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Al comenzar el siglo XIX la parroquia ponceña Nuestra
Señora de Guadalupe tenía ya sobre 130 años de antigüedad. Ésta fue fundada,
como capilla rural, por el obispo D. Benito de Ribas (1664-1668) cuando gobernó
la diócesis puertorriqueña. El primer ministro del altar designado parece haber
sido D. Juan López de Alicea, de quien se da cuenta en un documento de1669.[2] La
historia de esta parroquia, tan ligada a la del mismo Ponce, estaba pendiente
de escribirse.
¿Y por qué escribir una historia de la parroquia? A
dicha pregunta habría que dar varias contestaciones. La primera
contestación es: por una necesidad. Muchas veces cuando se selecciona un tema
para hacer una investigación se responde a una necesidad. Es decir, porque no
hay nada escrito sobre ese tema, o tal vez se ha escrito muy poco o,
simplemente, lo que hay escrito se puede mejorar. Y, en gran medida, ese el
caso de nuestra histórica parroquia. El ilustre historiador ponceño, D. Eduardo
Neumann Gandía, a pesar de sus meticulosas investigaciones, en su obra Verdadera y auténtica historia de la ciudad
de Ponce, habla muy poco sobre la parroquia. Apenas ofrece noticias sueltas
o datos aislados de la misma, que se incluyen en un apartado titulado Efemérides.[3]. Esto es casi al final de la obra y es a modo de una cronología con fechas
claves sobre la historia de Ponce. En el Álbum
histórico de Ponce, con ediciones en 1934 y 1960, también se ofrece
información de la parroquia en una sola página o más bien, en media
página. Y vale decir que los datos allí
señalados son, en su mayoría, extraídos de la obra de Neumann. El historiador
Francisco Lluch Mora, nuestro querido maestro Don Pancho, en el Capítulo III de
su obra Orígenes y fundación de Ponce y
otras noticias relativas a su desarrollo urbano, demográfico y cultural (siglo
XVI – XIX) habla sobre los comienzos de la parroquia. Y el referido
capítulo tiene una extensión de apenas 5 páginas no completas.[4] Así que,
en conclusión, lo que existe hasta ahora escrito se podía mejorar.
La segunda contestación es porque la Iglesia siempre fue
medular en la gestación de nuestros pueblos. En torno a las parroquias se
organizaba la vida social, política, económica y cultural de los pueblos. Ponce
no fue diferente. Si bien el pueblo tiene sus orígenes en una comunidad
dedicada al contrabando y a la crianza de ganado de cerda, la realidad es que
la fundación de la ermita se hace para dar servicio y pasto espiritual a los
vecinos, contribuyendo, decisivamente, a la eventual organización política de
dicha comunidad. Esa ermita evolucionó a una capilla rural y luego a una
parroquia. Así que el hecho de que se haya congregado un grupo de vecinos
alrededor de un centro de adoración es un paso determinante en la constitución
formal de un pueblo. La importancia de ese elemento religioso queda de
manifiesto en un documento emitido por el mismo cabildo de San Germán en
diciembre de 1684. En éste se hace la siguiente declaración:
“…de muchos años a esta parte por haverse [sic] acrecentado los vecinos desta [sic] villa y fundado dos pueblos distantes de ella, nombrados el uno San Francisco de la Aguada, y el otro nuestra señora de Guadalupe, en Ponze [sic], aldeas, y jurisdicción de esta villa…”[5]
Ponce se organiza formal y oficialmente en 1692, pero ya desde sus orígenes se le nombra Nuestra Señora de Guadalupe. Es decir, con nombre de advocación mariana. ¿Habrá algo más ligado a la Iglesia? Además, el mismo gobernador D. Gaspar de Arredondo en 1690 reconoció la importancia de que la Iglesia ya hubiera señalado curas para aquellos cinco lugares que, en su proyecto urbanizador, él pretendía crear en villas. Ponce era uno de ellos.
Y la tercera contestación es por una razón práctica.
La existencia y disponibilidad de documentos necesarios para reconstruir la
historia. En años recientes se fundó en la Pontificia Universidad Católica de
Puerto Rico el Archivo Histórico Institucional.
