulación de la historia por el poder ha sido el responsable de genocidios y guerras durante el siglo XX. El historiador debe romper con la historia lineal y estadista para integrar la visión de los otros miembros de la sociedad, hombres y mujeres comunes alejados del poder. No es una historia desde los de abajo, sino una que integre a todos. El historiador debe rescatar la memoria colectiva para que pueda enseñar a pensar, a dudar, a cuestionar. Los historiadores tienen el deber moral de encontrar las razones para los fracasos del siglo XX para evitar que se remeden en el futuro.

Leer a Fontana Lázaro es fascinante. Las palabras, las imágenes y los conceptos fluyen rítmicamente facilitando la comprensión del lector. El estilo de redacción de Fontana es sencillo, rotundo y hermoso. Fontana, poseedor de un vocabulario eminente, escribe para todos. Demuestra pleno conocimiento del tema y hace uso de citas de otros historiadores para validar sus planteamientos. Utiliza el materialismo histórico como metodología principal para su trabajo, pero insiste en que el historiador debe utilizar tantos métodos como el problema lo amerite.[1]

Fontana Lázaro (1931-2018), quién nació, vivió y murió en Barcelona, está considerado como uno de los principales renovadores de la historiografía española en el siglo XX. Lázaro fue discípulo de Jaume Vicens Vives, Ferrán Soldevila y Pierre Vilar, a los que acredita como forjadores de su pensamiento filosófico. Estudió filosofía y letras en la Universidad de Barcelona. Obtuvo su licenciatura (Bachillerato) en 1956 y su grado doctoral en 1970. El historiador se especializó en el siglo decimonónico español. Desde muy joven se proclamó marxista.

Fontana Lázaro investigó exhaustivamente las tendencias económicas y la contemporaneidad de la Europa veinteava desde su perspectiva marxista y su oposición a la dictadura franquista. Transformó los paradigmas historiográficos establecidos por sus predecesores y estableció una historiografía explicativa sobre los orígenes y senderos que condujeron a Europa hacia las complejidades socioeconómicas de la actualidad.

“¿Qué historia enseñar?”, debes ser lectura obligatoria para todos, pero especialmente para los historiadores y los maestros de estudios sociales e historia. Es tiempo de sacudir la zona de confort en que muchos historiadores e historiógrafos se han refugiado para no llevar a cabo su trabajo. En eso comparto la visión de Fontana Lázaro, los historiadores nos hemos enajenado de la realidad social para enclaustrarnos en la academia. Nos valemos de la metodología como excusa para no hacer trabajos investigativos. Ejemplo de lo último fue el caso del huracán María. Escuché a un reconocido historiador decir que no se podía historiar el paso del huracán porque carecía de metodología. ¿Cómo no se va a historiar un evento que impactó y transformó la vida del país?

Por otro lado, he escuchado a historiadores negarse a investigar el siglo XX porque es demasiado reciente y se pueden herir susceptibilidades. ¿No es acaso la tarea del historiador investigar para desenmarañar la verdad detrás de los hechos? ¿Desde cuándo el historiador debe preocuparse por las emociones?

Los historiadores tienen un deber social que cumplir, construir la memoria, fomentar el sentido identitario individual y colectivo, y enseñar a pensar para dudar, cuestionar, investigar y descubrir. Fontana Lázaro estaba claro al retar al historiador a volver a la base. Heródoto, padre de la historia, investigó para crear una memoria no solo para los griegos, sino para toda la civilización occidental. Le hemos fallado. Es hora de rescatar la función del historiador, investigar los temas que le preocupan a los ciudadanos, fomentar el pensamiento crítico y construir una historia holística e integrada.



[1] Fontana Lázaro, Josep, “¿Qué historia enseñar?”, en “La enseñanza de la historia en España hoy”, Clío y Asociados, no. 7 (2003), 16.