Allí hay disponibles una buena colección de documentos que permiten
atisbar de manera razonable algunos momentos de la historia de la parroquia
ponceña. En el pasado esto era imposible. Un desafortunado incendio ocurrido a comienzos
de la década de 1880 destruyó gran parte del archivo parroquial y, ante la
falta de los documentos útiles a ese fin, había sido difícil para los
historiadores realizar aquella labor. Así lo constató Da. Isabel
Gutiérrez del Arroyo, cuando en 1960, publicó un artículo sobre la visita
pastoral del obispo D. Juan Alejo de Arizmendi a la diócesis entre los años
1812 y 1813. Comentaba la célebre historiadora que de Ponce muy poco podía
informar, sobre tan significativa visita, debido a la pérdida del archivo
parroquial.[6] Sin
embargo, la incansable y fecunda gestión de Mons. Vicente Murga, como historiador
y conservador de documentos, sigue rindiendo frutos. Quiso la fortuna que éste
lograra salvar del fuego un nutrido volumen de documentos originales que
pertenecieron al archivo de la antigua diócesis de Puerto Rico.[7] Muchos de
ellos, manuscritos de los siglos XVIII al XX relacionados con diversas
parroquias de la isla de Puerto Rico, se encuentran hoy bajo la custodia del
citado archivo. Resulta irónico que un incendio despojara a los ponceños de una
parte de su historia y que andando el tiempo otra amenaza de fuego le
devolviera algo de lo que le había sido quitado. Gracias a esos valiosos
papeles, unidos a la información que proveen otras fuentes, hacen posible dos
objetivos. Primero, reconstruir una historia abarcadora, lógica y reflexiva sobre
la parroquia para el período cronológico antes señalado. Y segundo valorar su
importancia dentro de la comunidad ponceña.
[1] Ricardo Alegría, Los dibujos de
Puerto Rico del naturalista francés Augusto Plée (1821-1823). Revista del Instituto de Cultura
Puertorriqueña. Año XVIII, 1975, Núm. 68, Julio-Septiembre, pp. 20-21, 24.
[2] Dennis De Jesús Rodríguez, Fundación
de Ponce: 1678-1692. Hereditas.
Revista de Genealogía Puertorriqueña. Vol. 10, Núm. 2, Año 2009, p.63.
[3] Eduardo Neumann Gandía, Verdadera
y auténtica historia de la ciudad de Ponce. Edición Conmemorativa del
Centenario de la Fundación del Partido Autonomista Puertorriqueño, 1887-1987.
San Juan, Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1987. p. 257.
[4] Francisco Lluch Mora, Orígenes de
Ponce y otras notas relativas a su desarrollo urbano, demográfico y cultural
(siglos XVI-XIX). San Juan, Editorial Plaza Mayor, Inc.,1ra edic.,
2001.
[5] PUCPR. AHD. Col. M. V. Murga. Gobs.
P. Guzman Arteaga – Lorenzana M. de Andino. Tomo 97, p. 184.
[6] Isabel Gutiérrez del Arroyo, Itinerario
de la segunda visita pastoral de Su Ilma. el Dr. D. Juan Alejo de Arizmendi
(1803-1814). Revista del Instituto de
Cultura Puertorriqueña. San Juan de Puerto Rico, Octubre-Diciembre 1960,
Núm. 9, p.44.
[7] Álvaro Huerga, La colección “Historia Documental de Puerto Rico”. San Juan, 2009, p. 23.
Múltiples cuestionamientos recientes han puesto en duda los méritos, intenciones y acciones de Luis Muñoz Rivera y otros próceres liberales. Un afán revisionista, ha reaccionado con ardor a la cuestionable práctica de historiadores del pasado de colocar al procerato en “santuarios” de virtud, aun cuando proyectaron con altas y bajas muchos de los mismos dilemas que hoy socavan la credibilidad de nuestros líderes.
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| Luis Muñoz Rivera |
El revisionismo histórico es un proceso periódico en el cual las “verdades” generalmente aceptadas se revisan, se cuestionan y se retan, con la intención de sustentar y establecer una nueva interpretación de hechos y personajes. Es benigno si se fundamenta en investigación rigurosa, nueva evidencia, datos previamente soslayados, o reinterpretaciones bien documentadas del contexto e intenciones de sus protagonistas, entre otras. Pero debe cuidarse de no aplicar al pasado los prejuicios del presente, ni de hilar un guion novelesco no cabalmente comprobado, llevándose enredado tanto a la verdad como al mito.
Luego de cuatro siglos de subordinación al régimen colonial español, los historiadores de la primera mitad del siglo XX llenaron las carencias de nuestra historia nacional con las engrandecidas ejecutorias de los líderes de la curva entre los siglos XIX y XX. La institucionalidad saturó las calles con sus apellidos y poco faltó que los colocaran en estatuas con briosos corceles y blandiendo un sable. Ante un colosal déficit de héroes nacionales, creamos un “paraíso perdido” de virtud política, no del todo cierto.
En esencia, estos líderes reaccionaron como mejor pudieron a una grave y perturbadora coyuntura política y social sobre la cual tuvieron muy poco control. Una ruptura creada por la transición entre dos metrópolis coloniales contrastantes: una decadente que implantó un férreo y corrupto régimen con la excusa de prevenir la sedición; y otra emergente que llegó a la Isla para atender intereses geopolíticos y económicos más amplios, sin un plan preciso de qué hacer con su nueva colonia.
Las contradicciones y quebrantos de Luis Muñoz Rivera, José Celso Barbosa y sus contemporáneos aún permean nuestra cultura política. Aun cuando queramos ubicarlos en un pedestal, son la estela del medioambiente político del caciquismo y el patronazgo político de la España de la Restauración. Esas prácticas fueron sus referentes políticos; y los aplicaron tan pronto lograron su proverbial “turno en el poder”.
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| José Celso Barbosa |
Los españoles acapararon la administración pública en Puerto Rico con pocos escrúpulos y gran corrupción. Su fronte era un gremio de favoritos que imponían contribuciones y repartían tierras baldías sin equidad; dilapidaban los ingresos lícitos e ilícitos de las aduanas; y desviaban pagos y fondos públicos, resultando en desfalcos, peculados, malversaciones, sobornos, concusiones, fraudes y otras irregularidades. La burocracia permeaba expedienteo, mala contabilidad, excesiva empleomanía, ineptitud crasa, nombramientos fuera de procedimiento, nepotismo y remuneración desigual. Pero estos mismos burócratas y sus favores eran los que agenciaban los votos en las elecciones para asegurar los escaños e intereses de sus benefactores.
Desde los albores del siglo XIX se propuso sanear la administración pública de Puerto Rico y abrirla a los “naturales del país”. Pero no fue hasta la República Española (1873-1874) que se abrieron oportunidades para la participación de los puertorriqueños en la administración pública. Aunque la República fue un oasis fugaz, creó conciencia y voluntad para reformar la administración pública de Puerto Rico.
Los partidos monárquicos españoles mantuvieron un tenaz control sobre la administración pública local. Como respuesta, el incipiente autonomismo adquirió un fuerte matiz republicano y antimonárquico que los distanció de los partidos monárquicos que se turnaban el poder en España. El cisma de 1897 entre Barbosa y Muñoz Rivera en el seno del Partido Autonomista se ha justificado por la renuencia de Barbosa y de sus correligionarios autonomistas “puros” y pro-republicanos a aceptar el pacto propuesto por Muñoz Rivera con un partido español monárquico. Pero hubo más que eso.
Nuestra historiografía ha sido muy parca sobre las ejecutorias de los partidos y movimientos políticos conservadores ―los incondicionales― y cómo lograron acceso y control de los puestos públicos locales hasta crear su propio sistema caciquista. Ante la dejadez de las autoridades españolas, esta nueva burocracia criolla incondicional movió sus poderosos tentáculos para proteger sus intereses y señorear los asuntos del País.
En mi disertación postulo que el abarcador control y poder local del cacique mayor, don Pablo Ubarri y Capetillo, constituyó una autonomía de facto donde los conservadores controlaron la vida de la colonia, protegiendo tanto los intereses españoles como los suyos propios. A poco, también penetraron el reducido ámbito electoral local, amañando listas de electores, promoviendo la violencia en eventos electorales, y arrestando y amedrentando a sus opositores. No se puede analizar el procerato liberal sin tomar en cuenta cómo reaccionaron e imitaron muchas de las prácticas políticas caciquistas de los incondicionales.
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| Pablo Ubarri y Capetillo |
Fuimos un calco del caciquismo español. Algunos historiadores españoles han señalado a Mateo Práxedes Sagasta ―gestor de la Carta Autonómica de 1897― como un político al que no impulsaban ideas ni programas ya que su política personal estaba basada en que un cargo público era sinónimo de repartir favores, donde gobernar consistía en encontrar puestos para el mayor número de personas posibles y mantener dóciles a los restantes. El caciquismo puertorriqueño, aún tan vigente en nuestra cultura política, era el cuño antillano del enraizado caciquismo peninsular.
Sin puestos no hay paraíso. Retórica e ideología a un lado, la estrategia principal de los autonomistas era acceder y controlar los puestos públicos, las listas electorales y las cuotas de impuestos, como por décadas lo habían hecho los incondicionales. No es extraño que Mariano Abril, una de las voces más elocuentes del autonomismo, señale como consigna del autonomismo la “guerra a la burocracia y al caciquismo”. Una guerra no para eliminarlo, sino para crear un sistema caciquista propio, presumiblemente mejor que el anterior. La ocupación de la administración pública ―tanto de jure (por ley y gobierno electo) como de facto (ocupando los cargos públicos)― fue táctica vital del autonomismo puertorriqueño de finales del siglo XIX para acceder al poder.
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| Mariano Abril |
Por tanto, la resonante pugna entre Muñoz Rivera y Barbosa debe verse menos en términos ideológicos y más en el contexto de esta fijación por los puestos públicos. La afiliación de Muñoz Rivera a un partido monárquico para lograr la autonomía fue una hábil y pragmática táctica posibilista para vencer y reemplazar al caciquismo incondicional. Muñoz Rivera fue acusado de pretender ser el sucesor de Ubarri, y fue muy claro al señalar que una vez en el poder “influirán todos nuestros amigos, cada uno en su esfera de acción, en su órbita, en su distrito”. Con la autonomía, su caciquismo “benigno” agenció el histórico nombramiento de más de 1,100 puertorriqueños a puestos públicos, incluyendo el 70 por ciento de los alcaldes, muchos de los cuales permanecieron en sus puestos luego del cambio de régimen. Al lograr el añejo objetivo de ocupar los puestos públicos del País, en 1898, Muñoz Rivera emergió como el nuevo e indiscutible cacique mayor.
La pugna ideológica entre Muñoz Rivera y Barbosa fue secundaria a su batalla campal por los puestos, presupuestos e influencias del Régimen Autonómico de 1898. Ni siquiera la mediación del gobernador español pudo reparar la incapacidad de ponerse de acuerdo en cómo repartirse entre ambos partidos la administración del país, aun cuando el afán de los españoles era enfrentar la inminente invasión estadounidense con un gobierno local unitario en apariencia.
Esta disputa llevó a Barbosa y a sus seguidores a asumir un agrio antagonismo contra Muñoz Rivera que trascendió el régimen autonómico y continuó bajo los estadounidenses. Con las flamantes insignias de los partidos Federal Americano y el Republicano Puertorriqueño, y aún con programas casi idénticos, Muñoz y Barbosa siguieron riñendo por el control de las alcaldías y los concejales de los ayuntamientos.
Podemos glorificar las virtudes de nuestros próceres o reprochar agriamente sus defectos y carencias. Pero el problema, no son ellos, seguimos siendo nosotros. Exaltar sus defectos y sus errores no resuelve el problema mayor e inminente: luego de más de un siglo de régimen estadounidense y más de sesenta años de gobierno propio, la rémora del caciquismo aún corroe nuestra administración pública y la confianza del pueblo en sus instituciones públicas.
Nota editorial: Imágenes suministradas por el autor.
Discurso del Presidente de la Sociedad Protectora del Patrimonio Mayagüezano: Alfredo Morales Nieves, Ph.D.
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Hoy nos reunimos en este sagrado recinto cultural, El Casino de Mayagüez, bajo auspicio de su Junta Directiva, de la cual tengo el honor de formar parte desde el año de 2017, con el propósito de conmemorar el Centenario del Terremoto de San Fermín del 11 de octubre de 1918. La historia nos llama, reiteradamente, a recordar los hechos del pasado mientras nos amonesta con el dicho: Un pueblo que no sabe su historia está condenado a perecer.
En este edificio, construido luego del terremoto de 1918, y donde hubiese estructuras construidas por mayagüezanos durante el siglo XIX, en mampostería y madera, comenzará a congregarse la elite mayagüezana de esa época. Esos hombres y mujeres, forjadores de una nueva ciudad porque la suya acababa de sufrir una catástrofe, juntó a todos los mayagüezanos, indistintamente de su clase social u origen étnico, no se quedaron de brazos caídos ante el siniestro.
Si bien la ciudad de Mayagüez, como podemos constatar por fotografías y relatos de nuestros ancestros, era una joya arquitectónica de un meditado plan urbano, la ciudad que habría de levantarse emularía el espíritu mayagüezano: Nos han destruido la ciudad y minado la población huracanes, incendios, inundaciones y epidemias. Hemos sufrido el embate de una visión que cambió la cosmovisión que teníamos y ahora esto: un maremoto bañó las calles de nuestra próspera y rica ciudad mientras el sismo echó abajo el arduo trabajo de todos. Congregados, pues, en la década de los veinte en estos salones que hoy ocupamos, decíamos, los mayagüezanos, aquellos que nacieron en sus hospitales o casas o esos que llegamos a la ciudad como hijos de mayagüezanos nacidos en otros pagos o inmigrantes de otros países y otras lenguas, La fortaleza de nuestro espíritu está en nuestro ánimo y en nuestro carácter. Somos mayagüezanos y ante las inclemencias del tiempo y de la Naturaleza habremos de seguir habitando esta maravillosa zona llena de pantanos, bosques, ríos, riachuelos, caños y una apacible bahía bajo el cenit de un cielo de hermosos matices azules y frescas brisas antillanas.
De esa manera, de cara al cambio, de cara a la invención de nuevas maneras y nuevos pensamientos, Mayagüez volvió a sentar cátedra de prosperidad y apertura al futuro. Hemos aprendido a construir una vida basada en las ideas del mañana, los inventos de hoy y la idiosincrasia que heredamos de nuestros ancestros.
Así las cosas, y contra viento y marea, contra otros que intentaron que esta Sociedad Protectora del Patrimonio Mayagüezano, cuyo máximo ideal es la preservación de la memoria histórica y del patrimonio mayagüezano, aun, repito, cuando las autoridades, o quienes intentan representarla, pusieron estorbo, escollos y tropiezos en nuestro camino, quiso, precisamente la adversidad ante la Solemne Conmemoración, que nos reuniéramos en el lugar de encuentro de los mayagüezanos de 1918, en la Plaza Almirante Cristóbal Colón, y luego a disertar sobre el pensamiento y la cultura en este sagrado recinto, el más antiguo centro socio cultural de Puerto Rico establecido en 1874 y debiera mudarse a estos salones luego de que el antiguo edificio del Casino de Mayagüez se derrumbara por el terremoto de hace hoy, precisamente, cien años.
Aquellos que estamos congregados aquí hoy celebramos con amor y orgullo nuestro carácter y espíritu. Hemos conocido la adversidad ante la catástrofe del Huracán María hace poco más de un año, el 20 de septiembre de 2017. Hoy, en nuestro proceso de recuperación, agradecemos a nuestros ancestros por haberse levantado de las ruinas del terremoto para construirnos una hermosa ciudad. Mayagüez presenta hoy día un cuadro desolador, no por terremotos ni huracanes, sino por el descuido de sus carreteras, sus jardines y parques, así como las cunetas, espacios públicos y áreas en general. Nuestra ciudad se ve sucia, descuidada. Sus antiguos edificios están abandonados y son echados abajo por la mano del hombre. Nos corresponde dejar de quejarnos, dejar de señalar o requerirle al otro que haga algo. La historia nos ha mostrado la grandeza del pasado. Nos corresponde dejar por herencia la grandeza de nuestro presente.
Salud a todos, salud a la ciudad de Mayagüez y que nuestras manos construyan para nuestros descendientes la más hermosa de todas las Sultanas del Oeste.
Una de las causas a la gran cantidad de los problemas que la sociedad puertorriqueña afronta a diario es la prolongación de su estatus colonial, que se mantiene desde hace más de cinco siglos. Esta situación aparenta no tener solución inmediata dado al poco interés de los grupos gobernantes que solo buscan conservar el poder y las riquezas que este genera, aunque alardeen de promover cambios que nunca llegan. A esto se añade que las dos metrópolis, primero España y luego Estados Unidos, no han perdido oportunidad de sacarle provecho a su emporio, cuyos habitantes, en la gran mayoría, prefieren el inmovilismo a tener que lidiar, como pueblo, por un futuro mejor.
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La consciencia política de los puertorriqueños, aunque desarrollada junto a su aceptación mayoritaria como pueblo de que somos una nación, nunca estuvo a la par con la percepción cultural de lo que esto significaba. Las tácticas de los poderes coloniales y sus lacayos para que los puertorriqueños se mantengan sumisos ante la oportunidad de luchar por un país mejor y prosperar como nación han sido varias. Estas van, por un lado, desde la promoción de un sistema social-cultural donde se construye un sentimiento de felicidad imaginario que se basa en el festejo, la diversión, la oportunidad de progresar por medio del azar y el uso del alcohol para alejar las penas, entre otros; y, por el otro lado, llega hasta la intimidación, el discrimen, la persecución y el asesinato por pensar y actuar con capacidad de progresar como colectivo.
No se equivocaba aquel gobernador español, Miguel de la Torre, cuando su gobierno (1823-1837) giraba alrededor de las tres B ―baile, baraja y botella― ya que un pueblo entretenido y mantenido no necesita rebelarse. Esto no fue su invento. Los romanos antiguos, en manos del poeta Décimo Junio Juvenal, ya habían acuñado una locución que dice panem et circenses y que en castellano se traduce a “pan y espectáculos de circo”. Expresión que se refiere a la práctica de la clase gobernante de mantener a las masas contentas con sustento alimenticio y entretenimiento. Los españoles del siglo XIX, para su situación, utilizarían la frase “tapas y toros” para explicar la misma conducta. En todo caso, ¿quién se rebela si es feliz?
Para los que el placebo que otorgaba la felicidad no les resultaba motivo suficiente para ser sumisos, así como en la Roma imperial, en el Puerto Rico decimonónico se desarrolló un aparato represivo gubernamental, cuya política de persecución promovía las libretas de jornaleros, los sistemas de espionaje interno, los compontes, el encarcelamiento, la censura y la neutralización de líderes y participantes de movimientos opuestos al régimen.
Con la llegada de los Estados Unidos como una nueva metrópolis se siente la oportunidad de cambios y libertades. El problema estuvo en que la nueva metrópoli demostró desde muy temprano que llegó para controlar un territorio, al cual había invadido con fuerzas militares que no dudaron en utilizar su poderío bélico para abrirse paso. Mientras esto pasa, la mentalidad política local, que se piensa el centro del universo, no vio las intenciones del gobierno de Washington, quien ya estaba preparando el camino a convertirse en la primera potencia del mundo, hecho que se materializó al finalizar las dos guerras mundiales. Recordemos que la realidad es que el invadido no manda, el que tiene el poder es el invasor. Eso lo sabían los filipinos y por ello se alzaron en armas (1899-1902).
El territorio de Puerto Rico cumpliría una función vital en la defensa militar y la búsqueda de la hegemonía estadounidense a nivel mundial. La Isla y sus dependencias menores, localizadas estratégicamente en el hemisferio americano, cumplía con los requisitos esenciales para convertirse en todo un emporio castrense con centros de mando y control, campos de tiro e instalaciones de resguardo naval, entre otros aspectos vitales para la defensa territorial del nuevo imperio.
Como la conquista no puede ser a medias, la nueva metrópolis desarrolló una política dirigida a aculturar, que se conoce como la americanización. Esta falla en su intención original, ya que no se contaba con la resistencia cultural puertorriqueña, la cual todavía, hoy día, es representativa de un espíritu de identidad nacional único. A esto se le suma un mundo cambiante que va evolucionando a una sociedad global donde el colonialismo es mal visto; donde los poderes imperiales deben comenzar a dejar sus emporios territoriales. No obstante, no claudican.
En la inmensa mayoría de las colonias, a través del planeta, se otorga libertad soberana, pero subyugada al poder imperial de cada metrópolis. Es así cómo se perpetúa el colonialismo dentro de otro concepto, el postcolonialismo. La implicación de este último término no es nueva, sino que ya desde la liberación de las colonias latinoamericanas se traza su funcionalidad a favor de las grandes potencias que controlan el mercado y el capital, se añade su necesidad de la materia prima de los recién independizados países.
En el caso de Puerto Rico se crea el llamado Estado Libre Asociado o Commonwealth, en su denominación en inglés. El término Commonwealth, que también es traducido al español como Mancomunidad, implica una relación mutua política donde las partes obtienen beneficios. Uno de ellos fue la supuesta eliminación del problema colonial en Puerto Rico. Pensando que ya se había resuelto, se promovió la idea de que Puerto Rico era el ejemplo de “vivir lo mejor de dos mundos”. Se siguió con el baile, baraja y botella sin pensar que esta actitud promovería la acumulación de una deuda que afectaría al país, pero que benefició a gran parte de la clase gobernante. Los efectos de la deuda no solo fueron sociales y económicos, sino que, políticamente, se demostró que la autonomía de la Isla estaba sujeta a los designios del Congreso estadounidense, quienes nombran una junta que se encarga de la situación fiscal del territorio y que va por encima de los propios gobernados.
Anterior a la creación del Estado Libre Asociado se gestaron unas condiciones idóneas, donde se estableció una élite social que mantendría control sobre las políticas que se estarían formando para el manejo del país. Estos centros de poder político utilizarían las mismas tácticas del periodo colonial español, pero ampliadas y ajustadas a la nueva situación histórica. Es en la evolución de todo este proceso donde entra la hipótesis presentada por el Dr. José Iván González Colón, en su obra La Ley de Tierras y la consolidación del poder colonial en Puerto Rico: 1941-1952. González Colón nos explica que la implementación de la Ley de Tierras promulgada por el Partido Popular Democrático y sus aliados, luego de las elecciones de 1940, fue un instrumento dirigido a la consolidación del poder hegemónico de esa colectividad en la vida política de Puerto Rico.
No obstante, González Colón nos lleva a través de su obra a una explicación más detallada de cómo se dio este proceso. Inicia presentando el problema que representó para los puertorriqueños la capitalización de la economía agraria por compañías estadounidenses y cómo esto fue en menoscabo de los intereses locales. Esto tendría sus repercusiones en la vida política de Puerto Rico. Por un lado, de manera reaccionaria surge el Partido Nacionalista, por otro lado, los partidos favorecedores del imperio continuaron fortaleciéndose bajo el amparo del sistema colonial. Es en medio de esta dicotomía que se da un disloque ideológico dentro del Partido Liberal Puertorriqueño y en 1938 se crea un movimiento de carácter populista que será conocido como el Partido Popular Democrático. Este nuevo partido asumiría una posición centrista, tomando para sí, ideas y actitudes socialistas, liberales y hasta asimilistas al punto que establece, lo que se podría llamar, una nueva visión colonial donde se criminalizaría el independentismo, a la vez que se establecía un nacionalismo o autonomismo cultural y económico, dirigido a enorgullecer a la población, aunque no los alejaba de los Estados Unidos.
Con el cambio de una economía agraria a una de manufactura, el estado colonial se ajusta a las nuevas necesidades. La Ley de Tierras y su reforma agraria también es ajustada y utilizada para seguir manteniendo la hegemonía gubernamental. Las movidas del Partido Popular Democrático eran dirigidas al establecimiento de un poder hegemónico cuyo fin era consolidar a un grupo social, que se enriquecía a cuestas del desarrollo de un pueblo.
La posición hegemónica evolucionaría con el pasar de los años. El Partido Popular Democrático se convertiría en un instrumento dirigido a alejar el pensamiento separatista y promovería la unión (dentro de un pacto imaginario) con los Estados Unidos al punto que, indirectamente, favoreció la creación de un partido anexionista populista (el Partido Nuevo Progresista), con el cual tiene mucho en común. Esto, a su vez, estableció un bipartidismo, cuyo fin demostrado es el mantener en el poder político-económico a una clase gobernante que está ajena a las vicisitudes que pasa el pueblo.
La obra del Dr. González Colón nos lleva a explorar y nos explica como la Ley de Tierras y su reforma agraria durante el periodo de 1941 a 1952 ayudaron a la formación hegemónica del Partido Popular Democrático y a la creación de un sistema estatal colonial distinto a lo que se había tenido hasta ese momento.
Referencias
Ayala, César y Rafael Bernabe. Puerto Rico en el siglo americano: su historia desde 1898. San Juan: Ediciones Callejón, 2011
Beruff, Jorge Rodríguez. Strategy as politics: Puerto Rico on the Eve of Second World War. San Juan: Editorial Universidad de Puerto Rico, 2007.
Burchardt, Hans-Jürgen y Johanna Leinius, eds. (Post-)Colonial Archipelagos: Comparing the Legacies of Spanish Colonialism in Cuba, Puerto Rico, and the Philippines. University of Michigan Press, 2022.
González Colón, José Iván. La Ley de Tierras y la consolidación del poder colonial en Puerto Rico: 1941-1952. Lajas: Centro de Estudios e Investigaciones del Suroeste de Puerto Rico, 2023.
Juvenal, Décimo Junio y Aulo Persio Flaco. Sátiras, traducción de Manuel Balasch. Madrid: Gregos, 1991.
Picó, Fernando. “The Absent State and Five Books on Puerto Rican History”. Radical History Review. Issue 128, mayo 2017, 27-35.
Quintero Rivera, Angel. Conflictos de clase y política en Puerto Rico. Río Piedras: Ediciones Huracán, 1986.
Linn, Brian McAllister. The Philippine War, 1899-1902. University Press of Kansas, 2000.
Silbey, David J. A War of Frontier and Empire: The Philippine-American War, 1899-1902. New York: Hill & Wang, 2008.
Nota editorial: La primera versión de este artículo fue utilizada de prólogo en la obra de José Iván González Colón, La Ley de Tierras y la consolidación del poder colonial en Puerto Rico: 1941-1952, Lajas: Centro de Estudios e Investigaciones del Suroeste de Puerto Rico, 2023. Una segunda versión fue publicada en el periódico Claridad el 12 de abril de 2023, Enlace artículo en Claridad.
Vivencias es una antología de narraciones vividas y experimentadas por el amigo y compañero educador Néstor J. Irizarry Remus. Néstor, que es maestro de historia y estudios sociales en escuela secundaria, tiene un cúmulo de experiencias que a través de los años fueron redactadas y que consideramos no deben quedar en el olvido.
El
objetivo de esta obra es dar la oportunidad a otros —su público, estudiantes y amigos—
a que analicen el pensamiento y filosofía de vida que Néstor practica y que
puede apreciarse a través de sus escritos.
Cada
uno de los ensayos de Néstor tiene un contexto especial y está enmarcado en
aspectos que definen un espacio y tiempo, que, aunque único, puede ser parecido
a lo que otros viven. En algunos casos nos podemos identificar con el escrito y
crear empatía hacia la posición del autor. En otros podría ocurrir lo contrario
y alejarnos de su posición. En ambas situaciones tenemos la oportunidad de
aprender de una experiencia que otra persona presenta. Al final cada uno de
nosotros es un mundo, con sus ideas y pensamientos, con sus posturas y
alineamientos. Néstor está consciente de esto y así nos lo deja saber.
Nuestro
autor entiende que el conocimiento es colectivo y que este pasa de persona a
persona. La educación puede ser formal, pero en su mayoría es la informal la
que prevalece. Los escritos de esta obra nos enseñan y llevan a reflexionar
sobre nuestra existencia y vicisitudes, que día a día, tenemos que enfrentar.
Néstor
tiene una filosofía de vida y un pensamiento político bien definidos. Su obra
es reflejo de ello. No obstante, no es un fanático que se incomoda por lo que otros
dicen o piensan. Tampoco busca adeptos a sus principios. Él acepta que hay
diversidad y, más que ello, respeta lo que otros piensan.
La
obra tiene cincuenta y siete narraciones. Estas fueron redactadas entre el 2010
y el 2019. Es importante recalcar que nuestro autor acumuló en este periodo
sobre cien ensayos cortos y narraciones, suficientes para poder escribir un
segundo volumen. Algunas de ellas fueron publicadas en medios cibernéticos de
terceros, otras publicadas en las redes sociales de Néstor. Lamentablemente,
algunas se perdieron.
Los
escritos son diversos, aunque debemos advertir al lector que los ensayos no
están agrupados por temas y que el autor eligió colocarlos en orden alfabético.
En ellos podemos leer sobre hechos históricos, historiografía, política,
relaciones humanas, ciencias sociales, Navidad, fiestas tradicionales,
cotidianidad y autoayuda, entre otros. Aunque se tiene una gama de temas, al
final, todos los ensayos son las vivencias de nuestro autor.
En fin, felicitamos a Néstor por esta obra y lo exhortamos a que continúe con otras publicaciones. Todas ellas serán su legado al acervo cultural lajeño.